Trump y su amigo Vladímir Putin

¿Se valdrá Rusia del nuevo presidente

americano para reposicionarse en el mundo?

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Por Jorge Ortiz

 

Los integrantes de la cámara baja del parlamento de la Federación Rusa, la ‘duma estatal’, revisaban papeles y estudiaban mociones sin entusiasmo y con bastante pereza, agobiados por la rutina de un miércoles sin temas de fondo ni debates intensos. Era el 9 de noviembre, y la mayoría arrolladora de la bancada del partido gobernante Rusia Unida (343 de los 450 diputados) había convertido a la labor legislativa en un trámite previsible y monótono. De pronto, un poco después de la diez de la mañana, hora de Moscú, el legislador Viacheslav Nikónov lanzó, a gritos, un anuncio que fue recibido con júbilo y aclamaciones, incluso abrazos y aplausos, por todos los diputados, casi sin excepciones.

Y es que, a 7.500 kilómetros de allí, en Nueva York, la candidata a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata, Hillary Clinton, había reconocido unos minutos antes, a las dos de la madrugada, su derrota electoral. Su vencedor era, claro, el caudillo populista Donald Trump, quien el 20 de enero se convertirá en el cuadragésimo quinto presidente estadounidense. Pocos esperaban ese resultado (contrario, incluso, a la tendencia que parecía marcar las encuestas), que en la duma estatal rusa unió en la celebración —lo que casi nunca ocurre— a los nacionalistas con los socialdemócratas y a los comunistas con los liberales.

Esa misma tarde, el presidente Vladímir Putin le envió a Trump un mensaje inusualmente expresivo, anticipando el “establecimiento de un diálogo constructivo entre Moscú y Washington” para “sacar las relaciones ruso-americanas de su estado de crisis”, Putin no sólo habló de “crisis”, sino que puso énfasis en mencionar “la degradación en que ahora están”, en una referencia evidente a la vigencia —muy dañina para la frágil economía rusa— de las sanciones impuestas por los países occidentales más prósperos en represalia por la invasión y anexión rusas de la península de Crimea, iniciada en febrero de 2014. El propósito inmediato de ese “diálogo constructivo” pedido por Putin es conseguir el levantamiento de las sanciones, algo a lo que Trump podría ser proclive.

En efecto, Trump, como parte de su retórica electoral torrentosa y descuidada, más de una vez elogió a Putin como “un líder fuerte”, con quien “podría trabajar positivamente”. Precisamente esa característica de líder fuerte, con frecuencia autoritario y atropellador, fue lo que enturbió la relación ruso-estadounidense durante el gobierno del presidente Barack Obama y lo que habría dificultado una normalización plena si Hillary Clinton ganaba la presidencia. Ahora bien, ¿Trump —y las otras instancias del poder democrático repartido y compartido del sistema político estadounidense— se arriesgará a levantar las sanciones económicas a Rusia y, por esa vía, alentarle a nuevas acciones expansionistas, como la de Crimea?

Es que el presidente Vladímir Putin, quien fue un espía eficaz y un combatiente duro durante los años más tensos de la Guerra Fría, parece abrigar la esperanza —que sería el objetivo final de su política exterior— de restaurar las fronteras y el poder del imperio soviético, aunque sin el fallido sistema económico socialista, cuya aplicación fue lo que le llevó a su colapso y disolución. Para ese proyecto de restauración imperial, la toma de Crimea fue el primer paso. Los siguientes pasos serían la recuperación de Estonia, Letonia y Lituania, hoy —otra vez— países independientes, pero que fueron repúblicas de la Unión Soviética hasta 1991. Pero, ¿el presidente Trump tolerará lo que el candidato Trump insinuó en su campaña que sí toleraría?

 

Resentimiento y rivalidad

            Tras la quiebra y desaparición de la Unión Soviética, Rusia dejó de ser un protagonista significativo de la política mundial: ya no era el eje de una potencia global, de 22,4 millones de kilómetros cuadrados, con quince repúblicas, casi trescientos millones de habitantes, un arsenal atómico muy vasto y una larga lista de países dependientes, desde África hasta el Caribe. Al cabo de tres cuartos de siglo de economía socialista y con sus aliados en desbandada, Rusia ya no era nada más que un país débil y vulnerable, con un sector productivo atrasado, un proletariado hambriento, una clase media casi inexistente, un ejército anticuado, una sociedad sin cultura democrática y unas mafias despiadadas surgidas de los restos del Partido Comunista.

Fue entonces cuando el Occidente democrático y capitalista cometió un error inmenso e incomprensible: en vez de tratar a Rusia con afecto y corrección, como a un país sabio y valeroso que se había librado del socialismo soviético y que anhelaba un futuro de libertad y progreso, los Estados Unidos y Europa la vieron como el país heredero del voraz y agresivo imperio leninista y, como tal, merecedor de aislamientos y desconfianzas. Así, en lugar de acoger a Rusia con un espíritu fraternal y de cooperación, como se merecía, los estadounidenses y los europeos le mostraron una frialdad polar y un recelo que los rusos jamás terminarían de entender.

Peor aún, los Estados Unidos y Europa Occidental vieron en el desamparo extremo de Rusia una ocasión incomparable para arrinconarla y despojarla de cualquier sueño de protagonismo internacional. Fue así que, primero, emprendieron un plan para extender su alianza militar, la OTAN, hacia el este y, después, incorporaron antiguos aliados rusos a la Unión Europea. Polonia, la República Checa y Hungría, tres países con viejas y profundas tradiciones nacionalistas y antirrusas, se incorporaron llenos de euforia a las estructuras políticas, económicas y militares occidentales, como parte de una expansión de la OTAN y de la Unión Europea que llegó, incluso, a abarcar a países que habían sido integrantes de la Unión Soviética, como las tres repúblicas bálticas. Rusia asimiló los golpes sucesivos con resignación y en silencio.

 

¡Y llegó Putin…!

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            Tras una década larga de desconcierto y aguante, la situación empezó a cambiar en una fecha tan simbólica como el 31 de diciembre de 1999, cuando Vladímir Putin asumió la presidencia de Rusia por delegación directa de Boris Yeltsin, el presidente que había dirigido la pedregosa transición del socialismo autoritario a la democracia política y la economía de mercado. Putin, cuya carrera como agente de la KGB en los tiempos de las mayores ambiciones soviéticas le había convertido en un convencido militante antioccidental, se dedicó con prolijidad y paciencia a tratar de recuperar el protagonismo ruso en los asuntos mundiales. Su empeño parecía irrealizable.

Putin pronto vio, en efecto, que su meta de una Rusia poderosa y temida estaba muy lejana, no sólo porque del socialismo había heredado una economía burocratizada y yerma, sino porque su prestigio internacional estaba en ruinas. Fue así que su afán de crear un contrapeso propio a la potencia de la Unión Europea, mediante la conformación en su torno de una alianza económica supranacional, la Unión Euroasiática, nunca logró despegar y se quedó –—hasta ahora— en un precario acuerdo aduanero entre Rusia, Bielorrusia, Armenia, Kazajistán y Kirguistán. Pero Putin, que desde el 1° de enero de 2000 construyó una estructura política interna muy concentrada y autoritaria, sin ningún respeto por las opiniones ajenas, siguió decidido a apostar fuerte. Y, en cuanto la ocasión se le presentó, eso fue lo que hizo.

La ocasión que se le presentó fue la destitución, con una decisión legislativa no demasiado ortodoxa, del presidente de Ucrania, Víktor Yanokóvich, en febrero de 2014, en medio de una ola de protestas masivas por su intención de impulsar el ingreso ucraniano en la Unión Euroasiática y, por consiguiente, de suspender los trámites de adhesión a la Unión Europea. Vladímir Putin vio, entonces, lo que los líderes occidentales no vieron: la crisis de Ucrania era la oportunidad perfecta para la expansión de Rusia, que fomentó —e incluso apoyó con armas y soldados no uniformados— la secesión de la península de Crimea y de la ciudad de Sebastopol, que en una acción fulminante, en marzo, se separaron de Ucrania e ingresaron en la Federación Rusa. Cuando el Occidente quiso reaccionar se encontró con los hechos consumados.

 

Rapidez y determinación

            Cuatro meses más tarde, en julio, cuando Putin aún saboreaba su éxito en Crimea, Rusia encontró otra oportunidad dorada para expandir su influencia en los asuntos internacionales. Y, por supuesto, la aprovechó. Ocurrió cuando, en medio de un aluvión de denuncias sobre el empleo en la guerra civil de Siria de armas químicas por parte del gobierno del presidente Bashar el-Asad, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, advirtió que, si esas denuncias eran comprobadas, su país se vería obligado a intervenir. Esa era una “línea roja”. Pero cuando las denuncias fueron comprobadas, Obama (que fue un buen presidente a pesar de que tendió a extraviarse en su política exterior) vaciló. Y, claro, Putin se aprovechó de esa vacilación.

El vacío estadounidense en la crisis siria fue llenado por Rusia con rapidez y determinación. Y, desde entonces, su rol en la política del Oriente Medio no ha dejado de ganar en peso y volumen. Lo que, sumado a su presencia creciente en la política de Europa a partir del conflicto de Ucrania, le ha dado a Rusia —y, en persona, al presidente Vladímir Putin— un papel protagónico relevante en los asuntos internacionales. Y eso ha ocurrido a pesar de que las cifras de su economía siguen siendo modestas, incluso después de haberse convertido en el mayor exportador mundial de gas y petróleo y el tercero de acero y aluminio. Nada menos.

En efecto, la economía rusa no ha pasado de ser la octava del mundo, con un producto interno bruto de 2,1 millones de millones de dólares, que en 2015 se contrajo 3,7 por ciento y que en 2016 previsiblemente se contraerá otro 1,6 por ciento. Y es que incluso en 2014, cuando el precio del petróleo pasaba de cien dólares por barril y no estaba en vigencia ninguna sanción económica internacional, la economía rusa tuvo un crecimiento nulo, todavía afectada por su falta crónica de competitividad. Esa parálisis se agravó porque Rusia, Venezuela y Ecuador fueron los tres países que no supieron aprovechar sus bonanzas petroleras, que degeneraron en crisis cuando los precios del petróleo volvieron a sus niveles reales, en torno a los 50 dólares por barril.

La fragilidad económica de Rusia la ha sabido compensar su presidente con su capacidad deslumbrante de apostar fuerte, escogiendo bien el momento y el lugar. Es así que desde julio de 2016, cuando las convenciones nacionales de los dos grandes partidos políticos estadounidenses proclamaron sus respectivos candidatos presidenciales, Vladímir Putin aprovechó que Barack Obama estaba ya de salida para intensificar la participación rusa en la guerra civil siria, mediante un apoyo aéreo contundente a las fuerzas de Bashar el-Asad en su ofensiva para arrebatar a los rebeldes —algunos de ellos con patrocinio occidental— la ciudad de Alepo. Y, así, cuando 2016 está llegando a su final parece que el conflicto armado iniciado en marzo de 2011 está inclinándose sin remedio a favor del gobierno. Debido a Rusia, por cierto.

 

“El favor que te debo…”

            Tras haber utilizado a su favor la transición política de los Estados Unidos, Vladímir Putin espera valerse también del “diálogo constructivo” que, con la felicitación del 9 de noviembre, ya le propuso a Donald Trump. Desde el 20 de enero próximo, cuando asumirá el nuevo presidente, Putin confía en que contará en Washington con alguien que lo valora —incluso, tal vez, lo admira— como un “líder fuerte”, con quien “podría trabajar positivamente”, alguien que, además, hasta podría deberle un favor, pues no es fácil olvidar que en medio de la campaña electoral, cuando Hillary Clinton ganaba puntos y él los perdía, Trump exhortó sin tapujos a que, desde Rusia, los hackers atacaran las comunicaciones de su adversario y, así, ayudaran a magnificar el escándalo de los 33 mil correos borrados de la cuenta personal de Clinton.

Pero, ¿qué podría querer Putin de Trump? Tal vez, ante todo, que le deje las manos libres para que, sin intromisiones, pueda concluir su plan de anexión de toda la región oriental de Ucrania, incluidas las provincias de Donetsk y Lugansk, e incluso que concrete la creación de su Unión Euroasiática, que sería un contrapeso a la Unión Europea, a cuyos líderes Trump les ha hecho un sinfín de desplantes, desde apoyar con entusiasmo la separación de la Gran Bretaña hasta recibir en Nueva York con un inaudito despliegue de afectos al cacique antieuropeo Nigel Farage cuatro días después de haber sido elegido presidente. En la cosmovisión de Trump, poco fina y erudita, entre los Estados Unidos y Rusia ya no existe una disputa ideológica insalvable, como en los tiempos borrascosos de la Guerra Fría, ni Rusia es una amenaza para su primacía planetaria, por lo que respaldar una Rusia fuerte podría no parecerle una mala idea. De la cual Putin no vacilaría en aprovecharse.

También es posible que Donald Trump piense —al igual que la cúpula de la política exterior del gobierno de Obama— que la pacificación de Siria, al cabo de casi medio millón de muertos y unos ocho millones de refugiados, es irrealizable sin la participación activa y efectiva de Rusia. Y si para eso fuera necesario deponer la exigencia mantenida hasta ahora por los Estados Unidos de que Bashar el-Asad deje el poder tal vez habría que ceder, tolerando que el aliado y protegido de Putin siga ejerciendo el poder que heredó de su padre el año 2000. Al fin y al cabo, una vez más, Rusia ya no es el enemigo irreconciliable que representaba el autoritarismo socialista que quería destruir la democracia occidental. Más aún, Rusia hasta podría convertirse en un aliado muy fiable en la batalla final, ya muy próxima, contra el Estado Islámico, Al Qaeda y cualquier otra red del terrorismo islámico.

Sin embargo, ¿no fue el presidente Putin quien dijo, apenado y convencido, que la desaparición de la Unión Soviética fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”? Es posible que el presidente electo de los Estados Unidos piense que esa afirmación no haya sido nada más que otra de esas piruetas retóricas que hacen los políticos populistas para seducir a las muchedumbres. Él mismo, en su campaña, hizo muchas declaraciones desatinadas y excesivas, incluso grotescas, para atraer a las masas más desilusionadas e irreflexivas. Quizás, entonces, Trump esté convencido de que Vladímir Putin y su Rusia impetuosa e insurgente no son un peligro para la paz global y que hasta podrían ser un factor de estabilidad internacional, ahora que el mundo está tan alborotado y turbulento. Quién sabe. Tal vez Donald Trump tenga la razón.


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