EL AMANTE, DE DURAS, O EL CREDO DE LAS MUJERES FÉRREAS.

Por Gonzalo Maldonado Albán.

Edición 422 – julio 2017.

DurasEste no es un libro convencional. Para em­pezar el título es equívoco porque el amor no figura en sus páginas, salvo cuando la autora habla de su hermano menor, Paul, muerto de neumonía cuando él tenía veintisiete años y Marguerite vivía en París y había perdido a un hijo. También hay unas referencias cariñosas para Hélène Lagonelle, una compañera del pensionado estatal donde Duras vivió durante su adolescencia, en Indochina, hoy Vietnam. Hélène era muy bella —cuenta Marguerite— pero también lenta para aprender. Sus padres decidieron que mejor sería casarla con alguien en Dalat, su pueblo natal, así que nunca la vol­vió a ver.

El amante —el personaje que da título a la novela— no es el protagonista, sino una figura borrosa en la trama del libro: nunca se men­ciona su nombre; solo que es un joven chino de veintitrés años, huérfano de madre, hijo único de un banquero que también es dueño de ciertos suburbios pobres de Saigón. Mar­guerite le apoda El amante de Cholen, por el nombre del barrio adonde la lleva cada sema­na para yacer juntos.

Si no habla de amor ni sobre el hombre que se enamoró de ella, ¿sobre qué discurre Marguerite Duras en su libro? Sobre el miedo, una palabra que utiliza casi a página seguida porque es la patología que carcome a todos los habitantes de este libro, con excepción de ella misma.

La madre de Marguerite vive aterrorizada por la amenaza de la ruina. Toma decisiones desesperadas —como criar 600 pollos en ape­nas 40 metros cuadrados de su casa y matar­los a todos por un exceso de rayos infrarro­jos— para salir de la pobreza, tras la muerte de su marido. Tan grave es su miedo que a veces cae en estados catatónicos.

Su hermano mayor, Pierre, también vive sitiado por el terror. Para combatirlo se con­vierte en un monstruo: roba a su madre y a los empleados de la casa; intenta violar a una sirvienta; consume opio de forma recurrente y, cuando llega a Francia, colabora con los nazis entregándoles judíos. La única vez que Marguerite ve a Pierre en París, este le roba todos los ahorros que ella tenía guardados en su apartamento.

El amante de Marguerite también es presa del miedo. Ella habla de sus manos tembloro­sas y su voz quebrada. El muchacho sabe que su padre jamás aceptará su romance con una chica europea y pobre. No puede rebelarse contra el destino que le ha impuesto: casarse con alguien de su círculo social y hacerse cargo de los negocios.

Marguerite es la única que no tiene mie­do. El antídoto que usa es llamar a las cosas por su nombre. Por eso quiere ser escritora. A su amante solo lo desea; nunca lo ama. Y se lo dice. Ella tiene solo quince años pero actúa con el rigor de una mujer madura.

Quiere que su amante chino le dé 80 mil piastras para establecerse en Francia. A cam­bio, ella le ofrece su atención y sus caricias. Nada más. Marguerite no le pide un trato especial, sino el mismo que él otorga a sus otras mujeres. Se ven un año y medio, hasta cuando ella viaja. Su amante, con el corazón destrozado, solo atina a verla zarpar desde su automóvil.

El amante está hecho de recuerdos de la adolescencia, sumados luego a la vida de la autora en Francia, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. En uno de esos recuerdos se menciona a dos mujeres: Betty Fernández y Marie-Claude Carpenter. La pri­mera es de origen español y la segunda, una bostoniana con dinero. Según Duras, ambas colaboraron con los nazis. ¿Por qué lo hicie­ron? Cayeron “en la misma superstición (…) que consiste en creer en la solución política del problema personal”. Y en la política, como en el amor, nada es de fiar, sugiere Duras.

Por sus reflejos eróticos, la película de 1991 puso a medio mundo a leer su novela.


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