Los delirios de Maurice Montero.

Por Milagros Aguirre.

Fotografías F. Espinosa y C. Hirtz.

Edición 420 / Mayo 2017.

Un gracioso elefante montando en bi­cicleta. Una elegante ave fénix batiendo sus alas. Un caballo articulado cuyo trote es ar­monioso. Un ciclista de nariz larga que se­guramente ha ganado la carrera. Una pare­ja haciendo el amor en pose de Kamasutra. Una delicada geisha pedaleando despacito. Esos son los juguetes de Maurice Montero. Funcionan con manivela y son parte de su propuesta estética. El arte, en sus manos, se vuelve un divertimento. Se divierte él, en su proceso creativo, y se divierte el espectador pues cada pieza, que es única, es eso: un ju­guete que cobra vida para alegría de quien impulsa la manivela.

 

Galería 2

 

 

Maurice Montero nació en Francia, en 1960, pero es bien ecuatoriano: de vez en cuando se le escapan palabras como “chusco” y arrastra las erres, como buen quiteño. Vive medio perdido, lejos del mundanal ruido, en una linda casa en Amaguaña, rodeado por el verde, en las faldas de la montaña cuyo silencio parece clave para una tarea de tanta paciencia y concentración como la suya. El nombre de arte mecánico cobija sus creaciones y en su taller impera un orden que le per­mite armar piezas, lijar, dibujar, pegar, en­granar piñones de los que dependen que el ave fénix levante las alas.

 

Esta tarea de hacer juguetes empezó cuando nació su hijo Theo. Hizo para él un barco y le puso un remo, luego hizo un auto. Y llegó Gogó Anhalzer, de Folklo­re Olga Fisch, de visita a su casa y quedó encantada con los juguetes de Theo. Fue cuando el artista empezó a hacer obras para que se vendieran en ese prestigioso almacén quiteño desde el que se ha impul­sado a artistas y artesanos.

Eso de los juguetes viene de su tierra. En su memoria guarda imágenes de los talleres de su pueblo. Los juguetes tenían movimiento, articulaciones y mecanismos que hacían que se movieran y “a mí eso me fascinaba”, dice Maurice. ¿Recuerdan a Ge­petto, el ebanista que dio vida a Pinocho? Pues él lleva a un Gepetto dentro, pero francés, y no italiano, apasionado por los juguetes articulados.

Maurice era de esos niños que tienen la manía de desarmarlo todo. Le gustaba leer sobre “cómo funcionan las cosas” y desarmaba todo lo que caía en sus manos: relojes, carritos, trenes, radios, para buscar el mecanismo que hacía que las cosas fun­cionaran, y esa manía le causaba algunos problemas porque no siempre podía volver a armar aquello que había desarmado.

Alguna vez, aún en Francia, se le pre­sentó una oportunidad de aplicar a un trabajo inusual: afinador de pianos. Había estudiado para educador —y estaba en el desempleo— y pensó que era la oportu­nidad laboral perfecta, no solo porque le gustaba la música, sino por entender cómo funciona el magnífico instrumento. Alqui­ló un piano para practicar y, aunque solo tocaba las notas de Los pollitos dicen, el día de la prueba laboral pudo desarmar y armar un piano y fue enormemente feliz. No consiguió el trabajo, pues los demás as­pirantes conocían otras cosas como solfeo, necesarios para el cargo que la fábrica de pianos buscaba. ¡Pero nadie como él para la hazaña! Fue el mejor puntuado en la ar­mada del instrumento.

Son inventos complejos

Los grandes ventanales dejan ver un bello espacio en el Ilaló, rodeado de los ma­tices de verde y montaña, donde la lluvia ha dejado el olor a tierra mojada. Todo tiene su lugar en el taller: tornillos, clavos, tena­zas, alambres, madera, lijas, metales, piño­nes, organizados en gavetas y, en el centro, una mesa grande en donde trabaja cada una de las minúsculas piezas que pueden formar parte de las ruedas de la bicicleta o de las articulaciones de un caballo o el pico dorado del majestuoso pájaro.

Baile, 2012.

Baile, 2012.

Cada juguete es un proceso complejo. Cada mecanismo es un invento. Digamos que Maurice es un inventor que hace que sus esculturas tengan vida, que les da cuer­da e incluso se las ha ingeniado creando un mecanismo para absorber el polvo que sale cuando lija la madera: una aspiradora con un sistema de tuberías plásticas se activa cuando trabaja. Eso de crear mecanismos en algo recuerda a aquellos laberintos me­cánicos mediante los cuales una canica al deslizarse sobre una pista, activa distintos mecanismos. La tarea de Maurice también remite a los inventos del gran Leonardo Da Vinci, cuyos novedosos objetos quedaron plasmados en bocetos. Los inventos de Leo­nardo (el tornillo aéreo o antecesor del heli­cóptero, la máquina para pulir espejos, los planos de una máquina voladora) son, sin duda, inspiración para mentes como la suya.

Sumos, 2014.

Sumos, 2014.

A Maurice le gusta pensar, mantener activas sus neuronas. Para la elaboración de su obra requiere de la anatomía, de la ingeniería. Parte de un dibujo que es, de alguna manera, la bitácora para armar cada una de las piezas que integran sus escultu­ras. Si bien guarda el dibujo, no escribe ni guarda las instrucciones para ensamblar sus piezas. Por eso, cada pieza de las que tiene en su taller es única. No le gusta re­petir las piezas ni los mecanismos. Prefie­re dar cuerda no solo a sus esculturas sino también a su creatividad, buscar soluciones a los problemas que se le presentan en la construcción. Cada pieza puede tomarle entre cuatro y seis meses, dependiendo de la complejidad del engranaje y de los mate­riales que decida utilizar.

El caballo que se hizo viral

El artista tiene una fanpage en Face­book (si usted, lector, quiere buscarla, la encuentra como Arte Mecánico), donde sube fotografías y videos cortos de sus pie­zas escultóricas. Una de ellas se hizo viral y llegó a tener dos millones de reproduccio­nes. Y no solo eso: el caballo lo llevó a Es­paña a participar en un programa de tele­visión de Antena3 llamado El Hormiguero.

Caballo de acero, 2015.

Caballo de acero, 2015.

La historia aún le hace gracia. Si ya era bastante tener treinta personas en la inaugu­ración de una exposición en una galería, te­ner millones de visitas y reproducciones de un video con una de sus obras en Facebook seguro que anima a cualquier artista…

No es de los hiperactivos en las redes sociales, un amigo le aconsejó que pagara unos cinco dólares de publicidad en ella solo para ver qué pasaba. No puso cinco… con un dólar le bastó para que el video de su caballo se hiciera viral y cada día miles lo veían trotar. Estaba tan asombrado con eso que hubo noches que no dormía… y le preguntaba a Janeth Toledo, su compañe­ra de vida, “¿cuántas visitas hemos tenido hoy?” Sonríe: ¡estar al día en el número de las visitas se volvió un vicio!

Promocionar la obra en redes sociales ha sido toda una experiencia para Maurice Montero. Luego del viaje a España, que fue en primera clase y con todo pagado, vendió su caballo en México y tuvo otros encargos, como una jirafa con un mecanismo similar. La gente lo contacta en las redes, comenta su obra, se divierte con ella y la compra. Montero convirtió su humilde página de Facebook en una galería virtual donde en­tran millones de visitantes al mes.

Y su ciclista creció

El ciclista que está en el redondel de la avenida quiteña de Los Granados es tal vez su obra pública más conocida, pues cente­nares de gentes pasan a diario por ahí. A Maurice el tema de las bicicletas le apasio­na, en su memoria guarda las imágenes del Tour de Francia que pasaba por su pueblo. Entre sus esculturas hay muchas que guar­dan relación con la bicicleta. Desde una geisha pedaleando delicadamente hasta un elefante, pasando por muchos hombrecitos de nariz larga con casco dándole al pedal. Un día, un concejal del Municipio de Quito le propuso hacer un ciclista pero en gigan­te, para una plaza de Quito. Y, casi a la par, del Municipio de Guayaquil le propusieron hacer un equilibrista. Hizo los dos. Y signi­ficaron un esfuerzo increíble. Aún recuerda el caos en la Granados cuando colocaban su escultura. Para hacerla tuvo que trabajar en dos talleres y con un taller mecánico. El motor de esa obra es una cosa muy compli­cada y costó mucho ponerlo a rodar.

Galería-1Además de El ciclista y El equilibrista, Maurice Montero ha trabajado el Colibrí de Quitumbe y el Árbol del Itchimbía. Solo que ha ido perfeccionando los mecanismos y simplificándolos, usando, como motor, el viento. Lograr que pedazos de madera, de metal, de fibra de vidrio, se transformen en objetos que provocan sensaciones, son­risas, suspiros, es un proceso que tiene algo de magia, de vuelo. Y el vuelo es otro tema recurrente para Maurice Montero quien, seducido por los dibujos de Da Vinci y por las historias de éxitos y fracasos de la gente que daba la vida para volar en el siglo XX, ha creado globos y diversos seres alados que tienen un lugar privilegiado en su re­corrido.

Salir de la casita en la montaña luego de maravillarse con tanto ingenio, paciencia y detalle, es como salir de un túnel del tiem­po. De la manivela y los piñones, a los chips del celular; de dar cuerda a la pantalla tác­til. Mucho de nostalgia tiene su arte mecá­nico.


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