La vida vertical de Felipe Proaño Iturralde.

Por Marcela Ribadeneira.

Fotografías Nicolás Dávalos / Juan Reyes / Cortesía.

Edición 424 / septiembre 2017.

Muchas cosas le pueden pasar a una persona que va por la vida escalando paredes de roca. Felipe Proaño Iturralde, un montañista de tomo y lomo que, pese a su juventud, tiene ya mucha experiencia, nos cuenta cómo se ve el mundo desde esa extraña y sorprendente posición, entre el cielo y la tierra.

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La tormenta lo sorprendió cuando esta­ba agarrado a una pared de roca congelada, a 600 metros de altura. Era mayo de 2016 y Felipe Proaño Iturralde y un compañero de escalada rapelaban para descender desde la cumbre de The Stump, en el glaciar Ruth de Alaska, cuando escucharon los truenos a sus espaldas. Sus cuerdas de seguridad se habían atascado y ya no podían usarlas como soporte para bajar o subir por la pa­red.

Quedaron inmovilizados sobre ese gi­gantesco pedazo de hielo toda la noche: bajo la tormenta, sin provisiones y expuestos a temperaturas menores a los veinte grados centígrados bajo cero. Felipe sentía miedo, y mucho. También el impulso de encontrar una solución, pues si no hacían algo, segu­ramente morirían congelados. Decidieron arriesgar el pellejo y trepar sin cuerdas por la roca resbalosa cerca de veinte metros, esa era la única forma de llegar hasta el punto de atasco y desatar sus cuerdas para poder descender. Los bloques de hielo que se des­prendían de la pared eran del tamaño de un Volkswagen escarabajo. “Cuando tocaban el suelo —dice Felipe— explotaban como una bomba”. Bajar les tomó catorce horas; el do­ble de lo que les había tomado el ascenso. De vuelta en el campamento base, vieron que toda el agua que habían llevado para abastecerse estaba congelada. Ellos estaban bastante maltratados, pero sanos.

“Alaska nos dejó partidos —dice Felipe—. Pero lo­gramos llegar a la cumbre, logramos vivir la pared”.

Desde niño sintió que su vida cobraba sentido en las montañas. Felipe es quiteño, tiene veintiocho años y practica montañis­mo y escalada en roca desde los quince. Es­tudió la secundaria en el valle de Tumbaco, rodeado de algunos de los picos andinos más altos de la zona. Cuando los veía, a través de la ventana del bus escolar, con sus cumbres bañadas en nieve y sus facciones afiladas, sentía el impulso de trepar, como si las montañas estuvieran ahí solo para eso. “Las montañas me llamaron —dice—. Em­pecé a subir las fáciles, luego las más difíci­les, el Cotopaxi y el Cayambe”. Felipe se es­pecializa en la escalada de grandes paredes.

Una gran pared supera los 400 metros de altura y su ascenso toma más de un día. Una expedición tan larga demanda una re­sistencia física impresionante. También im­plica tener que pasar la noche allí. Significa tener que dormir, comer e ir al baño mien­tras se está suspendido de la roca, sobre cientos de metros de vacío. Significa que las funciones biológicas se convierten en actos de equilibrismo. “Es hacer todo lo que uno hace en la vida horizontal —dice Felipe—, pero en la vida vertical todo se vuelve tres veces más complicado”. Para dormir, por ejemplo, se usan sleepings y hamacas espe­ciales que cuelgan de la pared, y que se pue­den conseguir en modelos con o sin techo, de una o dos plazas. Claro, estos equipos se instalan siguiendo normas de seguridad es­trictas para reducir riesgos, como el de ser golpeado por un trozo de roca o hielo que se desprenda de la pared. “Todo el mundo dice ‘Qué bestia, qué difícil dormir en una pared, yo no podría’ —dice Felipe—. Pero a la final estás tan cansado que duermes fresco”.

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En cuanto a la comida, las barras de energía de larga duración son reglamenta­rias, y es necesario empacar ligero y según la temporada. “Si es invierno, vas a nece­sitar la bola de calorías. Tienes que llevar algo para derretir la nieve y obtener agua, como un Jetboil, que es una cocineta que se cuelga —dice Felipe—. Si es verano puedes llevar pedazos de pizza y sándwiches”. Para subir esas provisiones hay varias técnicas. Si se escala en estilo siege, la pared se ataca por partes. Se sube primero un tramo y se fijan las cuerdas en la roca. Luego, con la ayuda de poleas, se izan los petates con las provi­siones. Al día siguiente se ataca la siguiente porción de pared.

“Ir al baño” —mientras se está adhe­rido a la roca— involucra más protocolos que dificultad. Los primeros dependen del lugar donde se escale. Por ejemplo, en Yosemite, California, la norma indica que no se puede arrojar nada. Cualquier sólido que caiga desde cientos de metros de altu­ra puede lastimar a alguno de los cientos de turistas que visitan el parque nacional. Por eso, los escaladores empacan todos sus desechos, los llevan consigo hasta la cum­bre y los descartan a la vuelta. En cambio, en lugares distantes y vastos como Alaska, los escaladores pueden hacer sus necesi­dades biológicas de manera más libre. “El lugar es tan remoto —dice Felipe—, que un impacto de desechos humanos no es tan grave”.

Llevar a cabo esas tareas cotidianas a gran altura no es lo más peligroso de la vida vertical. No es, en todo caso, lo que le qui­ta el aliento a Felipe. La acción de escalar —de usar las manos, los pies, los brazos y las piernas para moverse y avanzar sobre la roca— es donde se encuentra el verdadero placer, el éxtasis. Pero también donde está el peligro. Felipe lo tiene muy claro.

El Iliniza norte (5 126 m) está al suroes­te de Quito y, según algunas fuentes, es uno de los dos picos en los que quedó partido el volcán Iliniza después de una erupción an­tigua. En 2006, durante una expedición a su cumbre, Felipe se rompió un pie en catorce pedazos. Le tomó tres años poder volver a escalar, entre los diecisiete y los veinte. Hoy está completamente recuperado y tra­baja como guía freelancer de montaña en el Ecuador y Estados Unidos (Colorado y Alaska). Su principal auspiciante es The North Face, que no es decir poca cosa. Si el fútbol tiene Adidas o Nike, los deportes de aventura tienen The North Face. Su cu­rrículum de ascensiones incluye paredes de roca como La Esfinge (850 m, Perú), The Hulk (500 m, California), The Diamond (450 m, Colorado), el cerro Trinidad (1 000 m, Chile) y Mt. Barrille (800 m, Alaska).

Aventura-4Felipe se inició en la escalada usando rutas que fueron abiertas por una gene­ración anterior de deportistas. Rutas que fueron descubiertas porque alguien bus­có y encontró una pared virgen y decidió escalarla. Porque en ese proceso alguien regó las migajas —los anclajes que se insertan en la roca y donde se aseguran las cuerdas— para que quienes vinieran después encontraran el camino a la cima. Este es el otro componente esencial del llamado que siente Felipe, quiere dejar a la comunidad ecuatoriana de escaladores su propia contribución y promover al país como un destino para el deporte de aven­tura; específicamente para la escalada en roca, un nicho todavía pequeño que, se­gún Felipe, está creciendo. Un paso para lograr estos objetivos fue la publicación, el año pasado, del libro Rutas de escalada en Ecuador (Vol. 1 Zona oriental de Qui­to).

Esta guía explica en qué puntos se puede escalar, qué equipos se requieren, qué permisos, cuál es la dificultad de las rutas, qué tan divertidas son, e incluye las descripciones técnicas respectivas, en los sistemas norteamericano y europeo. “Quiero dejar un legado para las siguien­tes generaciones —explica—. Siento que es mi deber”.

A finales de este año, Felipe presentará un segundo volumen. Más adelante vendrá un tercero. Estos, al igual que la primera en­trega, serán publicados por el sello editorial creado por él mismo, Todo Suma, y se ven­derán en librerías, gimnasios de escalada, tiendas de equipo y por medio de Amazon para Estados Unidos y Europa. “Quería que un turista extranjero o local pudiera tener un producto tangible ‘Ecuador’, no un fo­lleto, sino un libro bien estructurado —dice Felipe—. Y que así empezara a rodar el mo­tor de la escalada; quería crear un efecto dominó con el libro”. Con una comunidad local que no está organizada ni regulada como las de otros países —la escalada en roca no es un deporte federado—, los libros de Felipe bien podrían ayudar a que ese efecto dominó se genere.

Felipe supo que la suya sería una “vida vertical” en 2013. Había llegado a la cima de El Capitán, en Yosemite, después de tres días de atacar su superficie de granito de más de 900 m de altura. Desde ahí, los mastodónticos árboles que tapizan el par­que nacional parecían brotes de hierba. El mundo estaba a sus pies. De todos modos, la euforia inicial dio paso a la duda. “Mi sueño de toda la vida había sido subir esa pared —dice—. Apenas llegué a la cumbre, la primera pregunta que vino a mi cabeza fue ‘¿Y ahora qué? ¿Ahora cuál toca?’”

Ahora lo sabe. Después de una pared, siempre viene otra, más alta, y otra, más difícil, y otra, que presenta más desafíos fí­sicos y mentales. Desafíos como no dejarse paralizar por la idea de no volver a ver a las personas que uno quiere o de no volver a casa nunca más. Cada ascenso que hizo en su vida, junto con todo desafío sorteado en el entrenamiento diario, fue un peldaño que lo acercaba a su próxima gran expedición: la cordillera de los Llanganates, donde está la que —para él— es la pared de paredes. Esta pared nunca fue escalada por nadie y Felipe quiere que la primera persona que la escale sea un ecuatoriano. Por supuesto, él quiere ser ese ecuatoriano. Cree que ese es su destino.

El Parque Nacional Llanganates está sobre casi 220 mil hectáreas de bosques nublados, páramos, lagunas, ríos y escar­padas paredes de roca, Aventura-3que se extienden por las provincias de Napo, Pastaza, Coto­paxi y Tungurahua. Su topografía es extre­madamente irregular; es un lugar bastante inhóspito. Durante la ocupación inca, se practicaba allí la minería y existía un cen­tro ceremonial importante. Según un mito popular entre los ecuatorianos, Atahualpa, soberano del Imperio inca cuando los es­pañoles llegaron a América, ofreció tone­ladas de oro a Francisco Pizarro a cambio de su libertad. El encargado de entregar ese tesoro fue el general Rumiñahui, quien lo escondió en los Llanganates cuando supo que el español había ordenado la muer­te de Atahualpa, violando el acuerdo. En 2013 Jorge Anhalzer —fotógrafo conocido por las imágenes del Ecuador que captura desde su avión ultraligero— le dio a Felipe una foto que había tomado cuando sobre­volaba el parque. En ella se veía una pared de roca de aproximadamente 600 metros. “Desde 2013 he venido juntando las partes para poder hacer esta expedición —dice Felipe—, y viendo con quién voy a ir y qué necesito, además de la experiencia perso­nal”.

La expedición, bautizada como Inca Gold, se realizará antes de que termine 2017, durará cerca de un mes y será lide­rada por Felipe. Lo acompañará el ultra­popular explorador y escalador estadouni­dense Mike Libecki, quien fue nominado dos veces a los Piolet de Oro, los premios Óscar del montañismo, entregados en Francia por el Groupe de Haute Montag­ne y la revista Montagnes. “Ningún ser humano estuvo en ese lugar del planeta antes —dice Felipe—. Vamos a intentar, por primera vez, escalar la ruta vertical de esa pared”. Sin embargo, los costos de este first ascent (primer ascenso) son ele­vados, unos 70 mil dólares más o menos (entre logística y equipos, incluidos viajes en helicóptero para llegar al punto de esca­lada). “Para nosotros es un billetazo —dice Felipe—. Todavía estamos abiertos a aus­piciantes y colaboradores”. Mediante una alianza con la productora neoyorquina Left/Right.TV, la expedición será filmada y “empaquetada” en un documental o en una serie de seis o nueve capítulos. Se es­pera que la producción terminada salga al aire en 2018. “Cuando escalas una pared de mil metros, no sabes qué vas a encon­trar arriba. No sabes si es que hay peligro de muerte, pero igual vas —dice Felipe—. Lo mismo es con el mito de Rumiñahui: ¿qué pasaría si realmente hubo el tesoro? ¿Qué pasaría si hay alguna evidencia ar­queológica? ¿Qué pasaría si no hay? Esa incertidumbre es la que me llama”.

Además de llevar a cabo la expedición Inca Gold, de publicar más libros sobre de­portes de aventura y de mostrar el Ecuador al mundo mediante sus proyectos, Felipe quiere escalar paredes como las Torres del Trango, en Pakistán, y el cerro Torre y el monte Fitz Roy, en la Patagonia. “Yo no soy una persona que tiene el mejor sueldo ni el mejor carro, nunca voy a tener ese tipo de cosas —dice Felipe—. Pero valoro mucho más lo vivido que el dinero. Con este giro de querer mostrar al Ecuador, podemos ge­nerar realmente un cambio. Eso por el lado comercial, pero yo escalo por mí. No escalo para que el mundo me vea escalar, yo escalo para ver el mundo”.


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