Yo no soy de por aquí, yo soy de Portoviejo

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Por Esteban Michelena

Fotos de Karol Tayo

Barro montubio, amorfino

mancha e caña y corazón

llevo en la sangre metido

por mi tierra grande amor

 

En el parque La Carolina diez mil ecuatorianos aplaudieron la música montubia, el amorfino y contrapunto, puestos en escena por Raymundo Zambrano y Grace Macías; con el cuarteto Bonce Adentro. El decimero es de Santana y la joven cantante de Portoviejo, los dos de familias donde fluye el talento escénico.

El sol quema en Manta. La investigadora Libertad Regalado nos cedió su patio, lleno de plantitas medicinales. Se ha sumado Mariana Bazurto, una abuelita que recita los versos que oyó. La charla explora el actual estado de estos patrimonios culturales.

Mariana cuenta que lo que aprendió fue en largas jornadas dedicadas a otro oficio local: la producción de ollitas y utensilios de barro rojo, tradicionales de esas lomas donde nació en Rocafuerte. “Yo pilaba arroz, trabajaba el monte, limpiaba el maíz”. Con ella, no hay mucha vuelta. “Yo aprendo donde oigo”.

 

Ramita de tamarindo,

cascarita de granada,

cuando hay amores nuevos,

ya los viejos no valen nada.

 

Mariana ríe y lanza otro verso. Las frases tienen palabras muy usadas en Manabí.

 

Yo no quiero querer a nadie,

ni que me quieran a mí,

yo no quiero pasar trabajo,

ni que lo pasen por mí.

 

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Raymundo Zambrano: “Al mar le tengo miedo. Yo soy de río, de riachuelo y esterito”

Eso de “pasar trabajo” o sufrir contratiempos. Raymundo hace dos apuntes: que el conocimiento de estos viejos saberes estuvo ligado al paisaje y ciertas actividades productivas campesinas y que, en esos versos, fluye una genética oral y cultural de los manabitas.

Grace afirma que “está aquí el ejemplo de Mariana: no hay cosa que no diga con un verso, cualquier tema lo redondea con un verso”. Y Mariana dice que a don Bolívar Alcívar le escuchó un verso que le gustó:

 

Por qué el agua del mar

se une con la del río,

Y por qué tu corazón

no se une con el mío.

 

Raymundo precisa. “La tradición oral no solo atañe a la poesía o a la música; sino a la arquitectura, la disposición de una casa, materiales para construir, las formas de sembrar, de hablar, de nombrar las cosas, las recetas de cocina, las medicinales, juegos. Está en la vida”.

Los tiempos cambiaron, la vida y las herramientas también. Antes, las labores del campo marcaban un tiempo vital, que transcurría de una determinada forma. Y si las manos y el sudor fueron desplazados por nuevas tecnologías, también sufrieron las actividades relacionadas.

“Los exponentes de la tradición oral eran cocineras, parteras, vaqueros, músicos, poetas, yerbateros, carpinteros: todos recibieron conocimiento y memoria oral, decantándose señas de identidad”, afirma Raymundo. Grace da un ejemplo. “En Manta se prepara el estofado de murico, como hace más de 50 años”.

Raymundo entra a la cocina. “Nuestra oralidad es como una receta: un corviche lleva plátano, maní, achiote y pescado por dentro. Los platos que tienen más historia y los que han surgido de la necesidad los hacen igualitos, como hace 300 años”.

Estos versos y la producción agrícola tienen relación. “Los cantos del pilón estaban para marcar el ritmo de esa actividad, de pilar arroz. Son dos, están conversando y trabajando, tienen y marcan un ritmo: ahí nació la música, la canción”.

Y para entretenerse en la jornada, inventaron juegos. “Los versos y juegos de rueda, que tenían la finalidad del enamoramiento: el florón está en la mano y en la mano está el florón, floroncinto de mi vida, prenda de mi corazón. Ponían un anillo en una soga o gamarilla; la pasaban escondida y había que adivinar quién tenía el anillo”, comenta Raymundo.

La prenda se pagaba con un amorfino, que servía para mandar señales a la contraparte del romance. Estos juegos procuraron tiempo y lugar para socializar en la comunidad. “No había TV, no había farra, la radio —a pilas— entraba con las justas. Pero había gente y ganas de quererse”.

Así se promovió una sociedad oral. “Había que desgranar diez sacas de maíz seco: el mechero de querosene en el centro y alguien contaba una historia, un chiste, otro recitaba un verso. Siempre había en la familia uno que sabía o invitaban a alguien para que lo haga”.

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Mariana Bazurto. A sus 86 años tiene una memoria impresionante. “Yo aprendo lo que oigo”

UNA TRADICIÓN QUE YA NO ES NECESARIA

Preservar y dignificar su cultura oral es para Zambrano un deber con su pasado. En su momento, la memoria y oralidad fueron el registro y preservación de conocimiento y valiosa información que promovió la sobrevivencia y preservación de los mismos pueblos incluso.

Zambrano cita un ejemplo. “La memoria está entrenada, abierta, disponible. Yo di un taller de teatro en el campo y el niño que aprendía más rápido el texto era el que no sabía leer. Se quedaba escuchando, pensativo nomás y, sin más, aprendía el texto”.

El cuentero tuvo en su infancia campesina la mejor escuela. “Hasta hace poco, Manabí era un 70% rural”. Hoy se da una convivencia urbana y rural. “En Manta, las doñas tienen sus hierbas”. Incluso, señala Grace, hay matas para curar el mal de ojo. “De esta de aquí se coge tanto, de esta de allá se coge lo de acá”, recuerda a su abuela contándole sus secretos.

Zambrano se abre a su nostalgia. “Un amorfino evoca esos momentos placenteros de la niñez en el campo”. Un paraíso donde empezó a entender de la vida. “Para tomar leche tienes la vaca, el agua es la del río, siembras y comes lo que cosechas; vivíamos en abundancia; sin ser ricos, sin el propósito de acumular”.

La casa es de caña y madera. La palmera da sombra y el río revelaciones. “Las mujeres lanzándose agua, con sus vestidos mojados. Ver aparearse a los animales, el caballo y la yegua; sembrar un maicito que luego se volvió un bello maizal”, se emociona Raymundo.

Pero el tiempo también impuso la pérdida de la inocencia. “De niño pensaba que el mundo acababa al filo de los cerros y que atrás quedaba el otro, el de los cuentos, el de la magia. Volví y los cerros no eran tan grandes como los tenía en mi memoria”.

La nostalgia impulsa a Raymundo recuperar esa inocencia, volver a los sembríos de Bonce y la Estancia Vieja. “Me ocurre a mí, pero pregunto a gente que no ha vivido en el campo y, escuchándonos, se lo imaginan. Es una película contada o cantada”.

Por eso, mirar a Raymundo y Grace en vivo es una exultante celebración y reconocimiento de esos “otros” que nos enriquecen como nación. Sin embargo, el patrimonio está en peligro. “La tradición oral no se reaviva porque ya no es necesaria. Hace unos treinta años, en América había 35-40 millones de personas que todo lo que aprendían era a través de la palabra”.

Pero el arte campesino caló en artistas como Grace, quien tras un paso por el pop y otros ritmos, quedó prendada de su mundo original. “Yo estaba en otra onda. Me avergonzaba decir los versos porque la gente y yo misma lo asociábamos con ese espantoso programa de televisión, Mi Recinto. Me molestaba que me llamaran como a esos personajes”.

Ella inició un viaje sin regreso. “Luego empecé a preguntarme más cosas, a ir al Festival de la Tradición Oral, donde entendí muchas cosas”. Grace repara en que, desde la educación formal, nada se hace al respecto. “En Colombia, en la escuela hay una materia para aprender a bailar cumbia”.

La cantante dio en el clavo. Donde hay una cumbia, baila un colombiano y brinda un aguardiente. Aquí ni siquiera tenemos un trago nacional: nadie nos enseña a ser de acá. De allí la importancia que se otorga al desempeño de la selección de fútbol: es el único resorte que nos mueve a celebrarnos.

 

EXISTIR DESDE EL OCULTAMIENTO

“No puedes amar lo que no conoces. Es ignorancia: aquí es un insulto decirte cholo, montubio, indio, negro”, apunta Zambrano. “Es muy difícil competir con un montón de cambios que se están dando”, acepta Grace. “Es una carrera de resistencia”, afirma Raymundo.

¿Por qué echarse encima ese pesado fardo? Para Grace es un tema personal. “Sé que nadamos contra la marea”. Pero sonríe cuando escucha sus temas en la radio o le comentan que lo bailan los niños. “Eso me emociona. Esta entrevista me emociona, hace que un montón de cosas crezcan; es un impulso para seguir creyendo”.

Raymundo muestra la frustración ante la falta de políticas de Estado. “Se habla, pero no se hace nada. ¿Cuál la política de las universidades, de los colegios, de los medios? Hace poco pasé cuatro meses sacando ‘permiso’ para actuar gratis en una escuela”.

Los medios pueden hacer más de lo que impone la ley. “No es por decreto. Entran en juego la autoestima devaluada, el cholearnos, el regionalismo. Existimos desde la negación: no, no soy montubio, no soy negro, no soy cholo. Yo me oculto”.

La Universidad Laica Eloy Alfaro de Manta tiene un departamento que promueve esas identidades. Grace insiste en que se debe empezar en la niñez. “Si les enseñas a rimar o les cuentas cuentos, los niños no lo olvidan nunca”. Raymundo recuerda que lo mejor para acercar un niño a la lectura son los cuentos.

Cuando Grace trabajó con ellos, de entrada le pidieron reguetón. “No tenían ni idea”. Pero luego se reflejaron, hermosos, ante un propio y colorido espejo. “Yo llevo a mis alumnos al campo y es de ver su inmensa alegría”, dice Raymundo.

Pero los hijos de los narradores orales evitan que los viejos acudan a festivales. “Ven en esto el ridículo”. Grace lo siente. “A inicios de año, murieron leyendas como el papá de Raymundo, Duval Zambrano; Aida de Macías y Juana Franco; como que todo se va acabando”.

Zambrano cuenta que, en su pueblo, el tema ya casi es exótico. “Trabajo en Chone dos días a la semana, en la extensión de nuestra universidad hay un grupo de danza y un investigador; en esa zona está más fresca la identidad montubia”.

Raymundo tiene una cita. “Los africanos dicen que cuando se muere un portador de saber es como si se quemara una biblioteca. Es así, esa sabiduría se va con ellos. Yo conocí unos cien y he visto morir unos sesenta”.

¿Debemos contemplar cómo se borran estas señas que nos hicieron como pueblos? “Es amor y pasión: tienes raíces; está en nosotros no dejar que mueran”, declara Grace. Ese rato, doña Mariana muestra que está en la jugada. Y pone a consideración el verso oportuno.

 

Amorfino no seas tonto,

aprende a tener vergüenza.

El que te quiso, te quiso

y el que no, no le hagas fuerza.

 

Raymundo apela a la evolución. Y cita lo que Piazzola logró con el tango, a partir de recrear desde la tradición. “Es la materia prima”, subraya. Christian Mejía, quiteño de La Grupa, casado con una manabita, hizo algo de eso, muy sabroso. “Es una preocupación legítima sobre lo que somos. A veces me dan ganas de colgar el sombrero. Pero el amor es así de conflictivo y radical: es o no es. Por eso no te desprendes, es el valor que yo doy a todas estas gentes; son mi familia”.

Doña Mariana pregunta si ya nos pusimos serios. Y del cofrecito de su memoria, mejor nos presta un par de joyas.

 

Si el pecho de cristal fuera

se vieran los corazones,

no hubieran falsas caricias

ni se jugaran traiciones.

 

“Este es un amorfino de desamor. Los hay de mujer a mujer, de hombre a hombre, hombre y mujer; al Niño Dios, a Jesucristo, a la Virgen María, a la siembra, al trabajo”, apunta Grace. Mariana es toda risita. “La otra vez, en un encuentro, lancé uno, a ver qué pasa”.

 

Voy a mandar a cortar

tres cogollos de violeta,

si es bonito tener amor,

pero que nadie lo sepa.

 

Y por ahí le saltó otro abuelo divertido que le gritó: ¡coqueta! Mariana respondió en el acto.

 

Coquetas son las tontas,

las que dan a torcer el brazo,

yo no soy de las que gasto

pólvora en gallinazo.

 

Raymundo le desafía.

 

Yo no soy de por aquí,

soy de Cabito de Hacha,

no he venido por las viejas

yo vine por las muchachas.

 

Mariana se ve aludida.

 

Yo no soy de por aquí,

yo soy de Portoviejo,

yo he venido por los jóvenes,

no por este viejo.

 

Y Grace no se queda atrás.

 

Dormida paso soñando

con esa dulce boquita,

despierta yo solo quiero

tu beso en la mañanita.

 

La tarde se ha marchado. Celebro oír versos que pervivieron siglos, tal cual. Raymundo va por los refranes. “Son la sentencia más auténtica, han pasado el filtro de la historia de la humanidad”.

No hay abeja que se arrime a flor vieja, ríe Grace.

Ser pobre es cosa de Dios, pero ser pendejo es cosa de vos, remata Raymundo.

 


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