Camarón de la Isla: una figura planetaria.

Por Jaime Porras Ferreyra.

Edición 422 – Julio 2017.

Música----CamarónEs la mayor voz que ha dado el flamenco. Su leyenda incluye excesos, talento a borbotones, cariño por su pueblo y valentía estilística.

Le cantó a los altibajos en el amor, al dolor de la existencia, a la intermitente fe­licidad, a las costumbres gitanas y, sobre todas las cosas, a la libertad. Pocos artistas han sido tan libres dentro y fuera del esce­nario. Vivió como quiso, se carcajeó de las murallas musicales y sopló con fuerza bajo las alas del flamenco. AC y DC quieren de­cir en el cante jondo “antes de Camarón” y “después de Camarón”.

Poco más de cuarenta años en este mundo le bastaron para provocar una re­volución sonora y para posicionarse como la voz más reconocida de este arte andaluz. Los suertudos que lo escucharon en directo aún recuerdan esos navajazos hechos pala­bra, ritmo y melodía. Sus discos atesoran el flamenco castizo y las nuevas avenidas del género. Todo surgió frente al Mediterráneo: ese mar de milenario mestizaje cultural.

José Monge Cruz nació el 5 de diciem­bre de 1950 en San Fernando, pueblo de la provincia andaluza de Cádiz, conocido también como La Isla. Fue el séptimo de los ocho hijos de un herrero y una tejedora de canastos. La familia era gitana hasta la médula. José abandonó pronto la escuela para ayudar con las necesidades de dinero en el hogar. Auxilió a su padre en el taller, pero el jefe de familia murió poco tiempo después, así que el niño comenzó a ganar monedas en trenes y restaurantes con sus cuerdas vocales.

A pesar de las estrecheces económicas, la casa de José era frecuentada por amantes del cante y su madre también era muy afi­cionada a este arte. En diversas entrevistas, el ídolo sostuvo que esas reuniones y la pasión materna fueron sus principales aprendizajes musicales. José fue desde muy chico “Cama­rón”. El apodo fue obra de uno de sus tíos debido a su delgadez y su cabello claro. Más adelante se le agregaría el “de la Isla”, como un signo de su nacimiento en San Fernando.

Camarón crecía y lucía su voz en tascas y fiestas. Ganó un par de reputados con­cursos en Andalucía y su fama aumentó de manera exponencial. “Hay un chico que canta como nadie”, comentaban los viejos gitanos. Un sitio que lo proyectó con fuerza fue La Venta Vargas, local de comida, tragos y buenos sonidos. Ahí lo escuchó Manolo Caracol, uno de los cantaores más reputa­dos de la historia, quien quedó maravillado por el mayor regalo que le dio la vida a Ca­marón (cualquier artista canjearía su alma al diablo por lo mismo): una torrencial capacidad de transmitir y emocionar. Gar­gantas educadas hay muchas, pero son con­tadas las que han gozado de tanto duende.

“Tenía que ir a Madrid, que es donde el artista, al igual que el torero o el futbolis­ta, se hace”, señaló José en una entrevista a la televisión española en los años ochenta. Preparó maletas, con solo dieciséis años, para conquistar la capital. Actuó con fre­cuencia en el tablao Torres Bermejas y quería comerse la ciudad a puños. La calle siempre fue su universidad. En una noche de farra conoció a Francisco Sánchez, con quien formaría un tándem escrito con le­tras de oro en los anales de la música uni­versal. Francisco era el hijo de Lucía, una portuguesa afincada en Algeciras. Su nom­bre artístico provoca aplausos instantáneos: Paco de Lucía. Paco era payo, como llaman los gitanos a los que no son de su etnia. Camarón comentó varias veces que para hacer buen flamenco hay que ser gitano. Con Paco se equivocó (al igual que con En­rique Morente). Los historiadores señalan que este tesoro musical es el resultado de la mescolanza de tradiciones béticas, judías, árabes y gitanas. En defensa de Camarón habrá que decir, sin embargo, que el pueblo gitano es quien mejor ha portado el saco flamenco en el alma.

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Dos grandes: Paco de Lucía y Camarón de la Isla.

José grabó en 1968 su primer disco, Al verte las flores lloran, con Paco en la guita­rra. Realizarían juntos ocho álbumes, todos bajo la producción de Antonio Sánchez, el padre de Paco. Sorprendían por tratarse de dos jovencitos con saberes flamenqueros de marcada ortodoxia: tangos, bulerías, soleás, alegrías y otros palos más reflejaban un co­nocimiento y un sentir anclados en siglos de tradición.

Los mitos están construidos de épica, magnetismo, tragedia y también de medias verdades. Hay hasta la fecha muchas pre­guntas sobre el fin de la colaboración entre Camarón y Paco de Lucía. Los entendidos apuntan a un protagonismo excesivo del padre de Paco, a intereses musicales disími­les, a conflictos por pesetas. Una hipótesis más está enraizada en los excesos de José con las sustancias.

Camarón conoció el etanol desde púber y lanzaba humo al por mayor (dos paquetes de tabaco rubio al día, como mínimo). Sin embargo, ni siquiera el príncipe gitano es­tuvo a salvo de la ola narcótica que impactó de lleno sobre su etnia desde los años seten­ta. Del hachís del corro de amigos pasó a la cocaína y a la heroína (fumada, nunca en vena, según sus biógrafos). En 1976 contra­jo nupcias con Dolores Montoya (apodada La Chispa), una chica del barrio de su in­fancia. Llegaron los hijos al igual que una fama creciente en el mundo flamenco, aun­que las noches de José duraban demasiado.

En el libro La Chispa de Camarón, Do­lores Montoya da detalles sobre la persona­lidad de José. Señala que siempre se escon­dió tras una gran timidez. Era cariñoso con su familia y amigos cercanos, pero nunca buscaba agradar a personas fuera de su en­torno. Montoya cuenta que en una ocasión Mick Jagger quería que Camarón cantara para él en una fiesta privada. Se negó ro­tundamente. “Esos gachés (extranjeros en caló) no saben nada de flamenco”, dijo José aquella noche.

Luego del distanciamiento con Paco de Lucía, Camarón grabó en 1979 un disco decisivo en la historia de la música espa­ñola. El productor Ricardo Pachón juntó al cantaor con otros músicos, que en ese entonces experimentaban con jazz, rock y rumba catalana: Kiko Veneno, Raimundo Amador, Rubem Dantas, entre otros. El álbum se llama La leyenda del tiempo y me­rece ser escuchado por lo menos cien veces. Algunas de sus canciones recuperan letras de Federico Gar­cía Lorca, aunque mezcladas con sintetizador, batería, bajo, guitarra eléctrica y, por supuesto, la voz de José que entona en un momento lo siguien­te: “El tiempo va sobre el sueño/ hundido hasta los cabellos”.

De acuerdo a los registros, el disco ven­dió apenas seis mil copias en trece años. Hoy nadie pone en entredicho su valor artístico. Se reeditó varias veces, se le dedi­caron ensayos y tesis, salió un documental sobre su proceso de grabación, los críticos (algunos de ellos durísimos cuando se estre­nó) lo ubican como el segundo disco espa­ñol más importante de la historia. La leyen­da del tiempo ejemplificaba la gallardía de Camarón frente a las burlas de los puristas y la necesidad que tenía de beber de otras fuentes. José ya había seducido a los flamen­queros de hueso colorado en otros trabajos. Con este disco, comenzaba a interesar a pú­blicos más lozanos, alejados normalmente de este género. “Camarón: alimento gustoso de viejos y de jóvenes”, escribió alguna vez el poeta Fernando Quiñones. Nadie hizo tan­to por el flamenco en un período de tiempo tan corto. Palabras de José: “Siempre hago cosas nuevas y que me gusten. Trato de en­riquecer el flamenco en algo”.

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El guitarrista Tomatito y el cantaor.

En 1973 Camarón necesitó un guita­rrista en un festival. Un amigo le sugirió recurrir a José Fernández, un joven de apenas quince años de edad, a quien todo el mundo llamaba Tomatito. Luego del úl­timo disco que el cantaor grabó con Paco de Lucía en 1977, Tomatito se convirtió en el fiel acompañante del genio de San Fer­nando. La leyenda del tiempo fue el primer disco juntos. “Podría vivir solo para tocarle a Camarón”, declaró el guitarrista en 2008 al Diario de Sevilla. Vale la pena mirar las actuaciones del tándem en el festival de jazz de Montreux y en el Cirque d’Hiver de Pa­rís. Maravillas sonoras aparte, en la mirada de Tomatito se reconoce una admiración total a Camarón. ¿Qué se sentirá compartir escenario con un monstruo artístico capaz de reflejar la perfecta combinación de la­mentos y dichas del alma calé?

La leyenda del tiempo representó un cambio para José más allá de lo musical. Desde esa época comenzó a posicionar un look (un estilo, una actitud, como quieran llamarle) imitado hasta la fecha por miles de gitanos: cabello muy largo, barba de apóstol, vistosos abrigos, joyas de oro macizo en cuello, dedos y mu­ñecas, un tatuaje en la mano que se ha con­vertido en su firma (estrella hebrea acompa­ñada de una luna creciente). Un poco Cristo cañí, un aire a Ernesto Guevara, un porte algo roquero; Camarón no dejaba indiferen­te a nadie, incluso con la boca cerrada.

Entre 1981 y 1986 José grabó cuatro discos, bien recibidos principalmente por los jóvenes a quienes incorporaba por le­gión a los tendidos flamencos. Sin embar­go, sus presentaciones en festivales y ferias aplacaban la sed de los públicos más con­servadores. En 1989 Camarón buscó de nuevo la sorpresa general y lanzó Soy gita­no, el álbum más vendido en la historia del género y cuya canción homónima se con­virtió en un himno para su pueblo (“Soy gitano/ y vengo a tu casamiento/ a partirme la camisa/ la camisita que tengo”). La mayor parte del disco fue grabada en los estudios Abby Road, donde Lennon, Mc­Cartney, Star y Harrison forjaron gran parte de su fantasía. Cuatro de los temas tuvieron detrás a la Royal Philharmonic Orchestra de Londres.

En esos meses Camarón decidió dejar las drogas ilícitas, pero la cornada ya se la había dado un toro de nicotina que conocía desde niño. En una fiesta familiar comenzó a sentirse mal. Lo llevaron al hos­pital y los médicos murmuraron algo muy serio. Entonces decidió tomar un avión con su esposa a Estados Unidos para escu­char otras opiniones, que mantuvieron el diagnóstico: cáncer de pulmón.

Música----Camarón--interior 3Las biografías de Camarón coinciden en las dudas que tuvo para encomendarse a las manos de la ciencia. Varios le recomen­daron reposo, oración, citas con curande­ros. Tuvo tiempo de volver al estudio de grabación para terminar su último disco, Potro de rabia y miel, donde Paco de Lucía apareció de nuevo acom­pañando al maestro con otros músicos. En su última entrevista contó que era tan gran­de el cariño y la admiración de su gente que una vez le llevaron a una niña muy enferma para que la sanara con solo tocarla. “La pue­des curar. Eres Camarón”, le pidió la madre entre lágrimas.

El príncipe gitano murió en un hospi­tal catalán el 2 de julio de 1992. Tenía 41 años. Horas después, su cuerpo fue llevado a San Fernando para ser enterrado bajo la fiel compañía de 50 mil personas. Nunca un gitano había provocado tanta conster­nación en España. Paco cargó el féretro con otros artistas (por cierto, el hijo de Lucía la portuguesa falleció en el Caribe mexicano en 2014).

Se cumplen veinticinco años ya de la muerte de Camarón y su estrella sigue bri­llando, aunque las críticas hacia él también. Se cita su forma de vivir pero, si escarbamos entre los mitos, siempre aparecen manchas. Después de todo, allá los que quieran que un santo los emocione con la voz. Quedan algunos puristas que aún denuncian su ale­jamiento del canon. Son pocos por fortuna: siempre se agradece que un artista asuma riesgos creativos. Se subraya la actitud apo­lógica del cantaor hacia su pueblo. Hay que hacer memoria y también abrir los ojos frente a lo que todavía ocurre: los gitanos distan de ser objeto de admiración, no solo en España sino en todos los países que han habitado desde su partida de la India en el siglo XI. Ídolos de esta nación hay muy po­cos. Camarón es una figura planetaria naci­da, eso sí, en cuna calé.

Fuera de España, el flamenco no es fe­nómeno de masas, aunque ha ganado con los años respeto en todo el orbe. Quienes deseen adentrarse en este océano de sensi­bilidades y saberes pueden tomar la mano de José. Mejor guía no encontrarán. Lo úni­co que ofrece es un torrente de sinceras emociones; las mismas que reflejó Joaquín Sabina en aquel dolorido verso: “Verte y no verte/ bandera herida/ Camarón de mi vida/ muera la muerte”.


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