César Robalino medio siglo en el área de candela.

Por Pablo Cuvi.

Fotografías Juan Reyes y archivo César Robalino.

Edición 426 – noviembre 2017.

entrevista-1César Robalino creció jugando índor en las calles de Guayaquil y es probable que allí, al estilo de Albert Camus, aprendiera muchas de las técnicas que lo iban a con­vertir en una estrella, no de los estadios sino de la política económica del país durante 50 y pico de años.

Kikuyo de primera generación, cepali­no, autor del plan económico del Gobierno Nacionalista Revolucionario de Rodríguez Lara, muy relacionado con la banca priva­da y con el denostado FMI (que para él no tiene nada de diabólico y con el que firmó un célebre convenio) y, hasta hace poco, aguerrido presidente de la Asociación de Bancos Privados, desde donde enfrentó al estatismo delirante de Rafael Correa y logró impedir que abusara del dinero electrónico, a sus lúcidos 81 años afirma que no ha to­mado un Anacín en su vida.

Quizá por ello, con su camisa celeste a rayas y sus carcajadas de mono extro­vertido, se mueve por su amplia y despo­blada oficina del World Trade Center con la soltura de alguien que ha jugado mucho tiempo en las grandes ligas. Para no desen­tonar mi pregunta inicial es un pase-gol al centro del área, que él resuelve de cabeza, por supuesto, pero adornándose con largas y sabrosas anécdotas que por razones de espacio no podrán constar aquí. Ni modo.

 

—¿Cómo es posible que un colega suyo, economista, haya manejado el país como Rafael Correa?

—Este es un ejemplo que ha de ser­vir en las facultades de Economía de todo el mundo para decirles a los estudiantes: esto es lo que no puede hacer un economista, menos aún un presidente economista al ad­ministrar la política económica y financiera de un país.

—¿Por qué gastó tanta plata?

—Es la característica de unos populis­tas irresponsables que sencillamente creye­ron que iba a haber dinero hasta el infinito.

—Que el petróleo iba a subir a 150…

—Exacto. ¿Para qué? Para empujar el gasto público y que los ciudadanos y los empresarios dependan exclusivamente del Estado para sobrevivir y hacer negocios.

—Además de la corrupción: a mayor gasto, más lleve.

—Porque cuando usted tiene un esque­ma de esa naturaleza se abren las puertas a la corrupción. Y no creo que el señor Correa no se dio cuenta, pero estaba obsesionado y enloquecido por el poder y el dinero. Cuan­do yo era joven, recuerdo una manifestación multitudinaria en Guayaquil, en la plaza de San Francisco, cuando Carlos Julio Arose­mena, el vicepresidente, se lanzó un discur­so penetrante, formidable contra el Gobier­no del doctor Velasco y les dijo: “Estos son hombres enloquecidos por el dinero”.

—¿Cómo así oyó ese discurso de Car­los Julio el año 1961, cuando le estaba dando el golpe a Velasco?

—Era un joven estudiante de la Uni­versidad Estatal de Guayaquil, estaba en la manifestación. Yo estudié Economía la mayor parte en Guayaquil, pero se produjo un seminario de planificación organizado por lo que se llamaba la Junta Nacional de Planificación y Coordinación Económi­ca y el director del Departamento Técnico era Germánico Salgado, un extraordinario profesor y profesional. Me conoció y lo in­vité, porque era yo presidente de la Asocia­ción de Estudiantes de Economía, para que diera una serie de charlas; fue a Guayaquil, conversamos y me dijo: “A usted lo quiero en Quito, sería el único guayaquileño que yo tenga en la Junta, venga”. En ese enton­ces yo era soltero, estaba en el último año y Germánico, que era a su vez decano de Eco­nomía de la Universidad Central, me dijo: “voy a facilitar que se traslade”.

—O sea que usted pertenece a la pri­mera generación de kikuyos propiamente dichos.

—Así es, Blasco Peñaherrera nos califi­có así y yo desarrollé una gran amistad con Blasco, que fue presidente de la Junta de Planificación, ahí es donde lo conocí y me dijo que Luis Gómez Izquierdo, ministro de Velasco, quería que fuera su asesor.

—¿Quiénes eran los economistas gua­yaquileños de su generación?

—Ahí teníamos a Carlos Julio Ema­nuel; a Alberto Dahik, no exactamente en el mismo año, pero la misma generación; Leonardo Vicuña, que sigue siendo co­munista, muy romántico, una hija de él es vicepresidenta; Alfredo Mancero Samán, que en paz descansa, otro extraordinario economista, fue ministro de Roldós.

—¿Usted también era cepalino?

—Exactamente. En esa época todos éramos cepalinos, con toda la teoría de Raúl Prebisch, director en ese entonces de la Cepal.

—Su famosa teoría de la sustitución de importaciones. ¿Qué pasó con esa po­lítica que intentaron con la primera Junta Militar?

—En el caso ecuatoriano se quedó solamente en la tarea de ensamblaje y no avanzó en el proceso de la cadena produc­tiva. Una serie de empresarios dijeron: “¡Ay, qué bonito que está esto, vamos a poner la industria pero solo de ensamblaje”. En toda América Latina se desgastó totalmente el esquema.

—¿Y de dónde salió su famoso apodo de Pacharaco?

—Bueno, en la Junta de Planificación yo era el único guayaquileño, el único mono. Hice muy buena amistad con funcionarios de la Sierra, abogados y economistas en di­ferentes áreas. Cuando me encargaron hacer el estudio en términos de número de pasaje­ros kilómetro y de toneladas kilómetro que pasarían por el puente del río Guayas, un economista de transporte llamado Fausto Guerrero Artieda me puso ese apodo por­que ese era el nombre de un ave de la Costa ecuatoriana.

—Entiendo que es un ave que tiene muchas parejas…

—Yo solo tengo una.

—¿O sea que está mal puesto el apo­do? (En el folclor costeño el pacharaco es tenido por holgazán).

—Está mal puesto. Él decía que no que­ría llamarme mono y yo le decía: llámame César y punto. De ahí surgió. Hicimos una muy buena amistad y él fue subsecretario mío cuando fui al Ministerio de Economía y Finanzas.

 

En un estudio de Guayaquil, en 1941, cuando tenía cinco años.

En un estudio de Guayaquil, en 1941, cuando tenía cinco años.

 

 

Día de su matrimonio con Elisa Aguirre. Desde la izq.: Néstor Vega, el novio y Raúl Páez Calle. Detrás, Gonzalo Uzcátegui y otro colega economista. Quito, junio de 1966.

Día de su matrimonio con Elisa Aguirre. Desde la izq.: Néstor Vega, el novio y Raúl Páez Calle. Detrás, Gonzalo Uzcátegui y otro colega economista. Quito, junio de 1966.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LE SALIERON PLUMAS ROJAS

—¿Cómo llegó la primera vez a mi­nistro?

—Era profesor universitario, en Guaya­quil, de la Estatal, luego de la Católica y de la Escuela Naval; ahí conocí a muchísimos marinos, oficiales cuando iba semanalmen­te a dar clases.

—¿Estaba Gotardo Valdivieso…?

—Sí, y Jarrín Ampudia y otros. De re­pente me dicen que necesitan un programa económico. Convocaron a una serie de per­sonas, demasiada gente, hubo una discusión ahí también con gente del sector privado.

—¿Todavía estaba Velasco de presi­dente?

—Todavía; luego vino el golpe. Enton­ces les dije, no recuerdo si era a Gotardo o a alguien más: “Demasiada gente, tienen que seleccionar cuatro o cinco personas, esto no funciona”. Me seleccionaron a mí, a Luis Gómez Izquierdo, que en paz des­cansa…

—Que había sido recién ministro de Velasco.

—Claro, a Pedro Aguayo Cubillo que era rector de la Católica, otro economista y dos curitas. “A ver, amigos, necesitamos un programa de Gobierno porque hay un problema con el Gobierno del doctor Velas­co. El general del Ejército Rodríguez Lara, desde Quito, dice que tenemos que estar preparados. Nosotros, la Fuerza Naval, que­remos elaborar un documento para decirle al Ejército: este es el programa”. Pedí que me permitieran hacer el borrador del progra­ma en toda la parte económica-financiera.

—¿Así que usted fue el promotor del nacionalismo revolucionario?

—Así es.

—Le salieron plumas rojas.

—(Ríe). Rosaditas nomás. Se hicieron los borradores, discutimos con los oficiales y salió el documento oficial de la Marina. Entonces nos llamaron a Quito, estaba So­lón Espinoza, que era la mano derecha de Bombita y había sido designado para con­versar con nosotros. Solón, discute, discu­te, dice: “El general Rodríguez dirá sí o no, nos ponemos de acuerdo en esto, en lo otro no…”. Ahí quedó el documento, volvimos a Guayaquil hasta que nos llamaron nueva­mente a reunión con el Comando Conjun­to, en el Ministerio de Defensa. Estábamos esperando cuando vino alguien y dijo que el presidente Velasco “nos ha dicho lo si­guiente: señores, la caja fiscal está quebra­da. Si intentan hacer algo, ustedes no van a poder”.

Nos quedamos viendo: “¿Qué hacemos, César?”, me dicen los amigos. “Aquí ya no es una cuestión de economía; si están decidi­dos, no se preocupen porque van entrando en dictadura y nombran al gerente del Ban­co Central y le dicen ‘a imprimir billete, no hay más remedio’. No es lo más razonable en términos económicos, pero el problema es político, así que amigos esta es la fórmula momentánea, se emite dinero y después se arregla el problema macroeconómico; deci­dan ustedes”.

(En el Carnavalazo de 1972 las Fuerzas Armadas derrocaron al presidente Velasco Ibarra y lanzaron su Plan de Gobierno Re­volucionario Nacionalista. César Robalino se convirtió un tiempo en subsecretario del Mi­nisterio de Recursos Naturales y Energéticos. Volvió al sector privado y finalmente, con el Consejo Supremo de Gobierno, fue el primer ministro de Economía y Finanzas).

La economía perdía un poquito de dina­mismo y había que tomar decisiones para po­der atender una serie de necesidades crecien­tes en la sociedad. En ese entonces la deuda pública era muy pequeña y aprovechamos para practicar una política de endeudamien­to para financiar obra pública, y de esa ma­nera, sostener la demanda agregada interna y evitar que el crecimiento se derrumbe. Dio resultado, aunque después algunas personas del Gobierno se entusiasmaron mucho…

—Vino el endeudamiento agresivo de Sevilla y Matheus, un escándalo.

—Sevilla fue mi sucesor.

—¿Participó usted en la campaña de Roldós-Hurtado? ¿Era amigo de Jaime Roldós?

—Nos conocimos en la universidad, él estaba en Derecho. Yo estaba de regre­so en el Banco del Azuay cuando un día llamó Leoncito Roldós; siempre a León le había llamado Leoncito por el aprecio que le tengo: “César, el presidente Roldós quie­re que seas ministro de Recursos Naturales y Energéticos”. “¡Ah caramba!”. “Piénsalo unos dos o tres días, consulta con tu mujer, bla, bla, bla, decide y llámame a este núme­ro”. Mi mujer estaba en Bogotá.

De paseo por la laguna de Cuicocha, Imbabura, con su esposa Elisa, sus hijos César y Marisol y sus nietas Álex, Gaby y Pamela.

De paseo por la laguna de Cuicocha, Imbabura, con su esposa Elisa, sus hijos César y Marisol y sus nietas Álex, Gaby y Pamela.

—¿En serio usted consulta con su mu­jer cuando le proponen ministerios?

—(Sonríe). Comencé a analizar y dije: hay una oportunidad de servir al país en un régimen civil y conociendo la calidad de Jaime como persona y como presidente. Me fui a Cuenca y les dije a los gerentes y accionistas del banco que sencillamente ha­bía aceptado el ministerio. Me dijeron: “te damos permiso”. Dije que no porque van a golpearles a ustedes y me van a golpear a mí. Cuando entré el Negro Paz era ministro de Finanzas. Recuerdo que un barco pesquero norteamericano se metió a las 200 millas. Dije: “agárrenlo y apliquemos la ley”. Hubo una presión del embajador y el Gobierno americano: “Es que nosotros defendemos doce millas”. “Y nosotros defendemos 200 millas, señor embajador, dígale a su Gobier­no que lo siento pero se aplica la ley”.

LA BATALLA CON NEBOT

—¿Cómo llegó al FMI?

—Pasé del Ministerio de Recursos Na­turales al de Finazas con Osvaldo Hurtado y cuando renuncié me convertí en el núme­ro dos del Banco de Guayaquil. Al año, el doctor Hurtado dice: “Quiero que usted sea director alterno por Ecuador en el FMI”. Hablé con mi esposa, mis hijos eran peque­ños y vimos ventajas para el matrimonio y para los hijos; de esa manera podían estar en un medio gringo, en Washington D. C., aprendiendo no solamente inglés sino una cultura diferente.

—¿Qué hace esta institución ‘diabóli­ca’ que se llama FMI? ¿En realidad huele a azufre?

—Los izquierdistas han creado una imagen terrible, pero le digo que, igual que el Banco Mundial, el Fondo Monetario se creó después de la Segunda Guerra Mun­dial dentro del reordenamiento financiero mundial empujado por Estados Unidos, a efectos de ayudar a los países a equilibrar la balanza de pagos. Y fueron una buena crea­ción, créame, el Fondo Monetario, el Banco Mundial, etc., eran necesarios…

—¿Cuál era su función en Washing­ton?

—Era director alterno, el director titular era un brasileño de extraordinaria expe­riencia. Nos reuníamos constantemente a discutir, primero los problemas globales de la economía, luego a ver el Artículo Cuarto de cada país; cuando llegaba al Ecuador yo tenía que encargarme del asunto. En una oportunidad los técnicos querían dar un in­forme desfavorable al Ecuador. Rápidamen­te llamé a Abelardo Pachano, que estaba de gerente del Banco Central: “Voy al Ecuador, necesito hablar contigo porque hay que ha­cer esto como una señal”. A Abelardo no le agradaba la idea y yo pensé: aquí, con todo el aprecio al amigo Abelardo, me salto su au­toridad y voy donde el presidente: “Osvaldo, va a haber un informe no adecuado del Fon­do con respecto al Ecuador, pero si hacemos esta cosilla, se puede neutralizar el asunto”. Entonces le hizo una sugerencia a Abelardo.

El punto es que hay que ordenar las finanzas públicas en cada país, ordenar la política económica, etc. Los izquierdis­tas, los comunistoides dicen que el Fondo quiere prestar 500 millones y pone condi­ciones. “Oigan, amigos, ningún acreedor dice: toma la plata, dame el pagaré y hasta luego, cuando se venza ven a verme. No, así no funciona en ninguna parte del mundo y peor en el Fondo Monetario”.

Si usted tiene una política económica razonable, sólida, que restaura equilibrios, no necesita que le pongan condiciones porque usted mismo hace el ajuste. Eso me pasó en la época de Sixto Durán y algunos economistas dicen: “¡Qué desgracia ese acuerdo!”.

—¿Así que usted firmó ese famoso acuerdo con el FMI?

—Claro, yo firmé, hicimos el progra­ma correspondiente y vino el Fondo, esta­ba Ana Lucía Armijos de presidenta de la Junta Monetaria, y Augusto de La Torre era gerente del Banco Central, un buen eco­nomista, con fuerte formación macroeco­nómica. (Cuenta que debieron presentar al Congreso una reforma tributaria con varios propósitos, entre ellos el aumento del IVA). Y vino la batalla del socialcristianismo, el liderazgo lo tomó Jaime Nebot que era le­gislador en ese entonces y unió a todos los partidos contra la ley tributaria.

Sixto dice: “¿Y ahora qué hacemos?”. “No hay remedio, presidente, ahora sí alza del combustible, quiero la autorización para subir esto y esto y el gas también”. “¡Ah, no, el gas no, ministro!” Para Sixto el efecto po­lítico y social del gas era mucho más grave, estaba pensando en la gente pobre. Le dije que podíamos crear otros mecanismos para compensar. “No, ministro”. Nos fuimos con el alza de combustibles, que solo está en manos del Gobierno, y el Gobierno actual debería hacer lo mismo: si no tienes plata, ¿de dónde vas a sacarla? Dimos la batalla y el Fondo Monetario, luego de ver todas las medidas. dijo: “Sí va” porque se crearon las condiciones para que ayudaran al Gobierno a reestructurar toda la deuda.

 

Entre otros, segundo de la izquierda, Carlos Feraud Blum, ministro de Gobierno; luego César Robalino, ministro de Recursos Naturales; el presidente Jaime Roldós; Xavier Vidal, su secretario privado y el canciller Alfonso Barrera.

Entre otros, segundo de la izquierda, Carlos Feraud Blum, ministro de Gobierno; luego César Robalino, ministro de Recursos Naturales; el presidente Jaime Roldós; Xavier Vidal, su secretario privado y el canciller Alfonso Barrera.

En 1993, el ministro Robalino firma un convenio de cooperación económica y financiera con organismos europeos. Al centro, el presidente Sixto Durán; a la derecha,  el canciller Diego Paredes.

En 1993, el ministro Robalino firma un convenio de cooperación económica y financiera con organismos europeos. Al centro, el presidente Sixto Durán; a la derecha,
el canciller Diego Paredes.

—¿Cuánto influyó la Ley de Régimen Bancario en la posterior crisis bancaria? Porque todos le echaban el muerto al vi­cepresidente Dahik diciendo que él era el responsable con esa ley que promovió.

—Lo que pasa es que se debilitó la super­visión bancaria, que tiene siempre que for­talecerse. Para eso necesita un buen super­intendente de Bancos que no esté pensando en amistades con los banqueros, sino que lo corrija cuando un banquero de repente se dispare a ciertas áreas o esté haciendo cosas irregulares. Cuando la supervisión se debili­ta pasan muchas cosas. Vea lo que pasó en Estados Unidos con la crisis del año 2007, hubo varios factores, pero el debilitamiento de la supervisión bancaria fue uno de esos. Al banquero, igual que a cualquier empre­sario, hay que ponerle el cuadro: de aquí no te me puedes salir porque este es el cuadro que conviene: a ti y al país y a la economía. Eso permitió echarle la culpa a Sixto y luego a Dahik, diciendo que él influyó para que se aprobara esa ley bancaria.

¡SI ME ACUSAN, LES ENJUICIO!

—Si usted hubiera estado en el puesto de Mahuad, ¿hubiera podido parar eso antes de que viniera la debacle, cuando empezó el problema con el Banco del Progreso?

—Ahí, lamentablemente, hubo errores de Mahuad. Primer error, haber hecho un convenio explícito o implícito con Aspiazu para la campaña; lo que el señor Aspiazu quería era poner su propia gente en la Su­perintendencia para que no lo pusieran en orden, porque lo que hacía ese banco, en la época de Aspiazu, no eran prácticas banca­rias adecuadas.

—¿Y la dolarización era la única sali­da que quedaba?

—Para mí era la única. Todo el mun­do había perdido la confianza en el sucre. Oiga, y dio resultado porque devolvió la confianza violentamente a los hogares, a los empresarios.

—Pero Mahuad se cayó a los pocos días.

(Ríe). ¡A bueno, eso sí! Pero había razones que se fueron acumulando y Ma­huad no aceptaba ninguna sugerencia. Di­cen que, después del accidente cerebral que tuvo en España, algo se le desarticuló. Y las cosas se le complicaron también como go­bernante. Pero la supervisión bancaria en esa época se debilitó lamentablemente.

—¿A qué se dedicó usted en el sector privado?

—Después de salir del Gobierno de Sixto, Guillermo Laso me pidió que fuera asesor del banco, viviendo en Quito. Lue­go me dijo: “Vea, César, tengo un espacio de vicepresidente ejecutivo para que usted controle toda la operación de Quito hacia el norte”. Y trabajé con Guillermo com­partiendo ideas.

—¿Ahí le empezó usted a calentar las orejas para que quiera ser presidente?

—Esa es otra historia, ja ja. Después me propusieron ser presidente y director ejecu­tivo de la Asociación de Bancos Privados. Presidente del directorio, en ese entonces, era Fernando Pozo. Con él habíamos traba­jado juntos en Cofiec en la época de Pepe Correa, una época maravillosa de Cofiec, con Ernesto Ribadeneira padre, cuando era gerente de La Internacional.

—Cuando La Internacional era la fá­brica…

—Sí. Yo aprendí mucho de esos directo­res de Cofiec en Quito y Guayaquil. Enton­ces pasé a la Asociación, estuve como once años hasta que dije no más, no más banque­ros, ponerse de acuerdo con los banqueros es una pelea bien complicada.

—Y le tocó la llegada del comandante Correa. ¿Cómo fue eso al principio, usted lo conocía cuando fue ministro de Palacio?

—Un par de oportunidades había ha­blado con el economista Correa cuando era simple ciudadano, una vez en Radio Democracia, ahí lo conocí. Luego, como a mi mujer y a mí nos gusta ir a Imbabura por los lagos, muy lindos, estuvimos en Chorlaví y ahí también estaba almorzando el econo­mista con su familia. Entonces saludamos cordialmente.

Después, cuando el presidente Correa formó una comisión para auditar la deuda externa pública por treinta años, yo esta­ba en Nueva York con Abelardo Pachano y salió la noticia: “¡La deuda externa se va a auditar y tendrán que responder pe­nalmente todos los ministros anteriores, etc., etc.!”. (Apenas volvieron, hubo una reunión en casa de Sixto Durán para de­cidir una estragia común para defenderse). Fueron a declarar Sixto, Osvaldo Hurtado, Rodrigo Borja también fue. Yo hice la de­claración: “Señores: la renegociación de la deuda externa pública, así, asado y coci­nado, fue una muy buena negociación por esto y por lo otro. Si me acusan de haber perjudicado al Estado y de haberme lle­vado un dólar, sigo un juicio penal a los que firman y al que formó la comisión, que es el presidente Correa”. Luego salió el informe, decían una serie de cosas pero no había una acusación. Un argentino de mala fama, no recuerdo el apellido, ma­nipuló todo el informe y los ecuatorianos que estuvieron ahí se dejaron convencer, pero el informe definitivo no salió…

—A pesar de los ataques de Correa, los estudios muestran que los primeros años de Correa fueron muy buenos para la banca, ¿no?

—Hubo buenas utilidades, no se puede negar, buena rentabilidad, sí; pero luego el señor Correa quería reorientar el crédito, que la banca preste para lo que quería el Gobierno. Después, con el tema “ustedes ganan demasiado dinero”, a bajar el costo de los servicios.

—¿Cuándo vieron que ya empezaba la debacle de la economía?

—A partir de 2014 comenzaron los pro­blemas y en 2015 ya no pudo aumentar el precio del petróleo como esperaban para se­guir gastando eternamente. Se equivocaron radicalmente y luego el endeudamiento ma­sivo con tasas de interés tan altas en la última etapa. Porque los mercados se dan cuenta: ese Gobierno necesita dinero, el riesgo es alto, va a pagar tal tasa de interés. Y hay que pagarla.

—Según los datos que publica Vicen­te Albornoz, el endeudamiento empezó cuando todavía tenía plata.

—El punto es que el gasto público cre­ció en una forma espectacular y el precio del petróleo no era suficiente para poder expandir y financiar ese gasto, entonces vino la deuda. Eso correspondía a la filoso­fía de Correa: el que crea prosperidad en el Ecuador es el Gobierno, no los empresarios privados. Con esa filosofía el gasto público tiene que dispararse para dar empleo y para que los empresarios reciban la influencia del gasto público y estén contentos. Por eso también estuvieron contentos por una tem­porada.

—¿A qué se dedica cuando no está manejando la economía? ¿Con qué se en­tretiene?

—Me gusta la lectura, pero a veces no me queda tiempo. Recibo The Economist to­das las semanas y a veces no alcanzo a leer. (Le digo que esa revista plantea la legaliza­ción de la droga, pero él está radicalmente en contra de eso y del matrimonio homosexual). No estoy preparado para ciertas cosas, mi formación no me da. He fumado en mi vida un solo cigarrillo a los quince años, no me agradó, nadie en mi familia fuma. Mi pa­dre sí fumaba y murió del corazón. No me he tomado un Anacín ni un Mejoral en mi vida. Usted dirá: con todas las tensiones de la vida pública y privada, no puede ser.

—¿Le gusta el deporte?

—Hace muchos años salía a las calles de Guayaquil a jugar indorfútbol, ¡yo era una maravilla de centroforward con la pelota chiquita! Ya en la universidad entré a jugar fútbol, amigo mío era el Chamo Flores que fue parte de Emelec. Pero de repente me gustó más la economía y ya no tenía tiempo para otras cosas.

 


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