China está en el centro la tensión

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“Aquí puede estar la cuna de una guerra…”

China está en el centro de unas tensiones que suben peligrosamente

 

Por Jorge Ortiz

Las fotografías, publicadas por el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos, fueron elocuentes y suficientes: China no sólo que no había interrumpido, sino que había acelerado, la construcción de unas islas artificiales en torno a unos arrecifes del extremo oriental del océano Pacífico, para así tratar de poseer —de acuerdo con la Convención Internacional sobre Derecho del Mar— zonas económicas exclusivas con las que controlaría rutas de navegación muy lejos de sus costas, en el mar de la China Meridional. Nada menos. La publicación ocurrió a finales de julio y, como era de esperarse, las alarmas saltaron de inmediato.

Y es que la revelación ocurrió a los pocos días de que, en La Haya, el Tribunal Internacional de Arbitraje, en un laudo unánime y de más de quinientas páginas, con una argumentación sólida y extensa, negara que China tuviera derecho a aplicar el principio de las doscientas millas marinas, es decir trescientos setenta kilómetros, en torno a los seis arrecifes que está convirtiendo en islas. Arrecifes que, además, son disputados por otros cinco países ribereños. Las fotografías demostraron que la construcción prosigue, bases militares incluidas.

“No hay evidencia de que ya hayan sido desplegados aviones de combate en las nuevas islas, pero la rápida construcción de hangares en al menos tres localizaciones permite temer un pronto cambio de situación”, según reportó el Centro al publicar las fotografías que probaron que en cada uno de los islotes “habrá espacio para 24 aviones de caza y tres o cuatro naves mayores”. La conclusión parece obvia: tras haberle negado toda validez al arbitraje, China se apresta a imponer lo que considera que son sus “derechos históricos y geográficos” en el mar Meridional, donde controlaría unos dos millones de kilómetros cuadrados. Los suficientes para erigirse en amo y señor de unas rutas de navegación vitales para las economías del sudeste asiático.

En concreto, cada seis horas, sin falta ni demora, de día y de noche, 365 días al año, un barco tanquero cargado con petróleo o gas debe atravesar ese mar, el de la China Meridional, para que la economía del Japón, la tercera mayor del mundo, pueda funcionar a su ritmo. La misma travesía debe efectuarse hacia Corea del Sur, que requiere un barco cada veintidós horas. Cualquier corte en el suministro de energía causaría una parálisis dramática. El desastre sería inmediato. Las rutas para ese abastecimiento constante cruzan en la actualidad por aguas internacionales, de libre navegación. ¿Se resignarán Japón y Corea del Sur a que dejen de serlo y se conviertan en aguas controladas por China?

Voluntad de poder

Parece evidente, al menos por ahora, que China está dispuesta a imponer su punto de vista: ya advirtió, con un lenguaje rocoso, su disposición a adoptar “todas las medidas que sean necesarias en defensa de nuestros intereses”, incluida la imposición de una ‘zona de identificación aérea’, lo que obligaría a que todo avión civil o militar que sobrevuele la enorme área en conflicto tuviera que reportarse a las autoridades chinas. Una decisión que, por supuesto, dispararía las inconformidades, al extremo de que sería muy probable que hubiera países no dispuestos a acatarla.

Las tensiones están tan altas que China anticipó ya que existe el peligro de que el mar Meridional se convierta en “la cuna de una guerra”. Ni más ni menos. Tan grave advertencia fue la reacción del gobierno chino al laudo del Tribunal de Arbitraje en la acción planteada por Filipinas a raíz de un incidente violento ocurrido en 2012 en el arrecife de Scarborough: lanchas artilladas chinas expulsaron a los pescadores filipinos que allí habían faenado siempre, alegando que esas aguas eran parte de su jurisdicción exclusiva. Ese alegato no afectaba —ni ha dejado de afectar— tan sólo a Filipinas, sino también a los países con los que China tiene litigios pendientes en torno a dos pequeños grupos de islas en el mar Meridional, las Spratly y las Paracel: Vietnam, Malasia, Brunéi y Taiwán.

La acción filipina, acogiéndose a lo previsto en la Convención de Montego Bay sobre Derecho del Mar, fue repudiada por China de urgencia, a pesar de que, de acuerdo con el anexo VII de la Convención, la ausencia o la falta de participación de una de las partes no impide ni detiene un proceso de arbitraje en La Haya. Y, así, el 12 de julio, el Tribunal —cinco juristas de cinco países diferentes— emitió su laudo dando la razón a Filipinas en doce de los quince puntos de su demanda. En lo fundamental, el fallo establece que los nuevos islotes no generan ningún derecho a zonas económicas exclusivas y proclama que la reclamación china sobre “derechos históricos” sobre el noventa por ciento del mar Meridional “carece de base legal”.

Pero, al tenor de la reacción china, parece que lo que está en disputa es demasiado importante, en lo económico y en lo estratégico, como para empantanarse en sutilezas jurídicas. En efecto, por las aguas del mar Meridional (que ocupan una superficie mayor que el mar Mediterráneo y el golfo de México, sumados) pasa la mitad de todos los barcos comerciales que operan en el planeta, llevando una tercera parte del petróleo y dos terceras partes del gas licuado que se exporta cada día. Por eso, el mantenimiento de la libertad de navegación es un tema vital para Japón y Corea del Sur, sobre todo, pero también para todos los países del Asia Oriental y, claro, para Estados Unidos.

Para China, a su vez, el control de esas aguas le daría una hegemonía incontrastable en la región, además de que le otorgaría la posesión de recursos abundantes, en especial pesqueros e hidrocarburíferos, que su economía necesita en volúmenes que no han dejado de crecer desde que, en 1978, con la guía visionaria de Deng Xiaoping, abandonó los ineficientes modelos socialistas de producción y adoptó los esquemas capitalistas de mercado, con lo que su riqueza empezó a aumentar exponencialmente, año tras año.

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La escalada militar

Tras haber rechazado el laudo arbitral, China intentó rebajar las tensiones mediante una ronda de negociaciones, realizada en la ciudad laosiana de Vientián a finales de julio, con los diez países integrantes de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático —Brunéi, Camboya, Filipinas, Indonesia, Laos, Malasia, Myanmar, Singapur, Tailandia y Vietnam—, que terminó con una declaración de buenas intenciones en la que, sin embargo, la omisión de toda referencia al fallo de La Haya dejó la impresión de que las posiciones siguen muy distantes entre China y sus vecinos. Esa impresión de acentuó cuando, pocos días más tarde, al menos la mitad de esos países reforzaron sus alianzas militares con Japón y Corea del Sur.

Más aún, Japón tomó dos decisiones que subrayaron lo tensa que es la situación en el extremo oriental de Asia. Por una parte, dio un impulso adicional a su proyecto de reformar la constitución nacional —impuesta por los ocupantes americanos al final de la Segunda Guerra Mundial— para poder incrementar sus capacidades militares y, por otra parte, nombró una ministra de Defensa de línea dura, Tomomi Inada, de quien se sabe que es partidaria firme de una actitud de su país más severa frente a China. Para el primer ministro, Shinzo Abe, el “despertar estratégico” de Japón es una prioridad absoluta ante lo que considera que es el peligro del “expansionismo chino”.

Estados Unidos, por su parte, que necesita que las vías marítimas estén abiertas para el comercio internacional, está siendo cada vez más categórico en su exigencia de que la libertad de navegación no sea afectada, en especial en el mar Meridional de China, para lo que, según versiones de la prensa internacional, ya intensificó la presencia sobre la región de sus aviones B-52. Pero esa escalada no habría sido unilateral: China está “presumiendo de sus bombarderos H-6K, con capacidades nucleares, que sobrevuelan el Bajo de Masintec (es decir los arrecifes de Scarborough), en medio de su disputa con Filipinas”, según reveló la agencia oficial rusa RT, muy cercana al gobierno del presidente Vladímir Putin.

Según RT, “lo que quiere Estados Unidos es mantener la hegemonía militar sobre todo el mar de la China Meridional, por lo que ve a China como su segunda amenaza principal, justo después de Rusia y su poder nuclear, mientras China ya se ve en la posición de competir con esa hegemonía”. La agencia rusa agregó que “no debe engañarse, pues en algún momento en el futuro habrá una confrontación muy seria entre China y Estados Unidos sobre el acceso al mar Meridional…”. Lo cual, viniendo de quien vino el vaticinio, demuestra lo extraordinariamente peligrosa que es la situación en el sudeste asiático y lo enardecido que ha llegado a ser el juego de intereses geopolíticos en la región.

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Tensiones adicionales

Corea del Norte, que a pesar de sus excesos y desvaríos sigue contando con el apoyo chino, es otro de los focos de tensión en alza en el sudeste asiático. Su quinta explosión de artefactos atómicos, efectuada el 9 de septiembre, renovó los temores —en especial para japoneses y surcoreanos— de que el ‘líder supremo’ Kim Jong-un pudiera en algún momento lanzarse a una aventura militar de gran escala, como lo hizo su abuelo, Kim Il-sung, en junio de 1950, cuando desencadenó una guerra, la de Corea, que duró hasta julio de 1953 y que causó un millón cien mil muertos y un millón de desaparecidos. El dictador actual de Corea del Norte ha amenazado ya, más de una vez, con “hacer llover fuego” sobre Tokio y Seúl y con “reducir Nueva York a cenizas”. Amenazas que, según reconoció el jefe del comando norte de la armada estadounidense, el almirante William Gortney, no deben ser tomadas a la ligera, pues “se debe asumir que el gobierno de Kim Jong-un tiene esas capacidades”.

Como respuesta a la explosión nuclear norcoreana, la presidente surcoreana, Park Geun-hye, renovó el pedido a Estados Unidos para que instale en la región un sistema de misiles de última generación, conocido por sus siglas en inglés de Thaad, como medida de protección ante cualquier ataque con bombas atómicas. China se opone con vehemencia a la presencia de esos misiles, por lo que quiere que americanos, japoneses y surcoreanos se limiten a responder a las provocaciones de Corea del Norte con sanciones económicas, en las que ellos también participarían. Pero hasta mediados de octubre no se sabía si el pedido chino será atendido o si, por el contrario, el sistema Thaad será emplazado, lo que desencadenaría una represalia china en la forma de mayores exhibiciones de fuerza.

Estados Unidos y China no han roto el diálogo, e incluso mantienen un foro anual de busca de puntos de encuentro. En el más reciente de esos foros, en junio, lograron “cerca de sesenta acuerdos”, pero que se agotaron en temas como la lucha contra la epidemia de ébola o las medidas de cooperación contra el cambio climático. Del mar Meridional no se dijo nada. Un silencio muy decidor, sin duda. Mientras tanto, como quedó en evidencia por las fotografías publicadas por el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos, China sigue construyendo islas artificiales y demandando el reconocimiento de zonas económicas exclusivas en torno a ellas. Las tensiones ya están altas y podrían estallar cuando China pretenda hacer valer —incluso mediante la fuerza militar— esa exclusividad que proclama. Aún no se sabe cuándo ocurrirá eso. Pero, al ritmo actual de los acontecimientos del sudeste asiático, todo indica que será pronto. Tal vez, incluso, muy pronto.

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Y, también, una potencia espacial

El 15 de septiembre, en medio de las tensiones sobre el control de la navegación en el mar del Sur de China, de la base de Jiuquan, en el desierto del Gobi, despegó un cohete que, cuando llegó a una altura de 380 kilómetros, puso en órbita un laboratorio espacial cuya misión es, según la versión del gobierno, encargarse de “los preparativos para la construcción de una estación espacial”. Se trata, por lo tanto, de un programa ambicioso, de metas altas, con el que China quiere ser una potencia también en el espacio. Y a corto plazo: la estación debe estar lista en 2022.

Pero incluso antes de eso, ya en 2018, China se propone emprender una misión de exploración de la cara oculta de la luna y, después, enviar una misión tripulada a la superficie lunar en 2030. “Nuestro propósito no es competir con Estados Unidos —asegura el profesor Jiao Weixin, de la facultad de Ciencias Geológicas y Espaciales de la Universidad de Pekín—, sino conseguir un desarrollo científico sostenible”.

Sin embargo, ese propósito no lo ven muy claro los estadounidenses, cuya visión es que la mayoría de la tecnología que desarrolla China para su programa espacial “es de uso dual, civil y militar”. Fue por eso que en 2011, para prevenir “transferencias tecnológicas de riesgo”, el congreso de Estados Unidos aprobó una ley prohibiéndole a su agencia espacial, la NASA, que colabore con China. Ese es el motivo por el cual en la Estación Espacial Internacional (que opera desde 1998 y que ya ha dado más de cien mil órbitas a la Tierra y ha recorrido unos 3.300 millones de kilómetros) no participa China, aunque sí lo hacen la Unión Europea, Canadá, Japón y hasta Rusia.

La estación espacial china, que se llamará ‘Tiangong’, ‘Palacio Celestial’, tendrá tres módulos de usos diversos y un telescopio con un campo de visión trescientas veces mayor que el Hubble. Paralelamente, China está lanzando desde su base en Wenchang, ubicada en la isla de Hainan y que aspira a ser el ’Cabo Cañaveral de Oriente’, una serie de cohetes, como el de comunicaciones con tecnología cuántica, puesto en órbita en agosto, que sería el primero del mundo inaccesible por completo a la piratería informática.

Claro que tan sólo unas semanas después de que China lanzara el cohete que puso en órbita un laboratorio espacial, Estados Unidos anunció —y lo hizo en persona el presidente Barack Obama, el 11 de octubre— que se propone posar una nave tripulada en la superficie de Marte antes de 2030, en el que será el próximo “paso de gigante” de la historia espacial americana. El primer “paso de gigante” fue la puesta en la superficie lunar, en julio de 1969, de la nave Apolo 11, comandada por Neil Armstrong, quien fue así el primer ser humano en pisar la luna.

Y si bien la ventaja tecnológica de Estados Unidos sigue siendo abismal, y lo será aún más si logra hacer ese viaje tripulado de ida y vuelta a Marte, está claro que China tiene visiones y misiones de gran potencia, que no se contenta con desafiar palmo a palmo, por tierra, mar y aire, la supremacía americana, sino que aspira a llevar hasta al espacio su disputa por la cúspide del poder mundial.


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