La balada ilusa de Nan Goldin

Por Daniela Merino Traversari ///

Fotos de archivo///

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Desde los quince años, la fotógrafa americana Nan Goldin (62 años) utilizó su cámara como una extensión de su cuerpo. La utilizó como un puente para penetrar en la vida de sus amigos, para encapsular sus momentos más íntimos y sagrados. La fotografía se convirtió en su forma de agarrarse a la vida; de asumir, desde las entrañas, ese dolor y ese éxtasis que provoca el existir. Mirar a través del lente era una forma de atarse, desde lo más profundo, a esa familia que se elige: los amigos; porque la familia de sangre, la que no se elige, de alguna u otra manera siempre nos traiciona.

“Tenía 11 años cuando mi hermana se suicidó”. Así comienza Goldin la extraordinaria introducción a su libro Balada de la dependencia sexual, publicado en 1986. Su hermana Bárbara la traicionó: decidió marcharse de este mundo y dejarla sola. A los once años, un acontecimiento como este marca el comienzo de un terremoto emocional que dura toda la vida. Y para Goldin esta pérdida también simbolizó el principio de una extraña inspiración que justamente le permitiría atarse a la vida a través del arte, en vez de sucumbir al llamado de la muerte.

En cada imagen de Balada de la dependencia sexual se juntan Eros y Tánatos con total espontaneidad. Las fotografías de Goldin son la esencia de una vida que abarca esa ambivalencia: un deseo permanente de muerte, pero que se aferra intensamente a la vida que se sumerge siempre en la oscuridad de la noche, pero con intensos flashes que iluminan el amor más puro y a la vez la violencia más descarnada, navegando siempre entre el querer y el aborrecer, entre la autonomía y la dependencia, entre el ser y no ser. Sus snapshots son una balada claustrofóbica donde el espectador está demasiado cerca, oliendo esos cuerpos después del sexo, palpando la desesperación de la carne porque el orgasmo es terriblemente efímero, porque es difícil ser dos cuerpos…

 

Narrativa de la intimidad

Con Nan Goldin la instantánea (o el snapshot) se convirtió en una obra de arte. La instantánea implica una forma casual de fotografiar, una manera de crear imágenes para el recuerdo partiendo, casi siempre, de la intimidad y la belleza del momento. Es un acto de acercamiento, de amor, un elemento familiar que permite consolidar vínculos. Se trata de crear una historia mediante la recolección de varias historias. Goldin se acerca a sus seres queridos así, de manera casual y con mucha facilidad, porque tiene la ventaja de vivir con ellos, de acostarse con ellos, de reír con ellos, de drogarse con ellos, de pelear con ellos e incluso de morir un poco con ellos, logrando que sus fotografías se sostengan por la fuerza de esa intimidad que solo la vida en común puede dar.

La falta de foco, la sobreexposición o cualquier otro error de carácter técnico podrían resultar nefastos en otro contexto, pero no en este porque la materia prima para la creación es la vida misma y esta no es impecable como una fotografía de estudio y gran formato. Al contrario, la vida es caótica, desordenada, inexplicable, dolorosa e inaguantable. Por lo tanto, el contenido es lo más importante, lo único importante. Y el contenido es un retrato de la intimidad misma, con su rostro oscuro y despreciable, pero también con esos destellos de ilusión y de esperanza. Esta intimidad es la fuerza arrolladora de su fotografía y ella la llama “la honestidad de la vida”.

Esta tendencia venía sentando sus bases una década atrás con fotógrafos como Diane Arbus y Larry Towell. Aunque Arbus fotografiaba seres marginales (al contrario que Nan Goldin), su fotografía manifestaba una intimidad incómoda que hablaba mucho más de ella y su forma de ser que de la extravagancia de sus sujetos. Al mismo tiempo, el trabajo Tulsa (1972) de Larry Towell tuvo una influencia poderosa sobre Nan Goldin, siendo uno de los primeros que tocaban la vida personal del propio fotógrafo. Entonces surge Balada de la dependencia sexual, cuestionando si debería existir un límite entre el arte y la vida privada del artista, entre un snapshot y una obra maestra, entre el ser público y el privado, pero, sobre todo, entre lo emotivo y la pornografía emocional.

Balada es como “el diario que dejo leer a la gente… Es mi forma de control sobre mi vida. Me permite grabar obsesivamente cada detalle. Me deja recordar”, dice la artista. Y un diario es eso: una forma de remembranza que a veces entusiasma recordando la furia de los años que se han ido, pero que también desnuda y avergüenza y provoca sensaciones universales, profundamente humanas. Este diario nos deja recordar la luz y la oscuridad de la vida. Hay latente una mezcla de belleza y horror, de energía y desesperanza. Sus imágenes revelan una pasión no solo por una forma de hacer arte y una era que ya no existe, sino por la vida misma, como esa fotografía El abrazo, Nueva York (1980), en la cual un largo brazo envuelve con firmeza la pequeña cintura de una mujer. O Rise y Monty besándose, ciudad de Nueva York (1980) o Nan y Dickie en el motel de York (1980), donde podemos ver a la propia fotógrafa en un intenso acercamiento erótico con alguna pareja.

 

El carrusel del amor

En el MoMa de Nueva York, hasta febrero de 2017, se exhibe este trabajo como un slide show de 700 diapositivas bajo una banda sonora profundamente evocativa. Parece que nos quedamos sin aliento con canciones como All Tomorrow’s Parties de Velvet Underground o You Put Spell on Me de Screaming Jay Hawkins. Una serie de pósters anuncian un slide show similar, con el mismo título y de la misma artista, que se expuso en el East Villlage durante los años ochenta.

El gran espectro del drama humano se proyecta infinitamente, de manera operática. Las letras de las canciones establecen un guion escondido. La vida se presenta ordenada por temas: el sexo y el amor, la adicción, la enfermedad, las pérdidas y la muerte; niños como productos de un amor adolescente. Los errores técnicos (si es que realmente lo son) pasan desapercibidos. No molestan, son parte de la obra, son parte de la vida. Quizá hasta la embellecen más.

En conjunto todas las fotografías forman una sola secuencia vital de una cromática rosa, negra y azul profunda, que giran y giran en un carrusel de diapositivas al compás de la música, como en la legendaria exhibición de Times Square.

Luego de algunos minutos de presenciar esta etapa de la vida de la artista, nos convertimos en espectadores activos pues de alguna manera hemos estado ahí y esas fotos también son nuestra vida, no importa que no hayamos vivido en Manhattan durante los años ochenta, que no hayamos presenciado la crisis del sida a lo largo de esta década o que no hayamos sido adictos a la heroína: somos humanos y eso basta, pues muchas veces sentimos no encajar en este carrusel de la vida que parece girar sin propósito alguno.

Goldin logra envolvernos intensamente en su trabajo porque se desnuda en cada imagen. No se trata de la desnudez del cuerpo (que al fin de cuentas terminaría siendo una desnudez superficial), sino de alma, del centro del ser, de sus ilusiones y desilusiones. La verdadera desnudez muestra la arquitectura de las debilidades más profundas. Y esto nos da Goldin. Ahí está, sola, pero con él. Seguramente acaban de hacer el amor. Él fuma un cigarrillo de espaldas hacia ella, y ella lo mira, con la ambigüedad del amor: él está y al mismo tiempo no está. Ella lo mira de una forma en que sabemos exactamente todo lo que siente: una extrañeza profunda después de tanta intimidad. Aunque hayan estado uno dentro del otro, parecen dos desconocidos. Quizá no se aman, quizá solo se necesitan, dependen del lazo erótico que existe entre sus cuerpos. Pero así es la intimidad: una balada ilusa que gira en círculos infinitamente, haciéndonos creer que viajamos con alguien más, pero sobre todo, que terminaremos juntos en algún lugar.


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