“El estrés es el peor enemigo sexual de las parejas”.

Por Jaime Porras Ferreyra.
Fotografía Cortesía Universidad Concordia.
Edición 425 / octubre 2017.

SexualidadJames Pfaus, profesor de psicología y neurociencias en la Univer­sidad Concordia (Montreal, Canadá), ha dedicado su carrera a comprender los mecanismos cerebrales relacionados con el sexo.

 

 

James Pfaus es una de las referencias mundiales en neuroquímica sexual. Sus investigaciones, principalmente con roe­dores, han llamado la atención de la esfe­ra académica (The Journal of Comparative Psychology, The European Journal of Neu­roscience, The Journal of Sexual Medicine) y de otros públicos (The New York Times, Playboy, Newsweek). Nació en Estados Unidos y se afincó en Montreal desde 1992. Pfaus tiene como principal meta que sus trabajos ayuden a mejorar la vida sexual de millones de personas.

Además del magne­tismo que provocan sus temas de estudio, el científico proyecta carisma por su gusto por el rock, su forma de hablar sin rodeos y su mordaz sentido del humor. Mundo Di­ners entrevistó a James Pfaus en su labora­torio de la Universidad Concordia.

 

—¿Por qué trabaja principalmente con ratas?

—La neuroquímica de las ratas es idéntica a la de los humanos. Hay muchas cosas que no puedo hacer con gente por razones éticas, especialmente analizar con detenimiento cómo actúa el cerebro. Con las ratas puedo mirar directamente los ni­veles de serotonina y dopamina. En huma­nos ves áreas que se activan y a partir de ahí puedes hacer suposiciones. Podemos hacer con ratas mucho más que suposi­ciones para conocer cómo funciona el ce­rebro en cuanto a deseo, excitación, placer e inhibición. Todo esto va más allá de ver a animales teniendo sexo. Las ratas tienen su estilo y los humanos el suyo, pero las dinámicas son virtualmente idénticas. El comportamiento entre machos y hembras es sumamente parecido al de nosotros. Es sorprendente. Por ejemplo, si una rata ma­cho insiste mucho y la rata hembra no está interesada, ella se interesará en otra rata macho. Hablemos del orgasmo: está vincu­lado en ratas y en humanos con las mismas sustancias. Pensamos siempre en la activi­dad sexual de los animales únicamente con fines reproductivos, pero buscan también el placer. No hay duda al respecto.

—¿Es el estrés el peor enemigo de las noches tórridas en la cama?

—Sí, el estrés sexual, y evidentemente que el estrés sobre otras cosas afecta. Todo lo que produzca tensión, que no te haga sentir el momento, es negativo. El estrés interpersonal es el peor enemigo sexual de las parejas. Y si a esto le agregas preo­cupaciones por el trabajo, por los hijos, por dinero, ya podemos conocer el resultado. La inhibición es impulsada por la serotoni­na y el estrés activa eso fácilmente. Pensar que con un chasquido de dedos las cosas se pueden encender entre una pareja es un gran error.

“La sexualidad y la música son los temas que más me interesan en la vida, pero opté por la ciencia y dejé la música como hobby. Nadie me hubiera dado una beca para hacer investigaciones sobre sexo en el só­tano donde ensayaba punk con mis amigos”, afirma Pfaus entre risas.

FUENTE: WWW.ELPAÍS.COM

—¿Qué hay sobre las investigaciones relacionadas con el llamado “viagra fe­menino”? Usted sometió a prueba algu­nos de estos compuestos con ratas.

—He trabajado con varios tipos. Uno que ya está disponible es la flibanserina, conocida como Addyi, y que actúa dis­minuyendo niveles de serotonina para reducir la inhibición. Los otros están en etapas previas, los probamos en mi labo­ratorio y producen lo mismo en las ratas hembras que en las mujeres. Por ejemplo, la flibanserina hizo que el deseo alcanzara, digamos, niveles más normales. No en to­das las ratas, pero las que sí respondieron consiguieron esos niveles, aunque tuvo que pasar tiempo. Otro ejemplo positivo es que la bremelanotida aumentó consi­derablemente el deseo en las ratas. Es el primer compuesto que se prueba primero en animales que en humanos. Estos com­puestos pueden ayudar a incrementar el deseo, pero eso no quiere decir que mejore siempre la satisfacción sexual. Hay proble­mas interpersonales en la pareja y en eso hay que trabajar, dar más atención a las he­rramientas sociales, escuchar más. Está el deseo y también la excitación. Hay varias cosas en juego.

—¿Qué opina sobre las encuestas se­xuales?

—Ayudan porque no puedes hacer pruebas fácilmente con las personas. Es muy difícil mirar a la gente teniendo sexo y evaluar. Yo tengo la ventaja de trabajar casi todo el tiempo con ratas. Incluso si una pa­reja lo permitiese, los resultados no serían los mismos estando solos. Es complicado, claro, aunque hay avances. Por ejemplo, mi colega holandés Marcel Waldinger ha rea­lizado estudios para saber los promedios del tiempo de eyaculación en pleno acto sexual. Esto está abriendo nuevos conoci­mientos.

—Las encuestas indican que un im­portante número de mujeres continúa fingiendo orgasmos. ¿Por qué?

—Es un gran problema. Y hay que de­cir que algunos hombres también lo hacen. Veamos qué piensan los hombres: soy un buen amante porque provoqué un orgas­mo. Con todo esto, los problemas apare­cen. La mujer piensa que si no tiene un orgasmo será muy decepcionante para él, se sentirá mal, recordarán discusiones por el tema. Puede entonces mantener la paz en la relación, no tocar la autoestima del hombre. Y está también el estrés por las ac­tividades en otras esferas. En el caso de los hombres que fingen orgasmos, ellos ven, por ejemplo, como algo muy problemático que su eyaculación tarde tanto. No quie­ren que las mujeres piensen que no son la mejor compañía. La excitación es crítica y todas esas preocupaciones la afectan. Use­mos la imaginación. Muchas parejas tienen muy mala vida sexual y no piensan en mo­dificar hábitos para provocar la excitación.

—Usted realizó experimentos sobre primeras experiencias sexuales en ratas utilizando olores específicos. Uno de ellos lo llevó a cabo con un aroma nau­seabundo. A pesar de ello, muchas ratas prefirieron más adelante parejas con di­cho olor. ¿Es una prueba de que las pri­meras experiencias determinan nuestra futura actividad sexual?

—Absolutamente. Usé aromas porque las ratas no viven tanto como nosotros en un mundo visual. Relacionan los olores de una forma pavloviana. Muchas van a pre­ferir tener sexo con el olor asociado a sus primeras parejas. Esto fue extraño porque las ratas son promiscuas, pero vimos que decidían en función del olor. Las primeras experiencias le dicen al cerebro qué espe­rar. Me refiero sobre todo a esas primeras experiencias placenteras.

—Cito algo que usted declaró hace unos años: “La represión sexual, espe­cialmente en las mujeres, es una abomi­nación que está casi al mismo nivel que el racismo y las desigualdades sociales”. ¿Puede comentar más al respecto?

—Así lo pienso y responderé con un ejemplo: cuando Naomi Wolf, la autora de Vagina: A New Biography, vino a mi labo­ratorio, se sorprendió porque vio que una rata hembra aceptaba contacto sexual con rapidez. Le dije que esa rata no creció es­cuchando que es mala porque quiere sexo. No se siente culpable. Hemos crecido en sociedades donde las mujeres se han sen­tido avergonzadas durante mucho tiempo de sus deseos sexuales. Hay que escuchar nada más a varios republicanos en Estados Unidos: “El sexo es para tener hijos”, “el orgasmo femenino no es necesario para la reproducción”. Es un modelo masculino-reproductivo que causa mucho daño. El sexo en este sentido es orgasmo masculino para el embarazo. Hay un gran problema. Existe mucha confusión y muchas dudas. Esto afecta a todos. La gente no se está di­virtiendo.

—Usted formó parte de un equipo de investigación que descubrió que uno no puede estar realmente enamorado sin de­sear a esa persona sexualmente…

—El cerebro responde de esta manera. Primero tienes deseo. Hay una especie de baile, una sincronía, pero donde está pre­sente el deseo. La gente puede pensar que no hay interés sexual aunque exista. Esto no es necesariamente malo, pero las prue­bas demuestran que funciona de esta for­ma. También vemos que así sucede en ani­males: reducen las distancias con alguien que les gusta. Pensemos en bares, discote­cas, reuniones sociales. Estas cosas pasan ahí. Buscamos facilitar los encuentros. Ahora lo vemos con las aplicaciones en los teléfonos móviles. Hay intereses que se buscan, pero la persona te tiene que gustar. Lo que nos dice el cerebro es que la atrac­ción es lo primero.


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