El submarino, invención ecuatoriana.

Por Jorge León T.

Todo Guayaquil se engalanó el 18 de septiembre de 1828. Sus calles, su gente, sus autoridades en sus mejores atuendos fueron al río Guayas a esperar un invento guayaquileño: el submarino que partió de la orilla del frente, en Durán. El goberna­dor, la máxima autoridad del lugar, general Vicente González, solemnizó el acto del lanzamiento con su presencia y redactó un informe detallado del acto.

El nuevo artefacto y sus tripulantes de­bían llegar a Guayaquil, pero en su agitada travesía bajo el caudaloso Guayas se rom­pió uno de sus remos. A pulsión de pedales se desplazaba el invento, y no llegó como estaba previsto, requería más tiempo para ello. Lo avanzado del día llevó al goberna­dor a remolcarlo, antes de que la crecida de la marea hiciera de las suyas. Su inventor y conductor, don José Rodríguez Labandera, con su asistente, don José Quevedo, apare­cieron en Guayaquil.

La fiesta fue grande para celebrar la proeza.

No se sabe lo que cada quien festejaba: la hazaña en sí, en primer lugar, de sumer­girse en el río y avanzar en un aparato exó­tico; la sensación que el naciente Ecuador, y primero Guayaquil, pasaba al mundo de las invenciones en máquinas, la revolución de entonces; o la lejana esperanza que el in­vento atraería inversión, empleo y riqueza. ¿Todo a la vez? Después de todo, su inven­tor logró algunos recursos para la cons­trucción gracias al apoyo de muchos inte­resados en lo que él, en el periódico local, mentaba que serviría a muchas actividades.

Antes, el inventor promovió en Lima su intención de construir un extraño bar­co que se hundía en el agua y podía dispo­ner de cañones para destruir barcos ene­migos. Las autoridades se interesaron en la propuesta, acordaron un permiso para construirlo, pero sin otorgarle un calé (moneda menor a un centavo). Luego de la inauguración de su submarino, Rodrí­guez demostró la validez del invento y por dos ocasiones realizó la proeza de la trave­sía Durán-Guayaquil. Pero su submarino no tuvo compradores y terminó bofeteado por las olas en Durán, carcomido por el tiempo.

No sabemos de dónde don Rodríguez Labandera sacó la idea de la construcción del artefacto al que llamó Hipopótamo, un caballo del río. ¿Fue todo fruto de su imaginación creativa o se alimentó del ge­nial Leonardo da Vinci (1452 – 1519) que diseñó varios inventos, imposibles de con­cretar en su tiempo, pero que fueron de vanguardia como su diseño de un subma­rino, el automóvil, un helicóptero, un avión que seguía las pautas de los pájaros con sus alas y diseño para tomar vuelo y planear? Como Rodríguez Labande­ra, él no pudo convertir sus inventos en proyectos mate­rial o prácticamente viables y rentables. Da Vinci estuvo muy adelantado a la historia y a las condiciones técnicas, económicas y sociales. Rodríguez pudo, en cambio, con­cretar una idea y lo hizo en las condiciones precarias del Ecuador de entonces, gracias a la tradición artesanal guayaquileña y, desde luego, a su tenacidad.

Hecho de madera, siguió las pautas de un navío, en un puerto donde uno de sus emprendimientos era la construcción de barcos, los reconocidos astilleros guaya­quileños. Sus rendijas estuvieron bien cala­fateadas, las partes de los pedales que fun­gían de motor al mover una hélice fueron cubiertas de cuero para que ni una gota de agua pudiera pasar.

Acaso Rodríguez Labandera leyó sobre la hazaña del holandés C. Drebbel que, por un pedido del rey inglés, Santiago 1º, ensa­yó en el Támesis exitosamente un submari­no. O supo de la nave metálica, con remos, en la que J. Barrié se sumergió, en 1641, en San Malo; de los dos submarinos de Denis Papin, 1690-2, elaborados en Alemania, que era el uno un cajón de hierro herméti­co y el otro una nave en forma de cilindro, que se hundía con una bomba de aire cen­trífugo que hacía circular aire y dos tubos de cuero que salían al exterior con una ve­jiga flotante. Hacia 1775 el estadounidense D. Bushnell construyó su nave de madera que llamó Tortuga, que se movía gracias a una manivela que propulsaba una hélice; unas compuertas dejaban entrar agua en un compartimento y así se hundía, y para reflotar una pompa sacaba el agua. En 1797 su compatriota R. Fulton construyó su nave sumergible en acero que se movía por una hélice accionada a mano y podía añadir un cañón. Pocos años antes que Rodríguez Labandera, en 1811, los hermanos Coëssin construyeron en madera su Nautilus que se desplazaba con cuatro remos y se sumergió en el Havre. Todos estos ensayos tuvieron técnicas relativamente similares, pero cons­trucciones diferentes.

A lo mejor, si Rodríguez Labandera no lo inventó personalmente, su proeza fue la de volver realidad una idea. El pueblo gua­yaquileño lo festejó como la invención de uno de los suyos, lo que a la época signifi­caba la invención de todos. Con el tiempo, más modestamente, la historia de la Marina ecuatoriana, en el libro de Mariano Sánchez Bravo, Forjadores navales del Ecuador, lo registrará como el primer submarino de Sudamérica.

Si damos fe a la ilustración en plumilla que se dice es el retrato de Rodríguez La­bandera, en la parte inferior vemos la popa de un submarino que ya tiene pintas de los submarinos modernos, las cuales a la época no existían ni en el papel. ¿La plumilla es reciente o el inventor tuvo buen presenti­miento?

Don Rodríguez Labandera era un per­sonaje excepcional. Sin que la fortuna fuera parte de la familia, al contrario, fue de po­cos recursos, entró temprano en la Marina que fungía como entidad modernizadora. Fue uno de los primeros en aprender mate­máticas, física, mecánica, náutica.

Su historia muestra que era un inventor constante. A los veinticinco años construyó un piano de cigüeñales, complicados jugue­tes y animalitos que se desplazaban. A los veintiséis hizo una máquina que fundía las letras para la imprenta.

Fueron atrayentes sus otras propuestas de invención y esperaba responder a las necesidades de la economía local, con una pierna ortopédica o con una máquina para tejer los ya afamados sombreros de paja to­quilla que se volverían más tarde los “som­breros de Panamá”, debido a su generaliza­da venta cuando se construyó el canal.

Gracias a esta monumental obra que unía el Atlántico al Pacífico, el Ecuador dejó de ser el lugar más lejano del mundo de este continente, que para la economía de entonces estaba en Europa o en la costa este de Estados Unidos. Para ello los ecuatoria­nos y sus mercancías debían recorrer todo el continente, contornar el Cabo de Hor­nos, salir al Atlántico y volver a subir todo el continente. Los productos ecuatorianos resultaban caros con semejante travesía. A lo mejor el invento de don Rodríguez de la máquina para confeccionar sombreros de paja toquilla habría ayudado a hacer som­breros más rentables. Difícil era entonces atraer inversiones al Ecuador, aún más ven­der artefactos tan exóticos como el subma­rino y de poco uso, salvo militar, desde este apartado punto del planeta.

Tampoco hubo entonces la idea de re­gistrar el invento, ni en el flamante país ex­trañamente llamado Ecuador, se trataba el tema de los derechos de autor. La experien­cia del primer submarino sudamericano en Guayaquil recuerda que imaginación crea­tiva no falta en el país, pero son necesarias condiciones materiales, técnicas y cultu­rales para que el inventor, junto a la socie­dad y la economía, alienten su concreción. Si uno recorre el Ecuador, de “adeveritas”, conociendo con detenimiento sus pueblos, no es raro encontrar un mecánico que se ha inventado o ha confeccionado una desgra­nadora de maíz, otro un aparato para pelar las palmas del aceite, y así por el estilo, sino las ya modernas y sofisticadas máquinas informáticas o un automóvil en la Escuela Politécnica.

Don Rodríguez Labandera se quedará con sus inventos sin que con ellos haga for­tuna o alimente empresas. En cambio, dio orgullo a Guayaquil y Ecuador, por su hazaña y su “invento” que nunca sabremos si salió de su imaginación o de alguna “exótica” lectura, que algún barco trajo a la Marina de entonces.

La situación ha cambiado, pero no al punto de que un suceso similar no se repi­ta. A pesar de que el Ecuador ya se une fá­cilmente al mundo, no atrae inversiones, su mercado es pequeño. Pero no es fatalidad, puede vencer la mentalidad de basarse para todo en una mano de obra barata, que es precisamente la persistente herencia co­lonial. El desafío es ganarle tiempo al tiem­po para contar más en los nuevos conoci­mientos y técnicas, ahora compactas y fáci­les de apropiarse para cualquier uso. Volver así productiva y creativa a tanta invención que nos ronda (en el IEPI hay alrededor de 1 000 inventos ecuatorianos registrados). Ahora le toca al Ecuador ganarse el mundo, rebasar fronteras bajo el mar o por encima de las mares diversas, como precisamente hicieron los sombreros de paja toquilla, los jipijapas.


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