Los cuatro del micrófono irreverente.

Por Galo Vallejos Espinosa.

Fotografía Eduardo Valenzuela.

Edición 418 / marzo 2017.

Foto-Crónica-Radio-interior -2El dial en Quito registra un remezón por la irrupción del equipo de Luis Baldeón, Aurelio Dávila, Enrique Vivanco y Gerónimo Meneses. Del fútbol devinieron en el humor y en las sanciones del Gobierno. Un acercamiento a la cabina donde forjan su popularidad.

“A ver: que llamen los que sepan y que opinen. ¿Fue Roberto Cabañas el mejor delantero paraguayo de la historia? Pero, oirrán (sic), los que sepan de fútbol, no guambras carcosos de dieciocho años que no conocen…”

Parecería una imposición, una cargada de panas, pero más bien se trata de un guiño, una provocación, de un espacio que ha trastocado audiencias y controles, al menos en el espectro radial quiteño. Es el que lidera Luis Miguel Baldeón (autor de las palabras del párrafo anterior), al lado de Aurelio Dávila, Enrique Vivanco y Gerónimo Meneses.

Quienes siguen el fútbol deben haberlos escuchado. Son amigos de la polémica y del show, donde se canta, se grita, se silba, se grita, se ríe… Antes que balompié, se hace radio a partir de la cultura popular, en su término más amplio, pero sobre todo se trata de humor, no siempre políticamente correcto. Cuenta con personajes “explosivos”, como Vivanco califica a cada uno de los integrantes del grupo.

Además, tiene uno de los récords de sanciones de la Superintendencia de la Comunicación, la Supercom: doce hasta enero de este año, por emitir, según el organismo de control, comentarios indebidos en franjas horarias para todo público. Ante ello, los cuatro locutores protestaron en ropa interior en 2016, en un hecho que fue considerado, para citar un caso, como uno de los más relevantes del año en el portal digital de diario El Comercio.

Desde las alturas

Las audiciones que día a día realizan Baldeón y sus compañeros se generan desde el piso trece del casco comercial y bancario de Quito, vecino del parque La Carolina, donde está la sede de la estación Fútbol FM. Unas oficinas más bien pequeñas, austeras, pero confortables. Con una cabina con vista panorámica al centro norte de Quito y al macizo que conforma el Pichincha.

Uno a uno llegan al programa, en una mañana fría de enero, debido a que la noche anterior llovió intensamente. Llegan cada uno en su automotor, menos Meneses, quien se transporta en una moto de enduro. A esa hora el recibidor del edificio luce más bien relajado, al igual que los radialistas. Esa actitud se ve reflejada en su vestir: los cuatro lucen zapatos deportivos y jeans. Vivanco y Meneses llevan gruesas chompas; el segundo usa una gorra al estilo camionero. Baldeón una camisa por fuera del pantalón. Dávila reta al clima y luce una delgada camisilla y mocasines playeros.

Son dos grupos bien definidos: los veteranos  y/o experimentados versus los no tanto. Baldeón tiene 48 años y es amigo de lustros con Dávila, de 53. Vivanco (40) trabaja hace más de una década con Meneses (36).

La gerente de la radio, Liliana Yunda, juntó a los dos grupos a inicios del año pasado. Mandó —debido, en buena parte, a los riesgos de sufrir más sanciones de parte de la Supercom en ese momento— a que Luis Miguel se fuera de vacaciones en enero de 2016. Pidió a Vivanco y Meneses que lo reemplazaran por quince días. Ante el desconcierto de las audiencias, y sobre todo de Dávila, los under 40 se quedaron.

Otro loco que ama

Foto-Crónica-Radio-interior -1Baldeón está por cumplir tres décadas en la radio. Aunque quien escribe esta crónica lo recuerda en otra faceta, allá por mediados de los noventa: el Loco, como se lo conoce, haciendo proselitismo político por un partido de izquierda en una universidad pública. Hoy, pasados los años y las decepciones, se declara públicamente abierto a la economía de mercado.

Empezó su peregrinaje por el dial a finales de los años ochenta. A lo largo de su carrera asegura que “ganaba como empleada doméstica, más los cupos o medios cupos que tenía de publicidad”, en un entorno como el periodismo deportivo radial en el que impera la informalidad y donde ser, al mismo tiempo, vendedor de publicidad es visto como un hecho cotidiano.

Hijo de un trabajador público, vecino del norte de Quito, estudiante de establecimientos fiscales y forjado en la calle —como no se cansa de asegurar—, cultivó paulatinamente su estilo original, convenciéndose que compartir su propia vida, con lenguaje coloquial y dándole un toque sarcástico-cómico a temas como la infidelidad y los excesos, en los cuales se ha puesto él mismo como ejemplo. Aunque claro, siempre matizándolos con el deporte y más concretamente con el fútbol.

Hoy, al borde de los 50 años, dice, por fin, haber llegado a una estabilidad laboral y económica, algo que él reconoce que es más bien inusual en su campo. Separado, padre del adolescente Emiliano, futbolista de la Sub 15 de Liga, experimenta la paradoja de que el equipo por el que ha dicho tener “antipatía deportiva” le haya permitido a su hijo seguir en el deporte, luego de que el club de sus amores, El Nacional, experimentara problemas económicos.

Popular entre los aficionados, pero resistido entre colegas. No sabe cuánto durará su éxito, pero lo disfruta, sobre todo en la cabina radial. Admite que llega a incomodarlo cuando la gente lo reconoce y hasta no le cobran la cuenta en algún restaurante. Por lo pronto, quiere ir al Mundial de Rusia del próximo año e informar desde allá. Después se verá cómo se dan las cosas para el Loco.

¿Qué más reycito?

De entrada, el programa ironiza con el saludo de Baldeón, a manera de un discurso político: se dirige a autoridades civiles, bomberiles, penitenciarias, eclesiásticas, Cruz Roja, Naciones Unidas, delegaciones diplomáticas… En esta ocasión, en la mañana fría de enero, empieza el telón musical con un ritmo que una multinacional de cigarrillos usaba como publicidad.

Baldeón engancha al oyente con anécdotas. Esta vez empieza quejándose de sus deudas con las tarjetas de crédito: “Es una vida sin vida pagar mil trescientos dólares de cada tarjeta cada mes… Y encima más que mi hijo quiere un nuevo PlayStation. ¿Quién aguanta así?”.

Se abren micrófonos y se produce el choque emotivo entre conductores y oyentes. “¿Qué más reycito?”. “Habla Panamá”. “¿Qué maicena?” “¿Cuándo le hacimos (sic)?”. Son saludos habituales de Baldeón a la gente que llama y con la cual se conecta, que, además, son matizados por la crudeza de Dávila (siempre contradiciendo al público, en especial si se ataca a Liga), la ironía de Vivanco (cuestionador de los “altos” conocimientos de fútbol de los más veteranos) y las ocurrencias de Meneses (con una capacidad para imitaciones y sonidos).

Los comentarios del público suelen ser de fútbol o de las discusiones de los locutores sobre fútbol, actualidad o vida cotidiana. Baldeón, hiperactivo, se levanta de su curul y gesticula, se mueve de un lado al otro, al igual que Meneses. Dávila y Vivanco debaten desde su puesto, los tonos de voz se levantan. La tensión se deshace cuando los locutores, en una usanza atípica para un programa deportivo, toman el micrófono y cantan. Karaoke deportivo lo llama Baldeón.

Albo a tiempo completo

Una suerte de Sancho Panza de Baldeón es la figura de Aurelio Dávila, aunque se trate de una persona físicamente opuesta al personaje de Cervantes: de estatura mayor al promedio, delgado aunque barrigón. Este quiteño que se dedica a las estadísticas de fútbol dice haber sido pionero en sistematizarlas en el Ecuador. De hombre de negocios, con una etapa de apostador de por medio, devino en periodista deportivo.

Aurelio es también una suerte de relacionador público del grupo, sobre todo a partir de que decidieron dar a conocer lo que consideran abusos del ente regulador de la comunicación. Es el brazo mediático del grupo y se mueve como un buen delantero para dar a conocer sus posturas, más allá de su conocido y acérrimo liguismo que es una suerte de plus, pues promueve el debate.

Ha acompañado permanentemente a Baldeón a la hora de desplegar su show humorístico-deportivo. Especialmente a la hora de atrapar al oyente con dosis de su cotidianidad, que han llegado a pegar entre el público. Él se declaró a su tiempo barman (por su afición al alcohol) y Baldeón drogui (por su gusto por automedicarse y por sus experiencias con “otras” sustancias), hecho por el que la Supercom les sancionó en una de la docena de castigos que han recibido.

Los dos han asumido la mitad de los casi 40 mil dólares que la estación debe cancelar por concepto de multas y cada mes sus sueldos reciben un descuento; en las dos últimas sanciones han aportado Meneses y Vivanco. Aurelio confiesa que no recibió el decimotercer sueldo para ponerse al día. Hombre de derecha, católico militante y fanático que no se esconde, Dávila es, podría decirse, el hermano mayor que cuida a los suyos.

Venimos a cantar

Sin guion previo, el programa se ancla en la coyuntura deportiva y de efemérides. En esta ocasión, durante esa mañana de enero, se desayunaron la muerte del delantero paraguayo Roberto Cabañas. A partir de ese hecho, recordaron al jugador, hicieron un parangón con otros futbolistas de ese país, pero sobre todo, discutieron al aire. Baldeón defendiendo al finado, Dávila relativizándolo, sobre todo por el hecho de que Cabañas jugó alguna vez en el Barce­lona de Guayaquil. Si Aurelio es fan liguis­ta, Luis Miguel, hincha de El Nacional, se ufana de su antipatía por LDU. Vivanco y Meneses, quienes cumplen el papel de neó­fitos, matizan con sorna y una gama de so­nidos y cambios de acento —de casi todos los conocidos en español— el menosprecio de su conocimiento de fútbol por parte de sus compañeros; ambos son seguidores más bien pasivos del Deportivo Quito.

El show se instala, cuando Baldeón can­ta Pájaro chogüi, tema popular paraguayo para recordar a Cabañas. Sigue el ritmo del tema, pero deja entrever problemas en los tonos altos… “Tengo cáncer en la gar­ganta”, dice ironizando… Luego prosigue, sin ruborizarse, en la aparente soledad de la cabina de radio, mientras en la calle lo escuchan cientos, miles…

Los más veteranos son, sobre todo si se pudiera establecer una analogía con un filme, los protagonistas y los menos depen­dientes de sus teléfonos. Baldeón exhibe un modelo antiguo de móvil, no androide, que lo compensa con una tableta. Dávila, el de los números, consulta permanentemente su portátil. Vivanco y Meneses usan al móvil sin rubores: es su instrumento de trabajo.

De reportero a showman

Kike Vivanco proviene de una familia vinculada al periodismo, en concreto con el diario La Hora. Sin embargo, él empezó por sus propios medios, reporteando desde las canchas de los equipos de fútbol como es rutina de los novatos en el campo depor­tivo.

Laboró en varias estaciones. Tuvo un espacio como redactor en el diario de la familia. Sin embargo, su éxito empezó a gestarse hace más de una década cuando dio vida al personaje de Paquirri, un niño español insolente, quien constantemente hace travesuras con Josema, personificado por su compañero y amigo Meneses.

Ambos personajes nacieron bajo la tutela profesional de su colega Patricio Borja, quien los bautizó, pero fueron ellos los que los desarrollaron plenamente. A manera de símbolos de una generación, Josema y Paquirri han encarnado los va­lores de una cultura pop, más mediatiza­da y vinculada con el mundo. De ahí que en el espacio compartido con Baldeón y Dávila se produzca un choque cultural, pues estos últimos provienen de la oleada latina de los setenta y ochenta, que impe­ró antes de la llegada de la gran industria cultural a partir de la última década del siglo pasado.

Vivanco, casado, padre de gemelas y correísta, a contracorriente de lo que se­ñalan sus compañeros mayores, dice sí saber de fútbol, pero sobre todo del inter­nacional. De ahí que Enrique ideó un es­pacio en una suerte de adivine el persona­je, destinado a revelar jugadores del fútbol internacional. A manera de vendetta para Kike, Baldeón y Dávila suelen fracasar para descifrar de quién se trata.

Chiflidos…

La mañana de enero se calienta con las canciones de los locutores. Ahora Vivan­co canta Me llaman calle de Manu Chao. Meneses le sigue y tararea; los dos restan­tes integrantes del equipo lucen más bien distraídos.

Luego Baldeón prosigue con el debate alrededor de Cabañas; Aurelio insiste que no es el mejor. Luis Miguel pone a escoger: si no es él (Cabañas), entonces podrían ser Saturnino Cardoso o Roque Santacruz”. Meneses, entonces, opta por la sorna: “Solo por llamarse Saturnino ya tiene asegurado el puesto”. Risas generales.

Esa mañana de enero el grupo anun­cia, en el marco de una serie de entrevis­tas que el programa hizo a los candidatos presidenciales, a Abdalá Bucaram Pulley. Nunca llega. Los radialistas prefieren no profundizar el tema.

El ritmo no se detiene. Sigue la música, la nostálgica y otra no tanto. De pronto, en­tre tema y tema, Meneses chifla al aire y ce­lebra la cara de disgusto de Baldeón. Lo reta a hacer lo mismo, pero el Loco se abstiene… “Tanta calle que dice tener y no sabe silbar”. Más risas. El Omoto Gran Piola, como Bal­deón lo ha bautizado, ensaya un repertorio de silbidos. La mañana ya se ha calentado. El programa está por terminar.

El ‘standapero’

Meneses es un tipo de tarima, que se ha dado a conocer a través de las ondas hertzianas gracias a su capacidad histrió­nica con el imprudente niño Paquirri. Sin embargo, él se considera ante todo un co­mediante, oficio que ejerce paralelamente a través de presentaciones en restaurantes, bares, lugares públicos.

Es buleado en el programa por Baldeón y Dávila debido a su supuesto desconoci­miento de fútbol, a lo que responde con ci­nismo y absurdos. Es su estilo. Hacer broma de lo ilógico. Aunque no rehúye al conflicto, desarma a sus contertulios con su pose.

Gerónimo es un cultor del levanta­miento de potencia, que ha labrado su fí­sico en el gimnasio por años. Es objeto de bromas por ello, pero él no lo oculta. Es más, ha dado consejos al aire de como en­trenar, comer y mantenerse en el deporte.

Su meta es continuar en el humor. Re­conoce que salir al aire con Baldeón le ha dado un reconocimiento especial a su ca­rrera. Se divierte en el programa, pese a las críticas por sus llegadas tarde al inicio del programa, debido, según su amigo Vivan­co, a su capacidad de sociabilidad: es popu­lar y conversa con todos los amigos y cono­cidos que se encuentra rumbo a la oficina.

Es un humorista que utiliza muchísimo la gestualidad para hacer reír, pero sabe que la radio no logra mostrarlo. Quiere convertirse en el comediante stand up más reconocido del país. Hacia allá va. Mientras tanto se lo puede escuchar día a día. Va por más.


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