Un lirio por los desaparecidos.

Texto y fotografías: Alexis Serrano Carmona.

Edición 422 – julio 2017.

¿Qué sería usted capaz de hacer si un día su hijo desaparece?

Esta es la historia de cómo los familiares de desaparecidos se juntaron para levantar su voz, para que se los escuche, para que se sepa esta realidad de la que no se hablaba.

 

“Creo que en cada uno de nosotros hay un pedacito de historia. Uno posee media página; otro dos, o tres, Juntos escribimos el libro del tiempo. Cada uno cuenta a gritos su propia verdad”.

Svetlana Alexiévich, periodista bielorrusa, Nobel de Literatura 2015.

 

Un lirio puede ser muchas cosas. Este lirio es un recuerdo. Sus pétalos rojiblan­cos, las hojas en forma de espada y ese aro­ma que no se da por vencido. Es un lirio que ha sobrevivido al tiempo. Han pasado cinco años y medio y sigue ahí, en la misma terraza, justo frente a la puerta de la habita­ción. Un lirio puede ser muchas cosas. Este lirio es un recuerdo monstruoso.

A Telmo Orlando Pacheco le dicen Lando; pero a él solo he podido verlo en fotos: blanco, delgado, de pelo negro; jun­to a sus amigos cuando era un niño ape­gado a su mamá. Lo vi en otras tocando con su banda cuando era un adolescente fanático de los Hombres G. Y lo vi en una sonriendo junto a su pequeño hijo, que nació exactamente un mes y medio antes de que él desapareciera.

“Con su abuelita era bien ocurrido. Le disfrazaba, le ponía la chompa de él, le daba la guitarra y le hacía fotos aquí”, me dice don Telmo Pacheco, el padre de Lando. Y cuando dice “le hacía fotos aquí” se refiere a la terraza de su casa, donde me ha recibido cada vez que he ido a conversar.

“Este es el lugar favorito de mi hijo”, me explica. Y lo comprendo, porque esa terraza tiene un gustito a cuento de hadas. La casa queda justo frente a la cara posterior de la Basílica de Quito; es mediodía y el sol está haciendo muy bien su tarea. A un lado, la imponente iglesia en primerísimo primer plano. Al otro lado, en la terraza, un colo­rido jardín de muchas plantas pequeñitas junto al lirio. Ese lirio de Lando que está justo frente a la puerta de la que fue su ha­bitación.

—A “mijo” le encantan los perros. Aquí en la terraza tenía ocho. Siempre venía con uno en las últimas. Lo bañaba, le cortaba el pelo, quedaba como nuevo.

—¡¿Ocho perros?! ¿Y ustedes qué ha­cían?

—Siempre lo apoyamos. Él estaba es­tudiando Veterinaria, pero tuvo problemas con un profesor y le tocó salirse. Luego es­tudió Ecoturismo…

Lando había tenido una novia por mu­cho tiempo, pero por esos “gajes del oficio de vivir”, la madre de su hijo terminó siendo compañera del trabajo. Todo se tornó con­vulso. Él decidió terminar con la novia para hacerse cargo del bebé, ella amenazó con el suicidio y él terminó yendo al sicólogo.

Fueron meses largos, es verdad, pero cuando el pequeño Jefrey Alexander na­ció había vuelto la paz; Telmo estaba feliz y sonreía mucho, como en la foto que vi en la sala de la casa de sus padres.

A veces el destino es un jugador muy tramposo. Un día, mientras recogía los papeles para inscribir al bebé, Lando cono­ció a alguien: una mujer que decía que era evangélica y le invitó a un retiro espiritual en Loja. Le llamaba mucho —recuerda don Telmo—. Le decía que ella lo podía recibir, que pagaría el costo del retiro. Le insistía bastante a ‘mijo’.

El último día del feriado de Finados, Lando le escribió a su padre un mensaje de texto a las seis de la mañana. Le decía que todo estaba bien, que había terminado el re­tiro espiritual en Loja, pero que quería que­darse unos días más para conocer la ciudad. El padre le respondió que claro, que no ha­bía problema. Por la tarde, ese mismo día, quisieron preguntarle dónde estaba una lla­ve. Lo llamaron y entonces, el celular… Ese “bendito” celular fue directo al buzón de voz. No una, sino muchas, cientos de veces. Le dejaron mensajes, le escribieron mensa­jes. ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada! Telmo Orlando Pacheco, el Lando, desapareció el 3 de no­viembre de 2011, a los 33 años de edad.

—Yo le escribí durante mucho tiempo.

—¿Al celular?

—Sí, le escribía mensajes de texto.

—¿Qué le decía?

—Que quería saber si estaba bien. Que si él tomó alguna decisión, cualquiera, le íbamos a apoyar, a entender, pero que nos respondiera.

—¿Hasta cuándo le escribió?

—Durante mucho tiempo. Luego su lí­nea estuvo suspendida. Recién el año pasa­do supimos que ya se la habían dado a una señora.

—¿Cómo supieron?

—Llamamos y nos contestó ella. Le pre­gunté por qué tenía esa línea, le hablé de mi hijo. Me dijo que no sabía nada, que lo sen­tía, que ella fue a comprar un teléfono y le dieron esa línea, la de Lando. Ya no hemos vuelto a llamar.

***

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Telmo Pacheco es el presidente de la Asfadec. Se dirige a los transeúntes que se detienen a escucharlo durante uno de sus plantones en la Plaza Grande.

Un lirio puede ser muchas cosas. Este lirio es una lucha. Era mayo de 2012, miércoles. Don Telmo Pacheco bajaba caminando desde su casa hacia un super­mercado en el Centro Histórico. Por ese entonces, pasaba mucho tiempo pensan­do. Pensaba que la investigación por la desaparición de Lando había sido cerrada en tres meses; pensaba que el fiscal les ha­bía dicho que ya no podían hacer nada y que, en adelante, si querían seguir buscán­dolo tenían que hacerlo ellos. Como don Telmo aún era entrenador en las divisio­nes formativas de El Nacional, fueron sus otros tres hijos: dos mujeres y un hombre, los que recorrieron Quito, Loja y algunas ciudades de la Amazonía colocando car­teles con la fotografía de su hijo, sus nú­meros telefónicos y esa brutal leyenda de: “Ayúdanos a encontrarlo”.

La cuestión es que don Telmo, un tipo pequeño y delgado en cuyo rostro los años van ganando espacio, bajaba caminando hacia el supermercado y, cuando pasó por la Plaza Grande, se le apareció lo que en una novela sería “el destinador”: ese personaje clave que ayuda al protagonista a cumplir su destino. Era Walter Garzón, un colom­biano, que justo en ese momento protestaba frente a la Presidencia de la República por su hija Carolina, una joven de veintidós años que estaba de vacaciones en el país y había desaparecido pocos días atrás.

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Clelia María Abril, a sus 85 añosde edad, ya no puede mantenerse de pie con tanta facilidad, pero participa en los plantones y lo seguirá haciendo, dice, hasta que la vida se lo permita.

Garzón era miembro del Partido Co­munista de Colombia y encontró varios amigos en el del Ecuador, y ellos lo ayuda­ron en su búsqueda. Ese día lo acompaña­ba el Chamo Guevara, el mismo cantante que siempre luchó junto a los padres de los hermanos Restrepo. Don Telmo se acercó a preguntarle a Garzón qué estaba haciendo, le contó que él también tenía un hijo desa­parecido, conversaron largo rato.

—Me dijo que tenía que luchar para que el caso se reabriera, que había orga­nizaciones de derechos humanos que me podían ayudar, que me fuera donde la her­mana Elsie Monge, que mandara cartas a la gobernadora de Loja. Él sabía cómo mover­se, incluso se había reunido con gente de la Presidencia.

Don Telmo Pacheco y Walter Garzón se hicieron amigos. A Garzón se le metió una idea en la cabeza: que si reunían más gen­te podrían gritar más fuerte su dolor. Que quizá los escucharían. Así encontraron pri­mero a Ángel Cevallos y a Luis Sigcho y los cuatro formaron un Comité de familiares de desaparecidos.

Entonces, Garzón comenzó a cam­biar esta historia sin saber todavía que la estaba comenzando a cambiar: recorrió calles, parques, tiendas, autobuses… bus­caba esos mismos carteles de “Ayúdanos a encontrarlo”, o los de “Se busca”, o los de “Desaparecido”. Caminó todo Quito, se fue a otras ciudades. Iba a las fiscalías y a las unidades de Policía para abordar a quienes ponían denuncias. Pronto tenía una lista de números telefónicos y llamó a todas esas familias, les contó de Carolina y les convenció de que les convenía juntarse para luchar.

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Los familiares de desaparecidos colocan en el piso de la Plaza Grande cartelones, fotos de sus hijos, de sus hermanos, de sus padres…

En tres meses el comité era ya de 60 familias. Consiguieron la asesoría de Ma­ría Espinosa, una joven abogada que pasó por lo mismo y me dijo que, si cualquiera de estas familias encuentra a su desapareci­do, sentiría como si encontrara también al suyo. Ella consiguió que les prestaran una oficina para hacer sus reuniones, fueron creciendo y descubrieron que en el Ecua­dor existía una realidad oculta, de la que nadie hablaba, que hay muchísimos desa­parecidos, que las historias sobran…

Clelia María Abril, 85 años. Madre de Camilo Tobar, desaparecido a los 51: “Camilo era mi cuarto hijo. Mi Benjamín, como le decía. Salió del trabajo, en una panadería de Cumbayá, a las cuatro de la tarde y nunca llegó a la casa. Ningún com­pañero supo para dónde se fue. Dios ha de saber por qué se hicieron ciegos todos. Mi hijo es casado, con dos hijas. Seguiré en esta lucha hasta cuando Dios me dé fuerzas”.

Elizabeth Rodríguez, 42 años. Madre de Juliana Campoverde, desaparecida a los dieciocho: “Salimos de la casa, en el sur de Quito. Ella iba a abrir su negocio y yo el mío. Ella tenía que caminar apenas seis cuadras hasta su local, pero después de un rato me llamó su papá y me dijo que aún es­taba cerrado. Eran seis cuadras. No hemos vuelto a saber de ella”.

Luis Sigcho, 61 años. Padre de Luis Sigcho, desaparecido a los veinticinco: “Luis se fue a festejar el cumpleaños de su hermano menor, Byron, en una discoteca del valle de Los Chillos. Al salir, ‘mijo’ había estado un poco tomado y no le paraban los taxis. Se había enojado y se había ido cami­nando hacia El Triángulo para buscar unos taxistas que él conocía. Cuando Byron y los amigos al fin consiguieron un taxi hicieron el mismo recorrido para darle el encuentro, pero ya no lo vieron más”.

Los ejemplos seguían llegando. Muy pronto fueron más de 120 historias. Y pasa­ron de llamarse comité a Asociación de Fa­miliares y Amigos de Personas Desapareci­das en Ecuador (Asfadec). “Creo que des­tapamos una ‘olla de grillos’”, me dice don Telmo. “Pensamos que íbamos a encontrar unos seis o siete casos. Nunca pensamos que habría tantos. A mi familia la desapa­rición le cambió la vida. Mi señora estuvo totalmente mal, él era el hijo más apegado. En el jardín de infantes tuvo que quedarse con él hasta la salida por más de seis me­ses. Mi mujer tuvo comienzos de parálisis facial, depresión. Tuve que ir al Ministerio del Interior a pedir una ayuda. Nos man­daron al San Lázaro y el siquiatra le dio una medicina, que suspendimos después, por­que una amiga doctora le dijo que solo la estaban dopando. Ahora está bastante me­jor gracias a que es testigo de Jehová y en su religión encontró mucha gente que le ha ayudado. Pero no le gusta hablar del tema. Por eso yo doy las declaraciones ante la prensa, yo voy a la Fiscalía, a los plantones”.

Esto de juntarse dio resultados: comen­zaron a hacer plantones todos los miérco­les y los siguen haciendo hasta ahora, sin descanso. A veces frente al Palacio de Go­bierno, a veces frente a la Fiscalía. La gente comenzó a verles en las calles, los diarios comenzaron a publicar sobre ellos, a inte­resarse en sus historias.

Al poco tiempo, cuando iban a los ministerios, les felicitaban, les decían que era bueno que estuvieran creciendo. Y don Telmo les refutaba con rabia, les pe­día que no los felicitaran, que el hecho de que estén creciendo significaba que había más desaparecidos, más sufrimiento; que lo feliciten cuando la Asociación desapa­rezca porque significará que ya no habrá más pérdidas sin resolver.

De tanto caminar y protestar lograron que se creara una Policía especializada en desapariciones y muertes violentas (Dina­sed), también fiscalías especializadas en desapariciones. Y lograron que la Fiscalía General les diera cifras: que les dijera, por ejemplo, que entre 2013 y 2016, apenas en tres años, se presentaron más de 35 mil de­nuncias, que la mayoría son mujeres; que todavía existen, oficialmente, 2 799 perso­nas desaparecidas.

Y aunque, claro, las autoridades repi­ten cada vez que tienen la oportunidad que más del 90% de los casos siempre se resuelve con la aparición de la persona, para estas casi tres mil familias la histo­ria no termina ahí. Su lucha no termina ahí… Y, aunque muchos se han ido y han seguido su búsqueda solos, la Asociación no ha dejado de pelear. La gran pregunta es: ¿cuántos casos más habrá?

Los nubarrones negros cubren por completo la Plaza Grande. La gente ha sa­lido arropada y camina, como siempre, al apuro. Don Telmo y otros cuatro miembros de la Asfadec han acabado de colocar en el piso las fotos de sus desaparecidos y los car­teles que siempre llevan a los plantones de los miércoles. Se leen cosas como estas: “Es­pero encontrarte, sea como sea. Yo nunca me rendiré”, o “Te buscaré, te encontraré”, o “En las bodas de oro de mis abuelitos. Juliana Campoverde”, o “Celebrando mis 50 años. Camilo Tobar”.

Unas treinta personas se han detenido. Observan. De pronto se acerca un tipo de pantalón oscuro, zapatos de excursionista, canguro, guantes y gafas. Le increpa a don Telmo, que en ese momento les decía a los asistentes que sienten que el Gobierno no ha hecho mucho por ellos, que la Fiscalía no ha hecho mucho por ellos, que la Policía no ha hecho mucho por ellos.

—¿Sabe por qué hay desaparecidos?

—¿Por qué? —Responde don Telmo.

—Hay mafias internacionales. No solo de trata de personas, sino de tráfico de ór­ganos y otras cosas más. Va a ser muy difícil que los encuentren.

—Si pensáramos que es fácil, no estu­viéramos luchando.

—Pero esto pasa en todos lados, en to­dos los países, no tienen que culpar a las autoridades…

Don Telmo prefiere no seguir contes­tando, mira hacia otro lado y grita frente a todo el mundo algo que se ha convertido en un mantra: “Dure lo que dure/ cueste lo que cueste/ si luchamos como hermanos/ a los desaparecidos encontramos”. Luego levanta la mano y vuelve a gritar viendo hacia sus compañeros: “¿Dónde está la justicia?” Y ellos responden: “¡Desapa­recida!”. El hombre de las gafas abre su paraguas y decide retirarse.

—Por suerte, este señor se portó bien, —me dice una de las personas que acom­pañan a don Telmo. Y me cuenta que ha habido gente que les ha preguntado dónde estaban ellos cuando desaparecieron sus hijos, que por qué no los estaban cuidan­do; o quienes se han atrevido a decir que seguramente sus hijos eran prostitutas o drogadictos, como si eso fuera una razón para que los desaparecieran.

He asistido a varios de estos plantones. En unos hay cuatro personas, en otros diez, en otros 100, incluidos los miembros de un grupo de percusión, Retumba la prole, que a veces los acompañan. He visto la desespe­ración en sus ojos. He visto cómo les piden a los conductores que piten; he visto la in­dignación de algunos cuando no lo hacen.

Don Telmo hace una pausa para po­ner pilas en un megáfono nuevo. Una donación, porque los dos megáfonos que tenían antes se los robaron hace unos me­ses. Justo sobre sus pies un cartel con la foto de Walter Garzón, “el destinador”, y la leyenda: “En memoria de Walter Garzón, por el profundo respeto a su lucha digna y solidaria, por amor a Carolina, por amor a nuestros desaparecidos. Descansa en paz”. Garzón murió el año pasado en Bogotá, a causa de la depresión, sin conocer nada so­bre el paradero de su hija.

Hay una mujer que mira las fotos que están sobre el suelo. Sostiene de la mano a su hijo de cuatro años. Murmura: “Dios mío, esto debe ser lo peor que le puede pasar a una persona”. Luego se agacha y le habla a su hijo justo en la oreja: “Mira, ‘mijo’, estas personas han desaparecido, no han regresa­do a su casa. Por eso tú siempre debes estar cerca de la mamita, nunca alejarte de ella”. Se incorpora, el niño asiente; aceleran el paso y se van. Parece que va a empezar a llover.

SABATINA DEL 9 DE JULIO DE 2016,

SAN VICENTE, MANABÍ

• Rafael Correa (gesticulando con en­fado, el ceño fruncido): “Lastimosamente, las garras de la politiquería entraron en esta tragedia de los desaparecidos y se ha creado por ahí una asociación que vive haciendo bulla cada miércoles, como que si la culpa fuera del Estado (…). Ningún Gobierno se ha preocupado tanto de esto, pero ya tenemos gente haciendo bulla con bombos, con megáfonos, para interrumpir, para molestar”.

• José Serrano, entonces ministro del Interior (nervioso, tratando de seguir el guion): “La verdad es así, presidente. A veces es inentendible cómo personas pue­den aprovechar su propio dolor para tener un afán politiquero. Ya veremos en las lis­tas de qué partidos, de qué movimientos están de candidatos”.

• Telmo Pacheco (nueve meses después de esa sabatina): “Yo de política lo único que conozco es que tengo que ir a votar cada vez que hay elecciones. Solo dicen esto porque estamos haciendo plantones. De­cían que ya hemos de estar en las listas (…). Y nada, nadie. Porque no nos interesa.

Pasaron las elecciones y ninguno de los familiares de desaparecidos fue candidato a nada, y lo cierto es que hasta ahora no he conocido a ningún miembro de esta asocia­ción que esté metido en política. Incluso una vez don Telmo me dijo que ningún dinero le devolvería a su hijo. Y lloró como un niño.

Saque sus propias conclusiones. Ima­gine por un momento que el desaparecido no se llama Lando o Luis Sigcho o Camilo Tobar… Imagine que un día su hijo, su her­mano, su nieto o su padre, no llega a casa y jamás lo vuelve a ver. Pregúntese: ¿qué ha­ría? ¿No sería usted también capaz de ir a protestar cada miércoles en la Plaza Grande, con bombos y megáfonos, por más que ven­ga después un fulano, un tipo cualquiera, a decirle que solo hace bulla para molestar?

***

Un lirio puede ser muchas cosas. Este lirio es una esperanza. En la casa huele a tostado. Don Telmo Pacheco tiene 69 años, su esposa 68 y ese mediodía la casa huele a tostado. Es verdad que ella no habla mu­cho; es verdad que camina despacio, con la mirada gacha. Y también es verdad que ella es quien más conoce a Lando. “A ‘mijo’ le encanta el tostado. Y se lo come exacta­mente así”, me dice y me ofrece un tostado calientito y una taja de queso. Y me dice que también le gustan las menestras, y que cada vez que preparan tostado o menestra se acuerdan mucho de él.

Cuando don Telmo está en la casa pasan los dos, conversan, miran televisión, prepa­ran la comida. A veces con su hija menor, que es chef, a veces con sus otros dos hijos. El resto del tiempo, don Telmo pasa en reu­niones, o en sus plantones de los miércoles, o en las fiscalías. “Si tú no estás ahí todo el tiempo, presionando, no hacen nada”.

—¿Hasta cuándo seguirá con esta lu­cha, don Telmo?

—Hasta que pasen tres cosas: el día en que haya verdaderas campañas permanen­tes, financiadas por el Estado, de difusión de nuestros casos; el día en que haya un proto­colo unificado para las investigaciones entre la Fiscalía y la Policía; el día en que nos den un informe completo sobre los muertos no identificados en morgues, hospitales y uni­versidades… Ese día me quedaré más tran­quilo y podré ir a buscar un trabajo.

—Pero, aun así, no habrá encontrado a su hijo.

—Es cierto, pero por lo menos se estará viendo un esfuerzo. No mintiendo, no dicien­do que se resuelve el 97% de los casos. Por lo menos que, con la presión de tanta persona, el Estado asuma su responsabilidad. Enton­ces, me dedicaré a buscar otra vez trabajo.

—¿Y en qué le gustaría trabajar?

—La pasión de toda mi vida ha sido el fútbol y tuve que dejarla porque para mí es más importante mi hijo.

La hermosa vista de la Basílica que tenía desde su terraza le dio a Lando una idea: convertir esa casa en un hostal para extranjeros. Sus padres, como siempre, le apoyaron. Tienen otra casa unas cuadras más arriba y el plan era sacar un préstamo para arreglarla, irse a vivir allá y construir el hostal como un negocio familiar. Pero justo en ese momento, Lando desapareció.

Su hijo, el pequeño Jefrey, está a punto de cumplir seis años y vive con su madre y su abuela materna. Al principio le dijeron que su papá estaba trabajando lejos. Pero luego alguien le contó la verdad. Una vez el niño lloró a la salida de su escuela por­que a sus compañeros sí les iban a retirar sus papás y a él no. A don Telmo el niño le ha dicho que quiere crecer rápido para ir a buscar a Lando en Estados Unidos, que él está seguro de que vive allá.

En la terraza aún están dos mesas y al­gunas sillas que ya habían comprado para el hostal. Don Telmo, su esposa, sus hijos, todos guardan la esperanza de que alguna vez volverán a ver al Lando; están planeando nuevamente sacar el préstamo y construir el hostal, piensan que él vendrá y se hará cargo, tal como soñó. —Yo creo que voy a encon­trar a mi hijo, —me dice don Telmo y cierra los ojos por un momento—. Cuando estuve en Loja hubo gente que me decía que hay sectas religiosas que les llevan al campo has­ta lavarles el cerebro. Un amigo mío me dijo también que una sobrina desapareció como cuatro años y que había estado en una secta religiosa y apareció. Yo tengo esperanzas.

Por eso no se han atrevido a botar las mesas. Por eso guardan en una bodega to­das las cosas de su hijo: sus libros, su ropa, sus discos, su guitarra, su moto. Por eso ja­más hablan de él en pasado, siempre en pre­sente. Y por eso no han dejado de cuidar ese lirio, que era de Lando y que todos los días les habla de él. Por eso lo riegan siempre y les gusta ver cómo florece cada seis meses.

No quiero hacerlo, pero tengo que ha­cer esta pregunta: —¿Y qué pasa si su hijo nunca regresa? Y don Telmo prefiere mirar al cielo. —Yo tengo dos casas. Siempre he dejado claro que la de arriba es para mis dos hijas y esta para mis dos hijos. Si por A o B razón, Telmo Orlando no regresa, todos mis hijos ya saben lo que va a pasar: todo lo que era para él le corresponde a mi nieto. Yo seguiré luchando hasta saber qué es lo que le pasó a mi hijo. Si no, nuestra ilusión es que nadie viva esto que nosotros hemos vivido. Esa es nuestra lucha.

Es que un lirio puede ser muchas cosas. Y este lirio es también un final. Sus pétalos rojiblancos, las hojas en forma de espada y ese aroma que no se da por vencido. Es un lirio que ha sobrevivido al tiempo. Han pa­sado cinco años y medio y sigue ahí, en la misma terraza, justo frente a la puerta de la habitación. Un lirio puede ser muchas co­sas. Y este lirio es un final que todavía no se ha escrito.


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