María Josefa Coronel. Obediente con el ritmo de la vida.

Por Tali Santos.

Fotografías: Pedro Freire.

Foto-Entrevista--en-alta-2María Josefa tuvo un impasse con equis ministro, María Josefa discrepó con este otro personaje político, María Josefa se in­digna frente a la declaración de tal asam­bleísta, María Josefa es blanco del Servicio de Inteligencia del Gobierno o María Josefa fue atacada por… Son titulares de notas pe­riodísticas o videos que constan en el archi­vo virtual de sitios en Internet y rastros de parte de la actividad periodística que esta abogada de 51 años ha realizado en la tele­visión local desde hace casi dieciséis años. Una carrera que tuvo un intervalo de año y medio cuando se marchó para organizar el Registro Civil de Guayaquil en 2006.

Desde hace un año está alejada de las pantallas, pero sigue vinculada a los medios como gerente regional de Teleamazonas y tiene una columna de opinión en diario Expreso. Y desde su oficina en el cerro El Carmen, con vista a una ciudad que el año pasado le otorgó un galardón en la fiesta de Independencia, nos recibe a inicios de di­ciembre luciendo un cabello aún incipiente que surge tras un tratamiento de cáncer que la mantiene con una sensación de cierta in­certidumbre. Continúa tomándole el pulso a aquella enfermedad cuyo nombre de seis letras sobrecoge; también continúan los cuestionamientos al poder desde trincheras periodísticas, aunque en su caso lo hace a partir de su formación como jurista.

—En las últimas fiestas de octubre usted recibió la presea M. I. Municipa­lidad de Guayaquil, un galardón creado para homenajear la trayectoria de per­sonas destacadas de la ciudad, ¿cómo lo asumió?

—Desde muy chiquita a mí me incul­caron el amor a la ciudad, entonces, había momentos en la historia de Guayaquil en los que, aunque no era la mejor ciudad del país, yo seguía amándola, como en las de (los hermanos) Bucaram (Ortiz), por ejem­plo. Y cuando veía por televisión que se entregaban estos premios sonreía y decía: “Nadie va a tener la Estrella de Octubre como la tengo yo, porque yo la tengo en el corazón”, por eso algunos compañeros míos que estuvieron presentes en la entre­ga se pusieron muy contentos, porque era como parte de una historia vieja esto del amor a Guayaquil. Fue como una historia de amor sellada entre la ciudad y yo.

 —¿Un reconocimiento de la otra par­te de esa relación?

—Sí, yo diría que es como cuando la gente se hace novio de manera formal. Pero Guayaquil a mí me ha querido también desde antes, porque si no, yo no hubiera podido trabajar tanto como he podido ha­cerlo por la ciudad. Ha habido guayaquile­ños y guayaquileñas que han tenido en su momento el poder de decisión de permi­tirme construir una mejor ciudad, de dar un mejor servicio como en su momento hizo Alfonso Trujillo Bustamante, superin­tendente de Bancos (años ochenta), cuando por primera vez en nuestra última historia quebró un banco, fuerte y amado por Gua­yaquil, que fue el Banco de Descuento, y yo trabajé en la liquidación de ese banco. Luego, por ejemplo, trabajar con Fernando Tamayo Rigaíl, registrador de la Propiedad de Guayaquil, y convertirlo en el mejor Registro de la región. O el mismo alcal­de, cuando inauguramos y construimos el Registro Civil municipal que no tiene una sola observación después de diez años ya.

—¿Ejemplos de lo que se puede hacer en servicio público?

—Desde el primer trabajo, porque la primera gente a la que yo serví era la gente desesperada porque el banco había quebra­do, entonces siempre ha sido un trabajo de construir un servicio para los demás.

—¿Qué hace la diferencia? No todo el que tiene contacto con la gente, como tra­bajar en un banco que se está liquidando, tiene la sensibilidad para identificar el lado humano que tienen esas situaciones.

—Hay frases que pueden sonar cursis, vacías, huecas, manoseadas, estropeadas y trapeadas como el amor, como la frase de que tienes que amar lo que haces, pero no tengo otra manera de decirlo: Yo he amado mi trabajo. Quince años atrás no sabía que hoy iba a estar en la televisión gerenciando un canal serrano, y me encanta la idea, por­que entonces para hacer que Teleamazonas sea un canal nacional era importante tener a alguien que conozca y ame a Guayaquil y entonces también es halagador por parte de la capital que te miren. Hay gente muy ta­lentosa que… Ayer, justamente, pensaba eso, con relación al presidente ((Rafael) Correa, que uno de los grandes errores de este señor fue haber apuntado a una exigencia de ni­veles académicos cuando se rodea de gente que ha copiado tesis y cuando su trabajo ha sido áspero, humillante, insultador; enton­ces, al final del día, de qué sirve tener tantos títulos de cuarto nivel si no le ponemos un poquito de dignidad y amor al trabajo.

—¿Cómo define la dignidad?, ¿qué tanto cree que la sociedad guayaquileña, la actual con toda su diversidad de cir­cunstancias, es consciente de la dignidad del ser humano?

—Creo que sí, es un tema que está bien ligado con el tema cultural y Guayaquil tiene su mosaico, y entonces el tema de la dignidad solo está ligado con el ‘yo valgo’, y si yo valgo entonces yo soy capaz de hacer cualquier cosa.

—O por el deseo de valer…

—Para valer, sí, y a veces las cosas no son fecundas. Yo diría que, para la gran mayoría, la dignidad está mal entendida y dicen: ‘mira, qué fuerte soy’, o como yo valgo, entonces soy capaz de exigirte, incluso al patrón en la empresa privada, incluso al Estado; yo valgo, entonces es tu obligación. Esa actitud de poderío.

—De todos los lados.

—Sí, no importa si somos empleados de una empresa privada o del Estado. Creo que la dignidad humana es tomar concien­cia de que nuestra existencia vale para los creyentes, porque somos la creación de Dios, y para los no creyentes vale porque sirve a los otros, porque toma sentido en la existencia de los otros.

—En esa relación con los otros, hay actividades como la abogacía y el perio­dismo que están inmersas en esa condi­ción, ¿se siente más abogada que perio­dista, más periodista que abogada?

—Yo soy abogada, me gusta ser conse­cuente con mi camino de formación. Con humildad pero con gusto, puedo decir que tengo tres títulos de cuarto nivel en Derecho (…) para tener claro cómo debe funcionar el aparato público. Entonces frente al funcionario público, y aquí vie­ne el cruce de la línea del periodismo o la opinión pública, es: tú, funcionario, te recuerdo que no importa si me mientes o no, te recuerdo que tu actuación debe estar dirigida y limitada por la regla de la ley o de la Constitución. Y por eso es que difícilmente se puede decir que mis entre­vistas son personales, porque yo calco el hecho público por lo que dicen la Consti­tución y la ley.

—El deber ser frente a lo que es.

—Pero a veces eso que es tan distante de lo que la Constitución dice, entonces no voy a negar que hay ocasiones en que me he molestado mucho, en que me he reído porque no puedo creer que exista tanto ci­nismo junto en un solo cuerpo.

—Usted empezó su carrera en los me­dios en Ecuavisa con un segmento deno­minado Ayúdame María José, ¿cierto?

—En realidad hay un pedacito antes, Ecuavisa tuvo un programa que se llama­ba, creo, Políticamente Incorrecto que diri­gía Humberto Mata, y yo era invitada. Les gustó mi participación como invitada, me volvieron a invitar y resulta que terminé yendo como seis veces de los doce progra­mas o de la temporada.

—Casi fija.

—Sí. Y luego hicimos el segmento Ayú­dame María Josefa que era maravilloso.

—¿Qué tipo de consultas resolvía?

—Básicamente dos cosas: uno, el tema de la violencia contra la mujer; siempre la mujer ha mantenido un desconocimiento con relación a sus derechos, por ejemplo, siempre creyó, y estamos hablando hace quince años ya, que abandonar su hogar le haría perder derechos cuando esto ya esta­ba derogado desde los años ochenta. Y lo otro era sobre convivencia barrial.

—Usted ha dicho que cuestiona el poder, ¿qué pasa con el poder que his­tóricamente, tal vez, es el que más daño ha hecho a las sociedades que es el de la hegemonía masculina?

—Hegemonía masculina en todo, en el poder político, empresarial y eclesiástico, para que no se nos escape nadie. No hay un espacio que el machismo haya dejado suelto. Es una realidad que está pasando factura. Yo diría que las empresas privadas que tienen mayor éxito son las que tienen un equilibrio de género, las que no tienen concentrado el poder en un poder mascu­lino. Lo otro es que sigue siendo injusto el pago de remuneraciones a las mujeres, inferior del que reciben los hombres por las mismas actividades. Lamentablemente, hay muchos hombres que siguen creyendo que el tema de las mujeres es un tema hor­monal, es vergonzoso.

—Tal vez más vergonzoso es que haya mujeres que lo crean.

—Claro, también, por eso a veces me he dicho: ‘cuidado se me pega’. Es vergon­zoso escuchar a gente que se jacta de ser muy preparada académicamente y calificar el carácter de una mujer por un tema hor­monal o por falta de orgasmos; es increíble que siga pasando.

—¿Cómo pasa de ser la experta en Ayúdame María Josefa, en este caso del área legal, una fuente, al otro lado, a un espacio periodístico en la presentación de noticias y a hacer entrevistas?

—Teleamazonas me hace una propues­ta interesante para hacer un programa que se llamaba Línea de Fuego, con la intención de abrir el panorama de opinión pública e incorporar una visión de mujer, una visión de la Costa; entonces les pareció interesan­te mi perfil, ponerlo en un programa de noche que lo manejaba Carlos Larreátegui, quien fue secretario de la Administración Pública del expresidente Sixto Durán Ba­llén. Era él, el quiteño, el que tenía expe­riencia política, una carrera política ya he­cha, y yo, con un desinterés para la política, suelta, sin ningún compromiso político con nadie, pero con un conocimiento y una vivencia, una experiencia profesional que me daba espacio para cuestionar al poder público en lo judicial, en la adminis­tración central, incluso en actividad legis­lativa y en las decisiones políticas… (Eso) te lo da el haber ejercido la profesión, la línea de los derechos humanos versus el procesal penal. Aparte soy muy curiosa y muy pre­guntona (muestra una amplia sonrisa).

—¿Cómo se preparó para manejar este género, porque aquí se corre el riesgo de manejar información y mezclarla con opinión?

—Yo no he manejado información, solo cuando he presentado los noticieros de los teleprompters, ahí no digo nada, us­ted verá. La gente dice que los ojos se me abren un poquito cuando hablo de alguien en particular o algo; yo trato de ni siquiera pestañear, cuando me ha tocado leer el te­leprompter y contar en frío el hecho, nada más. No es que no me gusta, amo todo lo que hago, pero me encantaría agregar una línea más de lo que no está escrito en el te­leprompter (sonríe buscando complicidad).

—¿Considera que las entrevistas que ha hecho solo son de opinión?

—Sí, claro, sobre un hecho que ya no se puede discutir, por ejemplo, los 10 de Luluncoto detenidos. Hagamos un análisis de si el proceso fue legal, no legal, consti­tucional, los atentados contra la propia so­ciedad, nadie puede discutir que la policía golpeó a la gente, entonces…

—¿Pero buscar esas respuestas no es buscar información?

—También, claro, sin duda. De hecho las respuestas de nuestros invitados han sido titulares de los noticieros también.

—La revista digital Plan V publicó en 2015 una investigación en la que se iden­tificaba que usted era una de las personas investigadas por la Secretaría de Inte­ligencia, la cual tenía una ficha suya, de 2013, con datos suyos, de su familia, de sus padres, de su esposo. ¿Cómo lo tomó?

—Créame que pienso mucho en no usar palabras violentas o agresivas, hago el esfuerzo, Dios lo sabe, pero no tengo otra manera de expresar los sentimientos que con asco, porque el Ecuador es un país libre y democrático, y mi dinero, el impuesto que honradamente he pagado durante treinta años de vida laboral es para que trabajen para el servicio público, no para que in­vestiguen la vida de nadie.

—Usted es abogada, conoce sus de­rechos, ¿cómo reaccionó frente a esto?

—… Quisimos presentar ante la Co­misión de Derechos Humanos una de­manda, y me parece que eran dos hechos más con un grupo de abogados, pero de­cidimos que todo nuestro esfuerzo mejor sería dedicado a lo que en ese entonces, si no me equivoco, no estaba vigente, que era el proyecto de Ley Orgánica de Comu­nicación, que parecía que iba a afectar a la mayoría de los ecuatorianos y no solo a mí en particular.

—Con funcionarios de este Gobier­no usted ha tenido entrevistas que han desatado controversia, porque han sur­gido discusiones con el entrevistado, ¿cuán difícil le ha resultado manejarlo?

—Me ha costado mucho porque me molesta que sean tan mentirosos. Pero lo que me ha tomado por sorpresa, como el ladrón que a usted la asalta, es la mala educación, los malos modales que han te­nido hombres y mujeres de este Gobierno, eso me ha desconcertado…

—Tal vez volviendo a eso que decía sobre el amor que puede sonar cursi, ¿usted espera de los otros valores en los que usted cree, pero se topó con que la realidad es distinta?

—Pero, por supuesto, y me dolió mu­cho. Seguramente a mucha gente le ha do­lido.

—Usted votó por Rafael Correa en 2006, ¿pensó que era una buena opción?

—Sí, lo pensé porque me llamó mucho la atención que un chico formado con ba­ses cristianas, un católico con responsabili­dad social, se haya lanzado de esa manera tan frontal a la política.

—Le creyó.

—Le creí, pero más que por lo que de­cía, que podía entender que muchas cosas de su política eran parte de los shows que deben hacer los candidatos para llamar la atención, confié siempre en su fondo.

—¿O en lo que parecía su fondo?

—O en lo que parecía su fondo. Lue­go nunca más voté por él, comencé a ver cómo mentía, a darme cuenta cómo insul­taba. Entonces, se cayó no el político, no el economista, no el amigo, se cayó lo que para mí tenía un valor. Él destruyó para construir el mundo de su fantasía, y nunca puedo estar de acuerdo con la destrucción.

—Lo que le llamó la atención de Ra­fael Correa fue su formación cristiana.

—Sí, porque, para ponerlo en un me­jor contexto, yo tengo 51 años, y en Gua­yaquil había un colegio que se llamaba La Asunción que aún existe. Las monjas usa­ban falda, camiseta polo y andaban con un moñito, y las alumnas compartíamos Navidad y otras fiestas con los colegios de Fe y Alegría, rezábamos por la paz de Centroamérica, por los jubileos; ellas nos explicaban lo que eran los jubileos y no hubo una carga moralista abundante. En este lado medio revolucionario del mun­do católico es donde yo crecí.

—Revolucionario para esa época.

—Para esa época las monjas de mi co­legio marcaban una diferencia, eran llama­das comunistas. Mis amigos sacerdotes al­guna vez estuvieron presos por la dictadu­ra, como José Gómez Izquierdo, sacerdote amigo de la casa; mi formación teológica y espiritual siempre estuvo en manos de los jesuitas. Entonces, no había forma de que yo me escape para el otro lado y desde esa perspectiva aparecieron eventos en concre­to como, por ejemplo, la primera vez que socialmente se declaró inmoral la deuda externa, el famoso Jubileo 2000 donde Ra­fael Correa estaba sentado.

—Él dice que se basa en la Doctrina Social de la Iglesia, pero esta es afín al modelo de la economía social de merca­do que él rechaza.

—Yo con el tiempo voy descubriendo su habilidad. Entra por el mundo de nues­tra generación que había sido formada en esta línea y nunca habíamos tenido un representante de esa manera; entonces, yo decía, si gana Rafael Correa, por fin, va a haber paz, porque desde su espiritualidad, para no llamarlo catolicismo ni cristianis­mo, le va a dar valor a la dignidad y a la paz. Por eso cuando empiezo a ver a este hombre cómo miente, cómo pisotea la Doctrina Social de la Iglesia, cómo veja a la gente, cómo la insulta…

—¿Nada peor que la decepción?

—Y lo que es lo peor: de amigos míos, no solo es él. Son gente de la Universidad Católica de Guayaquil que están ahí, que si no han sido los que han ofendido han aplaudido, y si no han aplaudido… el si­lencio cómplice.

—Usted entrevistó a Rafael Correa en el primer año de gobierno, ¿cómo re­cuerda esa entrevista?

—La recuerdo como algo determi­nante para mí. Me acuerdo que él decía, por ejemplo, nadie tiene derecho a decir esto, no me acuerdo sobre qué, y yo le dije, yo, yo tengo derecho. En la entrevista no lo tuteé porque es el presidente pero yo, yo tengo derecho, pues yo te pago el suel­do. Fue muy importante esta entrevista para mí porque en primer lugar creo que ha sido la más larga con una sola entre­vistadora en toda su época de presidente (…). Y haciendo referencia a lo que usted dice, mi propósito no era a él pedirle su opinión, mi propósito era hacerle una entrevista informativa y yo tenía catorce temas sobre los que quería información y lo conseguí.

—¿Cómo ve el tema medios e intere­ses empresariales, siendo este uno de los argumentos del presidente para descali­ficar a los medios, por lo que él llama a la prensa mercantilista?

—Creo que los medios de comunica­ción viven en una dualidad muy difícil, lo dije desde antes de trabajar en la televisión y creo que puedo seguirlo sosteniendo. Tienen la obligación de hacer un perio­dismo libre, sin miedo, y de opinar en su nombre y en nombre de las personas que lo siguen, y a la vez, como todo negocio, tiene el derecho a ser próspero legítima­mente, rentable, sucede en el mundo, no sucede en el Gobierno de Rafael Correa. Creo que su razón o sus palabras van ín­timamente ligadas al desagrado que siente al ser criticado, porque no nos ha podido romper, nos ha golpeado, nos ha afecta­do económicamente, pero no ha podido matarnos, porque esa línea entre hacer un periodismo independiente, libre y sin miedo y ganar dinero legítimamente la hemos podido mantener en equilibrio. (…) No tiene sentido lo que él dice, este es un negocio y un negocio sano.

—Al sentirse víctimas, ¿a los medios les ha resultado difícil hacer un insight?

—No siempre hemos sido víctimas.

—De esta agresión de la que usted habla y a veces el medio se queda solo con eso.

—Sí, de eso sí, y a veces se queda calla­do y podemos encontrar en una mesa de trabajo a periodistas que quieren salir, que quieren defender no una idea, no una opi­nión sino todo un sistema de Gobierno de democracia y te preguntas: ¿por qué vives en la línea de si eres ciudadano que quie­res la libertad y los derechos humanos o quieres bajar el nivel hasta que se vaya este monstruo porque a este monstruo no le gusta la libertad y la democracia?

—¿El monstruo no crece cuando se lo deja crecer?

—Esa ha sido mi idea, yo nunca he tenido miedo, de eso en particular. Mis miedos en buena hora me los ha recogido Dios y me ha ayudado a cargarlos, pero nunca he sentido miedo de Correa o de su poder, nunca.

—¿Qué tan consciente cree que es el ecuatoriano sobre sus derechos, sobre los derechos humanos?

—Yo he trabajado en eso tanto. Creo que la población ha sido testigo de casos íconos, por llamarlo de alguna manera, palabra fea, por lo menos para tomar con­ciencia de que no puede haber abuso sin reparación. Creo que hay un pensamiento que por ahí pulula en la mente de la gente, sin que eso signifique una gran conciencia de los derechos humanos ni exactamente qué significan, pero que por ahí, a raíz del caso de los hermanos Restrepo, de la pro­fesora Consuelo Benavides, del caso Rose­ro Suárez, como que por ahí la población dice: ‘Oye, hay una gente que no me pue­de golpear tanto, que no me puede desa­parecer, que no me puede matar, porque si no merezco indemnización y eso puede provocar que la gente en su mayoría caiga en una toma de conciencia de que tiene el deber de frenar el abuso de poder’. En ese sentido creo que hay como una especie de sospecha de que algo hay por ahí.

—¿Qué pasó con su carrera de aboga­da, sigue ejerciendo?

—Sí, de repente yo me escapo. Soy ár­bitro del Centro de Arbitraje y Concilia­ción de la Cámara de Comercio. Soy feliz cuando tengo que estudiar para un caso.

—¿Cómo dejarlo?

—No puedo, somos un solo cuerpo la abogacía y yo (sonríe y se encoge como aca­riciando algo muy preciado).

—Por su activismo en derechos hu­manos usted estaba en la organización ProDerechos.

—Sí, esa organización se llamó Corpo­ración ProDerechos Ciudadanos, la finan­ció un empresario que siempre me ha pedi­do que guarde su nombre, un guayaquile­ño dedicado a la industria. La financió por dos razones, primero porque quería que el Estado sea responsable de lo que hace y el artículo 20 de la Constitución del 98 decía que el Estado será responsable por todos los daños que cause al ciudadano, sea de manera directa o a través de estos conce­sionarios, y esta responsabilidad es objetiva y civil, es decir, te pago. Y él quería que ese artículo se haga realidad. Y porque quería dedicarle este trabajo al doctor Edmundo Durán Díaz, y si alguien se ha robado mi admiración completa en la vida, pues no he encontrado un abogado tan pulcro, amante de lo que hace, tan maestro, como el doctor Edmundo Durán Díaz. Y gana­mos casos contra el Estado por primera vez. Nuestro caso famoso es el de Victoria Salcedo, una niña que recibió una descar­ga eléctrica y que de sus cuatro extremi­dades se quedó con una, ahora es modelo y tiene solo una pierna. También Juan Pa­blo Andrade, quien fue nuestro cliente en Manabí, él perdió media pierna y medio brazo, también ganamos el caso y también el Estado les pagó, hoy ambos tienen una casita mejor que la que tenían antes.

—Para usted, ¿qué es el periodismo?

—Es contar cosas y creo que son pri­mos hermanos de los abogados porque la raíz latina de los abogados es ‘anda habla por mí’, ad bocatto; o sea, ‘tú habla por mí’. El periodismo viene a ser lo mismo, en­tonces son primos hermanos. Ir a contar lo que sucede, solo contar lo que sucede, la opinión es otra cosa.

—Frente a toda esta sensibilidad por el otro que usted ha tenido como parte de su formación y experiencia, ¿cómo se sintió frente a la noticia de que tenía cáncer?

—(Silencio prolongado) Sabe que a ve­ces todavía no lo puedo procesar. Pero lo primero que tuve (hum) que comer, ingerir, y esto tal vez es porque tengo un hermano médico y un cuñado médico, he crecido con información de medicina toda la vida, fue que el tema del cáncer no es una en­fermedad de la que uno se divorcia, y que siempre va a darle malos ratos. Entonces, yo no iba a tener la misma vida de antes. Yo creo que todavía estoy en esa parte, acep­tando que no es una enfermedad de la que me voy a liberar.

—Que su vida cambió.

—Sí, mi vida cambió. Trato de que no cambie mucho, por mis hijos y la gente que amo que no quiero que sufran.

—¿En este contacto directo con la en­fermedad constató parte de la realidad en el Ecuador sobre los tratamientos?

—Una de las razones por las que yo me tuve que quedar en Estados Unidos durante meses fue porque el diagnóstico de Solca fue contradictorio: un día salió que sí y al día siguiente que no. También porque había una bronca mientras yo es­taba haciéndome la biopsia en Estados Unidos, una más, entre el Gobierno y Solca, y la tercera razón fue que una per­sona que trabaja en Solca, hematólogo, la persona que tendría que vigilar este tipo de enfermedades, decía que gracias a Dios tenía un amigo que le traía la medicina porque no había cómo curarse, no había la quimioterapia, entonces me tuve que quedar lejos de mis hijos casi un año. Du­rante ocho meses largos no pude quedar­me aquí, porque esta figura endiosada de que hemos hecho todo por salud es falsa.

—Tuvo que separarse de sus hijos, pero de alguna manera usted fue afortu­nada pues puede pagar…

—Un seguro médico.

—Que le permite acceder a ese tra­tamiento, pero la realidad de muchos es otra.

—Se muere, esa gente se muere, yo he visto con mis ojos. ¿Usted sabe cuánto me cuesta hacerme un examen mensual para chequearme? Como estoy con el tema de la sangre, porque lo que yo tengo es un lin­foma que está vinculado con la sangre que, según los expertos, son unos primos her­manos de la leucemia, entonces la sangre es todo; un examen vale 300 y pico de dólares, el otro examen vale 80 dólares. Como soy alérgica, entonces el antibiótico que necesi­to para estar libre de infección durante los seis primeros meses, ¿sabe cuánto cuesta en Estados Unidos? 420 dólares el frasco. ¿Por qué no hay aquí? Es terrible. He sido muy afortunada porque tuve a mi esposo todos los días, cada minuto y en la noche junto a mí.

—Ese es el lado que también tiene el cáncer, le trae este tipo de cosas buenas.

—Oh sí, la gente ha sido muy cariño­sa, muy afectiva.

—Se develan…

—Afectos.

—Y la dimensión de esos afectos.

—Sí, es increíble. Le decía a mi esposo para mis cumpleaños: “Hagamos una fies­ta grande para poder agradecer a todos”.

—Usted ha dicho que no está en lu­cha contra el cáncer porque es algo que no puede controlar, ¿cómo la hace sentir no tener el control, en general?

Uff, a todo el mundo le gusta tener el control de su vida, entonces creo que uno va como entrelazando las cosas que de chica aprendió y entendiendo para qué sirven. Yo fui una hija muy obediente, siempre.

—Pero la obediencia en la forma­ción, dice la psicología que viene de un lado cultural que no es positivo.

—Bueno sí, y es muy chistoso porque he sido muy obediente pero muy cuestio­nadora. Era de preguntarle diez veces a los profesores, he reclamado, he sido revolto­sa, pero, contradictoriamente, con mis pa­dres siempre he sido muy obediente hasta adulta. Y ahora entiendo para qué, enton­ces siento que quiero ser obediente con la vida y con el paso o el son, la musiquita, el ritmo que la vida me ponga.

 


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