Eduardo Sacheri, el mediocampista de las letras

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Eduardo Sacheri desprende algunas lágrimas, por lo que resulta difícil descubrir el secreto de sus ojos. “Y, esto de la altura no me mata. Ando bien, pero como que se me hinchan los ojos”, dice en medio de una de las múltiples sesiones de fotos que soportó en Quito. No esconde su alegría del revés que sufrió Boca Juniors frente al Independiente del Valle por la Copa Libertadores de América. Infla el pecho cuando señala que es “hincha a muerte” del Independiente de Avellaneda, aquel equipo que ostenta más copas de dicho torneo. “Recordá que mi club tiene siete coronas y nunca perdió una final, ¡eh!”, presume sin antipatía, y a la par menciona: “Me duele marcharme horas antes de la primera final entre el Independiente del Valle y el Nacional de Medellín. Si sabía que por estos días estaba por el Ecuador, hacía de todo para ir a ver ese partido. Me duele perdérmelo, porque ante todo soy un amante del fútbol”. Eso sí, le dolería mucho más perderse sus lunes de clases, el único día en que continúa su carrera como docente. Es por eso que arma su agenda de promoción de La noche de la Usina, novela que se alzara este año con el Premio Alfaguara, desde los días martes. “El lunes es intocable para mí”, enfatiza el autor argentino, quien iniciara su carrera literaria con una serie de relatos futboleros.

Y es que el fútbol es el palpitar de su vida. Está presente hasta en sus obras no futboleras. Cómo olvidar, por ejemplo, que el asesino de su novela La pregunta de sus ojos puede ser encontrado por la pista de que es hincha de Racing. Hecho que no solo deslumbra en el texto sino también en la gran pantalla durante la escena en que Guillermo Francella y Ricardo Darín (quienes interpretan a Pablo Sandoval y Benjamín Espósito, respectivamente) se dan cuenta que en el graderío del estadio pueden dar con el sospechoso. Esto, en El secreto de sus ojos, que ganara el Óscar a la Mejor película extranjera (2009), bajo la dirección de Juan José Campanella quien, junto a Sacheri adaptó el guion. Hay que sumarle que la voz principal de La noche de la Usina, Fermín Perlassi, es una exgloria del fútbol que vuelve a su pueblo O’Connor tras colgar los botines.

—Eduardo, ¿puedes definir al fútbol? ¿Por qué el balón siempre rueda en tus libros?

—Mi vida es el fútbol. El fútbol aterriza en mis libros porque sobrevuela mi vida. Muchas veces se confunde al fútbol con la parafernalia de la hiperprofesionalización. Eso es una partecita del fútbol, aquella parte que está llena vicios, negociados, corrupción, basura y otras cosas. Pero cuando un cuarentón se junta con sus amigos para practicarlo, o la familia y los amigos se juntan para ver un partido, o un juvenil sueña con debutar en primera, o un niño sueña con ser futbolista, se conserva la pureza del juego. Me encanta la metáfora de que el fútbol es como un iceberg, donde si bien nos deslumbra la punta del hielo, ese gran negocio, lo que está sumergido es lo más importante aunque no se vea.

La noche de la Usina arranca con un prólogo de tono circense. En el texto, Perlassi padre muestra el cómo encarar un juego. Mencionas la forma de cortejo de él y de su hijo Rodrigo en el libro: para conquistar te toca hacer malabares o driblar. ¿Cuál fue tu método para conquistar a tu esposa?

—¡Uffff! Yo siempre he sido como Perlassi padre: retímido. Mi mujer casi, casi tuvo que abordarme. Bueno, pero para el cortejo todo depende de los enamorados. Hay tipos que son arrojados y no les importa pisar la pelota, resbalar, caer y verse estúpidos sin importar el llamar la atención. Otros prefieren no evidenciar sus deseos, driblan la mofa que puede caerles encima y pueden esquivar a la mujer que les gusta. En ambos casos, se puede perder el partido.

En el caso de Sacheri, ese partido no termina. Por suerte, el pitazo final no llega. Con su mujer han procreado un hijo y una hija: los mejores goles de su vida. Por su parte, sobre el césped, es justamente de esos cuarentones que se reúne con sus amigos para jugar fútbol. El número 5 se posa en su espalda. “Esa posición me gusta. Es la del jugador cauteloso que está presto a ayudar a los compañeros en la mediocampo”, dice. En su niñez y adolescencia fue arquero gracias a su gran osadía bajo los tres palos donde era todo un kamikaze japonés: “Lo que pasa es que juego mal, pero juego. Por eso iba al arco hasta que vas ganando experiencia. Suplía con sacrificio lo que no tenía por talento, y eso me daba un lugar especial en el grupo. Ya después, el arquero es el más deseado: siempre se lo requiere”.

Entre lo real y la ficción

Sus ojos achinados se esconden bajo sus pobladas cejas. Optó por raparse por completo para hacerle frente a la calvicie. Tiene gran estatura y le encanta vestir con camisa. Es tan tímido como afable. Unos finos labios guardan una espontánea sonrisa, esa que aparece cuando va entrando en confianza. Siempre corrige cuando le mencionan que procede de Buenos Aires, tal como se asienta en sus biografías. “Soy de Castelar, un suburbio al noroeste de la Gran Buenos Aires. Estoy en la frontera entre el campo y la ciudad. Pertenezco allá”, indica con orgullo.

Algo de su ambiente puede reflejarse en La noche de la Usina, aquella novela que sedujo al jurado encabezado por Carmen Riera y completado por Michi Strausfeld, Carlos Zanón, Sara Mesa, Mercedes Corbillón y Pilar Reyes, quienes en el acta señalaron: “Se trata de una emocionante historia situada en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires a primeros días de nuestro siglo, justo antes de que el Gobierno de Fernando de la Rúa imponga el corralito financiero (…). Un grupo de amigos, que ha sido estafado, decide recuperar su dinero y su dignidad tomando la justicia por su mano. Es una novela coral, ágil y emotiva, con muchos ingredientes de lo mejor del thriller y el wéstern. Pampa y política, tiempos muertos de vida cotidiana y diálogos muy vivos”.

Una de las cosas que más sorprendió a Sacheri, en su paso por el Ecuador, fue la similitud entre el corralito argentino y nuestro feriado bancario. “Qué desgracia que la palabra no nos una estando tan cerca y que las artimañas políticas nos asemejen”, opina cuando se empapa de la crisis que soportó nuestro país. Otro hecho que le sorprendió es la situación de los ciudadanos cubanos que fueron deportados. Su visita, el pasado julio, coincidía con aquello.

—Si bien tu novela no trata sobre refugiados ni migración, hay un apartado donde se devela la pena de Francisco Lorgio, quien cuenta la tristeza de su padre tras dejar España y arribar a Argentina. El dolor del migrante se evidencia. ¿Qué decir de los movimientos migratorios?

—Yo vengo de un país de migrantes. Soy mitad italiano y mitad español de generaciones muy próximas. No conocí a mi abuelo materno gallego, pero me contaron mucho. Y en lo que me contaban estaba lo de llegar a Argentina, prosperar, tener una vida que en Galicia no la tendría y que de hecho las cosas mejoraron para él, pero tristemente aquello no sucedió en Galicia. Eso es trágico. Al partir, te sometés a un dolor incurable. En el mejor de los casos esa decisión vale la pena porque la economía mejora. Comparto con eso de que la patria es tu niñez. Siento que hay que ser empático con los migrantes.

—Con respecto al corralito, sucedió hace menos de dos décadas. Como retratas, hay un estafador que escondía su ilegal fortuna en el campo y aprovechaba la situación de entonces. Resulta que ahora en Argentina se investigan casos como el de Lázaro Báez, quien enterraba el dinero ilícito. ¿Tropezamos con la misma piedra en tan poco tiempo? ¿Por eso desarrollas un tratado sobre el ‘hijueputismo’?

—Eso te obliga a pensar que no solo hay la categoría que señalas, sino también está la categoría de los boludos. Sobre los boludos desarrollé un tratado mayor en La pregunta de sus ojos, donde hice hasta una taxonomía del boludo. Acá sí está el ‘hijueputismo’, pero más general. Creo que hay una costumbre bastante sana del ser humano: la desconfianza. Creo que está bien el recelo a tus políticos, empresarios, periodistas: es bueno un ligero estado de sospecha. En principio, debo pensar que me van a cagar, y eso nos ayudaría a no tropezar con la misma piedra. En mi país, en los noventa, en pleno neoliberalismo, pensabas que estábamos en el primer mundo. En una etapa avanzada del kirchnerismo había gente convencida de que vivíamos en opulencia. Nunca pensamos que detrás de la política hay mucho peligro. Por eso suelo estar fuera de los encandilamientos políticos.

—¿Pero con Alfonsín sí te encandilas?

—Lo hago a través de un personaje que resulta gracioso porque quiere a Alfonsín, pero es anarquista. Me lo permito porque Alfonsín murió hace años, dejó de ser presidente hace mucho y porque no se llevó un peso a su casa. Ahora todo el mundo le tiene cariño. Con las ideologías hay que demorarse en el enamoramiento. No es como con la mujer, de la cual puedes enamorarte enseguida.

—¿El amor y la política terminan siendo peligrosos?

—Puede que en ambos salgas cagado, pero por lo menos en el enamoramiento con una mujer te llevas más beneficios.

—¿La nostalgia es peligrosa? A ella le haces guiños en tu obra…

—Hay momentos de nostalgia, pero no me gusta detectarlos porque me suena a una batalla inútil. Prefiero los momentos de resistencia.

—¿Con tu novela quieres dejar en claro que los pequeños detalles de la vida cotidiana son verdaderas historias épicas?

—Sí, es cierto que me gusta la literatura como una detención. La vida avanza en una carrera por sortear los obstáculos, y prefiero estos pues allí es donde uno se juega la vida. El asunto es no dejar pasar tan por alto los pequeños detalles.

—Rodrigo Perlassi describe el perfume de su amada Florencia como: “ni muy dulce, ni muy cítrico, ni muy duro: es exacto”. ¿Sientes que tu novela tiene esa exactitud?

—No creo haber sacado un balance tan positivo. No suelo idealizar tanto a mis libros. Pero sí me quedé conforme y por eso lo envié al Premio Alfaguara.

—Cuando lo legal no funciona, ¿toca hacer justicia con mano propia para defender lo legítimo?

—No lo sé. Me lo vivo preguntando. A lo mejor yo soy más manso que los personajes de mi novela. A lo mejor, para mí, es más fácil inventar tipos más valientes que yo.

—¿Tu novela es una apología de la venganza?

—Sabés que parece venganza, pero no lo es. Hay revancha. Pienso que una venganza está centrada en el dolor que le vas a provocar a tu agresor. Una revancha está centrada en la reparación. Creo que la venganza es algo desbocado, no hay límites por la necesidad de aniquilar. En la revancha hay mesura.

Ha transcurrido una hora de charla. Un café americano y dos botellas con agua han sido absorbidos. “Bueno, ya me toca alistar para la presentación de mi libro. Y mirá que me gasto mucho tiempo en peinarme”, dice Sacheri, mientras lanza una sonrisa y se frota la calva. Ya no está tímido, pero sus ojos continúan en secreto. Pero no importa, porque para develar su mirada todavía nos queda como aliada su literatura. (Damián de la Torre Ayora)


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