“Escribir es como ahogarse”.

Por María Fernanda Ampuero.

Fotos Cortesía.

Edición 424 – septiembre 2017.

Nefando, da

Del lat. nefandus.

1. adj. Indigno, torpe, de lo que no se puede hablar sin repugnancia u horror.

 

Literatura--1La portada de Nefando, la segunda no­vela de Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988), es la foto de una niña bajo el agua. La imagen no es en absoluto plácida, como no lo es tampoco su obra.

Cualquier adjetivo para describirla, incluso el más brutal, sería aplastado como una migajita entre el pulgar y el índice de su escritura. Tal vez por eso la autora bautizó su novela con una descrip­ción, para que los demás, los lectores, no tuviéramos que intentar sacar algo de esa garganta seca y lastimada —como si te hu­bieran obligado a tragar un desierto— que queda tras leerla.

 

No se puede hablar, no, de lo que cuenta: la historia grupal de unos amigos que crean un videojuego sobre violaciones a niños y pornografía infantil y la historia individual del origen del horror: las experiencias en las que se basan para crearlo. La escritora nombra lo innombrable, su novela se queda pegada a la memoria como si nos hubiese marcado con hierro candente, como al ga­nado. La metáfora del mundo animal no es gratuita: hay un momento en el que, para seguir leyendo, tienes que aullar.

 

Mónica Ojeda es muy joven y muy linda. Su imagen —sonrisa de armonio­sos dientes blancos, pelo largo y negro, raya en medio, ojos achinados bajo unos lentes cuadrados, poco maquillaje, ropa neutra— no tiene ninguna estridencia en su físico, tampoco en su voz pausada, de académica. Lo espantoso, lo estridente en Mónica es su literatura. Es el agujero por el que asoman todos los alaridos del mundo.

 

Tomamos algo en Madrid en el primer bar que encontramos. Resulta ser un after­hours en el que suena el Back to Black de Amy Winehouse. En el sitio, aniñado, caro, minimalista, son expertos en cócteles y hay todos los alcoholes del mundo, pero Móni­ca Ojeda pide agua.

 

—¿Qué se siente escribir algo como Nefando, una historia tan brutal sobre la pedofilia, la pornografía infantil y la heri­da que este daño causa para siempre?

—Una gran intensidad. No quiero decir que es algo que te desmorona porque sería lo contrario a haberla escrito. El desmoro­namiento es algo que te deja sin palabras y, sí, pude escribirla. Tal vez porque yo no he vivido la experiencia de las violencias que aparecen allí en carne propia, yo he sido una especie de testigo, que no es lo mismo.

—¿Cómo te surgió la idea?

—Yo buscaba explorar cuáles son o de qué manera palabramos experiencias que son psíquicas y que son corporales también. Es decir, traumas que son de la mente y del cuerpo: el cuerpo como un lugar orgánico donde también hay memoria y cómo hay una necesidad de todos los seres humanos de convertir ese cuerpo en algo que quiero entregar a otro. Quiero decir, aunque tenga llagas o tenga hematomas, quiero que al­guien lo vea, que lo explore y también que vea su daño. Es muy frustrante cuando esa conexión no se puede establecer, cuando no eres capaz de compartir tu experiencia corporal y psíquica. Todos estos son pro­blemas del lenguaje. ¿Cómo llevar lenguaje a algo que es material? Las experiencias son intransferibles, pero tratamos de utilizar el lenguaje para imaginar lo que otro siente y, a veces, hay un hilo mágico que me dice que me estoy comunicando contigo y que he roto el abismo que hay entre tú y yo.

—Dices lo indecible: el abuso sexual a menores.

—La experiencia de escribir Nefando me ayudó a superar ciertas obsesiones re­currentes que tenía con el tema: ¿por qué personas que yo conocía sentían que no podían establecer un nexo con el mundo? Y mientras estas personas se quedaban más sin habla, más sin lenguaje, se volvían más aisladas, más destruidas. Escribir fue esa exploración. No creo que tenga muchas respuestas de cómo logro conectarme con alguien, pero sí de cómo la vida es una pelea con la palabra para tratar de abrazarte con alguien.

—¿Crees que has resuelto esa obse­sión?

—No sé si está resuelta, pero ya no me genera ansiedad. Normalmente sale una novela o sale un poemario cuando ten­go momentos de ansiedad muy elevados, obsesiones, pesadillas en torno a determi­nadas cosas con escenas muy vívidas. En­tonces me pregunto: ¿por qué tengo pesa­dillas con esto? Escribir es un ejercicio casi psicoanalítico que hago conmigo misma: tratar de entender por qué esto me preocu­pa o me duele tanto. Escribo para tratar de resolverlo y a veces se resuelve pero no con una respuesta, sino en el mismo ejercicio de haberlo pensado tanto hasta que está des­gastado.

—Hablas de una escritura que no ge­nera placer alguno.

—Escribir es como hundirte en el agua, como la niña de la portada del libro: se está ahogando. Para mí escribir es ahogarse. No es una experiencia cómoda, pero la necesi­to para después poder salir y respirar. Res­piro cuando he terminado de escribir.

—¿Qué se siente dejar tu obsesión en manos de los lectores?

—Me pone muy nerviosa porque esta es una novela en la que yo expongo mucho lo que soy. No literalmente, no soy un per­sonaje, pero hay una parte mía muy íntima, así que cada vez que alguien la lee siento que está mirando dentro de mí y eso es aterra­dor y te hace sentir muy frágil. Ahora ya es un texto que está circulando y las personas dirán lo que quieran decir, pero será muy fuerte para mí escuchar determinados co­mentarios: desentraña armarios dentro de la narrativa de mi vida, de cómo me narro a mí misma. Esos armarios siempre están cerrados y en Nefando yo he abierto por lo menos un armario, hay cosas allí que a mí me ha costado ver, trabajar, me han hecho sufrir mucho y me alegra haberla termina­do, y ya no tener que estar todo el tiempo mirando dentro de ese armario.

—¿Cómo fue bajar a ese sótano mons­truoso, el de la pornografía infantil y en­trar al infierno de la deepweb (una Inter­net dentro de Internet donde están los contenidos y los servicios ilegales)?

—Yo entré a la deepweb teniendo claro que no iba a intentar ver un video de porno­grafía infantil, no solo porque es delito, sino porque no sentía que fuese capaz de sopor­tar eso, pero sí estaba interesada en algo que para mí era incomprensible: ¿cómo es el lenguaje de las personas que hacen este tipo de cosas? No quería trabajar este tema con banalidad y hacer de las personas que cometen estos crímenes unos monstruos deleznables sin otras facetas, porque no es así; de hecho, eso es lo espantoso. Nece­sitaba saber qué es lo que hacen y lo más cercano que tenía era la deepweb. Entonces entré a los foros abiertos donde no circula material, pero sí narrativas de lo que ocu­rre, experiencias narradas como historias. En estos foros hay listas de clásicos que fue algo que a mí me… este… (hay un largo si­lencio). Para mí fue muy duro porque era una lista donde se mencionaban videos clá­sicos de pornografía infantil que habían cir­culado ampliamente por la deepweb, mucha gente disfrutaba de ellos y los consideraba buenos videos en su idea perversa de qué es un buen video de pornografía infantil. A mí me sorprendió mucho la forma en la que estaba escrita la lista. Esta persona de­cía pasa esto y pasa esto, como si estuviera enumerando los ingredientes de una ham­burguesa: tomate, lechuga… Eso me pareció tan brutal… pensar que hay personas que saben que su agresión sexual fue subida a Internet, o sea, no es solo que te violó tu pa­dre o te violó tu madre, sino que muchas personas fueron partícipes de tu agresión. No estuvieron allí, pero si lo ves y lo dis­frutas… son todos estos mares de ojos mi­rándote. Justo después de leer eso tuve una pesadilla: estaba en un lugar muy oscuro y, como en las caricaturas, se abrían ojos por todos lados. Hablo de la agresión del mirar, de que tu daño sea un espectáculo para que otros disfruten. Creo que verlo me ayudó a sentir aún más empatía por personas en mi vida que estuvieron cercanas a ese tipo de situación.

—¿Cómo se siente una al caer en cuen­ta de eso?

—Miserable. Sé que es ilógico porque soy un ser humano limitado, mi imagina­ción y mi empatía son limitadas, pero darte cuenta de tu limitación puede hacerte sen­tir abrumadoramente miserable.

 —En España, Nefando ha sido recibi­da con admiración por tu enorme talento para contar lo inenarrable, ¿has pensado cómo va a leerse en el Ecuador?

—No y no quiero pensarlo tampoco (ríe). Me alegra que mi familia normalmen­te no lee nada de lo que escribo (ríe más). No sé cómo se vaya a tomar, espero que el efecto de la lectura sea más importante que una temática escabrosa, porque escabroso es el mundo no un libro. Esto de aquí no es nada en comparación con lo que hay ahí afuera. El efecto de la lectura me gustaría que fuese lo que fue para mí: que sea un momento para no evitar lo escabroso, lo que todo el tiempo la gente está tratando de hacer porque con ello reducimos nues­tra empatía. Decimos “me siento muy triste porque a esta persona le ha ocurrido esto”… No, no es verdad, no sentimos la tristeza del otro ni estamos remotamente cerca de sentirla. Me parece que el arte, no siempre, pero a veces, puede ser una plataforma para tratar de extender nuestra empatía, de vol­verla más grande.

 —¿Cómo afectó a tu día a día el proce­so de escribir algo así?

—Toda persona que escribe lo primero que va a tener que hacer es pensar por qué está escribiendo. Tal vez por reconocimien­to, porque quiere que alguien lo mire con buenos ojos, no sé, hay que pensar cuál es el móvil: ¿lo hago porque me gusta pensar en el mundo y esta es mi manera de pensar en el mundo? Todas estas respuestas, que son varias e infinitas, dan como consecuencia la literatura particular de un autor. Yo me pregunté por qué someterme a encerrarme a escribir y sentirme mal, cerrar la puerta a mi familia, estar menos tiempo con mi marido, a quien amo, ¿por qué? La respues­ta fue porque necesito superar mis propias oscuridades. Yo me comparo mucho con mi marido y siento que él es un lugar de luz y yo soy uno mucho más opaco, así que siento que me saneo escribiendo: expulso cosas negativas, que me atormentan y que me hacen muy infeliz. Además, la escritura permite que el caos que tengo en la cabeza de repente tome una forma y ya con eso, por fin, respiro.

 Literatura--2—¿Fue la editorial española Candaya tu primera opción?

—Cuando terminé la novela, mi ma­rido me dijo: “¿No crees que esta novela quedaría bien en el catálogo de Candaya? Mándasela”. Yo no tenía esperanzas de que la leyeran, sé que es difícil acceder a las edi­toriales. Además, unos años antes a Canda­ya les pregunté que si recibían manuscritos y me dijeron que no. Que ellos hayan leído mi manuscrito ha sido una cadena de bue­na suerte. Los escritores Jordi Carrión y Juan Villoro, profesores del máster que hice en la Universidad Pompeu Fabra de Barce­lona, me recomendaron para la antología de Emergencias. Doce cuentos iberoameri­canos de Candaya, aunque no sé por qué, porque yo no escribo cuentos y el único, el publicado, lo había escrito para la materia de Villoro. Pero a partir de ahí quedé vin­culada con Candaya y ellos apuestan por gente cuya escritura conocen.

—Al verte así, tan serena, cuesta ima­ginarte pariendo algo como Nefando. ¿Prejuicios?

—Yo soy una persona reservada, pero en mi literatura no quiero ser reservada. Si no escribes de forma auténtica, no tiene sentido escribir. Hay que escribir sin miedo o asumiendo el miedo, sabiendo que lo que las personas van a leer no será algo que les guste. Si haces una escritura de limpieza, eso ya no es auténtico, eso es impostura y no puedes trabajar desde ahí. Tienes que aceptar lo que eres: con tus ideas repulsivas y tus ideas generosas. No pensar que allá está el monstruo, sino que a lo mejor las co­sas monstruosas están en ti.

—Es un acto de gran valentía pronun­ciar todas las palabras.

—El tema de empoderarse del lenguaje es muy necesario. Hay un texto de Luisa Valenzuela, La mala palabra (“Las niñas buenas no pueden decir esas cosas; las se­ñoras elegantes, tampoco, ni las otras”) en el que habla de cómo a las mujeres se nos ha enseñado que está mal que digamos de­terminadas palabras. Nos están vetando un espacio del lenguaje y también un lugar en nuestro cuerpo que es lo que arrojamos al mundo. Para mí fue muy satisfactorio rom­per esa represión lingüística. Es tan impor­tante que la literatura sea verdadera. No que diga una verdad, sino que sea verdade­ra, para que exista de verdad ese abrazo con otra persona a través de la palabra. Al escri­bir no eres hija, esposa, hermana, profeso­ra; esos son títulos de la identidad que te vas poniendo: lo que eres en estado descar­nado es otra cosa. Las palabras que no pue­de decir la hija, la esposa, las puede decir ese ser desnudo, ese que dice: “si esto es lo que yo quiero escribir, ¿por qué hacer otra cosa?.”


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