El Museo Nómada

Por Mónica Varea

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El Museo Nómada es una descabellada idea de tres locos: Ana María Garzón, Jaime Izurieta y Rosa Jijón; estos mosqueteros dejan atrás la vieja idea del museo limitado por paredes y proponen la ciudad como espacio de arte, de diálogo y debate. En el primer encuentro nos pusieron a pensar qué es la ciudad.

Quito fue un sitio amigable, con pocos carros y mucho humor; era amplio, amable, luminoso, con sol para todos; el paisaje nos pertenecía y el cemento aún no había llegado para quedarse.

Era ese lugar en que a la tarde se tomaba café con leche y pan calientito, comprado en la tienda cercana, porque era un Quito de tiendas, con su infaltable letrerito de “Hoy no fío mañana sí” y con el enorme cuaderno donde anotaban las deudas de los vecinos.

Pero más allá de los cambios, del tiempo que pasa inexorable, de la vida que nos pasa por encima, a veces sin dejarse vivir. Más allá de que nos guste o no, la ciudad es ese espacio que nos acoge, es esa gente que nos abraza, ese tenue sol que se abre paso entre horrendos edificios y nos calienta o esa lluvia que nos moja. Es a veces un laberinto que nos confunde, una montaña que nos oprime, una iglesia que nos doblega o una mano amiga que nos salva.

Hay días en que la ciudad se deja amar y caminar y admirar, y días en que la ciudad solo son calles congestionadas, basura acumulada, ruido que ensordece, miedo que oprime. La ciudad no es una ni única, la ciudad son los lugares que escogemos (o nos escogen) para estar. Lugares que pueden estar cerca o lejos, pero están en nosotros y nosotros en ellos.

No nací en una ciudad con mar, pero cuando voy al mar siento que es ahí donde pertenezco, que ahí me debo quedar, que ahí quiero estar. Porque justamente eso es la ciudad, un sentimiento, un abrazo, un olor penetrante a sal y a viento, un sabor que nos seduce o un color que nos embriaga.

La ciudad es todo y es nada, es el cielo despejado y la callejuela empinada, es el ruidoso cine y el detestable supermercado. Es el color y el olor de la fruta que nos espera en el mercado o el oloroso chaquiñán de un parque inundado de eucaliptos. La ciudad son esas iglesias barrocas llenas de historia, con su penetrante olor a incienso y a misa de domingo; esas plazas señoriales que nos remontan en el tiempo y nos hacen olvidar la cola del banco, el trámite aduanero o que existe el reguetón.

La ciudad son también las historias de sobremesa, el chiste oportuno y la ancha sonrisa de los sobrinos nietos porque, al igual que la felicidad, es un momento efímero, un instante que hay que aprovechar porque se termina. Es ese espacio del que nos hemos apropiado aunque sabemos que no nos pertenece, que se esfumará en breve.

La ciudad son las personas que amamos, los perros, los libros, la cerveza y el chocolate; los pocos arupos y colibríes que van quedando; las sonrisas y las lágrimas; los adioses y los abrazos de bienvenida, pero sobre todo son los recuerdos, esos recuerdos que nos atan y nos sostienen haciéndonos saber que aún seguimos vivos.


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