Bacon: la vida es grito

Por María Fernanda Ampuero ///

Fotos cortesía Museo Guggenheim ///

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“Hubo un tiempo en el que tenía la esperanza de hacer el mejor cuadro del grito humano”.

Francis Bacon

 

“El arte de Bacon es inusual tanto por sus formas como por su contenido. Complejo y contradictorio, al igual que el artista que lo ejecutó, es también extraño, intenso y problemático. Admirable y simultáneamente preocupante, ataca por sorpresa. Trabaja directamente sobre el sistema nervioso y abre las válvulas del sentir. Resulta tan magnético como repulsivo. Es auténtico pero también inquietante. Se muestra profundo y frívolo a la vez. Atípico, quimérico, polivalente. Extremadamente sugestivo. Salvajemente humano”.

Mariano Akerman

 

De camino a Bilbao, una chica muy linda, veintipocos años, largas pestañas, pelo castaño, largo y muy planchado, comenta sobre la exposición de Bacon: “Es muy oscura, ¿sabes? Muy rara, deprimente. Yo qué sé, yo de arte entiendo poco, pero, uf, no me ha gustado”.

La chica de pestañas largas se queda buscando la palabra que describa la pintura de Francis Bacon (Dublín, 1909-Madrid, 1992). ¿Descarnada, tal vez? ¿Existencialista? ¿Atroz? ¿Violenta? ¿Siniestra? ¿Furiosa? ¿Carnicera? ¿Monstruosa? ¿Enloquecida? No la encuentra. Repite oscura. Luego, su cara tan bonita, tan nítida, se ilumina y dice que en la programación futura del Museo Guggenheim de Bilbao estará una exposición de Rembrandt y que esa seguro que sí le va a gustar “porque Rembrandt no es así, ¿sabes?”.

Seguro Rembrandt nunca escribió lo que escribió Bacon: “Cuando veo un trozo de carne en la carnicería siempre pienso que ahí debería estar yo”.

Ya lo advirtió el curador de la muestra, Martin Harrison: “que el público no espere ver ni florecillas bonitas ni arbolitos ni escenas bucólicas”. Como si alguien que sepa vagamente algo sobre Bacon fuera a esperar que haya salido una flor bonita del pincel del hombre que pinta alaridos, del hombre que supo que el infierno es el grito del hombre.

A España ha llegado el invierno de golpe, como una mala noticia, como si no se tratara de una estación sino de un castigo. Un día las temperaturas permitían ir en manga corta y al siguiente el espanto de una lluvia helada, incesante, que se filtra hasta las tripas, hasta las medias, hasta el alma. Que produce ganas de gritar. En Bilbao, al norte del país, llueve tanto que parece que nunca hubiera salido el sol, que nos hubiéramos saltado un día o que fuera el fin del mundo. Cualquiera diría que no hay otra ocasión más perfecta —más desesperante, más oscura— para visitar la muestra Francis Bacon: de Picasso a Velázquez, que ofrece al espectador 50 obras del artista, junto a otras treinta de maestros clásicos y recientes de la pintura francesa y española que tuvieron influencia en su carrera.

Casi veinticinco años después de su muerte, Bacon se vuelve a reencontrar con sus maestros. Entre las obras que comparten salas están San Francisco en oración ante el Crucificado, de El Greco; El bufón del Primo, de Diego Velázquez; algo de Giacometti y una figura femenina de Pablo Picasso.

“Si se piensa que mis obras son violentas, es que no se ha pensado previamente en la vida. No llego a ser tan violento como la propia vida”, decía Bacon cuando le preguntaban por el desconcierto que desataban sus cuadros.

Si hay un color de la violencia (no seamos toscos, no es solo el rojo de la sangre), ese color, esos colores, Bacon se los apropió todos. Miren, por favor, los cuadros que acompañan este texto. Esos tonos de gris, esos plomos, el negro, esos morados, esos púrpuras, ese color carne, esos café —sí, parece caca; sí, parece una cosa escatológica—, esos blancos hueso, el amarillo como de pus. No vean nada más: vean los colores. El emborronado que crea un nuevo tono. Si fuera una foto, diríamos que está movida. Eso perturba. A Bacon lo llaman “pintor oscuro”, pero sus cuadros tienen muchos colores. ¿Qué pasa entonces? ¿Qué hizo este hombre con esos colores? Basta dar una mirada rápida alrededor de la sala donde se exponen sus obras, casi sin fijar los ojos en ninguno de los cuadros, para saberlo o, quizás, presentirlo: da una sensación de morgue, de matadero, de lugar donde se pudre a una velocidad insólita la carne viva. Bacon y la escena del crimen. Bacon y la vida violenta: “Cuanto más violentamente se siente la vida, más consciente se es de la mortalidad”.

 

Asmático, gay, violento

Dicen algunos que es mejor no vincular la obra con la biografía del artista. En el caso de Bacon es difícil e inútil. El pintor tuvo una vida tormentosa, desasosegante, triste, apasionada, a la que constantemente estaba referenciando en sus cuadros. Partamos desde el final. El 28 de abril de 1992, Bacon moría en la clínica Ruber de Madrid. Los médicos le habían recomendado que no realizara el viaje, pero el artista, que tenía 82 años, no hizo caso. ¿Quién le iba a decir a él, a Francis Bacon, que hiciera o no hiciera algo? Además, tenía dos motivos para hacerlo: quería reencontrarse con un joven ingeniero español, de 35 años, del que se había enamorado hacía cuatro años y, además, quería volver a visitar en el Prado las adoradas obras de Goya y Velázquez que tanto lo habían influenciado.

Bacon fue un niño enfermizo, asmático, con unos ataques tan feroces que debían darle morfina. Hijo de un exmilitar, un hombre férreo, casi siniestro; tuvo muy difícil recibir cariño. El padre, claro, lo consideraba un blando y cuando, en su adolescencia, supo lo de su homosexualidad, lo echó de la casa. Un adolescente de dieciséis años, enamorado de su padre, lanzado al mundo como un animal. Bacon tenía rarísimas admiraciones y fobias. Sus relaciones sentimentales eran un desastre —dos amores suicidas—, pero tenía un gusto exquisito. En su familia no había antecedentes artísticos y a Bacon se le despertó la vocación muy tarde. Era un ferviente francófilo. Ávido consumidor de literatura francesa, vivió y visitó en numerosas ocasiones Francia y el principado de Mónaco. Siendo un adolescente, descubrió cerca de Chantilly La masacre de los inocentes (1628-1629) de Nicolas Poussin. Fue en 1927 cuando decidió viajar a París.

“Fui a ver la exposición Cent dessins par Picasso en la galería Rosenberg”, explicó años después. “Recibí tal choque que me dieron ganas de ser pintor. ¿Por qué no intentarlo?”. Aunque más tarde negaría que le gustara Picasso.

“Era raro. No hay que hacer mucho caso a lo que decía, porque era muy camp, le gustaba provocar. No es verdad, por ejemplo, que no le gustara el Guernica, de Picasso, aunque sí era cierto que del pintor malagueño lo que más le atraían eran las obras realizadas entre 1927 y 1933”, señala Martin Harrison, curador de la muestra y biógrafo del pintor.

Al recorrer la muestra se ve la evolución que tuvo la pintura de Bacon, desde las tonalidades oscuras y casi monocromáticas, al estilo del cuadro completamente gris de Picasso Bañistas con el balón, que se puede ver en la sala que abre el recorrido, hasta el colorido de sus obras de los años setenta en adelante.

Pero, sin duda, es la figura humana —humano, demasiado humano— en sus distintas vertientes: desnudos y retratos, el núcleo esencial de esta obra en la que vemos la visión descarnada, violenta, perra, desfigurada, salvaje, furiosa que tiene el artista. “En los desnudos, predominan los personajes aislados en posturas cotidianas que el autor deforma retorciendo los cuerpos de una forma extrema, dándole una nueva perspectiva a este género artístico”, según el catálogo de la exposición.

Las pinceladas son como su cabeza: violentas, iracundas, que intentan marcar a lo bestia, a la vez que borrar. Es como una pesadilla. Así es el Estudio para autorretrato (1981) en el que el artista se muestra como un hombre con dos caras, una blanca y una negra, siamés anatómico y psicológico. Esquizofrenia pura.

Sus cuadros van avanzando, él va cambiando ante nosotros. Como un reptil: la piel es otra, pero las vísceras son las mismas. A él, en la vida, le van pasando cosas, va gritando cada vez más alto, cada vez más desde dentro. Vomita, da alaridos. La vida en el lienzo. Aparece Lucian Freud, el amigo. Aparece Peter Lacy, el amante suicida. Aparecen sus fantasías y sus fobias masoquistas. Todos son espejos, pero de una feria. Todos, como el dolor, deforman las bocas, las mandíbulas, los ojos, el esternón. No hay escapatoria. El marco del cuadro es el marco de la vida, de esa vida. Locura. Prisión.

Tres estudios para una Crucifixión, terminada justo para la gran retrospectiva de Francis Bacon en la galería Tate Britain, merece un punto y aparte. Tal como resalta la crítica de arte Lucía Agirre: “Esta obra supone un punto de inflexión en su carrera. Es una respuesta a otra que había realizado veinte años antes, está llena de vida y de energía y marca un cambio en lo que iba a hacer a partir de entonces”. La obra está situada al lado de un Zurbarán: Cristo crucificado con un donante, y la relación que se establece entre ellas es emocionante. Sin embargo, estar delante de Tres estudios justifica la visita. Este tríptico de fondo naranja y figuras entre humanas y monstruosas, para el propio Bacon, hacía considerar irrelevantes sus obras anteriores: “es el fons et origo de mi carrera”. De hecho, es una de las primeras imágenes que vienen a la cabeza de sus fanáticos como, por ejemplo, el director de cine David Lynch.

Pararse frente a Papa es una cosa muy seria, muy aterradora. En el cuadro pintado en 1951, Bacon hace su personal interpretación del retrato que hizo Velázquez del papa Inocencio X en 1650. Este no pudo ser traído pues pertenece a la colección del Vaticano, pero el Guggenheim Bilbao consiguió la copia que, del original de Velázquez, hiciera en 1846 Amédée Ternante-Leamire. ¡Qué boca, qué grito, qué espanto, qué infierno! Recuerdo la frase de Bacon: “Hubo un tiempo en el que tenía la esperanza de hacer el mejor cuadro del grito humano”. Ahí está: es Papa. O, quizás, es mi cara mirándolo.

Yo también tengo ganas de gritar. Quizás el mejor cuadro del grito humano somos nosotros, los espectadores.


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