Sobremesa.

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración Luis Eduardo Toapanta.

Las manos de mi madre llegan al patio desde temprano, todo se vuelve fiesta cuando ellas juegan junto a otros pájaros que aman la vida y la construyen con el trabajo;

arde la leña, harina y barro, lo cotidiano se vuelve mágico…

Mercedes Sosa

 

Firma--Sobremesa--419Son las ocho y media de la mañana. Fin­gimos dormir mientras el sonido de licuadora, el olor del huevo revuelto y del café pasado recién hecho dicen que no estamos solas. “Ya está el café”, dice ella. Nosotros actuamos como si estuviéramos recién despiertas y ba­jamos al comedor. La mesa, que siempre es redonda, es igual a las que uno se encuentra en los bosques de hadas: llena de manjares, la invitación a un viaje peligroso. Nunca fal­tan el queso, el jugo, la miel de panela ni la papaya cortada en trocitos cuadrados. Somos cuatro mujeres, en principio, porque siempre hay variantes. Alguna se ha ido de viaje, otra ha incorporado a su novio en el ritual, otra es una prima. Porque en la mesa redonda, que es como un barco que navega en un mar sin tiempo, las personas van y vienen. Pero hay algo que no cambia. Siempre está ella, la ca­pitana del barco, la sucesora, porque esta es obviamente la herencia de mis abuelos. Mi abuela regaba plantas, cuidaba hijos, hacía comida, pero sobre todo tomaba café: once cafés diarios. Y para eso no necesitaba otra cosa que su larga mesa cuadrada, dispuesta para la comida y las palabras. Dicen que las de mi abuelo eran mágicas y acogían a personajes como aquel tío que venía los martes sin falta, y aunque pasaba una hora sentado en la mesa meciendo su café, solo hacía una pregunta: “¿Ha llovido?” Independientemente de la res­puesta que recibiera, él se contestaba a sí mis­mo: “Allá también llovió”. Luego entrecerraba los ojos, mecía el café y dejaba que el tiempo transcurriera. Más tarde cogía su abrigo y se despedía. Y así.

Hoy, nuestro ritual consiste en tomar café o té o chocolate o lo que sea, y hablar. Imagi­nar. Recordar. La mesa se convierte en la mesa del sombrerero loco en la que todos cambia­ban de puesto para seguir festejando eterna­mente un No-Cumpleaños. Levantarse antes de que el desayuno termine es un pecado. Pueden terminarse los alimentos pero nunca el café o el té o chocolate o lo que sea. Cuan­do llega el periódico mi mamá nos lee medio en broma medio en serio, bueno, más en bro­ma que en serio, el horóscopo de Walter Mer­cado. Luego imaginamos el futuro, recorda­mos la noche de ayer, a veces alguien entra en crisis porque ha perdido sus sueños y quiere encontrarlos por partes o botados debajo de la mesa. Luego el perro, que obviamente es parte del ritual, se pasea por el comedor y sal­ta en dos patas, mi mamá dice que el can es brillante y tiene poderes telepáticos, yo sospe­cho que solo quiere un pedazo de pan. “Es increíble la inteligencia de este animal”, dice, y luego cuenta que la NASA ha descubierto 70 planetas nuevos, que el oro viene del espa­cio o que uno de sus sueños sería nadar en una enorme piscina de agua mineral rosada. Cuando los temas de conversación parecen agotarse, ella trae más café y a veces hasta agua caliente pura, cualquier cosa es válida con tal de conversar, de estar juntas un rato más. Entonces pregunta: “¿Quién habrá in­ventado las bufandas?, ¿o las camas?”, o nos hace un cuestionario existencial: “¿Qué creen que fueron en sus vidas pasadas?” Mientras todos sueñan con haber sido Cleopatra, mi madre afirma —segura y orgullosa— que fue una vaca. Luego habla del aire, de la música, del tiempo, y poco a poco las palabras se des­prenden de sus labios y vuelan por el aire, la mesa se levanta y vuela por el cosmos. No existe el tiempo, solo el café o el té o lo que sea. Si volvieran a nacer, ¿qué quisieran ser? ¿Hada madrina? ¿Pájaro? ¿Piedra? Yo no creo en las otras vidas, pero si existieran, qui­siera regresar a esta, y seguir tomando café con ella.

 


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