La madre de la mujer triste.

Por María Fernanda Ampuero.

Ilustración Maggiorini.

Foto- La madre de la mujerElla sabe ser la madre de la niña gorda y golosa, de la niña a la que le brillan los ojos ante un helado, una torta de chocolate o un postre de limón: ella no sabe ser la madre de la mujer triste. Sabe sí, y muy bien, ser la ma­dre de la niña enferma, con fiebre, a la que hay que darle jarabes rosados en cucharas grandes de plástico blanco o en vasitos con rayitas de medir. Sabe tomar la temperatura y llegar a la hora exacta con la medicina, la be­bida fresca, el hielo en una toalla para la fren­te, el teléfono del médico, la sopa de fideos. Sabe cuidar a la niñita enferma, pero no sabe qué mierda hacer con la mujer triste. La mujer que está, como cuando la atacaban los virus de pequeña, postrada en una cama, adolori­da en todos los sentidos posibles, necesitando cuidados como un bebé abandonado en un basural, pero que no es capaz de decir ni una palabra: la lengua muerta.

Que no puede formular las palabras: mamá, me muero.

Ya tiene 40 años, la mujer ya no es una niña, la mujer ya tomó sus propias decisiones, la mujer ya eligió su vida, la mujer. Y ahora no sabe cómo explicar que así y todo, vieja y todo, agónica y todo, de luto y todo, quiere que su mamá le ponga la mano en la frente, que la toque, que la quiera, pero que no sabe cómo coño pedirlo porque cree que los hijos generan en los padres un automático deseo de consolarlos.

Pero ella, la madre de la mujer triste, úni­camente sabe ser madre de la niña entusiasta, la niña que a todo dice que sí, la compañerita y cómplice, la hija de su mamá. Ella entiende a esa niña y nada más que a esa niña. Que ríe y come y juega y ve televisión y hace chis­tes y vuelve a comer y vuelve a reír. El mundo en orden. Entiende que las hijas quieren a sus madres cuando actúan como ella actúa: bien. Su hija no tiene motivos para tirarse a morir en una cama, su hija es una niña feliz. A ve­ces enferma —la panza, la gripe, la garganta, nunca la cabeza o menos aún el corazón—, entonces hay que cuidarla para que mejore y vuelva a hablarle de sus cosas de niña y vuelva a ser su mejor amiguita. Ella lo que no sabe en absoluto —y la desespera y la enfurece— es estar cerca de esta mujer extraña, oscura, irascible, lánguida y violenta, feroz y atormen­tada, que parece querer siempre estar en otro sitio, pero que nunca encuentra ese otro sitio.

Ella no tiene idea de quién es esa mujer triste ni sabe qué decirle. La madre de la mujer triste siente que ella no ha parido esa cosa vestida de negro, con ojeras, a veces llorosa y a veces tirana, pero siempre una de las dos cosas. No. De ningún modo parió a esa mujer incomprensible, hosca, melancólica, que no se decide a volver o a partir, a arrancarse el cora­zón o a negociar un armisticio con el exama­do. La madre de la mujer triste no entiende lo que sí entiende la mujer triste: que la vida es dificilísima y que a veces no hay más solución que ser la mujer triste. Y ahí, en ese no enten­der, aunque se quieran con locura, aunque se busquen, aunque se llamen a gritos, ellas se extravían la una a la otra en el bosque negro y terrorífico de la edad adulta.


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