Los placeres del ojo.

Por Huilo Ruales.

Ilustración Miguel Andrade.

?????Raro ver una niña, casi un bebé, apare­ciendo por la ventana de un séptimo piso y a las seis de la mañana. Mírenla, ha logrado abrir las dos hojas de la ventana. Debe estar izada en la punta de sus pies sobre una silla o en el espaldar de un sofá. Estira la cabeza ha­cia adelante, pero como no logra ver nada del exterior, empieza a impulsarse hacia arri­ba sosteniendo sus manos en el alfeizar. En su empeño persiste hasta que empieza a trepar­se y, por último, logra colocarse a horcajadas en la ventana. El lado izquierdo de su cuerpo hacia el interior de la casa, el lado derecho, colgado en el vacío. Sin mucho esfuerzo me dejo llevar por la hipótesis de que la madre trabaja en la noche y la baby sister, hecha una trenza con su amigo, duerme a puerta cerra­da. O, quizá, sus padres tuvieron una cena bien rociada y duradera, y en ese momento se hallan en los quintos sueños, con la casa patas arriba. En ese caso, la niña, ya harta de jugar con sus cuerpos yertos y de llorar para que despierten y le prodiguen de leche y del montón de amor que suelen pedir los niños cuando los padres están indispuestos, decidió arreglarse con su vida sin ayuda de nadie. Pa­rece una niña de cuento metida en un thriller: es rolliza, pelirroja y de melena ensortijada. Viste un pijama de una sola pieza, blanco o celeste y constelado de dibujitos que desde acá no distingo. Se mece como si espoleara la panza de su imaginario caballo, como si galo­para rumbo a las nubes. Su rostro, segura­mente pecoso, se voltea hacia el interior del apartamento o hacia la calle. Se inclina para mirar su pie colgado en el vacío. En el colmo de la travesura lo asciende, lo toma entre los dedos y lo suelta, mirando a todo lado como buscando aplausos. No satisfecha con ello, se inclina aún más, toda una acróbata, mirando, siete pisos abajo, la calle muerta, atiborrada de autos dormidos y árboles que en esta épo­ca, a causa de la poda, tienen un aspecto monstruoso, como muñones de muñones. No hay ningún signo de vida en el suelo ni en el cielo, salvo la niña pelirroja. Su mirada pa­rece buscar en las ventanas de los bloques contiguos otros jinetes intrépidos como ella. O alguien que la admire, pero todas las ven­tanas e incluso las ventoleras —salvo la mía, obviamente— están cerradas. En la cornisa del bloque vecino, una hilera de palomas zu­rea, se espulga, a medias aletea. Al parecer, la niña se ha percatado de ese solo signo de vida, pero desde su ventana no logra verlas, y por eso, estira el cuello y se inclina hacia afue­ra. Intempestivamente, una atronadora moto irrumpe por la esquina sur, llega a la glorieta, se enrosca en ella y corcoveando desaparece en su propio humo. Detrás de ella, como ata­das entre sí, tres motos policiales de sirena ululante terminan de despertar a la ciudade­la. Varias ventoleras se pliegan. Dos o tres ventanas se abren. Un auto se enciende, se pone en marcha. Vuelvo la vista hacia la niña pelirroja pero ya no la encuentro, aunque la ventana sigue abierta. Al pie del bloque, algo se mueve entre los basureros de reciclaje. Hoy, sin falta, tienes que comprar un catalejo, me digo, por enésima vez. Miren, en este ins­tante, aquel hombre en el quinto piso del bloque C. Su frente clavada en el cristal de la ventana. Al parecer, está llorando.

 


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