Miquel Barceló: un tifón en París

Por Santiago Rosero ///

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En la pulcritud de la Biblioteca Nacional de Francia parece haber quedado la huella de un tifón. Un monumental fresco de arcilla cubre enteros los ventanales del pasaje Julien Cain, en el costado norte del edificio François Mitterrand. Son 190 metros de largo por seis de alto, vidrio usualmente reluciente que en esta ocasión Miquel Barceló (Mallorca, 1957), pintor, dibujante, escultor y ceramista, uno de los artistas más aclamados y cotizados de la actualidad, cubrió con barro para garabatear sobre él con entusiasmo de niño y pulso de maestro.

Esa es la antesala a la exposición Sol y sombra, que repasa una parte de las prolíficas cuatro décadas de obra del artista. Es también una contundente introducción a su universo plástico: la densidad de los materiales, la rugosidad de las texturas, la capacidad de síntesis en unos cuantos trazos brutales.

El fresco, que lleva por nombre Le grand verre de terre, es un homenaje al filósofo, poeta y teólogo medieval mallorquín Ramón Lull, a quien se le atribuye la invención de la rosa de los vientos y la introducción del pensamiento místico y caballeresco en la filosofía de su tiempo. Le grand verre de terre es un bestiario fantástico que Barceló creó, principalmente, con la gracia de sus dedos. Sobre la capa aún fresca de arcilla dibujó espinazos de peces y serpientes, pulpos y moluscos varios, bisontes, búfalos y puercoespines, esquimales, indios con penachos y flechas en vuelo, cuadrúpedos ligeros como los de las pinturas rupestres. En el ADN del arte de Barceló destacan las marcas del primitivismo, la fascinación por las materias primeras, por la paleta discreta de los colores de la tierra.

Luego de que en los años setenta fuera a París y quedara encantado con el art brut y la obra de Paul Klee y Jean Dubuffet; luego de que hubiera recibido la influencia del trabajo de Joan Miró, Antoni Tàpies y Jackson Pollock; de haber absorbido del action painting y el arte conceptual; luego de que empezara a ser reconocido internacionalmente tras su participación en la Bienal de São Paulo (1981) y la Documenta VII de Kassel (1982); luego incluso de que en 1986 se le otorgara en España el Premio Nacional de Artes Plásticas, él, un artista curtido que ya llevaba al Mediterráneo como fuerza creadora, instaló su taller en Malí (1988) y estableció ahí su otro vínculo fundamental: África, el reducto de los orígenes, donde el barro en el monte —como en su obra— se siente grueso y se ve resquebrajado, donde la luz sobre el desierto pinta los tonos ocres que le emocionan.

 

Impresiones y bestiario

En la galería dedicada a la exposición se presentan piezas de la faceta menos conocida del artista. Desde sus inicios, Barceló se interesó por las diversas técnicas de impresión y por explorarlas con métodos poco ortodoxos. El trabajo en litografía, calotipo, serigrafía, grabado, gofrado y estampado ha sido parte esencial de su carrera, tanto a manera de estudios preliminares como de obras definitivas.

Aquí, las obras se perciben como una prolongación del fresco del exterior. La materialidad y el volumen de la arcilla resaltan en cinco vasijas y ladrillos desfigurados, ajados, rasgados, que con su imperfección y desequilibrio confirman la posibilidad de la belleza. En ellos también se conjuga una de las máximas de Barceló: “disfrutar de la transformación, hacer de una cosa otra cosa”. La sección se denomina La imprenta, el trazo y el rasguño. En bloques de piedra del tamaño de una hoja de cuaderno imprime con tinta negra un par de retratos abstractos, y en las obras en papel, trabajadas con aguatinta, aguafuerte y punta seca, plasma el súmmum de su experimentación. Trabaja en recto-verso, aprovecha las transparencias, realiza superposiciones con trozos para crear volumen, logra relieves gracias a moldes en madera que ha dejado a que se coman las termitas.

Una obra cumbre que reúne varias de sus exploraciones es el magnífico Libro de los ciegos. Publicado en 1992, contiene 48 litografías y gofrados, que en algunas páginas alcanzan dimensiones escultóricas, y un cuento pornográfico escrito en braille por el fotógrafo y escritor ciego Evgen Bavcar, inspirado a la vez en Historia del ojo, de Georges Bataille, considerada la obra maestra de la literatura erótica. Se realizaron 50 copias de la obra, y en la sala hay una disponible para hojear.

En la sección Metamorfosis el artista se inmiscuye en su bestiario. Sus autorretratos impresos, en los que se desfigura como perro, pez o gorila, hablan de sus inquietudes por la hibridación. En una escultura de tres piezas, dos moldes de bronce hechos a partir de un cráneo de caballo son distorsionados hasta parecer torsos humanos. Pero la metamorfosis de Barceló no se reduce a la transformación sino que se interesa por el proceso de cambio, y con ello el artista, influenciado por el animismo del que se nutrió en África, piensa en el ciclo de la vida y en el más allá de la muerte.

Con tres series en litografía y grabado, la sección El círculo mágico de la arena aborda el mundo de la tauromaquia. Los trabajos se centran en un juego de blancos y negros, de luces y sombras, de trazos expeditos como un lance. La soledad sonora del torero es una serie de grabados hechos para la edición de 2015 del libro homónimo del escritor español José Bergamín. Una plaza llena viendo el paseíllo de los toreros: un corrido de aguatinta y unos cuantos rayones de punta seca. Un salpicón gris, una mancha que pareciera recién asentada en el papel: un torero con el semblante apesadumbrado. La aparente sencillez lleva el registro de una arriesgada experimentación, como la de impresiones con aguatinta de betún de Judea, trabajadas con un cepillo metálico adaptado a un taladro.

El primitivismo y la animalidad que se respiran en la exposición tienen un punto de contraste en la serie Literaturas, que traduce la erudición de Barceló, lector voraz para quien los libros y las bibliotecas han sido otro fundamento. Pornográficas son once grabados basados en 120 días de Sodoma, la novela del marqués de Sade, y Lletraferits (‘heridos de letras’, en catalán) es un conjunto de retratos de escritores célebres, como Ezra Pound, Antonio Gamoneda y Giacomo Leopardi, grabados con sierra eléctrica en planchas de madera. En esta sección se reconstituye una parte de la biblioteca del artista dedicada a sus carnets personales, en los que desde los diecisiete años, en sus viajes alrededor del mundo, traza bocetos, ideas o relatos. Son treinta cuadernos de diversos tamaños y a cada uno le atribuye un nombre. El número 5 se llama Tela negra, por el material que cubre su tapa. En sus páginas se ven cinco iguanas pintadas con acuarela naranja. El carnet está dedicado a nuestras islas Galápagos.

 

Diálogos con Picasso

Las obras de Barceló presentadas en el Museo Nacional Picasso están invitadas a dialogar con las del maestro mayor. Ocupan ocho pequeñas salas del subsuelo, y en algunas de ellas se exhiben conjuntamente piezas de Picasso, como para confirmar los vínculos técnicos, estéticos y temáticos que los acercan; acaso para corroborar la herencia. El hilo conductor lo conforman la tauromaquia, el trabajo en cerámica y la evocación de los talleres como espacios de gestación.

En las paredes cuelgan fotografías de los talleres de Picasso, hechas por Brassai, André Villiers o Cartier-Bresson, en las que se observan esculturas de yeso y cerámica en proceso de realización —cabezas de toro, de gallo y de mujer—, con dimensiones y densidades que recuerdan a las de Barceló. Suyas son las que se muestran en el centro de la sala, a manera de respuesta o de reflejo, como si se tratara de un juego de correspondencias. Sobre una mesa de madera hay maquetas y fragmentos, también en yeso, de bustos y animales: esculturas que algún día lo serán o que lo son estando inacabadas.

Otro salón constituye una suerte de taller-galería dedicado a la cerámica. A mediados de los noventa Barceló aprendió técnicas tradicionales en la zona montañosa de Malí conocida como País Dogon, así como en Artá, un municipio de Mallorca, y con ellas avanzó en su inacabada exploración con tierra cocida. Jarrones deformados, tajados, perforados, pintados completamente en negro o decorados con brochazos marrones, rayones y hendiduras, posan, sobre una repisa y en una mesa central, con una plasticidad que los hace parecer en movimiento, como si aún llevaran el calor del horno. Tierra, fuego y agua; alfarería, escultura y dibujo; varias de las directrices de Barceló se funden en esas piezas maravillosas.

La pared, en su calidad de soporte, de frontera, de piel cambiante, es un elemento que el artista evoca con frecuencia. Así, La gran pared de cabezas es la pieza central de la exhibición. Decenas de ladrillos de tierra cocida, de tamaños y estructuras diversas, deformados y deconstruidos, componen un muro a manera de patchwork. Son ladrillos y, a la vez, la nariz de un cerdo o de un rinoceronte, la trompa de un elefante, máscaras y cráneos de seres imprecisos. Vista de frente, la pared puede ser también la vitrina de un mundo fantástico o acaso un espejo de nuestra animalidad.

Más tauromaquia para dialogar con Picasso. Con técnica mixta sobre lienzo, empaste grueso que a la distancia provoca placer táctil, Barceló pinta plazas con perspectiva cenital, como si su ojo estuviera en un dron. Los brochazos que les dan forma son violentos. Los colores siguen siendo tenues, pero más vivos y más complejos que los de la cerámica. Son plazas de toros pero podrían ser torbellinos o el cráter de un volcán. A Picasso (de quien se exhiben un plato en cerámica y una tinta china con motivos taurinos) le interesaba el erotismo, el combate y la muerte en la tauromaquia. Barceló repara en la circularidad de la plaza, en la arena como espacio coreográfico y en las huellas que quedan allí cuando ha terminado la función.

La muestra termina con otro homenaje de Barceló a Ramón Lull. Son tres cabezas en yeso del filósofo mallorquín unidas en círculo por un mismo cráneo; la larga barba medieval cayendo como tentáculos. Es Lull y es también —el semblante de viejo sabio de otra época— Tiziano, Tintoretto y Miguel Ángel, algunos de los referentes del artista. Queda entendido que lo de Barceló es “hacer de una cosa otra cosa”, de ahí que resulte preciso cerrar la exhibición con un homenaje a quien él considera la justa encarnación de la alquimia.


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