La gira del carrusel.

Por Catherine Yánez Lagos.

Fotografías Paulina Vallejo.

Gira-carrusel-1--interiorLas festividades deciden el dónde y los recursos del dueño hacen posibles las para­das. Los parques de diversiones son móviles y con ellos viajan grupos de familias que sirven de operarios. Nómada. Errante. Tras­humante. Ir de un lugar a otro. Cambiar, siempre cambiar buscando el sitio de turno. Las opciones de los que allí habitan se redu­jeron; ya sea por herencia, liquidación en trabajos anteriores o la experiencia requeri­da en otros oficios. Se vive la vida itinerante.

El terreno es solo polvo, piedras y un par de canchas de cemento. En síntesis: un es­tadio o más bien el perímetro que lo rodea; oscuro, sin deportistas, pero con máquinas inmensas y casas apiñadas que se empiezan a instalar. Hay cables eléctricos enredados entre las mallas del cerramiento, sogas que van de techo a techo para el tendedero, tan­ques de agua con bordes oxidados, un par de lavadoras a vista de todos y al menos una veintena de cubiertas de zinc.

Esta escena es atípica, aunque se repite cada año y rota de cantón. Durante unos días que nunca sobrepasan las dos semanas, conviven en el área dos parques de diver­siones —esto puede variar— y otros que se dicen independientes. El ingreso es simple: se separa el puesto con tiempo y el resto se arregla con dinero. Los feriantes son am­bulantes que se asientan donde haya fiesta. Fierros, rueda moscovita, muchas luces y acción.

El hombre que toma las precauciones y se entiende con las autoridades es Rami­ro Vargas. Lleva quince años en el negocio y aún no sabe por qué hay sitios en los que paga menos y en otros más. Fuera del con­trato que firma por el terreno, no se libra de los permisos de uso de suelo que varían en cada municipio. En Milagro esa tasa fue de $ 10 000 y es de las más altas que paga recorriendo el Ecuador. “En Cuenca pagué como $ 300 o $ 400, otra cara es Ambato con $ 3 000”. Refunfuña un poco; aunque la cifra es alta, ha visto una reducción. En años anteriores llegó a pagar hasta $ 12 500 en permisos.

El alquiler del área no es algo que debie­ra desestimarse. Según Ramiro por su esta­día de diez días en el lugar pagó $ 30 000. La Liga Deportiva de Milagro es la que re­genta el estadio; su administradora asegura que el precio anterior es una exageración, pero tampoco revela la tarifa real. Se limita a decir que el costo obedece al tamaño de los juegos. Todo lo demás es incierto. Sin embargo, el trámite y los pagos se repetirán en otros sitios. La clave es adelantarse a la competencia.

Cruzar el país no sale barato. Hay días en que los juegos rinden mucho, a veces casi nada y aun así los $ 8 diarios que reciben los trabajadores por alimentación deben pagar­se. “En un día bueno una máquina puede hacer unos $ 4 000, pero hay momentos en que no se hace ni para la comida”. El nego­cio de Ramiro fluctúa. Llega a ser excelente, bueno, regular o pésimo. De la gira se espe­ra lo mejor en la Costa, porque en Sierra no hay mucha expectativa.

Ramiro empezó en su natal Ambato la idea del parque de diversiones, con tres gusanitos mecánicos; es el mayor de cinco hermanos y, aunque todos son socios, él es el jefe de City River Park. También es jefe de quien esté en la plaza porque alquila el solar completo y remata lo que no ocupa.

Por momentos tiene aire de dueño: camisa a cuadros por dentro, cinturón café y zapatos lustrosos. O si no, simplemente se pierde en­tre el gentío con una camiseta roja mancha­da de grasa. Lo que no cambia es su cabello negro un tanto encrespado, la papada que ha ido reuniendo en sus 45 años y el cuerpo robusto.

La vida de los operarios que se trasladan junto a él es la de seminómadas: pasan más de un año en el parque y tienen el máximo de dos semanas para ir a casa. “Hay mu­chachos que ni se van, son demasiados en­señados a esto, creo. Por así decirlo, llevan en las venas este trabajo”, refiere Ramiro. Lo que viven es un paralelismo a los nómadas de Mongolia. La diferencia más importante es que allá se dedican al pastoreo y depen­den de las estaciones del año para alimen­tar a sus animales; acá, los juegos infantiles representan ganancia y los sitios con ferias marcan los traslados. No hay elección: cada tanto se tienen que cambiar de ciudad.

El periodista argentino Martín Ca­parrós califica a los pastores nómadas de Mali como “los que van a buscarse la vida más allá, siempre más allá. El migrante de­finitivo, un migrante que no llega nunca”. Guardando las distancias, la vida de los feriantes, de los carruseleros dentro de los parques de diversiones, en algo se ajusta a aquella frase. La comunidad que se forma en las distintas plazas es foco de reflexiones y anécdotas:

“Si no hay nadie, se cierra a las 23:00; hasta que se come, las 00:00; se acuesta, prende el televisor, ve una película de dos horas y a dormir a las 02:00”./ “Este es el sa­crificio que toca hacer y allí es cuando entra la desesperación, ganas de regresarse a casa, pero toca despertarse y decir: chuta, ¿y qué hago en la casa?”/ “En algunas partes no nos dan puesto, en otras nos mezquinan hasta el agua, por eso a veces dan ganas ya de irse”./ “Muchas veces he dicho ya no, ya estoy can­sado, pero siempre regreso a este trabajo porque no sé hacer otra cosa”.

Darwin Calderón es la manifestación más clara de movilidad. El Zipper es el jue­go que controla. Cuando no hay público da mantenimiento. Se sienta sobre la plata­forma de un tráiler y se jacta de los países visitados. “De Panamá pasé a Nicaragua, de Nicaragua a Honduras, de Honduras a El Salvador y de allí a Guatemala”. Darwin suena a un hombre cosmopolita y eso que le faltó decir que partió de Costa Rica. Cen­troamérica fue su casa durante seis años; no se trató de descanso sino del trabajo de siempre: los parques de diversiones. A sus 45 años sabe muy bien cómo negociar. Eso lo ha llevado lejos.

El viaje lo inició como polizonte. Tar­dó nueve días en llegar y viajó con catorce compañeros más, repartidos entre los furgo­nes de los juegos mecánicos, a bordo de un barco. A Darwin no lo perturbó nada: “Ya cuando los jefes nos vieron, no nos podían botar porque, si nos botaban, delatábamos que viajamos escondidos por la empresa”. Tiene claro cómo esquivar cualquier impre­visto. “Una vez no nos quisieron dar trabajo en Centroamérica”. Cabila un rato, frunce el ceño y sigue: “Ah bueno, si no me quieren dar trabajo, ahorita mismo me voy a migra­ción”. No hizo ninguna gestión, le pidieron que se quede y conservó el empleo.

El semblante que tiene es de tranqui­lidad, aunque de ojos negros en vigilia, atento, con cara de que no será burlado por nadie. Si de revuelos se habla, él hace un co­mentario: “Es que, si me dan chance, yo me llevo hasta la máquina”. Ríe y asegura que el jefe sabe, pero que siempre se debe ser pilas. Aquella tarde viste camisa sin mangas, un canguro que le cruza el pecho, pantaloneta y zapatillas donde retozan los pies grisáceos por tanta mecánica. Es decir, lo habitual para el trabajo.

Darwin interrumpe la conversación cada tanto para cuchichear de los que pasan, señalar a un hombre que se baña de jarra en jarra, dar el diagnóstico de un generador da­ñado y decirme lo bonita que está la graba­dora. “Oye, no interrumpa, que está sin edi­tar”, piden los que lo acompañan. El hombre nómada vuelve a la charla: “Seeguiiimoooos, nos enlazamos con nuestros colegas por ra­dio Tigreeee”. Cuatro personas han hecho un alto a sus tareas y se han acomodado entre los fierros para escuchar. Al parque de diver­siones se lo vive en comunidad.

Como en todo grupo, las mayores dife­rencias se evidencian en el estilo de vivien­da. Ramiro Vargas, por ejemplo, tiene una casa rodante desactualizada que pronto remediará. Hay baterías, un bidón de agua, caja de herramientas, el hueco donde antes estaba el televisor y un cuadro que acaba de comprar para su casa en Ambato. Toma unas llaves y me muestra otra en excelentes condiciones: “Vea, tiene ducha, cisterna, lavabo, extractor de olores, tomacorrientes, Directv, microondas, aire, camas, todo”. El cliché de las grandes ciudades se replica en cualquier hábitat.

La descripción de Ramiro es más común entre jefes, familiares del jefe o personas con años y años en el negocio. Cuando no se es nada de esto, el trabajador promedio tiene acceso a una caseta. O lo que es lo mismo, un ger, la casa transportable de los nómadas de Asia Central. Comparten la similitud de tener una puerta y ninguna ventana, pero en amplitud el ger gana. Lo cierto es que ambas hacen las veces de tienda de campaña y se deslizan a lo largo de países.

La caseta de los parques de diversiones tiene el tamaño de una cabina de guardia de seguridad. Son cuatro paredes de madera, un techo de zinc, el espacio justo para que entre un colchón y, si se tienen los medios, una litera pequeña. Todo es desmontable y se acopla a cada familia. Karina Andaluz ocupa los fines de semana el espacio de una tía. “Es pequeña, pero nos acomoda­mos seis”. Luis Pico duerme en el juego que maneja: el Discovery. “Yo no he comprado nada, los dueños nos dan colchón, cobijas y almohadas”. Junior Hinojosa es la mano de­recha del jefe y vive en una caseta con aire acondicionado. La vida ambulante también tiene sus estratos.

En cambio Darwin Calderón suspira, está satisfecho. Se inició en el Play Land Park de Manta con apenas doce años y ase­gura que hace tres vive en la casa con más comodidades. El privilegio del que habla es un furgón verde que comparte con cua­tro compañeros más. “Esta es mi cama”, se apoya en las escaleras de la litera y sube. Al costado hay un televisor pequeño, junto a lo que parece una coqueta y un ventilador, que cuelga de un tubo que también sirve de cor­del para medias. Al ingreso incluso hay un vikingo enfurecido que solía ir en la barca, hay ollas, tanques y un aire acondicionado que no funciona. Además de la amplitud, una pequeña ventana y las escaleras de ac­ceso le dan el toque especial.

Fuera del furgón y siendo las 11:00, los habitantes de la explanada despiertan de a poco. María Yánez restriega ropa hasta la saciedad. Flavio Armas coloca la cortina de plástico para darse un baño: “No me siento bien en otro lado, aquí me siento a gusto, aquí respiro bien”. Luis Pico examina una llanta y se ajusta unos guantes. Karina An­daluz entretiene a su hijo de dos años que la jalonea para que le compre comida.

Mientras tanto Darwin empieza a lla­mar a sus colegas. Aunque es un entusiasta de lo que hace, en dos ocasiones claudicó. Trabajó en una empacadora y como guardia de seguridad. Ese tiempo lo califica de abu­rrido y agotador. No se admite seminóma­da, pero tampoco pasa largas temporadas en un solo lugar. En cuanto a ingresos ha ido en ascenso: “Empecé ganando $ 120, a la sema­na me subieron a $ 150, a las dos semanas $180 y ahora ya estoy por los $ 300 al mes”. Sus destrezas lo han puesto a buen recaudo. Él espera reunir para ponerse un negocio estable. La mayoría está en las mismas, to­dos se proyectan fuera. El escenario cambia cuando los juegos se prenden, el reguetón se apropia del lugar y las luces alumbran el paso de los caminantes. Por ese lapso, la vida que practican es alegría, gritos y bandejas de manzanas acarameladas a buen precio.

 


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