Machete al machismo manaba.

Por Diana Zavala.

Ilustración María José Mesías.

Edición 423 / agosto 2017.

“El hombre como experiencia dos cosas debe tener: una moza en cada pueblo y en la casa a su mujer”.

 Amorfino manabita

 

 

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A veces me vienen recuerdos de las cosas que escuché de niña, por allá en los noventa, por allá en Membrillal, un pueblo de Jipijapa, donde aún se doblan campanas para anunciar a los muertos. Me decían que cuando una sale a bailar debería bailar con todo aquel que la saque, porque si dejabas con la mano estirada te podían pegar un puñete. En caso de golpe, “merecido lo tenía la china, por desairar”. Para ser bien mujercita había que lograr cierta pericia en todos los oficios caseros y en algunas tareas del campo, porque así como te podían pedir en matrimonio (el ideal), podían devolverte por no desempeñarte bien. Y todo esto era “normal”.

También veían normal que un hombre se robe a una mujer, la explicación luego sería que le puso sígueme sígueme; una poción capaz de subyugar “a la más chúcara”, sí, en el lenguaje fácilmente una mujer deviene en potra. La memoria me trae hoy a la Lucha, así le decíamos en la escuela a una compañera que se fugó. Decían que sus padres querían comprometerla con un “viejo de plata”.

La casa de los cachos

Ramón Mendoza, carnicero, se convirtió en personaje y su casa en parada turística cuando colgó unos cuernos de vaca para simbolizar la infidelidad de la que decía fue víctima. El relato que repitió durante veinte años, en el sitio San Eloy de Rocafuerte, y que los medios difundieron sin ponerlo en duda, fue que encontró a su esposa en la cama con un amigo. En lugares como este se repudia la traición cuando quien la comete es una mujer, lo contrario vendría a ser “normal”, y para el hombre es un estigma.

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Luz María Intriago, madre de Ramoncito, llora al hijo que se hizo popular por llenar su casa de cuernos. Ella dice que de su marido soportó muchas infidelidades.

Ramoncito, diminutivo que me hace preguntar si se lo decían por cariño o por la minimización que implica en una cultura machista como la manabita el haberse declarado cornudo, convirtió a su casa en un club en el que no faltaba el aguardiente. Con el tiempo fueron llegando más cuernos que se colgaban en las paredes con leyendas como “Sin cachos no hay paraíso”, “Un hogar sin cachos es como un jardín sin flores”; estos se identificaban con los nombres de quienes pasaban a afiliarse al club, se dice que hay más de 300 socios, del país y hasta extranjeros. Su historia se cuenta en varias notas de prensa y, aunque se aseguraba que el lugar era un sitio de terapia para cornudos, esto tenía mucho más de joda y mito que de realidad. Lo cierto es que ni el diagnóstico de cirrosis hizo que Ramoncito dejara la bebida. Murió el 16 de mayo, a los 64 años, en su convalecencia apenas era socorrido, de vez en cuando, por su madre, de 82 años. Tras el entierro, no tuvo el tradicional novenario. No había quién haga, dicen los amigos. La exesposa prefiere el silencio, la paz. La agrupación popular Líder y su piano mágico cuenta en dos canciones las versiones de la pareja. En la que le dedicó a la esposa se narra que todo fue mentira, pero que cuernos merecía por causarle con su vicio tanto sufrimiento.

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Milton Murillo, nuevo presidente de la Federación Nacional de Cachudos, bebe afuera de la casa en la que vivió Ramoncito, en Rocafuerte. Cuenta que seguirán con el club.

Por estos días se han desmontado los cachos de la casa que funciona como sede de la llamada Federación Nacional de Cachudos (Fenaca). “Es que los carros pasaban pitando y eso pone mal a la mamá de Ramoncito”, dice Milton Murillo, el nuevo presidente. La madre pasa sentada junto al balcón, cuenta que tuvo veinte hijos, un solo compromiso y que su esposo le puso los cachos muchas veces.

Para el psicólogo clínico Félix Rodríguez, colgar los cachos fue para Ramón un arma de doble filo, y aunque en esta actividad del club, evidentemente menos violenta que otras, haya descargado parte de su dolor, por lo que se conoce a través de los medios, el doble duelo (por la pérdida de su mujer y amigo, en el caso de que la historia haya sido real) nunca se resolvió. Ramón no se volvió a comprometer, no superó el alcoholismo.

Rodríguez trabajó en el Centro de Rehabilitación Social El Rodeo, cuenta que pudo observar como patrón que la principal causa de sufrimiento de los reos, sobre todo de los manabitas, era la de pensar que su mujer estuviera con otro. “Por casos familiares y por la experiencia con mis pacientes puedo decir que el manabita promedio no se cansa de hablar de una traición, incluso cuando ya está con otra pareja. Es que en nuestra cultura el que es cachudo una vez lo es de por vida”, señala Rodríguez.

Identidad, pertenencia, orgullo

Busco al historiador Joselías Sánchez, en el barrio Las Acacias de Manta, para que me ayude a entender los factores que intervienen en la construcción de una identidad tan fuerte como la manabita. No está en casa, toca esperarlo por el parque del avioncito. Me siento en un columpio, en la primera mecida aparece un recuerdo ligado a ese lugar.

“Soy universitaria, teatrera, un tipo me intercepta cuando voy a casa, a pie. Camino porque no tengo ni veinticinco centavos para el bus y ya me da vergüenza pedir prestado. Antes de poder reaccionar, tengo un machete en el cuello, el tipo me exige las joyas, el celular y la plata que no tengo. Pienso, ¡todo terminará rápido, no tengo nada que pueda robarme! Pero no. Al darse cuenta de que no tengo ni aretes y que en mi bolso solo hay hojas y una pluma, me arrastra hasta un terreno baldío, llama a otro tipo. Pienso que esa noche de enorme luna es la última de mi vida. Un hombre pasa lento en una bicicleta, es como si pedaleara hacia adelante y hacia atrás, los dos entran en pánico y, tras una disputa entre ellos, logro escapar”.

Joselías Sánchez llega, piso la tierra, respiro fuerte, entramos a su casa y me explica que por el aislamiento, por los asentamientos a grandes distancias, como la montaña, el manabita generó una cultura muy local. “Cuando ocurrieron las guerras de la In-dependencia, y participan en ella Jipijapa, Portoviejo, Montecristi, la Gran Colombia cobra un tributo de la guerra y, si no pagabas, el Estado gran colombiano se llevaba la tierra (…) los manabitas rancheros, granjeros, jornaleros recogieron el dinero para pagar el tributo y la tierra se convirtió en tierra de los manabitas, por eso, antes si ibas al campo y encontrabas un plátano, lo podías cortar sin pedir permiso, porque la tierra era de todos. Y así a lo largo del tiempo, en un proceso, se fue forjando esa identidad”, relata Sánchez.

La lectura de Sánchez es que en la cultura manabita la mujer es para el hombre tan suya como la tierra. “No tanto lo mío como pertenencia, sino como parte de mí, de mi familia. La mujer hace todo, tiene a los hijos (la semilla), recoge la cosecha; el hombre manabita que es orgulloso, que no se deja humillar, no puede permitir que su mujer o su hija sean ofendidas, y de ahí la violencia, la venganza. Apunta que no hay que olvidar que el europeo que llegó a América y que generó descendencia era un hombre violento. Sánchez agrega que el caso de Ramoncito representa una ruptura, en el modelo tradicional, ante una afrenta como los cachos.

 

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Literatura

En la tradición oral hay muchas líneas dedicadas al macho que infla el pecho por el número de mujeres que tiene, el don de mando en su casa y su bravura. Ángela Zevallos, promotora cultural, apunta que en los amorfinos, concretamente en el contrapunto (respuesta en verso) se pone de igual a igual a hombres y mujeres. “Muchísimas mujeres tienen en su repertorio versos chocantes, como los cuenteros naturales les dicen, que le dan muy duro a los hombres”: “La mujer que quiere a dos/ no es tonta sino advertida/ si una vela se le apaga/ la otra queda encendida”.

En mayo la policía lanzó una campaña denominada Manabí libre de violencia in-trafamiliar. La estrategia es que veintisiete radios transmitan amorfinos cuyo contenido llama al respeto, a dejar atrás el machismo, a prevenir los femicidios.

La poeta Yuli Marcillo, nacida en Chone, escribió No debería haber mujeres buenas, un poemario que fue directo al ego del mujeriego: “No debería haber mujeres buenas./ No debería haber vaginas frescas./ Tus hijos saben que bebes de otra leche/ pero te dicen te amo./ Yo no. (…) Tu machismo ya no me entra por las hendijas (…)”.

Femicidios y silencios

Mientras trabajo en esta crónica pienso en la mujer que mataron en mi vecindario el 11 de octubre del año pasado, a las siete de la noche. Se llamaba Digna Cuellar. Nunca la conocí. La primera vez que supe de ella fue justamente la noche en que murió. Su esposo, Freddy Mera, la apuñaló por la espalda y luego se lanzó de la terraza de un segundo piso. Sobrevivió. Fue a prisión, el 24 de enero lo encontraron colgado.

Al siguiente día del crimen, el Mercado Central de Manta, donde laboraba el esposo en un puesto de legumbres, se silenció. No se suspendieron las actividades, no. Lo que se autoimpuso fue un insoportable mutis. La prensa publicó que Digna le había manifestado a su marido la decisión de divorciarse y que ambos eran muy religiosos. Este fue uno de los diez casos de femicidio ocurridos en Manabí durante 2016.

Pienso en la historia de violencia que habrá vivido mi vecina y del relato que no podré reconstruir directamente de sus labios.

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Elisa espera que la violencia haya terminado en su vida y en la de sus hijos. Ellos necesitan atención psicológica.

Pienso en Elisa, de 38 años, que el sábado 28 de mayo, en Montecristi, estuvo 45 minutos como rehén de su esposo, quien la retuvo con un cuchillo en el interior de la casa que compartían. Ese día, a las cinco de la mañana, Emilio Álava empezó a tirarle piedras a la vecina y hasta le lanzó un pico. “Me decía que era una sapa, porque siempre defiendo a Elisa, si no me aparto, quizás me mata con el pico”, relata Jessy G. Ella hizo uso del botón de pánico que activó en su celular y llegó la policía. Emilio escapó. Cuando la policía se marchó, el agresor regresó y empezó a golpear a su esposa. Ella salió de casa y afuera él la amenazó con golpearla con dos piedras si no ingresaba a la vivienda. Elisa accedió. Adentro él tomó el cuchillo y amenazaba con clavárselo, si los policías no se retiraban. En el operativo policial intervinieron aproximadamente 60 efectivos, entre agentes y miembros del Grupo de Intervención y Rescate. Emilio fue detenido y enfrenta cargos por el delito de intento de femicidio. El fiscal Pedro Pihuave tomó el testimonio anticipado.

 

A los femicidios ocurridos en Manabí se suman más de 800 denuncias por violencia en el entorno familiar.

Elisa narra que su esposo salió de la cárcel el 7 de febrero de este año, que estuvo preso durante siete meses. El año pasado cuando por otro problema con un vecino llegó la policía a detenerlo, este tomó como rehén a uno de los hijos de ambos, un niño de once años. En aquella ocasión usó un machete. Ella menciona que no puso la denuncia por temor: “Siempre me amenazaba, decía yo nunca me voy a quedar en la cárcel (esta es la vez decimocuarta vez que va a prisión), voy a salir y, si me denuncias, te haré picadillo”.

Pero la historia de violencia de Elisa no empezó en 2016, lleva diecisiete años. Cuenta que sus padres son ecuatorianos y migraron a Venezuela. Allá nació ella. Cuando cumplió diecisiete años llegó al Ecuador, se enamoró de Emilio y se unió a él. Todo iba normal hasta que su familia regresó a Venezuela. Ella se quedó sola y sin papeles de ciudadanía, los obtuvo hace diez años. Su esposo empezó a maltratarla, en cada agresión le recordaba que no tenía a quién recurrir, que no existía. Elisa tiene tres hijos, todos menores de edad, trabaja en una fábrica que procesa pescado. Nunca han recibido aten-ción psicológica. Para entrevistarla le pido que hablemos lejos de los niños. Dice que no tiene sentido, que ellos saben, ellos han bebido de la violencia desde la cuna.

Voy por todos lados preguntando, y preguntándome, cómo es posible que un hombre que amenaza con un machete a un niño, a su propio hijo, que lo hace delante de policías, aun cuando la madre no puso la denuncia, sale a los siete meses de la cárcel. La respuesta es que el año pasado se lo procesó por “ataque-resistencia”, no por intento de homicidio.

Nancy Hidrovo, jueza de violencia, menciona que el problema del femicidio está ligado al machismo, al delirio de propiedad del hombre sobre la mujer. Esa creencia de que el cuerpo de la mujer le pertenece. Ella se sorprende de que un hombre que atentó contra un niño haya estado solo siete meses preso. Dice que desconoce el caso, pero que lo correcto es que sea revisado, que falta sensibilidad en muchos funcionarios a la hora de administrar justicia. También dice que ya es hora de desmontar ese falso orgullo manaba del macho, que hay muchas cosas de las que uno puede sentirse orgulloso en esta tierra, pero que del machismo hay que avergonzarse.

Freddy Solórzano, editor de diario La Marea, dice que obviamente en los femicidios está, por lo general, implícito el machismo. Pero a él no termina de convencerle el término femicidio. Cree que no debería hacerse esa distinción en los crímenes: “Y cuando se mata a un hombre, ¿cómo le decimos?” La Marea es el diario más vendido de Manta, si algo lee el ciudadano común, es justamente este diario.

Antes de sentarme a escribir llamo a una amiga feminista y le cuento que trabajo en un tema sobre las pasiones, la identidad y los femicidios. Ella me advierte que no vaya a caer en el común de la prensa de decir que se mata por celos o por amor. Es peligroso, recalca. Me reviso, no solo en cómo escribo, sino en cada tara inconsciente.

El 7 de junio voy por las calles de Portoviejo y escucho en la radio de una camioneta el reporte de un femicidio; un hombre de 40 años mata a una joven madre y se suicida. Muere con su bebé en brazos, es el sobreviviente. Los policías también lloran. Le pido al conductor que por favor le suba el volumen a la radio para tomar apunte. Él nota mi indignación y dice para calmarme: “pero ahí relatan que es por líos de amante”. Una semana después (el 15 de junio) un enfermero de Portoviejo asesinó a sus hijos al inyectarles diferentes tipos de medicamentos, después intentó suicidarse. El crimen conmocionó a Manabí, las autoridades decretaron tres días de duelo y que al padre pudieran condenarlo a 40 años de cárcel. En todos lados se habla de esto. En una casa escucho a mujeres lamentar la muerte de los niños y en sus argumentos culpar a la madre: “Dicen que él le pagó hasta las chichis y ella se puso bonita para otro”.

Sociedad-5Ni Una Menos es un grito colectivo contra la violencia machista. Surgió de la necesidad de decir “basta de femicidios”, porque cada treinta horas asesinan a una mujer solo por ser mujer, Argentina.

 

 

En las redes sociales no hay mesura, hay morbo, hay insultos, hay rechazo, hay condena, y en esto lleva la peor parte la madre. Freddy Solórzano, el editor de La Marea con quien días antes hablé sobre machismo y femicidio, escribió en su cuenta de Facebook: (…) “No nos engañemos, esto no es más que la vieja historia del machismo del que tam-bién soy hijo (…). Ella no inyectó la sustancia que los mató, pero está condenada por los amigos de Facebook. Cambiemos los roles: si ella hubiera matado a los niños porque su marido le fue infiel, en las redes al adúltero le hubiesen escrito los sentidos pésames y de la traición apenas se escribiría algo (…)”.

Cinco femicidios en lo que va de 2017, ¡Carajo! Hay que parar esto. La violencia es nuestro pan del día, tan a la orden en Manabí como el plátano y la salprieta.

 


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