De cómo Kira se volvió chagra.

Por Pablo Cuvi.

Fotografías: P. Cuvi y archivo K. Tolkmitt.

Edición 422 – Julio 2017.

Entrevista---Tulcán, 1979. Acababa de entrar al país por primera vez cuando le robaron todo: equipos, plata, pasajes y papeles. Semejante recibimiento le dio un giro radical a la vida de Kira Tolkmitt, fotógrafa viajera y amante de los caballos. Había nacido en Hamburgo, en el seno de una familia burguesa, y luego de pasar varias aventuras abrió su estudio de fotógrafa en Quito y se volvió muy conocida en los medios artísticos y editoria­les. Pero a mediados de los años noventa otra vez cambió de rumbo para dedicarse a la ganadería en Machachi, donde ahora cría vacas y adiestra caballos en su propio y espectacular picadero, y donde se desarrolla este diálogo luego de haber ido a conocer, bajo una llovizna indeclinable, a una ternerita recién parida que se llamará Eureka. No ha perdido el acen­to alemán, pero es muy suave en el trato con sus trabajadores y con los animales de su finca y con este servidor, en ese orden.

—¿Por qué te quedaste en el Ecuador luego del robo?

—El Ecuador me fascinó porque era una isla de paz, una capital que parecía un pueblo, y yo venía de El Salvador donde había vivido dos años y salí porque empezó la guerra civil. No conocía a nadie. Estaba acostum­brada a viajar sola y estaba en una época en la que mi familia quería que estudiara algo más a su gusto y yo quería comprobar que puedo a mi manera. Era orgullosa y no les escribí sino que busqué cómo sobrevivir. Empecé a interesarme por el coral negro en Atacames y desarro­llé un técnica para utilizar muy poco coral que el mar expulsaba, y en combinación con plata, hacer una joyería especial.

—En esa época Atacames era todavía un santuario hippie. Llegaban muchos extranjeros, circulaba la droga.

—Era así, pero yo no vivía en la playa sino en el pueblo, era parte de la población propia, el mar no me atraía mucho.

—Recuerdo que estaban los People, estos jóvenes negros que jugaban fútbol y se levantaban gringas en la playa. Y esta­ban Cua Cua y Alfarito…

—Y el negro Estupiñán, yo conocía a todos estos cazadores de chicas. Observaba como fotógrafa la escena, la vida, pero lo que me fascinaba era el coral negro y ver qué podía hacer. Al poco tiempo me fui a Quito y empecé a desarrollar una cadena de distribución de joyas. Le vendía a Oce­pa, que se dedicaba a la distribución de artesanía.

—¿Y la fotografía?

—Al año pude comprar una cámara y empecé a tomar fotos para tarjetas posta­les, analizando qué deseaba el turista. Por­que había tarjetas postales muy malas, con montañas muy azules o grises y edificios del centro colonial con alambres y chata­rras, sucios. Desarrollé seis temas y mandé a imprimir las primeras seis postales en Mariscal.

—¿Ahí le conociste al Paco Valdivieso?

—Sí, porque era la mejor imprenta. Con la venta de eso hice las siguientes seis y de la venta las siguientes seis…

—¿Cómo vendías las postales?

—Yo misma, a pie (risas). Dejaba en Ocepa y en los quioscos del Correo y en los sitios donde llegaban los turistas a comprar artesanías y llevé motivos de montañas, de diferentes grupos étnicos, arquitectura..

—¿Qué película usabas?

—Fujichrome, porque combinaba me­jor con la luz de aquí, era más cálida.

—Más saturada con el magenta, me acuerdo. Pero hagamos un flashback a tu infancia. ¿Qué hacían tus padres?

—Mi papá era abogado en Unilever, especializado en derechos de alimentación. Y mi mamá fue de estas generaciones de antes de la Segunda Guerra Mundial que ya estudiaban. Pero se casó y no terminó sus estudios universitarios.

—¿Qué contaban de la guerra?

—No mucho. Fue muy difícil lo que habían vivido los alemanes, no querían hablar.

—¿En el colegio tampoco se hablaba?

—Poco. Yo no viví en la guerra, pero nací con mala conciencia. Eso de confron­tarse con el pasado, para la generación de mis padres, era una cuestión de décadas, de analizar cada vez un poco más. Hasta que alguien querido, que siempre fue tu guía de conducta, en un momento de me­ditación, suspira: “si hubiera tenido más valor, hubiera salvado a otra persona más. Pero tuve tanto miedo”.

—¿Qué querías estudiar?

—Me encantaba todo y nada (risas). En tiempos del colegio ya era fotógrafa y vendía a muchos medios grandes. Una querida amiga de papá y mamá era fotó­grafa grande y en su agencia representaba a otros fotógrafos. Con ella aprendí y con­sultaba las fotografías de los grandes fotó­grafos de fama mundial. Nunca fui a una escuela de fotografía. Con diecisiete años me especialicé en fotografía de músicos de jazz porque mi talento innato era retratos, captar la esencia de seres humanos.

CORREDORA DE CABALLOS

Jinete consumada, participa en una competencia de adiestramiento.

Jinete consumada, participa en una competencia de adiestramiento.

—Mi abuelo criaba caballos y desde niña tuve una enorme necesidad de conec­tarme con caballos y con perros. Tomaba mi bici después del colegio, iba todos los días al establo más cercano, que quedaba a media hora, pasando los potreros.

—¿Dónde aprendiste a saltar?

—En la escuelita de una señora Erika. No me dejaba montar si no limpiaba pri­mero la pesebrera, cepillaba al caballo, le limpiaba los cascos, le ensillaba. Esa es la escuela alemana, tú tienes que atender el caballo, conocerle, conectarte con él; re­cién ahí tienes permiso de subir. También empecé a leer libros de comportamiento animal, de todas las especies, era la época cuando el gran Konrad Lorenz creaba la primera facultad en una universidad de Alemania del comportamiento animal: Verhaltensforchung. Pero entré a la univer­sidad en Hamburgo, a estudiar Economía y Administración de Empresas…

—¿Querías ser millonaria?

—No, me dijeron que servía para todo, pero no me gustó.

—¿Y por qué te fuiste justamente a El Salvador?

—Porque no lograba estar sentada mu­chas horas en la universidad, y allá vivía un tío, tenía familia y ofrecieron ‘salvarme’.

—El Salvador era todavía un país mo­delo, que funcionaba muy bien.

—¡Fantástico, con gente muy trabaja­dora, muy linda! Tenían la industria cafeta­lera y el cacao. Ahí aprendí administración de empresas en la práctica, y estudiaba a distancia en la Universidad La Salle de Ar­gentina.

—¿Cómo fue eso de las carreras de caballos?

—Porque no sabía qué hacer con mi tiempo y mi energía. Me levantaba a las cuatro, iba al hipódromo, entrenaba y a las ocho estaba vestida para la oficina. Durante esos dos años corría en El Salvador, Nicara­gua, Guatemala y en Panamá. Es muy fuerte. Una está parada en estribos extremadamen­te cortos con las rodillas encima de la cruz, la columna vertebral totalmente horizontal, la mirada hacia adelante, es todo equilibrio, tremenda condición de las piernas, de la res­piración, es un enorme atletismo…

—¿Y cómo te fluye la adrenalina?

—Muy alto, hay mucha más adrenali­na que en el salto porque se alcanzan ve­locidades muy altas en corta distancia. Por equilibrio, por peso, no con las manos, se dirige al caballo.

—¿Por qué te fuiste de El Salvador?

—Empezó la guerra civil y era el país número uno en secuestros en el mundo y era demasiado peligroso. Vendí mi yegua y me aceptaron en la Universidad de Berlín para estudiar Veterinaria.

Entrevista - 1 interior

Desde los 17 años, Kira se convirtió en retratista de músicos de jazz.

—Con todas las gentes del mundo, la vida cultural era lo máximo, más que París. Era una isla porque todavía no había caído el muro, pero tenía mucho movimiento. Había excelente universidades y politécni­cas porque el Gobierno promocionaba que fuera la gente joven y diera vida a la ciudad.

—¿Ahí seguías con tu trabajo en fo­tografía?

—Mi vida entera tuve tres o cuatro actividades y estudios a la vez. Trabajaba como guía turística para los viejos berline­ses en vacaciones, seguía tomando fotos de músicos de jazz para libros, para los discos de vinil, para pósters, para conciertos; tra­bajaba para una revista de Colonia como principal fotógrafa.

—Había mucho ambiente de jazz en esa época en Berlín.

—¡Uhhh, fantástico! Pasaban los me­jores: Miles Davis, Duke Ellinghton, John Coltrane, Louis Armstrong, todos los gran­des de la época.

—¿Ella Fitzgerald?

—Ella no cruzó mi camino, lastimosa­mente, me hubiera gusta fotografiarla. La fotografía de jazz no era tan bien pagada pero era mi música, no me interesaban los Beatles ni el rock.

—¿Y cómo hacías para viajar?

—Primero viajaba, regresaba, entre­gaba el material, hablaba, me ayudaban a mejorar; con el dinero que recibía salía otra vez a tomar fotos en cualquier parte del mundo. Más ingresos me traía la fo­tografía turística, la torre Eiffel de París, Venecia, cosas así, Nueva York y el Caribe. Tomaba todo lo que es interesante para el turista viajero. Y costumbrismo. Publicaba en revistas alemanas como Stern y en las publicaciones especializadas para turismo, catálogos, libros, afiches.

EN SU ESTUDIO QUITEÑO

—¿Cuándo empezaste a tomar fotos para la revista Diners?

—Muy poco después de empezar con las tarjetas postales, por medio de Paco Valdivieso. Y empecé con la fotografía de estudio, los pintores me apreciaban mucho porque tomaba las pinturas como algo de tres dimensiones, interpretaba con buena luz la textura de la superficie de las pinturas. Ya tenía mi taller en la calle Tamayo, desde 1983 que me lo dejaron los dueños de La Rana Verde, el Augusto y la Tina, cuando ellos regresaron a España.

—Me acuerdo de La Rana Verde, gran ambiente…

—Ahí se reunían todos los libreros, la gente activa, los escritores. En el día en La Rana Verde, en la noche en el Seseribó eran las historias.

—Y empezaban los coffe-table books de Enrique Gross y el auge de LibriMun­di. ¿En qué libros participaste?

—En total, en diez años, hice sola y compartido con otros fotógrafos, más de 40 libros, muchos de arte colonial, el libro de El chagra, el primero.

—¿Ese con textos de Raúl Guarderas?

—Claro, nos conocimos con Raúl Guarderas por el amor a los caballos y al chagra. Él tenía una larga investigación y yo me fui a los páramos, a los rodeos, a todas las actividades; tenía un tremendo archivo fotográfico y la idea era hacer un li­bro. Le gustó la idea a Esteban Serrano, que era mi vecino, trabajaba en Invesplán, él fi­nanció el libro y nos relacionó con Fabián Corral y Pedro Cornejo. También participó Leonardo Serrano con algunas fotos.

—¿Qué pasó con tus slides?

—Les entregué como 3 000 para elegir y ellos eligieron los que querían. Luché por dos o tres fotos, empezando por la porta­da, y lo demás hicieron ellos. No me da­ban mucho crédito, ni siquiera consto en la carátula como fotógrafa. Era un época en que el fotógrafo todavía luchaba por ser reconocido socialmente y éramos el Paul Magraff, la Judy Bustamante y yo que, poco a poco, levantábamos las fotografía a un reconocimiento académico y empe­zaron a dar clases en las universidades. Cuando llegué a Quito el fotógrafo era menos reconocido que el zapatero de la esquina.

—Eso cambió también con el auge de la fotografía publicitaria. ¿Trabajaste en eso?

—De eso vivía, publicidad y fotografía industrial, porque de mis libros y las pos­tales no podía vivir. Trabajé con la mayor parte de los bancos grandes, por ejemplo, en el Banco del Pacífico trabajé unos años con don Marcel Laniado.

—Yo hice dos agendas de tapas azules para el Banco del Pacífico. ¿Tomabas re­tratos institucionales?

—Siempre tenía un talento para cazar la esencia del ser humano, podía hacerles actuar totalmente natural, organizaba una foto en tres horas. Cuando no salía una buena foto de un político con otros fotó­grafos venían a mi estudio. Igual era buena fotógrafa de costumbismo, de los indíge­nas, dormía en el páramo igual que cuan­do entraba en el Palacio de Carondelet. Tomaba las fotos de los muebles ATU, de tabacaleras, de tragos, de carros, de todas las industrias grandes de la época. Y en mi tiempo libre hacía fotos de las obras de los pintores. El día tiene veinticuatro horas y me sobraban horas en las noches y en la madrugada. La fotografía siempre fue mi pasión y cuando no había un contrato para una publicidad, trabajaba en arte, en foto­grafía turística o de caballos, de paisajes, de mariposas, todo lo que me fascinaba del país. Con Raúl Guarderas y con los chagras del páramo aprendí a enlazar y cuidar ga­nado bravo.

—¿Fuiste a los rodeos de Santa Ana del Pedregal que queda al frente?

—Muchas veces. A Yanahurco muy poco.

—Cuando ya estabas establecida, ¿no pensaste alguna vez en casarte, en tener familia?

—Entre mis dos pasiones, la fotografía y los caballos, no había tiempo (risas)…

—¿No había tiempo o no había can­didatos?

—Candidatos había de sobra. Pero el momento en que alguien que quería casar­se me decía: “Ya llevo horas aquí esperán­dote, ¿por qué llegaste tan tarde?” ¿Sabes qué? Que trabajé. A la tercera vez, muchas gracias (risas). No había espacio en mi vida y la época no era para una mujer tan inde­pendiente. Hoy sí, los tiempos cambiaron, pero entonces, pobres hombres, no sabían qué hacer conmigo.

GANADERA DE VERDAD

—¿Cómo llegas a esta propiedad?

—Mi mamá, cuando yo era niña, me decía: “Algún día vas a estar en el campo con caballos y vas a tener vacas para ali­mentar a ti y a tus caballos”, y se cumplió. Ya había trabajado intensamente por más de treinta años en fotografía y era mi sue­ño descansar en el campo. Y llegaba a un punto que técnicamente seguía mejorando pero me sentía como vacía, no podía ni sa­lir a la calle sin que alguien me saludara, era muy conocida en Quito. Muchos fotógrafos se retiran a vivir al campo y, es curioso, mu­chos de ellos tienen caballos.

—Los caballos son muy fotogénicos.

—El fotógrafo es un ser extremada­mente sensible, capta muchas más facetas que el ser que no se dedica a especializar el ojo. Y mi conexión con los animales jamás fue una contradicción sino una simbiosis; mi tema era, toda la vida, el estudio del comportamiento de animales, conectarme, ganar su confianza. Siempre quería anima­les en mi vida.

—Tuviste una herencia para comprar esto, ¿no?

—Parte fue herencia de mis papás y parte mi trabajo. Busqué cinco años. Tenía ideas muy claras. Quería algo no demasia­do cerca ni demasiado lejos de una ciudad, no inclinado, quería agua, buenos vecinos, un precio pagable. Conseguí un pedazo de cielo y tierra sin casi nada, había un poco de papa, de vacas, una decaída sala de or­deño y esta casa. Empecé a hacer caminos, potreros, buscar animales, aprender gana­dería. La veterinaria que estudié me ayudó mucho. Compré las vacas más baratas, que desechan las haciendas; con ayuda de mi veterinario vimos qué podíamos salvar y fueron vacas muy agradecidas, me dieron dos, tres, cuatro lactancias. Salvé vacas ya descartadas, y con cariño y comida, empe­zaron a dar leche y así.

—¿Cuánto tienen de Holstein?

—Mezclé con otras razas para ganar más productividad porque vivo encima de 3 000 metros, pero la apariencia de todas mis cabezas es Holstein, sí.

—¿Cómo fue el choque de una mujer, para remate extranjera, en un mundo de chagras, de hombres, de hacendados?

—Imagínate que todos decían que era imposible, pero lo hice, no me pregunté si esto es común o no. Aunque ya somos más mujeres ganaderas, hay fuertes choques hasta hoy porque son costumbres de siglos. Es difícil con la gente de campo hacerte res­petar como mujer, pero, al mismo tiempo hay mucho respeto hacia mi persona, ad­miración, reconocimiento; son pequeñas cosas de la vida diaria. Yo puedo decir: tráiganme de la sala de ordeño tres litros de leche, pero tengo que buscar otras palabras, otras maneras de hablar con los hombres de cosas técnicas, de potreros, de fertilización, de equipos para que me hagan caso.

—¿Cómo te dedicaste al adiestra­miento de caballos?

—Empecé a buscar clases en adiestra­miento. Otra disciplina más. Salto, carre­ras, chacra, después adiestramiento. Fui a aprender y a mejorar. En la equitación es un eterno aprendizaje. Al inicio tienes el caballo para que atienda tus ambiciones, tus vanidades, tus gustos, pero con el tiem­po lo transformas en arte cuando tú atien­des el caballo, ya no te atiende él a ti sino tú le escuchas, le observas, le conoces, nunca le pides algo que no puede dar, le ayudas con la dieta, manteniendo su buena salud.

—¿Cuál es tu rutina aquí, un día nor­mal de campo?

—Me considero una ganadera de ver­dad. Trabajo en la hacienda todos los días, siete días a la semana. Muchas veces me levanto al ordeño, apoyando a mi gente, o haciendo turno con otras personas cuan­do no están presentes. El manejo es muy organizado a base de programas de com­putación en reproducción, fertilización, resiembras; es técnico, pero también extre­madamente físico y en constante contacto con la gente de campo.

—¿Dónde consigues las pajuelas para la inseminación artificial?

—Hay compañías que venden pajue­las de semen congelado de toros de buena genética. Se analiza a la vaca y se ve con qué tipo de toro se puede complementar para que salga una hembra adecuada a las necesidades de mi hacienda. Con la inse­minación artificial se mejora más rápido la genética que con un toro vivo. Solo cuando no se logra inseminar a la tercera vez, viene el toro mío de la hacienda. Como el toro tiene mucha más carga de esperma que la pajuela, hay mayor posibilidad de preñarla.

—¿Obtienes buenos resultados?

—Muy buenos. Es un arte la insemi­nación, hay que aprenderlo a lo largo de los años. Te asesoras con el veterinario, ves ubres, tamaño, patas, tendencia para mastitis, nefritis, salud, fertilidad, compor­tamiento en la manada si debe ser tranqui­lo. Y eso está en el archivo de cómo era el papá, el toro. Hay que buscar una genética para la altura. Aquí estamos a 3 150 metros.

—¿Es delicado el trabajo con los ca­ballos?

—El caballo no nació para cargar un ji­nete. Tiene un columna vertebral horizon­tal, necesita una larga preparación de for­mación del cuerpo, de la musculatura, para poder cargar un jinete sin causarle daño al animal. Yo me especialicé en preparar bien un caballo, muscularlo correctamente me­dio año antes de empezar a subirme. Y el arte de montar es transmitir casi todo por medio de gestos del asiento, casi nada con las manos y casi nada con las talones. Si quieres ir a la derecha, a la izquierda, que galope, que pare, tranquilizarlo.

—¿Cómo le transmites?

—Con las tres últimas vértebras de mi columna vertebral. No moviendo el cuer­po, solamente estas tres vértebras más la cadera. El caballo entiende. El jinete debe aprender a agilitar esta parte del cuerpo. No es un regalo del cielo, sino que hay que entrenar el cuerpo para utilizar solamente esta parte. Ese es el principio del arte de montar.

—Pero estás sobre una silla, ¿cómo le llega el mensaje al caballo?

—Uhhhh, con una sensibilidad im­presionante. La silla que yo utilizo protege el dorso, la vértebra, da más seguridad al jinete pero es lo más cercano posible al cuerpo del animal para transmitir el más mínimo cambio de peso.

—¿El adiestramiento en qué consis­te?

—Me tomas la lección (risas). En espa­ñol se utiliza la misma palabra para la pre­paración previa de un caballo para cual­quier disciplina: salto, rejoneo, o lo que sea. Igualmente se llama adiestramiento a la disciplina que tiene diferentes niveles na­cionales e internacionales en la que se en­seña al caballo a hacer ciertos movimientos cada vez más complejos, más elegantes que requieren cada vez más fuerza, más soltura, más permeabilidad, más elasticidad.

—¿Qué haces cuando vas a Alemania?

—No voy muy seguido a Alemania. La generación antes de la mía ya no existe, pero está mi hermana, mis primos con sus hijos y nietos, mis amigos de toda la vida. Allá no voy por cuestiones turísticas, busco gente especializada en caballos, en deporte ecuestre; voy a cursos, aprendo con ellos.

—¿Has traído semen de caballos para inseminar aquí?

—No lo he hecho. No estoy criando caballos porque mis caballos llegan a los treinta años con esa salud y no quiero te­ner más animales. Pero Alemania tiene una de las mejores crías de caballos de­portivos del mundo, y quien puede darse el lujo y es un jinete avanzado hace lo po­sible para traerse un caballo de allá.

—Me contabas que cuando vas a Quito a alguna reunión pides que te presten una cama…

—Como me levanto a las 3:30 de la mañana, cuando mis buenos amigos me invitan a una reunión tienen que prestarme una cama para dormir de ocho a diez de la noche…

—¿Tienes que dormir primero para estar despierta?

—Sí (risas), porque aquí a las 8:30 ya estoy durmiendo.

—¿Tienes televisión aquí, Internet?

—Internet, por supuesto, televisión no veo hace veinte años. Mejor leo libros de ca­ballos y literatura mundial, algunos premios Nobel y mucho de los europeos. Me interesa mucho recuperar la memoria histórica de Europa y de mi país.


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