Las obsesivas pasiones de Melvin Hoyos.

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Por Tali Santos.

“Este es, de los guayaquileños de la Colonia, el personaje más extraordinario. Nació en Guayaquil y pasó unos años aquí y vivió luego fuera. Es nada más ni nada menos que Pedro Franco Dávila, fundador del primer museo que hubo en Europa… La colección de historia natural de él fue una de las colecciones más grandes que existieran en el mundo. Tan grande fue, que el rey Carlos III mandó a su delegado a París, donde él vivía, a decirle que estaba interesado en adquirirla. Y Pedro Franco Dávila dijo que no. Pero pasados los años, a pesar de que era un hombre muy rico —era uno de los principales exportadores de cacao de Guayaquil— vio que la plata no le alcanzaba para seguir manteniendo la colección; entonces, aceptó la propuesta del rey y este mandó a construir en Madrid un edificio para albergarla. Pasan los años, él muere, y la colección crece desmesuradamente, entonces, Fernando VI, hijo de Carlos III, da la orden de trasladar aquel que había sido fundado como primer museo de Europa (el Real Gabinete de Historia Natural) a otro lugar. Y aquel edificio que albergó la colección de Franco Dávila lo destinan para obras de pinturas que estaban en El Escorial o en el Palacio Real. El rey lo llamó Museo del Prado”.

Una referencia histórica que Melvin Hoyos Galarza, director de Promoción Cívica y Cultura del Municipio de Guayaquil, relata al acariciar un busto del personaje que vivió entre 1711 y 1786, y que expresa con placentera sonrisa durante una entrevista con Mundo Diners. Con la satisfacción de alguien que se siente poseedor del conocimiento de una materia y de la sensación de poseer una privilegiada conciencia sobre algo que para él es concluyente: la importancia histórica de su Guayaquil, su ciudad natal, es mundial.

Desde su cargo maneja la Biblioteca Municipal, el Museo de la Ciudad, donde insertó a partir de los resultados de sus investigaciones salas con la historia de la ciudad, y programas cívicos y culturales organizados en el marco de la política pública municipal. Es filatélico, experto en numismática, historiador (miembro de la Academia Nacional de Historia), aunque pasivo por estos tiempos, arquitecto y posee una colección malacológica con conchas de moluscos de los siete mares. También tiene la tercera colección de cómics más grande de Latinoamérica y casi mil especímenes en su actual colección de insectos.

Cada día laboral cruza el puente de la Unidad Nacional como uno más de la población flotante de Guayaquil. Vive en el cantón Durán con su esposa Gisella Franco Valdivieso, madre de dos de sus tres hijos, en una casa diseñada por él mismo. Ahí está su biblioteca personal, epicentro de sus investigaciones. Ahí están colecciones heráldicas con la cualidad de ser las “más grandes” o las “más difíciles de hallar”, primeras ediciones de libros de historia publicadas en el Ecuador en el siglo XIX e inicios del siglo XX conseguidas, en varios casos, por intercambio con otros bibliófilos o coleccionistas. Ahí comparte con sus nietos el mundo de los cómics.

En una pequeña oficina en el subsuelo del edificio de la manzana ubicada entre las calles Pedro Carbo y Chile, y Sucre y Diez de Agosto, donde están la Biblioteca y el Museo de la Ciudad, en el centro de Guayaquil, repleta de cajas y documentos y olor a papel guardado, se refiere a las pasiones que lo obsesionan y a su forma de entender algunas de ellas, que han llegado a colocarlo en el plano de la controversia, un lugar que más bien lo incomoda.

—¿Cómo se maneja una biblioteca en el siglo XXI, en la era del conocimiento online?

—Hay cosas que hay que tener bien claras en el tema de servicio bibliotecario, por ejemplo, ya las bibliotecas tradicionales están dedicadas exclusivamente a la investigación puntual de información que no se puede encontrar en Internet. Las bibliotecas modernas tienen que tener, así como en su momento inventaron la zona de referencia donde estaban las enciclopedias, para partir de lo general a lo particular en la investigación que cada cual emprendía, un ciber; y así tiene esta. El consultor moderno va al ciber y busca ahí la información básica, y luego, cuando ya se empantana al tratar de especializar su investigación, comienza a buscar en archivos y secciones especializadas en la biblioteca tradicional.

—¿Qué tiene esta de particular?

—Contiene el Archivo de la Ciudad, donde están todos los documentos en manuscritos desde su fundación. Y un archivo genealógico importantísimo donde se puede saber quiénes son las personas de Guayaquil, los guayaquileños, desde sus más remotos ascendientes. Aparte, a juicio mío, posee la segunda biblioteca de autores nacionales más importante del Ecuador, después de la Aurelio Espinosa Pólit que hay en Cotocollao, en Quito.

—Esta información sobre las ascendencias se refiere a una parte de Guayaquil, una ciudad de inmigrantes.

—Hablamos básicamente de las familias que formaron Guayaquil y de las que se han desprendido muchas ramas, porque esas familias coloniales obviamente emparentaron con muchas personas que eran inmigrantes, extranjeras o nacionales. Pero esas familias o esas personas que fueron inmigrantes en el momento en que tuvieron descendencia aquí pasaron a ser guayaquileños. Entonces, eso es ese archivo heráldico y genealógico, donde uno puede retroceder a los orígenes de muchas de las viejas familias de la ciudad y conocer más información sobre sus ramificaciones.

—¿Qué tanto cree que conocen los guayaquileños sobre esto?

—A medida que los años pasan, menos. Todos los ecuatorianos debimos, hace muchos años, tener conciencia de que la única manera en que podíamos alentar la cultura y afianzar la identidad de nuestros pueblos era hacer un trabajo mancomunado entre municipios y Estado. Nunca se hizo. Hay intereses políticos que han mantenido rutas diferentes tanto para los unos como para los otros, y no se ha visto con un poco de generosidad este hecho que es imprescindible para que crezcamos juntos.

—¿Cree que la historia del Ecuador ha pasado por el tamiz del regionalismo?

—Soy un fiel creyente, tómelo con mucho cuidado lo que voy a decir, soy un fiel creyente de que el regionalismo bien tomado en cuenta es una cosa muy positiva para las sociedades y un regionalismo mal concebido es una de las cosas más negativas para el progreso de una nación. ¿Qué es un regionalismo bien concebido? Es un quiteño que ama su quiteñidad y cree que su quiteñidad es parte de la personalidad que su pueblo debe tener para progresar; y un guayaquileño que ama su guayaquileñidad y que lucha para que esa identidad se mantenga y se sostenga. ¿Para qué? Para que ese sea su atributo para poder crecer…

—Las identidades particulares no significan división.

—No, todo lo contrario. Vea usted, ¿hay un país más diverso que España? No. Claro, que hay mucha fricción entre el centro y la costa mediterránea, siempre los catalanes quieren independizarse, etc., etc., pero usted ve cómo esas diferencias hace que empuje sus carros toda Cataluña para prosperar y hace que empujen sus respectivos carros toda la zona centro; entonces, en conjunto, la nación prospera.

—Pero las ideas separatistas persisten en España.

—Persisten aquí, en España, en Francia, en todo el mundo, es parte del temperamento humano y como es parte del temperamento humano, es parte de las cosas con las que el hombre debe luchar.

—¿Y Melvin Hoyos cómo lucha contra eso?

—Alentando el progreso de mi tierra y haciendo que, en el momento en que nosotros necesitamos unirnos para hacer fuerza, nos unimos. Le voy a poner un ejemplo muy puntual: la Asociación Filatélica Ecuatoriana (AFE) tiene a los mejores filatelistas del Ecuador. Y la AFE tuvo ahora la iniciativa de hacer que se integren las principales asociaciones filatélicas de Guayaquil y de Quito para hacer un trabajo sobre historia postal que se inaugura mañana (fines de noviembre) en el museo de la ciudad. Nos pusimos a hablar con los directivos para hacer que esto despegue a nivel nacional donde se vean las fortalezas tanto de Guayaquil como de Quito y, juntas, se vea que el Ecuador está dentro de una posición especial dentro del estudio de la historia postal.

—Como historiador, usted ha propuesto replantear la versión tradicional sobre el Primer Grito de Independencia, ¿ha sido políticamente incorrecto hablar de eso?

—Para nada. Yo estoy plenamente de acuerdo con un quiteño que se llamaba Óscar Efrén Reyes y que decía que la historia es la más versátil de las ciencias sociales porque cambia a medida que van encontrándose nuevas fuentes de información, que van haciendo ver con otra óptica los hechos históricos que hicieron el pasado… Hay un historiador ecuatoriano, profesor de la universidad de California, que encontró una enorme cantidad de información sobre el proceso emancipador de América entera y escribió un libro en que se hacen ver cosas que antes no se decían. Por ejemplo, 10 de agosto de 1809. Dice: “Es un problema local entre bonapartistas y fernandistas… Y se dieron esos problemas locales en México, en Quito, en Chuquisaca; pero fueron el sustento, la base para que se dieran cuenta todas estas comunidades que no funcionaba ser colonia”.

—¿Dónde estaban esos documentos?

—Hay archivos que han sido muy poco usados porque se pensaba que en esos archivos no se iba a encontrar nada. Enrique Muñoz Larrea, historiador quiteño, cuando estaba haciendo las investigaciones sobre el 10 de agosto de 1809 por el Bicentenario, encuentra estos documentos en el Archivo Militar de Segovia, donde a nadie nunca se le había ocurrido buscar. Mire, a 200 años de distancia de los hechos históricos, encuentra una suerte de Consejo de Guerra a un señor de apellido Salgado. Ese documento cambia de aquí a acá (abre sus brazos) toda la historia de independencia del Ecuador, cambia la información: los que son realmente traidores y que en su momento se pensaban héroes, o los que realmente son héroes y que en su momento se pensaban traidores…

Refiere que en lugares tan cerca como Lima se halló una colección publicada por el sesquicentenario de la independencia de los peruanos en que había una información sobre Guayaquil y Quito que da un reenfoque del proceso emancipador del Ecuador. “Un hallazgo muy puntual quita, por ejemplo, el nivel épico de la Revolución de Octubre pero, en cambio, le da más realismo; y si nosotros somos historiadores lo que queremos es ver la realidad no un cuento”.

—Usted trabajó con Julio Estrada Ycaza.

—Yo fui su principal investigador.

—¿Qué significó trabajar con un personaje como él?

—Estrada era una persona extremadamente rigurosa en el proceso investigador y ese es el mayor legado que les dejó a las personas que trabajaron estrechamente con él. Ser riguroso, descartar todo aquello que no sea comprobable. Meter la conjetura solamente cuando tiene un 90% de lógica… Además, era increíblemente contagiosa la forma en que amaba a su ciudad, eso también se le pega a uno y se le queda pegado para el resto de la vida.

—¿Qué le dijo él sobre Guayaquil, por ejemplo?

—Qué no me dijo. Julio Estrada amaba los orígenes de la ciudad, amaba la forma en que la ciudad progresó gracias al esfuerzo de sus hijos. Le sorprendía la forma en que se paraba después de que esa sociedad se caía; pero que se caía como para desaparecer, después de incendios, de ataques piratas, enfermedades, con políticos que manejaban de una manera equivocada sus recursos… Pero cada vez que esos azotes llegaban a hacer tocar fondo a la sociedad, la sociedad cogía y tutututu, como en ascensor, volvía a subir.

—¿Cómo ve ahora ese espíritu, en una sociedad muy distinta a la que estudió y conoció Julio Estrada?, ¿qué pasa con el Guayaquil de hoy en el que se mimetiza todo el Ecuador?

—Es una situación muy compleja, porque para que este pueblo reaccione como un solo puño tiene que tener un solo interés y ahora el único denominador que le encuentro a este pueblo es el hambre y el desempleo… Si nosotros analizamos las características del pueblo guayaquileño hoy versus las características del pueblo de tiempos de Estrada en los años cincuenta o sesenta, son completamente distintas, porque las migraciones campo-ciudad han hecho de este pueblo un pueblo increíblemente cosmopolita. Entonces, una multiplicidad tan grande de intereses hace que la identidad se pierda, primera cosa. Entonces, el trabajo desde la municipalidad y desde el Estado de fortalecer la identidad del pueblo es importantísimo, pero nosotros solos no podemos. Yo lucho con los recursos que me dan, no tiene idea.

—Uno de los textos que repartió el municipio con el programa de lectura Aprendamos fue cuestionado por un historiador quiteño porque decía…

—Sí.

—Entre otras cosas frases como: “Los primeros habitantes adonde llegaron es a un lugar paradisíaco donde los árboles ofrecían todo aquello que Dios había dispuesto”.

—Sí.

—Era un nuevo Edén, en nada distinto al bíblico, al referirse a Guayaquil.

—Así es.

Aquí, ¿no pasamos de lo histórico, con hechos documentados, a lo eminentemente subjetivo y se hace una apología de la ciudad?

—Sí, y está bien. Yo le dije: ¿Por qué ustedes dicen: “Quito, la cara de Dios”? Como tienen todo el derecho de hacer una apología de Quito nosotros tenemos todo el derecho de hacer una apología de Guayaquil, ¿sí o no? Sí.

—¿Pero en este tipo de libros?

—Es que esto de aquí, lo que no dijo (Juan) Paz y Miño es que era una introducción que tiene figuras literarias incluidas y que no las dije yo tampoco. ¿Sabe quién las dijo? Román Piña Chan, el más grande arqueólogo que ha dado México. Román Piña Chan en su libro sobre los olmecas dice, hablando sobre Valdivia, la primera cultura cerámica de América: “Se abre hacia el norte y hacia el sur, y al llegar hacia el norte evoluciona en nuevos nichos ecológicos hasta llegar a ser la cultura Olmeca” (que es la madre de los toltecas, de los aztecas, y viene a ser la madre de la cultura mesoamericana vinculada estrechamente con el desarrollo maya). Previo a eso, el mismo Román Piña Chan dice: “Viene de una región que no se congeló en la glaciación, cuando el planeta se congela y comienza a descongelarse 12 mil años atrás; ese era un vergel idílico”. Está hablando de la zona tórrida del planeta, pero también, puntualmente, del lugar donde nace Valdivia, y cuando yo hablo de Guayaquil me refiero a la región donde nace. Retomo las palabras de Piña Chan que sí son líricas, que sí son literarias, pero que tienen que explicarse, porque el hombre, de ser nómada, se hace sedentario aquí. O sea, ya no necesitó luchar para buscar la manera de subsistir.

—¿Cómo se comunica el director de Promoción Cívica y Cultura de la Ciudad con la generación millennial?

—Con cómics, con títeres, con videos interactivos, con juegos. Nos mantenemos constantemente creando este tipo de cosas. Somos la única Biblioteca en el Ecuador que tiene una comicteca, y una de las tres que hay en América del Sur. Últimamente copiamos la idea que en su momento tuviera Mao Tse Tung para hacer que triunfe la Revolución comunista en China, especialmente en las áreas rurales, haciendo que los cómics normales se reduzcan a una tarjeta de veinticuatro páginas. Usted puede leerla en la metrovía, donde esté.

Uno de los programas de los que Melvin Hoyos habla con entusiasmo es el Festival de Artes al Aire Libre (FAAL) que se realiza en octubre, también del Salón de Julio. Y de este último se deriva un capítulo que lo llevó en 2011 a un juzgado, al defender la política municipal frente a este certamen de pintura. “Al Salón de Julio le dimos un giro de 180 grados. Lo primero que hicimos fue traer solamente críticos internacionales, de la Bienal de Venecia, de la Bienal de São Paulo, de La Habana, para que vengan a evaluar nuestro trabajo, porque siempre quedaban los resquemores si eran jueces locales, de que hubiera preferencias, de que hay tongo”, dice.

—Más que preferencias muchos artistas han cuestionado las bases.

—No muchos, es un grupo minúsculo y le puedo decir quiénes son con nombre y apellido. Era un grupo de artistas plásticos que pretendían posicionar la pornografía como arte… Y le voy a poner un ejemplo que es increíble: usted sabe lo que es el cuadro de Leda y el Cisne, es una relación sexual entre un cisne y Leda, un cuadro bellísimo. Había un cuadro que llegó para concursar en el Salón de Julio que se llamaba Parodia de Leda y el Cisne, y era el dibujo de un individuo, muy grotescamente, caricaturescamente, dibujado desnudo, con un pene que era del mismo porte que él, que tenía agarrada a una gallina y la gallina la tenía ensartada con el pene y le salía la punta del pene por el pico. Se llamaba Parodia de Leda y el Cisne. ¿Usted hubiese puesto ese cuadro en el museo? Nadie lo hubiera puesto. ¿Usted cree que los jueces internacionales lo aceptaron? No lo aceptaron. Pero por el hecho de que ese cuadro no fue aceptado entonces ya se rasgaron las vestiduras aquellos que dicen que el Museo Municipal no permite estas cosas. La otra era una escultura, una persona de color, gordo, violando a un niño por el ano y el niño gritando desesperado. Como nosotros no dejamos que eso se coloque aquí, nuevamente dijeron que éramos sectarios y excluyentes.

Dice que en el arte el gusto no cuenta. Que el arte no es subjetivo. Que cuando las características de una época están consolidadas el arte se puede analizar de una forma objetiva, algo que aún no logra la contemporaneidad, y que quien diga que no está equivocado. Que lo que él cuestionaba era el nivel académico de aquellas obras polémicas, que nunca habló de moral y que, si la entrevista se centra en ese tema, prefiere que no salga esta publicación. “Me es muy antipático el tema porque nadie entiende cuál fue nuestra intención”.

—Usted estudió Historia del Arte en La Sorbona, en París, ¿qué significó ello para usted?

—A mí toda la vida me apasionó el arte, vengo de una familia de dibujantes excepcionales. Un tío, el hermano menor de mi padre, fue uno de los principales dibujantes que tuvo Walt Disney, fue un ilustrador extraordinario. Otro tío mío fue un extraordinario dibujante técnico, por lo cual fue contratado por la NASA. Y mi padre en sí era un artista formidable, pero le gustaba mucho más la aventura, entonces era piloto de selva. Él fue piloto de la Texaco Gulf cuando comenzó la explotación de petróleo… Y entonces ese amor por el arte habiendo vivido y visto hacer arte desde muy pequeño me empujó a que una de mis aficiones, solo una, sea el arte. Pero, independientemente, me fascinaba la historia desde muy pequeño porque mi padre me estimuló a que me dedique a aficiones que tuvieran que ver con la historia, me hizo filatelista desde muy chiquito.

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De niño, en uno de los aviones de combate que su padre pilotaba en la selva ecuatoriana.

—¿Cómo empezó?

—De la manera más increíble. Era obsesivo por coleccionar cosas, pero, particularmente, salían esos álbumes de cromos y yo tenía que llenar el álbum, y tenía que llenarlo y enloquecía a mi padre con llenar el álbum. Era un niño. Entonces un buen día, yo tenía diez años, me dice: “Te voy a dar un álbum que no lo vas a poder llenar nunca, pero te va a apasionar tratar de llenarlo”, y me dio un álbum de estampillas. “Ese álbum no lo vas a poder llenar, porque para poderlo llenar deberíamos vender la casa mil veces para poder comprar todas las estampillas a nivel mundial, pero te vas a divertir mucho y vas a aprender bastante, porque cada estampilla te cuenta una historia…” Comencé a meterme en un mundo que fue para mí increíblemente gratificante.

—¿A los diez años?

—Diez cuando me trajeron el álbum y once cuando me metí de cabeza. Y doce años cuando me hicieron ver que la forma de ser un buen filatelista no era coleccionar sellos de todo el mundo sino solo del Ecuador. Y casi trece años cuando encuentro a dos personas que fueron mis mentores: en Guayaquil, un yugoslavo que se llamaba Alborán Dumovic, que era fundador del Club Filatélico Guayaquil; y en Quito, a Jorge Ayora, el hijo del expresidente Isidro Ayora. Esos fueron mis mentores, y con el ingeniero Jorge Ayora aprendí a investigar porque fue la primera persona que me llevó a Cotocollao, yo tenía doce años y medio. Y él me enseñó a investigar, él me presentó al director de la biblioteca de los jesuitas, y fue el primer lugar donde hice mis investigaciones, para mi primera ponencia, cuando tenía trece años. Esa ponencia, sobre los sellos postales del Ecuador la llevé a Brasil, ganó el primer puesto y creó un cisma en Río de Janeiro porque nunca jamás un niño había ganado una convención filatélica internacional.

—Usted se ha dedicado a muchas cosas que lo entusiasman y lo ha hecho como diría el lugar común, ‘hasta las últimas consecuencias’, ¿obsesión o pasión?

—Las dos. No veo en una obsesión sana algo dañino. La obsesión se convierte en dañina en el momento en que quieres hasta vender los calzoncillos para comprar lo que quieres.

—¿Qué pasó con el álbum que nunca pudo llenar?

—No hay manera, pero cuando ya me dediqué a sellos del Ecuador no solamente que lo llené sino que lo completé y prosperé hasta niveles insospechados para mí y para mi familia también, que hicieron que la generosidad de los extranjeros que evaluaron mis estudios me dieran medallas en Dinamarca, Filadelfia, Milán… Me retiré completamente de la filatelia cuando tenía veintiún años, pero había ganado todos los premios que se podían ganar en el mundo, y había firmado ya el libro de la Royal Filatelia Society de Londres que me acreditaba como el experto en filatelia más joven que existía en el planeta.

—Siendo muy joven.

—Sí y cuando me retiro me dedico solo a estudiar arquitectura y arte. Paralelamente, me metí en la numismática, y en el campo de la historia de la moneda ahí sí fue una locura, porque en mis ratos libres no salía del Archivo Nacional de Historia, en Quito, buscando información documental porque nadie había escrito algo sobre ese tema. Amasé una colección maravillosa de monedas predecimales que son las monedas desde el período de Juan José Flores hasta el período de García Moreno y escribí un libro, por petitorio del Banco de Guayaquil, que es el más importante que jamás se ha escrito sobre la historia de la moneda ecuatoriana. A posteriori trajo el Banco de Guayaquil el archivo más importante del papel moneda que se ha formado, que es el archivo del American Bank Note Company que imprimió todos los billetes ecuatorianos del siglo XIX, y escribí también el libro sobre la historia del papel moneda.

Dice que en su niñez y juventud había momentos en que necesitaba huir de todas esas cosas, y lo hacía leyendo historietas, lo que se convirtió en otra afición. “La tercera colección más grande de cómics en Latinoamérica es la mía. Debe haber casi 40 mil cómics”. La superan una argentina y una brasileña.

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Recibiendo uno de los premios en filatelia.

—A estas alturas de su vida (60 años), ¿qué actividad le viene mejor?

—Tengo que hacerlas todas, lo que pasa es que tengo que encontrar el tiempo para cada una. Hay cosas que las tengo suspendidas por mucho tiempo porque el tiempo no me da. Me apasiona lo que hago para mi ciudad. Me apasiona realmente, me desvive y me quita el sueño. No sé a veces cómo mejorar los proyectos que ya tengo enrumbados.

—¿No intenta trasladar sus aficiones a la ciudadanía?

—No es tanto así, porque yo tengo claro que no es tan fácil eso. Mi objetivo básico es recuperar la identidad cultural de este pueblo. Todo lo que usted ve que se hace desde la Dirección de Cultura y no trato de trasladar nada mío, sino de obtener con mi trabajo un pueblo más orgulloso de su origen y más deseoso de emular la herencia de sus antepasados.

—¿Qué tanto conoce usted Guayaquil?

—Creo (sonríe como un niño que cumplió la tarea)… que totalmente.

—Y, ¿qué parte le gusta más?

—Hay sectores que me fascinan, por ejemplo, me encanta la playita del Guasmo; pero así como me encanta la playita del Guasmo me encanta la zona de Los Ceibos que tiene el parque Arroyo del Río.

—¿Qué le gusta de la playita del Guasmo?

—La forma en que fue concebida. El diseño es muy lindo, es hermoso ver cómo participa la gente de un área recreativa que se diseñó para ellos.

—La utilidad.

—Me encanta ver cómo se involucra la gente con ese lugar que se creó para su esparcimiento… Y me fascina ir al parque Centenario. Cuando estoy ahí me quedo como hipnotizado mirando sus esculturas y haciendo lo que sé hacer, viendo más allá de lo que es evidente. Muchas de estas cosas fueron creadas por personas que eran masones, quienes diseñaban y creaban doble lectura a todo. Una lectura estética que es para la gente del pueblo, y otra conceptual y filosófica que era para ellos. Poder sentarme a mirar y observar todas estas cosas que nos traen desde el pasado, una historia que va más allá de lo que se ve me fascina, y me fascina contárselo a la gente. Yo doy charlas sobre estos temas, y le cuento a la gente qué es el parque Centenario, por ejemplo. Les cuento que es longitudinal porque trata de representar el crecimiento de la ciudad que creció paralela al río, de norte a sur. Que tienen su razón de ser los cuatro pórticos porque el pórtico principal tiene dos aurigas agarrando caballos y que eso simboliza el pueblo (el auriga) y el destino que es el caballo; un simbolismo neoclásico que se pone en todos los parques del mundo a favor de la independencia de esa ciudad, de esa nación. Entonces, ves al pueblo adueñándose de su destino y cuando se adueñe de su destino tiene libertad.

—¿Cómo no quedarse en la historia y conectarse con lo actual cuando, a lo mejor, esa naturaleza histórica que no muerta que representan los monumentos, también está rodeada de gente que tiene sus características sociales, económicas…?

—Porque doy servicio a la comunidad. Y todo servidor público tiene que estar conectado con la actualidad, porque si no, es solo un soñador nada más. Nosotros tenemos que tener plena conciencia de qué es lo que está pasando en la actualidad para resolver los problemas de la comunidad.

—Y ser historiador no significa ser un soñador.

—No, para nada. Está más cerca del ensueño el artista que el historiador, mucho más.

 


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