Mucha

Por Mónica Varea

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No sé cómo fue posible que en el tradicional colegio de monjas entraran dos señoras que nos venían a incitar al mal, a inquietarnos y a meternos ideas raras en la cabeza. Eran los años setenta; el primer congreso de mujeres se estaba llevando a cabo en alguna parte del mundo, y estas revoltosas venían a decirnos que sí se puede estudiar y criar hijos a la vez, que casarse no tiene que ser un objetivo en sí mismo, que teníamos derecho a decir no.

Todas uniformadas, todas aleladas, escuchábamos sin parpadear a estas damas que nos contaban cómo la una se hizo abogada y tenía cinco hijos, y la otra era profesora universitaria y también madre de familia. Al fin de la charla supimos que eran Luzmila Rodríguez y Susana Cordero de Espinosa.

Volví a ver a Susana en los años noventa, era un frío verano, estábamos en la playa. No sé si para ese entonces ya sería académica de la lengua pero ya hablaba con un lenguaje envidiablemente impecable. Su capacidad para poner el adjetivo preciso me fascinó, volví a estar alelada ante sus historias y tratando de pensar antes de hablar, de estructurar las frases con sujeto, verbo y predicado, de modular la voz y no rasgar la r, me atreví a preguntarle cuándo fue que empezó su pasión por lo bello.

Me contó que su madre siempre se preocupó por la educación de sus hijos, y que a fin de que tuvieran la mejor, decidió mudarse a Quito y finalmente a Madrid, con hijos, perros, gatos, hatos y garabatos. Cargaron la casa al hombro y se vinieron desde Cuenca. Los muebles, el piano, las alacenas, las camas y la familia entera emprendieron el largo viaje, que por tan largo no podía hacerse de un tirón, sino parando a descansar cada cierto tramo, haciendo tambos.

Una de las primeras paradas fue en la casa de un chagra amable y servicial, gordo y feliz que había sido administrador de la hacienda La Concordia, de su abuelo materno, a quien apreciaba y respetaba mucho. Él acogió a la familia Cordero en su enorme casa. La niña Susana, cansada por el largo periplo, vio maravillada la casa del buen hombre, todo le pareció bellísimo. Los altos tumbados, las elegantes cortinas de terciopelo, una escalera de caracol, unas colchas brillantísimas en las cinco camas que habían preparado para ellos, una mesa en media sala repleta de flores y figuras que completaban un decorado que a ella le impactó.

La mujer del chagra, que también era gorda y feliz, les invitó a tomar un rico café con humeantes bizcochos recién horneados y una espesa nata. La niña se sentía en un pequeño paraíso cuando el gordo hijo del chagra irrumpió con su gorda presencia, el padre lo abrazó y le dijo: “dame una mucha”. Al oír la palabra mucha, Susi se percató de la horrenda decoración, las flores plásticas, los adornos falsos y las cortinas de cierto pelo. Ese momento vio cómo la casa se entristecía, se afeaba y se desmoronaba ante el peso de una palabra que no sabía lo que significaba. Según me dijo, tuvo, por primera vez, a manera de intuición, la conciencia de la fealdad.


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