Jack Vettriano: quítate los tacones…

Por Juan Carlos Moya ///

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Al interior de las pinturas de Jack Vettriano, en sus agradables vestíbulos y recámaras, hay un amante que desea amar y una amante que espera el amor. La cópula es inevitable cuando estos dos peregrinos chocan sus miradas.

Vettriano nació en Escocia en 1951 y abandonó su oficio de ingeniero en minas para dedicarse a la pintura.

Los primeros paisajes que ingresaron en la conciencia de Vettriano fueron escenas cotidianas en la ciudad costera de Methil, su lugar de nacimiento. La amistad de una mujer cambió su vida a los veintiún años, cuando recibió como regalo un set de acuarelas y un caballete. Ese sería un cumpleaños iniciático. Un viaje a una segunda vida: la de pintor autodidacta.

Los personajes de sus cuadros son tipos con facha de detectives que prefieren mujeres de tacones, divorciadas o cuarentonas decididamente infieles o pasionales.

La atrevida pintura del artista es accidentalmente erótica. Como si la vida fuera eso: una sorpresa amatoria en la mañana o un asalto amoroso en la noche. Como si la vida tuviera un solo sentido: vestirse para el baile y desnudarse para un perfecto extraño.

Un tacón. Las piernas de una mujer. Unas medias de nailon azulino y una falda corta. Un solitario abrazando un maniquí. Tacones afilados sobre el mantel de una mesa, vendas en los ojos, una velada sugerencia a los fetiches y fantasías…

Todos estos son apenas detalles y motivos de un mismo diagnóstico: el hombre desea y la mujer desea ser deseada. Esa es ‘la biblia Vettriano’. Artista pontífice de la ternura de una sábana, lienzo donde se hace el amor.

El pintor escocés hizo bien al escapar de la escuela a los dieciséis años y romperse el alma como obrero de minas. Quizá, entonces, estaba peleando con su propia alma. Y una guerra interior le dictaba la necesidad de irse destruyendo en el dolor y la soledad. Solo, para tiempo después, comprender que un verdadero hombre es aquel cuya mirada ya no tiene miedo al fracaso.

Sus primeros trabajos los firmó con el seudónimo de Jack Hoggan. Su marca entonces era impresionista, escuela que siguió fielmente hasta ir puliendo su marca. Sin duda el brillo lacustre de la acuarela acompaña sus trabajos. Hasta los treinta años copia sin pudor a sus maestros: El Greco, Monet, Dalí…

De este último rapta para sus cuadros la intensidad dramática de los personajes. Si bien el escocés mueve sus colores entre la fiesta y la noche, entre la pasión y la seducción, sus obras también rezuman nostalgia, melancolía, soledad.

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The Singing Butler (El mayordomo cantante) podría ser una de sus obras emblema y que se cita en todos los medios. En esa pintura una pareja baila sobre una playa luminosa, mientras un mayordomo y una mucama sostienen sendos paraguas. La escena en sí tiene un cariz romántico, pero también alberga la posibilidad de una temprana decadencia o la amenaza de un final. Pues la obra del pintor escocés al mismo tiempo que es festiva también es luctuosa, desazonada.

La historia de cómo se abrió paso en el mundo del arte es muy sencilla: Vettriano no era considerado un artista por los curadores de las galerías. Lo consideraban un copista, un cliché, alguien que reproducía escenas de cine negro hollywoodense. Tuvieron que pasar muchos años para que la crítica lo recibiera con aplausos.

El año de 1988 es significativo para Jack. Se aventura a colgar dos cuadros en la exposición anual de la Real Academia Escocesa con éxito de venta inmediato.

Había entrado ya en la conciencia del público. Empezaban a alabar de sus pinturas la pasión erótica que desprendían los colores oscuros, azulados, las escenas de alcoba.

Así empieza a viajar por Edimburgo, Londres, Hong Kong, Johannesburgo, Nueva York.

Llevando siempre sus cuadros cargados de tacones, gabanes, corbatines, fajines para la cintura, ligueros, medias de nailon, uñas postizas color cereza, sombreros Fedora, hombres que fuman y esperan, mujeres que parecen retocarse cada cinco minutos el maquillaje.

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Todos estos artilugios, que bien podrían componer una película con Humphrey Bogart y Lana Turner también le han granjeado una lluvia de críticas: al sostener que no hay originalidad, particularidad, en su obra. E inclusive se lo tacha como un seguidor de la obra de Edward Hopper. A estas aseveraciones, Vettriano ha respondido sin inmutarse: Es cierto, no traigo ninguna innovación en el lenguaje pictórico. Además, no tengo ningún deseo de ser contemporáneo. En la obra de Hopper domina la desesperación del sentimiento, la soledad. Aunque en mis pinturas no hay felicidad, los hombres y mujeres tienen relaciones sexuales y viven una pasión desesperada”, ha dicho el pintor.

Es complejo debatir lo que es arte y lo que, por otra parte, seduce al público. Como ejemplo pongamos el caso de noviembre de 1999: se iba a exponer por primera vez al trabajo del escocés en Nueva York (veinte pinturas). La noticia causó histeria entre coleccionistas de todo el mundo. Y más de 40 volaron desde el Reino Unido a la exposición y compraron todos los cuadros (cotizadas en seis cifras) en apenas una hora, tras ser abierta la muestra.

El nombre de Joseph Christian Leyendecker, famoso ilustrador fallecido en 1951, es un precedente del pintor escocés —motivo de esta nota— y también se dedicó a exponer esa cotidianidad de hombres y mujeres atrapados entre el eros y el poder, entre la belleza y el dinero.

En 1998 Anagrama escogió un cuadro de Vettriano como portada de la novela Los detectives salvajes (Roberto Bolaño): se trata de la pintura de 1994 titulada Billy Boys, donde tres sujetos de traje y sombrero avanzan por una playa crepuscular fumando.

Nocturnidad, bares y alcobas, mujeres al borde de quitarse la última prenda, hombres silenciosos que no cesan de mirar con deseo y fumar, un guiño a los años cincuenta, coches, copas y candelabros, encuadres cinematográficos, corbatas de puntos y soledades, componen la marca Vettriano.

Evidentemente, si se nos antojase poner música sobre la obra del pintor escocés, acudiríamos a Frank Sinatra. Y como aperitivo, antes de correr las cortinas, viene bien un scotch en las rocas.


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