Agustín Cueva. Casi un desconocido.

Por Galo Vallejos Espinosa.

Fotografías: Cortesía Erika Hanekamp.

Edición 422 – Julio 2017.

Este año se cumplen veinticinco anõs de la muerte del so­ciólogo y crítico literario, cuyos libros y ensayos dieron la vuelta al mundo. Aquí, un perfil de su vida.

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Su tumba, en el cementerio del Parque de los Recuerdos, es una de tantas. Está cerca del piso, en una de las estructuras del camposanto, donde reposan los res­tos de centenares, miles de personas más, que, como los de él, nadie más allá de sus familiares o amigos suele visitar. Se lee con letras negras: “Agustín Cueva Dávila 1937- 1992”, sobre una lápida blanca de cemento. No hay flores ni decoración especial. Por lo menos en las veces que he ido a visitarla; la última, un día de inicios de este 2017.

Cueva murió en silencio el 1de mayo de hace veinticinco años, a pesar de que fue el cultor de las ciencias sociales más reconocido que ha tenido el Ecuador en el siglo anterior y en lo que va de este; condición que, por la densidad y calidad de su obra, no ha tenido parangón en es­tas tierras andinas. Los textos del soció­logo y crítico literario nacido en Ibarra, formado en Quito y en París y consolida­do en la Ciudad de México, se han publi­cado en lenguajes tan extraños para los ecuatorianos como el japonés, el chino o el coreano.

El periodista y exsociólogo —como él asegura ser—, Pablo Cuvi, consumado co­laborador de Mundo Diners, que conoció y trató a Cueva, señala que, si se hace un símil con el mundo actual, en el cual se im­pone lo fútil, Agustín sería una suerte de Brad Pitt (el famoso actor de cine estadou­nidense), es decir, una celebridad, aunque evidentemente en su campo, el académico. Sin embargo, en un país como el Ecuador, donde adquirir un libro es una suerte de excentricidad, debido a sus costos, Cueva es, un cuarto de siglo después de su desa­parición física, prácticamente un descono­cido, más allá de cierto segmento univer­sitario y de ciertos colectivos literarios o políticos de la población, no masivos.

Sangre sureña

Su historia no empezó en Ibarra, sino al otro lado del país, en Loja, de donde era su padre, Agustín Cueva Sanz (1872-1938), un abogado, catedrático y político durante las primeras décadas del siglo pasado. Era apenas un veinteañero cuando se quedó viudo y, por ello, se dedicó por completo a su profesión, a la docencia y al activismo li­beral, en plena efervescencia del alfarismo. Una vez que fue elegido como diputado de Loja, en 1906, viajó a Quito para ejercer el cargo.

De una familia tradicional y de renom­bre de la provincia, tuvo un papel desta­cado en la época. Llegó a negarse a votar por Alfaro en una asamblea constituyen­te, ya que se trataba de un liberal incluso más radical que el Viejo Luchador. Con el paso de los años, pasó a dictar cátedra en la Universidad Central del Ecuador, siendo, a manera de un presagio para su hijo, el pri­mero en enseñar sociología. Entre sus lo­gros más significativos como legislador es­tuvo el proyecto de eliminar la prisión por deudas. Luego de la caída del presidente Isidro Ayora Cueva —su primo—, en 1931, el abogado lojano, que llegó a ejercer la presidencia de una asamblea constituyen­te años atrás, pasó a una etapa de declive y perdió su cátedra en la Casona. Tuvo que vender una propiedad que había adquirido en Pomasqui, dejar Quito y encontrar tra­bajo en Ibarra, como docente del colegio Teodoro Gómez de la Torre, donde recaló. Un Cueva Sanz ya sesentón conoció a Rosa Dávila, una joven de una próspera familia local, con quien se casó. No sobrevivió seis meses al nacimiento de su hijo, Agustín (agosto de 1937), y falleció, dejando sola a su esposa.

Agustín Cueva Dávila creció en el seno de una familia sin necesidades, en una ciu­dad en la que los ancianos de entonces aún hablaban del cruentísimo terremoto de 1868, que mató a más de la mitad de la po­blación de Ibarra y la provincia de Imbabu­ra (en la capital se vinieron abajo todas las edificaciones). En otras palabras, el futuro sociólogo nació en una ciudad de sobrevi­vientes, abrazado por su familia materna. Rodeado de un pueblo pequeño, de la ru­ralidad y sus necesidades, en donde la ma­yoría de la población era básicamente po­bre, dedicada a la agricultura y la artesanía.

A Quito

Tras una infancia apacible, Agustín y su madre se radicaron en Quito para que el niño continuara con su formación. Estudió en el Colegio Americano y luego optó por la carrera de Derecho en la Universidad Católica (no existía, entonces, Sociología). Era un joven más bien reservado, elegante, culto, que no hacía mucho ruido, recor­daría hace pocos años el amigo de Cueva de toda la vida, Fernando Tinajero, en una entrevista para la biografía de Cueva que el autor de esta crónica alista. Sin embargo, su aventura vital empezó a cambiar de rumbo a finales de los cincuenta.

Agustín fue uno de los líderes estu­diantiles de una huelga en la Católica qui­teña, en un hecho que provocaría su salida. Tuvo que cambiarse a la Universidad Cen­tral, un centro de estudios que, finalmente, iba más a tono con el naciente pensamien­to progresista de Cueva, quien entonces ya se relacionaba con intelectuales y artistas de Quito, en especial con Tinajero y el gru­po que más tarde se dio a conocer como los Tzántzicos, que se rebeló en contra de la cultura de la época, a la que tachaba de conservadora y obsoleta. Este grupo plan­teó nuevos paradigmas para ver y hacer arte, un arte comprometido, con el que Agustín se identificaba.

Quito era una ciudad pequeña, en la que las actividades diarias prácticamente terminaban al llegar la noche. Los viernes y los fines de semana los jóvenes salían a pa­sear a la avenida 10 de Agosto, por el sector del entonces flamante edificio del Seguro Social, o empezaban a juntarse en el sector de La Mariscal. Cueva y personajes como Ulises Estrella, Simón Corral, Alfonso Mu­rriágui o Humberto Vinueza preferían los cafés o las casas particulares. Ellos forjaban el movimiento contracultural de la época, que estaba a punto de estallar. Agustín, sin embargo, se perdería la irrupción de los “reductores de cabezas” del arte nacional porque viajó a Francia para estudiar Socio­logía en la Escuela de Ciencias Sociales de París. El sesudo académico y ensayista que estaba en ciernes, se cocinaba en Europa…

La ira y la esperanza

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Agustín Cueva, en París.

Según lo dijo en una entrevista rea­lizada por Rodrigo Villacís para Mundo Diners, en 1988, Cueva escogió estudiar Sociología en París porque no encontró una opción para el Derecho. Ahí empezó a familiarizarse más con textos marxistas, no obstante recibir clases de Raymond Aron, líder de la derecha francesa. “Diría que mi proceso de adhesión al marxismo obedeció, en proporciones probablemente equiparables, tanto a una opción ético-política como a la fascinación por la única ciencia social (el materialismo histórico) que jamás pierde de vista la totalidad del hombre y de su historia, que aspira siempre a reconstruir”.

Volvió al Ecuador en 1965, casado con su colega francesa Francois Perus. Tinajero recordó que se encontró con él en el Cen­tro Histórico de Quito, ya que el sociólogo no le había advertido sobre el día de su re­greso. Entonces Cueva era un insatisfecho burócrata, que buscaba desarrollar de al­gún modo su carrera, en la entonces Junta de Planificación Nacional. Con Tinajero, meses después, sacó adelante las efímeras revistas Pucuna, Indoamérica y Procontra.

Pasó el tiempo y se vinculó como do­cente a la Universidad Central, al tiempo que mostró su carta de presentación: En­tre la ira y la esperanza, un altisonante y argumentado ensayo histórico que seña­laba, básicamente, que el arte y la cultura ecuatorianas aún mantenían la mentalidad de la Colonia, salvo excepciones como los escritores de la década de los años treinta, con Jorge Icaza a la cabeza. Era el inicio de una suerte de sociología de la literatura, un campo novísimo en el país.

A inicios de los setenta llegó el Proceso de dominación política en el Ecuador, un texto marcado por su análisis del velas­quismo, que lo catapultó continentalmente al recibir el Premio Casa de las Américas (compartido con el uruguayo Eduardo Ga­leano y sus Las venas abiertas de América Latina). Ahí Cueva interpreta la irrupción de José María Velasco Ibarra como un caudillo popular-mesiánico, que salió a hacer política en las calles, en un ejercicio de demagogia disfrazado de un discurso de identificación con las masas, pero que siempre, finalmente, abonaba a mantener el statu quo en el país.

Tuvo feroces detractores desde la dere­cha y la izquierda por este libro, pero fue el texto que finalmente le dio el pasaporte para salir del país y consagrarse como aca­démico. En 1970 fue precisamente Velasco Ibarra quien ordenó cerrar la Universidad Central, donde Cueva era director de So­ciología. Recaló en Chile, en la Universi­dad de Concepción, de donde meses des­pués viajó a México, a un congreso, donde presentó el ensayo. Ahí lo escuchó el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, Pablo González Casanova, quien lo invitó a colaborar con el principal cen­tro superior de América Latina en materia social.

Apogeo y coherencia

En México Cueva se posicionó a escala continental y produjo lo que muchos con­sideran su obra cumbre: El desarrollo del capitalismo en América Latina, en la que desgrana la historia económica y social de cada una de las conformaciones naciona­les de la región, en el contexto del sistema que ha dominado al mundo en los últimos cuatro siglos. Caracteriza, por ejemplo, la diferencia entre los capitalismos desarro­llados de la región (Chile o Brasil), los no tanto (Argentina o Colombia), y los más atrasados, que son el resto de países y en los que se incluye el Ecuador. El texto fue el ganador del Premio Editorial Siglo XXI de ensayo de 1977, y libro de lectura obligada en universidades alrededor del mundo.

A esas alturas de su vida Cueva era un crack de las ciencias sociales de América Latina, protagonista no solo en polémicas nacionales, sino continentales. Entre los académicos es recordado su debate sobre la teoría de la dependencia, una postura que estuvo de moda entre los sociólogos en los setenta, que básicamente señalaba, en términos prácticos, que los países de la región debían apuntar sus esfuerzos a dejar de ser exportadores de materias primas y optar por un modelo de industrialización; una apuesta del Estado como generador de desarrollo. Cueva quitó el velo marxista de esa teoría y por ello debatió acalorada­mente con colegas como Theotonio Dos Santos, Andre Gunder Frank o Ruy Mauro Marini, todos figuras en aquellos años.

Es que el Cueva ya maduro apuntó sin miedo sus esfuerzos teóricos a carac­terizar las realidades de América con el materialismo histórico como herramienta principal. Su obra nunca dejó ese espectro y en ningún momento fue panfletaria. Por ello fue denostado por distintos grupos de izquierda, partidos políticos y colegas. Él nunca cedió, pese, incluso, a la caída del Muro de Berlín. En ensayos y entre­vistas reconoció el carácter totalitario de los socialismos reales, aunque subrayaba los logros sociales. Como otros marxistas, Cueva creía que las reformas democrá­ticas debían llegar, sin dejar de lado las conquistas de los trabajadores forjadas a través de Estados obreros.

Soledad, enfermedad, adiós

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Agustín con su esposa Erika Hanekamp.

Uno de los más fieles amigos y colegas que tuvo Cueva en el Ecuador fue el cate­drático René Báez, quien continúa publi­cando ensayos y obras de Cueva, además de trabajos de su propio cuño. Septuage­nario él, muestra energía para destacar la obra de su colega, de quien valora su coherencia, una cualidad que le costó a escala social. “Cuando venía al Ecuador lo encontraba generalmente solo, sobre todo después de que murió su madre (1982) y entonces optaba por visitar a distintos amigos. Por ahí corrieron rumores de que podía dirigir la Flacso, pero muchos se opusieron. Nunca lo reconocieron como se debía”.

En México, Cueva estaba a gusto, vivía bien. En un texto sobre él escrito por su colega Raquel Sosa Elizaga, recordaba que leía a Marx, Lenin, Gramsci, Gabriel Gar­cía Márquez, José María Arguedas, Ciro Alegría, Alejo Carpentier, Paul Nizan y Frantz Fanon. Visitaba asiduamente las exposiciones de Diego Rivera, José Cle­mente Orozco y Oswaldo Guayasamín. Vibraba con la música de Silvestre Re­vueltas y de Héctor Villalobos. Y se daba tiempo para la poesía de Pablo Neruda y César Vallejo.

En la capital mexicana terminó su rela­ción con la francesa Perus, con quien tuvo su único hijo (Marcos Cueva Perus, que es un destacado economista de la UNAM), para luego juntarse con dos colegas más, cada una a su tiempo: la socióloga brasi­leña Teresinha Guadalupe Bertussi, An­dorinha, y la alemana Erika Hanekamp, quien lo acompañó hasta el lecho de muerte.

En sus últimos años volvió a escarbar la literatura con Lecturas y rupturas. Para Cueva el arte en general y a literatura en particular tenían como fin reflejar su época, su entorno, sus contradicciones. No se olvidó de la realidad de la región con Teoría social y procesos políticos en América Latina y con Teoría marxista, alegorías de bases y problemas actuales. Su último libro en vida fue Tiempos con­servadores. América Latina en la derechi­zación de Occidente.

Todo se detuvo violentamente cuan­do le detectaron cáncer en el pulmón en 1990. Luego de luchar en vano contra la enfermedad, finalmente decidió volver a Quito, a inicios de 1992. En enero de ese año recibió el reconocimiento del Estado ecuatoriano, a través del Premio Eugenio Espejo. Pero ya se encontraba muy mal­trecho e incluso en la ceremonia en el Sa­lón Amarillo del Palacio de Carondelet le costó muchísimo soportar el tiempo que duró el acto.

Luego de un puñado de meses en los que pasó en cama, rodeado de su esposa y de amigos, falleció el 1 de mayo. Pocos lo supieron en realidad. Dos días después apareció un anuncio mortuorio en el dia­rio El Comercio, que apenas registró el de­ceso del sociólogo el 5 de ese mes, con una escueta e inverosímil nota que se titulaba: “País pierde a uno de sus valores”.

Esa indiferencia mediática reflejaba el sentir de una sociedad, en su gran mayo­ría ignorante del talento y de la pasión de Cueva. A un cuarto de siglo de su partida, su obra, vigente por lo rigurosa que fue, invita a conocerlo y a recordarlo.

 


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