El miedo es parte del negocio: una canción sobre Álex Alvear.

El músico ecuatoriano nos confió parte de su vida. Esta es una interpretación de su historia.

Por Juan Fernando Andrade.

Fotografía Ricardo Centeno.

Edición 418 – marzo 2017.

 

“En la gente perfecta no hay comedia ni drama”.

Billy Wilder

 

 

Foto--Perfil--Alex-Alvear-2-3Lo que yo quiero es que alguien lea esta historia, meta un par de cosas en una mochi­la y se vaya de su casa a tocar rock and roll. Pero no prometo nada. Al final quizás suceda exactamente lo contrario: alguien termina de leer esto, deja caer la revista o se desprende de la pantalla o suelta el teléfono y sale corriendo en cámara lenta pero a toda velocidad por­que está volviendo a casa después de haber estado lejos por muchos, muchos años.

 Primera estrofa

Una chica rubia, muy blanca y muy gua­pa, guapísima, camina como confundida en un descampado recinto militar, su figura es la de un ángel extraviado. Estamos en Quito a finales de los cincuenta y todo el mundo se ve como se veía en esa época: esos trajes, esos raros peinados viejos, ese tono lavado que adquiere la piel en las fotos. Un chico la des­cubre y la persigue con la mirada, en verdad, son varios los ojos que caminan pegados a sus pasos, pero solo él se acerca, solo él se atreve. “¿Puedo ayudarla?”, le pregunta. “Sí”, contesta ella con acento extranjero, “estoy buscando al mayor Alvear, de caballería”. “Soy yo”, dice él. Entonces la chica, que se llama Anne Lalley y ha llegado hace poco de Estados Unidos para trabajar como secretaria en la embajada ame­ricana, le dice que quiere aprender a montar caballos y él le dice que puede enseñarle. Y es aquí, justo aquí, cuando se enamoran. No antes. No después. Aquí. En este preciso si­lencio que se tiende entre los dos como un puente y los rescata del vacío.

Segunda estrofa

El hijo mayor de la familia Alvear-Lalley se llama Álex y se parece a su madre: “Yo de chico era suco-suco, casi albino, me sentía medio extranjero”, me dice; incluso ahora, con esa cara de Robert Plant y esa ropa onda Bruce Springsteen —el jean, la camisa con las mangas recogidas por encima del codo, el chaleco—, se revela a veces en él una espe­cie de aliento femenino. Viven en La Gasca, que en ese tiempo es una orilla de la ciudad al pie de la montaña. Viven en una casa que es igual a las otras casas de la misma calle, cuadrada, estrecha, y los vecinos son gente como ellos: otro militar, otra esposa, otros hijos. Las diferencias empiezan puertas adentro. El padre de Álex es muy estricto, “muy tenaz”. En la casa, por ejemplo, no se permite la televisión, y el pequeño pasa las horas donde sus amigos, jugando, hechiza­do por los colores que aparecen inexplica­blemente en la pantalla. Vuelve justo antes de que su papá regrese del trabajo, y en las noches tranquilas su madre pone discos de música clásica o toca sambas en la guitarra. “Yo decía qué chuchas es esta huevada, pero si tengo algo de oreja es gracias a eso”.

Coro

Ayer toqué a Dios/ Acabo de tocarlo/ Siempre me pasa lo mismo/ Al día siguiente me levan­to y digo Ayer toqué a Dios/ ¿Y ahora qué?/ ¿Ahora qué hago?/ Acabo de tocar a Dios/ ¡Lo acabo de tocar!

Tercera estrofa

Cuando Álex Alvear tenía siete años su madre lo puso en lecciones de piano con la intención de que aprendiera a leer música, pero él hizo trampa. Mientras la profesora tocaba alguna melodía siguiendo el rastro de la partitura, diciendo “a ver, esto es así”, él se fijaba en la danza de sus dedos y se apren­día las canciones de oído. “Iba todo perfec­to”, me cuenta, “pero al final la man me dijo: vamos a hacer un recital con todos los es­tudiantes” (y todos los padres de esos estu­diantes, se entiende), “aquí está tu partitura. Y yo: chucha, ¿qué hago con esto?” La pro­fesora se dio cuenta de que uno de sus alum­nos más prolijos era incapaz de leer una sola nota y entonces, quizás para salvar el pellejo frente a los padres del chico, tocó una pieza varias veces para que Álex se la grabara en la cabeza, la practicara durante unas horas y saliera bien librado del primer concierto de su larga carrera musical. Curioso. Él me cuenta esta escena entre risas, como si fuera algo sin importancia, una travesura que re­cordó por accidente, pero después de haber­lo visto tocar en vivo varias veces me queda claro que aquello fue la primera aparición del instinto que ahora lo empuja por la vida.

Cuarta estrofa

A comienzos de los setenta la familia se muda al valle de Los Chillos, donde todavía no hay nada de lo que hay ahora, ni tiendas ni fritanguerías ni supermaxis ni nada, y queda prácticamente aislada, separada de la ciudad por una hora de viaje en auto. “Eso afectó un poco la dinámica de la familia, porque éramos súper sociables en el día a día y de repente estábamos ahí, solos”. Álex es ya un adolescente al que le han pasado por lo menos dos cosas que son claros anun­cios del futuro. 1. Un viaje a Estados Uni­dos, a casa de los abuelos maternos, donde escucha por primera vez el Álbum Blanco de Los Beatles (“me sacó la puta”, dice) y por su cumpleaños pide que le regalen el senci­llo Born To Be Wild, de Steppenwolf. 2. Su padre abandona la milicia para formar parte de una compañía distribuidora de electro­domésticos y la casa se llena de equipos de sonido de altísima fidelidad, parlantes in­mensos y discos nuevos. La casa se llena con música.

Y algo más: Fidel Jaramillo, el actual representante del BID en Costa Rica, uno de sus mejores amigos en el Colegio Ame­ricano, le enseña a tocar guitarra. Y Álex aprende, practica, se engancha. Y su padre advierte la cercanía del peligro.

Coro

Ayer toqué a Dios/ Acabo de tocarlo/ Siempre me pasa lo mismo/ Al día siguiente me levan­to y digo Ayer toqué a Dios/ ¿Y ahora qué?/ ¿Ahora qué hago?/ Acabo de tocar a Dios/ ¡Lo acabo de tocar!

Quinta estrofa

Esto pasa durante una cena en la que toda la familia —papá, mamá, cuatro hi­jos— está reunida alrededor de la mesa, masticando, acaso en silencio. Álex, ya graduado del colegio, gasta sus días metido en la guitarra y adivinando cuál es su lugar en el mundo: aquella famosísima pregunta existencial, ¿dónde me paro? “Yo ya estaba tocando música, pero mi viejo no era muy feliz con eso y se crearon muchos conflic­tos en la casa: patada y puñete, literal”. (A lo largo de varias entrevistas que se sucedieron durante ocho meses, entre abril y diciembre de 2016, Álex nunca entró en mayores de­talles sobre estos episodios, a los que llamó “enfrentamientos físicos”. En algún momen­to dijo: “nos caíamos a puñete” y añadió, quizás descuidado, que los enfrentamientos “eran fuertes”. Me pareció verlo asustado y reducido ante la certeza de un recuerdo te­rrible). “Y bueno, mi viejo dice mañana, a las siete de la mañana, vamos a salir porque te inscribí en la Politécnica para un curso de computación” (en el Ecuador de 1979 esto resulta visionario, acertado, casi clarividen­te). “Y ahí sí, ese rato dije esta huevada no va para ningún lado. Nos despedimos, se fueron todos a dormir y yo me salí por la ventana con una maletica. Me largué pa’la pinga. Me fui de la casa”.

Sexta estrofa

Cuando lo volvemos a ver, Álex parece el antihéroe-protagonista de una comedia musical medio hippie: ha cortado todo con­tacto con su familia y está flaco, estirado, el pelo largo y brillante le cubre la frente y cae detrás de su nuca; la ropa que lleva podría ser prestada, o no, podría estar sucia, o no, y se nota que todos los días usa el mismo par de zapatos. Vive en casa de un amigo que es actor de teatro, Francisco Denis, quien luego formaría parte del grupo Malayerba. Por las mañanas trabaja como chofer conduciendo el carro de la abuela de su amigo Fidel Ja­ramillo, hace viajes constantes al mercado, hace las compras y espera, y acompaña a la señora mientras ella cumple con sus com­promisos; por las tardes trabaja en la pri­mera LibriMundi que hubo en Quito, en La Mariscal. “Era bacansísimo, loco, me daban descuento en los libros”, me dice, y sonríe: esa cara que ponemos cuando se nos es per­mitido volver al comienzo de la curva, allá donde la vida parecía más fácil. El resto es música. De aquí en adelante, el resto será solo música por todas partes.

Coro

Ayer toqué a Dios/ Acabo de tocarlo/ Siempre me pasa lo mismo/ Al día siguiente me levan­to y digo Ayer toqué a Dios/ ¿Y ahora qué?/ ¿Ahora qué hago?/ Acabo de tocar a Dios/ ¡Lo acabo de tocar!

Solo de voz

(Intérprete: Álex Alvear)

“A mí lo que me cambió la vida fue conocer a Juan Carlos González y a Hugo Idrovo. Ellos recién habían llegado a Qui­to, no tenían ni cuatro meses aquí, venían huyendo de Guayaquil, allá la realidad era muy, muy jodida”.

“Los conocí y nos fuimos a guitarrear. Yo tocaba covers, How I wish/ How I wish you were here, pero estos manes tocaban música de ellos, y no una, no dos, ¡todo lo que tocaban era de ellos! Esa música fantás­tica me conmovió hasta la médula, me sacó la puta. ¿Cómo será que hacen estos manes?, pensaba”.

“Ahí fue cuando se me viró la cosa. No es que empecé a componer al día siguien­te, me tomó mucho tiempo, pero aprendí mucho solo al estar expuesto a ellos. Casi todo lo que sé de guitarra lo aprendí de Juan Carlos. Y esa onda de Hugo, súper original, ya sabes, esa vaina de que nadie suena a Hugo”.

“Tenían una audiencia, incipiente, pero aquí ya había orejas”.

“En Quito había una ‘escena’ en la que todos los artistas hangueaban juntos. Los teatreros, los bailarines, los pintores y los músicos eran una sola comunidad”.

“En esa época también aparece El Viejo Napo. Yo ya lo había visto. Una vez me fui a Salinas con mis compañeros del colegio, de repente escucho esta música increíble y era Napo que venía tocando el banjo, así, conversando con un pana y tocando y lo que estaba tocando era in­creíble. Y resulta ser pana de Hugo y de Juan Carlos”.

Esto debe ser por el 82.

Yo tendría unos veinte años.

Había tanto alcohol y droga que no recuerdo la cronología de las cosas.

La droga de la época era la grifa.

Grifa nomás.

“Napo, Juan Carlos y yo formamos un trío, Los Alegres Panaderos se llamaba esa huevada, y tocábamos en el circuito de pe­ñas que había en Quito, en toda La Maris­cal. La Pacha Mama, El Chúcaro, La Peña Nuestra América. Esa era la ‘escena’ y era música acústica, sin micrófonos, la gente iba a cantar. Eso lo empezaron unos chi­lenos que se habían exiliado acá, entonces tocaban música de Víctor Jara, Violeta Pa­rra, esa onda. Nosotros tocábamos sones, salsita, country”.

“Por un lado, conocimos a la gente de El Taller de Música, Juanito Mullo, Ataúlfo To­bar, Diego Luzuriaga, esa gente que tocaba música ecuatoriana pero con una onda muy de ellos, eran mis ídolos, y formamos Rum­basón, una banda súper salsera. Y parale­lamente empezamos a montar canciones de Hugo y así nació Promesas Temporales. Pero justo ahí hubo un pedo entre Juan Car­los y Hugo, un lío de autoría, o sea, fue una época muy triste para mí, de repente estos panas, que eran mis amores, mis bróderes, se pelean por una canción que ya ni siquiera sé qué canción sería, y como que Promesas nunca empezó del todo: esa banda era el eclecticismo total, tocábamos sones y alba­zos flamenco-jazzeros”.

Pero lo hice.

Armé mi vida.

Logré sobrevivir.

Eso creía.

Variación

Solo un poco después, ya en los años del febrescorderismo, los Alfaro Vive y los pri­meros desaparecidos en el Ecuador, Rum­basón era una banda completamente esta­blecida que llenaba todos los teatros donde se presentara, por lo general, el Universi­tario y el Prometeo, ante un público joven que soñaba con la otra cara de una moneda que resultó tener el mismo rostro de ambos lados.

“En ese tiempo salió Plástico, de Rubén Blades, y eso se volvió como el soundtrack de una generación, fue el boom de la salsa aquí en Quito, me explica Álex, y nosotros fuimos como los pioneros porque nadie más hacía salsa. La gente alucinó”.

Álex tocaba el bajo, según él, porque había llegado a la evidente conclusión de que era más sencillo: “tiene cuatro cuerdas y solo tocas una a la vez”. Me fijo en sus de­dos, más bien cortos, más bien anchos: si no los hubiese visto subiendo y bajando por los trastes del bajo como pequeñas criaturas independientes, emancipadas de cualquier limitación, me sería muy difícil creer que él sea, que es, uno de los mejores bajistas de este país.

Por si acaso, estamos en esa parte en la que Álex, como todos lo hemos hecho al­guna vez, cree, espera o casi está seguro de que las cosas en su vida solo pueden cam­biar para bien, para mejor. Vive en Guá­pulo, en una casa que recuerda como un galpón donde antes había funcionado una discoteca gay y donde, según me explica, él y varios miembros de Promesas Tempora­les practican una convivencia propia de las comunas: hay una montaña de ropa sucia y otra montaña de ropa limpia, y ahí cada uno va viendo qué se pone (me dice, además, un poco en broma pero no tanto, que ellos impusieron la moda de andar con zapatos y medias cambiadas en el Quito de los ochen­ta); cuando hay plata, es decir, cuando han tocado y cobrado, hay fiestas colosales que se dilatan durante varios días y a las que lle­ga mucha gente; cuando no hay plata roban aguacates en el patio de un vecino y se los comen con pan y agua.

También hay períodos, me dice, donde se muere de hambre porque ya a estas al­turas solo trabaja como músico y entonces flaquea, lo que significa que llama por te­léfono a su madre, la única persona de la fa­milia con la que guarda algún contacto, ne­gocian un encuentro clandestino y ella le da algo de dinero para que pueda alimentarse. “Con mi viejo nunca”, me aclara de manera enfática, “para mí era como yo había muerto ante sus ojos”.

Coro

Ayer toqué a Dios/ Acabo de tocarlo/ Siempre me pasa lo mismo/ Al día siguiente me levan­to y digo Ayer toqué a Dios/ ¿Y ahora qué?/ ¿Ahora qué hago?/ Acabo de tocar a Dios/ ¡Lo acabo de tocar!

Séptima estrofa

Un concierto de Rumbasón en el Teatro Universitario. Lleno completo, hasta las pa­tas. Álex Alvear es el primero de la banda en salir al escenario: conecta el bajo, afina, mueve las perillas del amplificador hasta encontrar su sonido. Toca un poco, como para calentar, y menea la cabeza al ritmo de lo que sea que esté tocando. Así, como bai­lando, gira su cuerpo hacia el público y lo ve, lo encuentra, lo distingue entre la gente: sentado en la tercera fila, solo, está el ma­yor Alvear, Eduardo, su padre. Han pasado años sin hablarse ni verse, seguramente se han pensado, pero nada más. Y es el padre, no el hijo, el que ha dado el primer paso. Álex siente que ha ganado una pelea por la razón y no por la fuerza, que el peso de esa razón al final se ha inclinado a su favor y que ahora puede ir y volver de la casa y de la familia libremente siendo quien es y siendo esto en lo que se ha convertido: un músico. No hay abrazos. No hay palabras. Nadie dice te quiero, te extraño, te extrañé. Nadie pide perdón. Álex apenas me hace esta aclaración: “el amor está, pero no se habla, está como bajo la mesa, sobreenten­dido, incuestionable”. La vida simplemente continúa. Y seguir viviendo involucra todo tipo de riesgos.

Octava estrofa

Álex recibe una llamada telefónica. Al otro lado de la línea, aparece una voz que le dice “quiero contratar a Rumbasón para un evento en Riobamba”, y quedan en verse al día siguiente, a la una de la tarde, en la 6 de Diciembre y Veintimilla: cuatro esquinas bastante transitadas. Ambos llegan pun­tuales. Se saludan, se dan la mano y quizás también unas palmadas en los hombros. Hablan de precios y condiciones, del viaje, la estadía y el regreso. Todo marcha bien hasta que el supuesto empresario del evento le pide a Álex que se acerque a un jeep donde está su socio para confirmar los detalles del contrato. “Claro, no hay problema”, dice él, y camina directo hacia la trampa. Cuando llega a la puerta del jeep, siente que lo están empujando hacia adentro del carro. Álex se resiste, pero atrás aparece otro hombre, otro gorila, y entre todos lo refunden en el asiento trasero. “Por suerte, me dice, alcancé a gritar, ¡avisen que me llevan!, ¡avisen que me llevan!, y como era de tarde la gente sa­lió de sus negocios y se dio cuenta de todo”. Gracias a ese grito desesperado, sus amigos empezaron a correr la voz y su padre, enton­ces ya un militar retirado hace varios años, supo que tenía que rescatarlo.

Coro

Ayer toqué a Dios/ Acabo de tocarlo/ Siempre me pasa lo mismo/ Al día siguiente me levan­to y digo Ayer toqué a Dios/ ¿Y ahora qué?/ ¿Ahora qué hago?/ Acabo de tocar a Dios/ ¡Lo acabo de tocar!

Novena estrofa

Álex me dice que se ha creado un su­puesto “mito” sobre su secuestro para trans­formarlo en un tema político. Lo repite va­rias veces durante nuestras conversaciones y usa siempre la misma palabra: mito. Pero cuando enfoca ese momento dentro de su cabeza todo parecería indicar que así fue o, al menos, que ese hecho en particular fue parte de una especie de burocracia asesina. A más de treinta años de distancia, cuando ha quedado más que demostrado —en tes­timonios, en juzgados, en libros, en películas documentales— que durante la presidencia de Febres-Cordero hubo gente que fue injus­tamente encarcelada, torturada y despareci­da bajo sospechas de terrorismo o sin excusa alguna, el capítulo que incumbe a Álex Al­vear se ve como una historia que acabó bien pero pudo haber acabado muy mal. Cuenta que le pusieron un saco de esos que se usan para cargar legumbres sobre la cabeza y que no podía ver nada. Que el jeep se movía: avanzaba, frenaba, avanzaba, frenaba, y que no entendió hacia dónde se dirigían hasta que escuchó el sonido de varias monedas cambiando de manos en un peaje. De ahí en adelante, dice, fue reconociendo las curvas, los giros y hasta los baches de un camino que él conocía de memoria: la carretera que baja desde Quito hacia el valle de Los Chillos.

Décima estrofa

El cuartel donde lo llevan se llama Aychapichu y está pasando el valle, en la vía a Machachi. Allí, a empujones, lo con­ducen hacia el cuarto de herraje de un esta­blo que huele a mierda de caballo, donde le quitan sus documentos y lo atan a una silla. Al fondo, tan lejos y tan cerca, se escucha la respiración cortada de otra persona a la que deben haberle roto las costillas porque se está ahogando. Los segundos se estiran de una forma imposible, el tiempo es esta cosa que deja de funcionar. ¿Cuántas horas han pasado desde que le recomendaron confesar que es miembro de Alfaro Vive?, ¿desde que le fueron nombrando a sus mejores amigos uno a uno?, ¿desde que le dijeron que la casa de Guápulo donde duermen y tocan ha es­tado siempre vigilada? Lo peor, lo que más asustado lo tiene, es que no le han tocado ni un pelo: esto le hace suponer todo tipo de torturas, incluso las que no alcanza a imagi­nar. “Yo era bocón, me dice de pronto, en los conciertos gritaba: ‘¡León vale v—a!’, pero la verdad éramos hippies/fumones/anarcos/ gozadores. Nuestras casas eran puntos de encuentro y quién sabe quién habrá pasado por ahí, con quién nos habremos amaneci­do chupando, pero jamás tuvimos conexión con nada”. Hace una pausa, respira, desvía su mirada hacia un punto en la nada. “Es lo peor que me ha pasado en la puta vida”, dice.

La canción sube un tono

(antes de El final)

“Te vamos a dar cinco minutos para que pienses bien tu historia. Y si no nos dices lo que queremos oír, la película va a cambiar”. Esto se lo anuncian con una voz suave, te­rrorífica, y lo dejan solo. Álex Alvear tiene aquí veintitrés años y cree que va a morir. En realidad, nunca sabrá cuán cerca estuvo de la muerte: si jamás pensaron en matarlo o si la esquivó por un pelo. Lo que sabe, lo que re­cuerda, es que cuando lo dejaron solo en ese cuarto de herraje él empezó a despedirse de la vida. Luego escucha un auto que viene acer­cándose, el freno, el sonido de las puertas, una conversación corta e inentendible pero defini­tiva. Una voz nueva le dice: “Te vamos a llevar a Quito”. “Me van a matar”, piensa él. Lo suben al auto y esa misma voz, que es la del tipo que ahora va manejando, hace esta pregunta: “Tú eres hijo del mayor Eduardo Alvear, ¿no?” “Sí”, responde Álex. Y la voz continúa: “Tu pa­dre es un hombre admirable, él fue mi maes­tro”. Van en silencio el resto del camino.

El auto rueda por las calles de Quito y se detiene al pie de en un edificio anónimo del centro, cerca de la Plaza de San Francisco: son las oficinas del Servicio de Investigación Criminal (SIC). Allí le hacen firmar unos papeles que él ni siquiera se detiene a leer y después, como si él hubiese ido a ese lu­gar nada más que unos minutos para firmar esos papeles, le indican dónde está la puerta y lo sueltan. Lo dejan libre.

Dos semanas más tarde, en diciembre de 1985, Álex Alvear sube a un avión y viaja hacia Estados Unidos, donde vivirá como viven los músicos por los siguientes veintio­cho años, hasta 2013.

El final

(por ahora)

Cuando lo conocí estaba por tocar en vivo su disco más emblemático, Equatorial, considerado por no pocos como el primer y por ahora único álbum de música-ecuato­riana-contemporánea (o lo que sea que eso signifique). “Yo siento que hice algo trascen­dental”, me dijo acerca del disco, y aunque estuve tentado a ensayar aquí una descrip­ción inolvidable, he decidido que no puedo hablar por la música: ahí está, búsquenlo, escúchenlo. Mi tema es otro.

Álex Alvear está por cumplir 55 años y yo diría que por lo menos entre los artistas locales es bastante conocido o incluso fa­moso. En todo caso hay gente —sobre todo músicos— que lo admira. Pero él dice esto: “creo que tengo una música increíble y en mi propio país no me reconocen cuando he hecho cosas bacansísimas con la música na­cional”. Quizá sea cierto, lo he visto buscar tocadas como principiante y derrochar los músculos del alma sobre un escenario para luego recibir 60 dólares o menos.

El tema, al final, es ese: me da miedo ter­minar como él.

“¿Por qué regresaste?”, le pregunto. “La vida en la yoni es durísima, no sé cómo aguanté tanto tiempo”, me dice, y continúa, “además, allá es igual, en una buena noche te ganas 100 dólares y… (hace una pausa)… me di cuenta de que mis viejos estaban avan­zando en edad y no quería recibir esa llama­da estando allá”. Se refiere, sí, a esa llamada en la que alguien te dice que la gente a la que más quieres y que más te ha querido se está muriendo. “Mi vieja murió el año pasado, y no fue una fortuna, fue una cagadota, pero por lo menos estuve aquí. Ahora paso mu­cho tiempo con mi viejo, estando ahí, aco­litándolo”.

El tema, al final, es ese: quiere a la gente que te quiere, déjate querer.

“¿No tienes ningún tipo de incertidum­bre hacia el futuro?”, le pregunto, y solo ahora me doy cuenta de lo absurdo de esa pregun­ta (el tema, al final, es ese: darse cuenta). “El miedo es parte del negocio, broder. Cuando vives el día a día te acostumbras a esto: la triqui, todo va bien, la triqui, todo va bien, y las cosas se van compensando. Estoy súper consciente que de aquí a unos diez o quince años ya no me va a dar el chasis, pero yo voy a seguir haciendo esta huevada hasta que el chasis se rompa y las ruedas se caigan. Hasta donde aguante. Se pueda o no se pueda”.

El tema, al final, es ese: quisiera termi­nar como él, diciendo esas cosas y creyéndo­melas, aunque fueran mentiras. Diciendo, por ejemplo, lo que está a punto de decirme: que hacer música es como tocar a Dios, que ayer tocó a Dios. Así, buscando eternamente las palabras para tocar a Dios.


Pin It