El Original

La música de Guanaco MC lleva años enteros sonando en las radios ecuatorianas, reuniendo y encontrado a su público. Pero Blasfemia, su álbum más reciente y el cuarto de su carrera como solista, se siente diferente, como una verdad incontrolable que no se puede callar.

Por Gabriela Robles

 Guanaco está por salir al escenario. Han pasado horas de montaje, pruebas y ensayos con el elenco que levantará el show: la presentación de Blasfemia, su nuevo disco, en el Teatro México, al sur de Quito. Una actriz llamada Sofía camina a paso rápido hacia uno de los patios del teatro, lleva puesto un traje negro de noche, hoy hará el papel de la tristeza, se arrastrará por el piso, llorará y se convertirá en la muerte. Los músicos han dejado sobre el primer plano del escenario una mesa, una lamparita, un mantel, dos sillas y en el centro una botella. Han dejado libre el espacio donde sucederá la película de Guanaco, su historia contada a través de símbolos. El tablón es el parqué de una cantina. Nadie sospecharía que se trata de un disco de hip hop.

Guanaco se duchó, se miró al espejo y acomodó un alzacuello en su camisa negra: su forma de encarnar a la blasfemia es disfrazarse de sacerdote. Hace unos días mandó a comprar velas, claveles y heliconias para el escenario: esto también podría ser un velorio. Ahora sí, veinte minutos antes del show, se apoya contra el mesón del camerino y se da el gusto de conversar un rato con una botella de Norteño a medio empezar en la mano. “La necedad”, dice. Toma un sorbo a pico y se lo pasa a un amigo. Que no sabe por qué hace todo esto, dice, “pero lo hago”. Alguien tiene que hacerlo y mejor que sea él. Aunque una luz fluorescente aclara el espacio, Guanaco está a punto de presentar el disco más oscuro y más llorón de toda su carrera.

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Dice “¡toma!” y el público le regresa un “¡toma!” que se escucha a kilómetros de distancia. Señala con su micrófono hacia la masa y ellos gritan con todo el ímpetu: “¡Toma!”. El músico se consuma en esa interacción repleta de adrenalina en la que cada vez que lanza un “vamos mi gente”, un “say wo-o” y camina a saltos de un lado para el otro del escenario, está continuando con la carrera que empezó cuando era un niño, a los ocho años. Guanaco tiene conciertos todo el tiempo y fans en todo el país que le siguen y lo piden en la radio. Blasfemia es su cuarta placa y una buena forma de demostrar que, como dice uno de sus hits, uno “siembra para cosechar”.

Raíz (2013), su disco anterior a Blasfemia, entró al circuito comercial con facilidad, un salto que pocos discos alternativos ecuatorianos pueden dar. Tuvo hits en las radios como Vamos pa’ la calle y Siembra, que le abrieron túnel para resbalar hacia públicos que no solo escuchan hip hop. Raíz es un lado feliz de Guanaco y prometía una continuación inmediata. “Tenía todo planeado para hacer otro disco. Doce temas que venían de lo que me podía salir mejor”, pero había algo en su interior que le pedía salir con fuerza, y para él escribir es un acto de correspondencia con la realidad, con su realidad. Sus canciones más fuertes han salido así, one take, como las de Blasfemia, que se volvieron urgentes.

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La historia de Guanaco comienza en Ambato, en las calles del barrio popular Juan Benito Moreno. Juan Pablo Cobo, hijo de mecánico y ama de casa, creció viendo a sus padres sacarse la mugre. “Cuando mi papá me ve las manos, me dice ‘ve tus manos, nunca tuviste que ensuciarte’. Él tiene las manos como guante”. Guanaco no tiene las manos partidas, pero siempre tuvo que camellar duro. “Trabajé en cosas feas. En una fábrica de cuadernos, en una lavandería industrial, hasta de payaso hice una vez en una fiesta”. “Es que Juanito siempre es pura elegancia. En la calle, en el camello, quebrándote en la cancha”, recita la Canción para Juan, un tema de este último disco en el que recuerda esos días en la tierra de las flores y las frutas. En su casa aprendió lo que es el trabajo, pero también lo que es la música. Su familia, tíos y primos incluidos, tenía la tradición de reunirse a escuchar música rockolera en la radio todo el día, sacar tonadas de música popular y escuchar a la abuela tocar el acordeón. Hasta intentaron que Juanito aprendiera la guitarra, pero no hubo mucho que hacer. Odió.

Antes de cumplir los diez años, Juan Pablo ya era más Guanaco que Juan. No fue un cambio que escogió a voluntad ni pensando que ese alias sería su álter ego musical. Juan, de ocho añitos, repite y repite los chistes que le cuenta el guachimán del barrio, en los que el ‘guanaco’ es el apodo púdico con que se refiere a sus partes. Su nombre cambia para siempre. La familia y los amigos le dicen Guanaco cuando lo llaman a comer, cuando le gritan que salga de la casa y venga a escuchar música. Por esos días él y sus vecinos empiezan a escuchar la música de los chicos grandes del barrio, el rap de Mellow Man Ace, Vico-C, Vanilla Ice; el trash y el hardcore que pasa el MTV de la época. Guanaco camina por la calle, se cubre la cabeza con una capucha, pasa frío y aprende el arte de seguir los pasos de los más sabidos.

“Éramos bien noveleros. Con mis panas armamos una banda para tocar la música que escuchábamos y hacíamos rap aunque no entendíamos bien de qué se trataba. Era como la orquesta del Chavo, más o menos, y yo cogí la batería. No teníamos nombre ni nada. Pero ese fue mi primer contacto real con la música”. Juan Pablo dio su primer concierto frente a unas 60 personas en una mecánica con piso de tierra y lluvia, detrás de la Plaza de Toros de Ambato, en el invierno de 1994. Su grupo le abrió a Chancro Duro, una banda pesada con buena fama. No quieren quedar como blandos, así que tocan sus temas acelerados para que suenen a grind, de lo más extremo que hay en el hardcore metal. Y se toman un té de floripondios. Bienvenidos al underground, chamos.

Siguieron, crecieron, mutaron. Algunos se fueron, de la banda y de la música, pero Guanaco siempre se quedó. Unos años más tarde, empezó a cantar en Mortero, un clásico de la escena metalera, con quienes viajó, ganó cancha y seguidores, además de admiración por su habilidad para encontrar las letras precisas. Así, de a poco, se metió en la movida alternativa ambateña, donde ya sonaban bandas conocidas en todo el país como Cafetera Sub y Mamá Vudú. Estaba adentro, había agarrado confianza y podía decidir qué música hacer. Eso significó regresar al rap y a la par, por qué no, formar una banda de reggae que se convertiría en la mole más querida del género en todo el Ecuador.

Cuando Sudakaya empezó a pegar con la gente, Guanaco tuvo la certeza de que su música podía entrar en la vida de los demás. Convocó a miles de chicos en el Ecuador bajo la bandera del reggae, Jah Rastafari y la marihuana. “Fuimos parte de un shock cultural. La primera generación en decir abiertamente que fumaba weed”, dice. No era un invento, pasaba, y los que se sintieron identificados saltaron en sus alas.

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Hugo Caicedo, guitarrista, cantante y cofundador de Sudakaya, recuerda que una tarde se le acercó a Guanaco para invitarle a que tocaran juntos en su casa. El llamado tímido se convirtió en muchísimas tardes de escuchar música, fumar porro y a veces, para sentirse más malos, música, porros y jacuzzi, todo en un combo de película gánster que produjo canciones contagiosas. “Compartíamos el gusto por la música caribeña, el calypso, el rap de SFDK, el reggae de Marley, de Sizzla, y por otro lado, ese apegue por la música criolla”, Julio Jaramillo y Alci Acosta eran infaltables en su lista, cuenta Hugo. En un mes armaron ocho temas con los que empezaron a conquistar los oídos jóvenes de una generación que, hace dieciséis años, necesitaba canciones para cantar. Sudakaya sacó tres discos, un EP y giró por Europa, Estados Unidos y toda Latinoamérica, como solo unas pocas bandas del Ecuador lo han hecho hasta ahora.

Raúl Molina —un monstruito para la batería de menos de treinta años de edad, que toca con Guanaco pero también en otros grupos como Jazz the Roots, Wañukta Tonic y con la cantante Paola Navarrete— confía en el criterio con que Guanaco dirige su banda. “Tiene como esa característica de líder innato. A veces me olvido que estoy tocando con una persona que admiré desde chiquito”. Raúl tenía a Guanaco, por Sudakaya, en un atrio junto con sus músicos favoritos locales, y cuando empezaron a tocar se convirtió en su pana. Sus historias se han construido así, desde la amistad, la familia y la música. Las tres cosas se amalgaman como una sola y de ahí sale la rima, la letra honesta hablando de su vida en cada tema. Nada es casualidad.

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Luego de cuatro timbrazos, la voz de Belén se descascara en el teléfono. “¿Cómo vas, Ga?”. Son más de las diez de la noche y por detrás de su voz asoma una que otra palabra lejana de Rafaela, la hija mayor de Guanaco, una nena flaca y rubia de nueve años. “Yo no sabía que era músico”, recuerda Belén, que lo conoció cuando ella tenía diecisiete años, y ha sido su pareja desde entonces: Guanaco fue su primer novio y el único. “Luego supe que tenía una banda, Mortero, pero que también tenía el proyecto de Guanaco. Cuando nos conocimos más y me contó sobre ese lado suyo, yo le decía, pero, ¿por qué no sacas tu disco?, y luego concluimos que teníamos que conseguir la plata como sea para sacarlo”. En la escena independiente ecuatoriana, la fama y el talento no bastan —nunca han bastado— para que las bandas emerjan y generen billete.

No pasó mucho tiempo para que Belén empezara a organizar tocadas y fiestas donde Guanaco pudiera presentarse. A la par con la participación de Juan Pablo en otras bandas, a la par con sus estudios en Comunicación Social, con el trabajo, y más tarde con la vida de matrimonio y con los hijos, Belén ha sido la acólita de la carrera solista de su marido. “Me inventaba cosas para sacar sus proyectos y así empezamos a hacer equipo”. Ahora tiene 33 años. Comparten el mismo cuarto, el mismo baño, así como comparten la gestión de todos los discos que Guanaco ha sacado hasta la fecha. Comparten la misma vida.

Belén me habla desde su nueva casa en Baños. Se acaban de mudar luego de dos años, “pensando a dónde escapar”. Probaron la selva y la playa, hasta que terminaron por encontrar una casa llena de frutales y espacio para sembrar, muy cerca de Ambato y Latacunga, las ciudades de donde ellos son originarios. Aunque la Rafa, su hija, piense que “ahora son campesinos”, Guanaco no se está retirando, van y vienen de la bulla cuando les da la gana. Van y vienen, porque Guanchaka, el estudio donde trabaja, las fiestas, los conciertos y las giras siguen partiendo desde Quito hacia las ciudades grandes del país.

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“Un abismo inmenso entre nuestro silencio. En la misma cama pero estamos lejos. En la madrugada exhalando miedo”, rapea Guanaco en Lejos. Hace tres años, el dúo dinámico Belén-Juan Pablo se desmoronaba en una época de debilidad emocional y cansancio. “Había full conflictos y estábamos en otra. Vivíamos súper dispersos”, cuenta Guanaco, ahora, cuando todo parecería estar curado. Belén dice que estaban acostumbrados a darse su espacio. “A veces él sentía que debía irse por un tiempo y por mí estaba todo bien”, pero esa vez la cosa parecía marchita y los dieciséis años de relación casi se caen en cuestión de meses.

Flashback: Belén está viajando en una furgoneta al aeropuerto de Tababela. Todos los días hace ese recorrido que le toma una hora desde Quito. Llegará a su counter de Servicio al Pasajero, se acomodará la chaqueta y el peinado y empezará una jornada que le evitará ver a la Rafa y al Juan Pablo por el resto del día. La Rafa saldrá del colegio a las dos de la tarde y pasará toda de la tarde acompañándole al Guanaco en la cocina mientras él prepara unos camarones; en el banco, mientras él llena una papeleta; en el estudio, mientras él graba y vuelve a grabar. Ambos llegarán a casa por la noche, cansados, un poco hartos, hablarán poco y se acostarán casi sin mirarse, sin entenderse.

“Pero es tan simple en este gris no existe matiz, solo el silencio impenetrable de un anhelo a sucumbir. Buscando el refugio en el fondo de una botella. Sabiendo estando claro, nadie gana en la tragedia”.

Lejos

Blasfemia se recarga de ese quejido que la música mestiza/andina ha sabido proferir con órganos y requintos. Desde el lugar común del alcohol y las historias de amor desafinadas, apaga el optimismo falso que genera la imagen de un rapero exitoso al que le llaman de cualquier parte del país para que avive a las masas.

“Sobre el tablado, una amargura, la incomprensión de los gestos, la soledad de la cama, el silencio tras del telón. ¿Por qué a mí, nadie me entiende?”

Soledad

La escuela del rap te obliga a escribir desde lo que pasa en el entorno y lo que pasa en quien rapea. Guanaco no deja ni un momento de regirse bajo esa línea y, una vez más, un disco suyo se hace one take ya sin pensar en qué va a pasar con él. “Yo no creo que mi camino como MC lo tenga que deber a alguien más. Me vale un culo. Yo hago las cosas porque las siento en ese rato”. Lo dice mientras conversamos sobre cómo lo ven los que lo quieren y los que no lo quieren tanto. “La gente del barrio quiere fama y dinero. Yo no soy millonario por el rap ni lo seré, pero sé de dónde vengo. En el underground me he movido desde niño y he tocado con algunos que ahora me apuñalan por la espalda, que serán diez. Pero los que me acolitan, porque saben de dónde vengo, son miles”.

Juan Pablo Cobo se redescubrió ahora adulto, cerca de sus 40 años, a partir de lo criollo, de la música chola de ciudad. Rasgó su memoria y encontró los recursos para dejarse limpiar por dentro. La presentación de esta placa en formato especial de vinilo de 12’’ puso a prueba aquella conexión con el público. A ratos, se le nota nervioso por la reacción de la gente. Normal. “Pero boom, sale un man grafitero del sur y me compra un disco. Siento que mi música sí le llega al pueblo”. Lejos de ser su disco más vendido o el más comercial, lo sanó, así como sana a muchos que lo escuchan. “Se agradece siempre cuando te dice la gente ‘ay, me enamoré con este disco’, ‘me divorcié con este disco’”. Dice que, cuando uno habla de felicidad máxima o de tristeza máxima, la gente se identifica con eso.

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Aunque hasta ahora no se haya convertido en el álbum favorito de las masas, Blasfemia es el legado de Guanaco al cancionero local, un puñado de tristezas maceradas en Norteño, machacadas con sentimiento y expulsadas sin piedad.

Luego del silencio, se encienden unas luces rojas, tenues. Los símbolos para este performance: una mata de sábila, una calavera y un corazón de vaca, aguardan a un lado de las tablas mientras la voz profunda y pregrabada de Patricio Toro, el emblemático locutor de radio, suena a través de los parlantes del Teatro México. Le sigue un vals tocado en requinto que luego de tres frases empieza a transformarse en un sampleo con scratches y jaleos. De un momento a otro, Guanaco, de negro, con el alzacuello y la cabeza recién afeitada, camina hacia el centro con unas gotas de drama uncidas en la espalda. La canción dice así: “… Caña en la copa, escribiendo a solas. Solo en la alcoba, mi mente se enfoca. Abran paso que llegó El Original”.

 


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