Tres

Por Ana Cristina Franco

franco

 

Muchos amigos se fueron antes que yo y me dejaron solo,

por eso si en invierno hace frío,

 bajo al infierno un poco…

Andrés Calamaro

 

Él: me indujo a comprar mis primeros Vans, a los once años. Usaba un zapato mío y yo uno suyo. Andábamos por la escuela sintiéndonos súper especiales, sintiendo que alguien nos quería. Me llamaba por teléfono después de clases y me hacía escuchar Nirvana a través del auricular, yo le ponía Fito Páez y él me decía que eso no era música, pero de todas maneras ambos estábamos orgullosos de los gustos del otro, odiábamos a los Back Street Boys, la banda favorita del resto de la clase.

Se me declaró el último día de quinto grado y le dije que sí. Salimos a vacaciones y nos vimos una vez, en la casa de una amiga a la que le decíamos La Mona. Escuchamos un casete de Los Hombres G, comimos galletas de chocolate, y solo por unos segundos, nos dimos la mano. El primer día de sexto grado le dije que era mejor terminar, mi mamá me había dicho que a esa edad no se tienen novios. Me hizo la ley del hielo. Todo el año.

Ella: el día que nos conocimos, en primer curso, las dos dibujamos un sol y una luna para un ejercicio de la clase de lenguaje. Le obligué a leer El mundo de Sofía para tener con quién comentar. Y más tarde: corrimos por las calles de La Floresta sin zapatos a las seis de la mañana; pusimos una carpa en la sala y nos metimos a tomar cerveza y a escuchar The Doors por tres días seguidos. Cuando estaba triste se dormía en mi cama, aunque hubiera farreado como el diablo seguía durmiendo como un angelito; cuando yo temblaba del chuchaqui ella me curaba el alma con películas baratas y hamburguesas de a dólar; me compró la pastilla del día después en plena lluvia y me trajo gomitas de corazones; me acompañó al hospital cuando pensé que tenía un infarto y solo era resaca.

Ellos: se conocieron a los veinte años. Eran dos planetas sin órbita que han errado por el espacio millones de años y un día se encontraron sin querer. Se abrazaban tan fuerte que a veces se lastimaban. Ella tomaba fotos, él tomaba norteño, ella también tomaba norteño, y ahí era cuando las cosas se les iban de las manos, los fantasmas salían y terminaban llamando a la policía (eran de esos amores en los que interviene la policía). Con ella, él ya no sentía que ese bicho le comía el esófago. Con él, ella ya no se comía tanto las uñas.

Los tres: compro media de norteño a las tres de la tarde. El chico que me gusta es un gamín que prefiere las drogas a mi amor. Ellos me ven tan bajoneada que deciden incluirme en su relación, no es por pena, son más bien las ganas de innovar. Queremos ser la primera relación de tres. Estamos revolucionando el sistema, ¿cachas? Pero nuestra iniciativa utópica dura lo que dura el efecto del alcohol. A las nueve estamos sobrios, yo debo regresar a la casa a hacer los deberes y ellos deben continuar con su vida de novios, de novios de dos, ¿tres? Ya sabemos la historia: tres son multitud, dos son multitud, uno es multitud.

***

Otra: en su mochila hay pipas, libros que nunca lee, restos de jacho, esferos reventados, cepillos de dientes, medias impares, también hay una cajita pequeña de metal. La cajita tiene cenizas. Las cenizas son cafés y no huelen a nada.

Esa noche compramos una copia pirata de Thelma & Louis. Esa noche ella soñó que iba a una fiesta y que lo encontraba ahí. Lloraba, le decía que había tenido una pesadilla, había soñado que él había muerto. Él se reía, le abrazaba y le decía que no hable huevadas. Pero la cajita seguía en su mochila. Y nosotros en una cama que flotaba en un río revoltoso lleno de pirañas, calaveras y relojes. Días antes de que sucediera, ella había pegado en su pared la letra de una canción: “El amor más grande que conocí, sin querer un día pasó por mí, por la vía láctea se encontrarán, en algún planeta, en algún lugar…”


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