Y si mucho miras a un abismo… [Cuando metí mi nariz en la Deep Web].

Por Marcela Ribadeneira.

Ilustraciones Paco Puente.

Edición 426 – noviembre 2017.

 

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Estoy en la Deep Web, en una de las varias wikis que se anuncian como direc­torios “legítimos” de ese, el lado oscuro de Internet. Encontré el enlace googleando, en una página que explicaba cómo entrar a ese territorio sobre el cual, hasta hace poco, no sabía nada. De hecho, hoy tam­poco sé mucho. Aún después de leer y de ver documentales y reportajes al respecto, después de hablar con personas que han navegado y que han hecho compras allí, después de haberme dado algunas zam­bullidas por sus aguas tan satanizadas, la imagen de la Internet Profunda que he lo­grado construir en mi mente no es clara ni estática. Muta con cada clic, con cada enlace, con cada ventana que se abre, que conduce a un nuevo submundo, a un es­trato más profundo. O también, a un sitio falso, diseñado para robarte información personal si cliqueas donde no debes.

Por ejemplo, la wiki en la que estoy ahora anuncia ser mejor que la Hidden Wiki, que para muchos novatos como yo es la puerta de ingreso a la Deep Web. Una calavera sonriente y encapuchada —hibri­dación entre la Parca y el Joker de Jared Leto— sostiene un cuchillo en la cabecera de la página. Debajo de ella se lee el eslo­gan “Just better than the Hidden Wiki”. Más abajo se despliega un menú extenso con categorías como “Digital gangster”, donde aparentemente puedes contratar hackers para “arruinar” personas y robar­les su contraseña de Facebook. “Darknet markets” ofrece rifles de asalto, pistolas y lanzagranadas. Otras categorías son más oscuras. En “Illuminati” está listado un simulador para derribar aviones de pasa­jeros y en “Kill and Fuck”, una colección de pornografía con gente muerta.

Cierro la ventana; tengo la impresión de que estoy perdiendo el tiempo, de que esta wiki es un fake. Vuelvo a la Hidden Wiki, que viene en dos versiones, una cen­surada y otra no. Yo estoy en la censura­da, porque el enlace que tengo para la no censurada no funciona, lo que no es raro. En este cosmos el enlace que un día está activo, al día siguiente, no conduce a nin­guna parte. Los sitios cambian de dominio y servidor para evitar ser rastreados por el FBI y sus instituciones homólogas alrede­dor del mundo.

En la Hidden Wiki hay más categorías, aunque algunas no son menos turbias que las de la wiki donde acabo de meter la na­riz. Hay una serie de servicios financieros y comerciales en los que se ofrecen tarjetas de crédito clonadas, billeteras anónimas para almacenar bitcoins, pasaportes falsos y hackers a contrato, así como una lista de redes sociales y servicios de correo electró­nico para la Dark Web. Hay una sección dedicada al “Whistleblowing”, que incluye un enlace a Wikileaks. Hay una categoría muy nutrida de “Drogas”, donde se ofre­cen recetas médicas, meth, cannabis orgá­nico, cannabis holandés, cocaína, speed y esteroides. En “Otros” está PedoraBox, un sitio que ofrece una lista de IP de pedófilo. Bajo la etiqueta “Erótica” están listados si­tios como “DarkScandals”, que dice ofrecer videos de violaciones reales, “Hijab FUCK Girls”, que “hackea y expone” a jóvenes musulmanas, y al menos dos sitios dedi­cados a la zoofilia. Cierro también esa ven­tana. Estoy apenas paseando por el estrato más externo de este mundo, pero necesito parar un rato.

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La Deep Web es el conjunto de con­tenidos que no están indexados por los motores de búsqueda tradicionales, como Google. Por eso, la gente ordinaria —como yo— tiene dificultades para acceder a ellos. Lo cual, si uno está involucrado en activi­dades ilícitas en línea, es una ventaja, pues a la policía común y silvestre también le resulta complicado monitorear lo que su­cede allí.

Para entrar a la Deep Web se debe usar un navegador especial llamado The Onion Router (TOR), que se descarga sin costo desde la Internet regular. El térmi­no onion hace referencia a la técnica de “encaminamiento de cebolla” que TOR usa para lograr un buen nivel de anoni­mato. Así, la terminación .onion designa los sitios que, al tener un IP anónimo, son accesibles mediante ese software. TOR protege al usuario haciendo “rebotar” sus comunicaciones alrededor de una red de IP. Estas yips pertenecen a voluntarios que están en todo el mundo. En teoría el uso del navegador previene que alguien pueda saber los sitios que un usuario vi­sita. En teoría también impediría que los sitios visitados conozcan la ubicación del usuario. “Son un conjunto pequeño de yips [los que usa TOR] —dice Aldo Cas­sola, director de la carrera de Ciencias de la Computación de la USFQ—, entonces para un sitio es fácil ubicarlas y bloquear­las de alguna forma”.

Por eso, muchos usuarios de la Deep Web usan también un Virtual Private Net­work (VPN). Una red privada virtual ge­nera una conexión segura a otra red a tra­vés de Internet. En palabras sencillas, un VPN enmascara tu IP y hace parecer que tu computador está en otro país. Si alguien observara mi conexión creería, gracias a mi VPN, que estoy escribiendo estas líneas desde Latvia. Si me conectara a un VPN de Estados Unidos, no solo parecería que mi equipo está en ese país, sino que yo tendría acceso a contenidos bloqueados para mi ubicación geográfica, como los de la ver­sión gringa de Netflix.

En cuanto a terminología, aunque a veces metamos en el mismo costal a todo lo que se encuentra fuera del alcance de nuestros buscadores de cajón, especialistas como Andy Greenberg —colaborador de Wired en temas de seguridad, privacidad y cultura hacker— hace una puntualiza­ción clave. Deep Web se refiere a cualquier sitio que no pueda ser encontrado por un motor de búsqueda tradicional —o sea, que no esté indexado públicamente—, mientras que Dark Web se refiere a una porción más pequeña de contenidos de la Deep Web, cuya presencia ha sido escon­dida intencionalmente y al que se accede mediante TOR.

Según esa definición, en la Deep Web estaría la información de nuestras cuentas bancarias y tarjetas de crédito que usamos cada vez que hacemos una transferencia en línea, mientras que en la Dark Web es­tán los mercados donde se venden drogas, armas y los sitios donde se comparte por­nografía infantil.

José es quiteño, tiene 40 años y vive en Miami. Él usa la Dark Web para comprar marihuana, aunque también ha ordena­do —para probar— éxtasis, cocaína, LSD y hongos. Y el servicio, dice, es bastante eficaz. “A los tres días ya está aquí la or­den”. Las compras llegan por correo con­vencional, en sobres regulares que contie­nen sobres más pequeños, en los que el pro­ducto está empacado al vacío. José las paga con los bitcoins que adquiere en Coinbase mediante su tarjeta de débito. “Una vez que uno los compra, los fondos están en la “bi­lletera” de ese servicio [Coinbase] y de ahí uno tiene que mandarlos al mercado —ex­plica José—. Las direcciones de los wallets de los mercados cambian todos los días prácticamente, por eso se compra, se pone la dirección y se manda inmediatamente”.

Los mercados permiten a los usuarios reseñar los productos y dejar comentarios. También cuentan con un sistema para poner quejas. “Todo es tal como si fuera legal, porque es la única forma de que fun­cione —dice José—. Si fuera un caos, nadie compraría absolutamente nada”. Para irse de shopping en estos Amazons de la droga, José tuvo que descargar TOR y aprender a encriptar mensajes y a usar bitcoins. El bitcoin “no depende ni de Estados ni de bancos. Funciona a través de programas informáticos”, dice Rafael Bonifaz, experto en software libre y privacidad.

Cuando José se estrenó como compra­dor en línea, el mercado negro más grande era Agora. A pesar de que salió ileso de la operación internacional Onymous —que cerró a los grandes outlets negros de la Dark Web—, Agora detuvo sus operacio­nes en 2015, cuando sus administradores creyeron que había el riesgo de que la ubi­cación de sus servidores estuviera compro­metida. “Como todo en la Dark Web, los mercados van cayendo y aparecen otros. La demanda está ahí —dice José—. Nun­ca lo he buscado, pero sé que en la Dark Web hay páginas que reclutan terroristas, ahí es donde los pedófilos encuentran las atrocidades que les gusta ver, donde hay todas esas cosas turbias, aunque también hay otras cosas totalmente legales”.

En la última novela de la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda, Nefando, la Dark Web aparece como un territorio ma­cabro, donde se mueven impunemente al­gunos de los depredadores más desprecia­bles. Como parte de su investigación sobre los temas que abordaría en el libro, Móni­ca navegó por foros donde se hablaba de pederastia y pedofilia, pero nunca entró a aquellos donde se compartía material por­nográfico relacionado. Para acceder a ellos un usuario debe demostrar a los adminis­tradores que es un pederasta. “Ciertamen­te no hubiera podido escribir muchas de las partes más difíciles de ese libro si no hubiese entrado a esos foros —dice Móni­ca—. En el siglo XXI, los abusadores y vio­ladores de niños son también hackers, los que están en la Deep Web, por lo menos. Saben perfectamente cómo ocultar su IP”.

En los foros que Mónica recorrió, los usuarios no solo contaban historias de cómo habían violado y abusado a sus vícti­mas. Algunos de ellos exhortaban a otros a dejar su rol pasivo. “Encontré manifiestos de pederastas que trataban de convencer a pedófilos, que están en la Deep Web para buscar material y masturbarse, de que no deberían reprimirse”, dice Mónica. Los manifiestos estaban muy bien escritos, de acuerdo a la autora, y citaban a Sade y a Freud. “Me impactó muchísimo no solo la narrativa, sino la argumentación, la retó­rica de un violador de niños que no sola­mente viola, sino que quiere convertir en violadores a todos aquellos que ya sienten la pulsión de hacerlo”.

Mónica también encontró muchas pági­nas y foros donde se comparte material grá­fico sobre abuso y tortura a animales. Este tipo de fotos y videos se intercambia de ma­nera abierta, pero quienes lo producen no son buscados por la policía. “Yo no trataba de buscarlo, porque mi tema no iba de eso, pero me lo encontraba —dice Mónica—. De repente estaba en un foro de zoofilia y había gifs de animales siendo torturados y viola­dos, era una cuestión muy fuerte”.

Pero la Dark Web no es un terreno donde se mueven exclusivamente las per­sonas que quieren cometer delitos. Allí también están quienes reclaman las liber­tades y derechos que la era digital podría amenazar con coartar, quienes militan en respuesta al control que ciertos monopo­lios tendrían sobre aspectos esenciales de la vida contemporánea (hay manifiestos al respecto en cada rincón). “Creo que existe una metáfora perfecta para la Deep Web”, dice Andrés Delgado, investigador de la Universidad Tecnológica Equinoccial (UTE). Él explica que en el filme El demo­ledor, la sociedad se ha convertido en un espacio hipervigilado e hipercontrolado. “En ese mundo, los ‘extremistas’ deciden mudarse a las cloacas de la ciudad para poder vivir en libertad.

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Las cloacas es­tán plagadas de criminales. Sí, ahí está lo macabro y desviado, pero también están aquellos que se excluyen del modelo social por otras razones —dice Andrés—. Al fi­nal de la película, cuando cae un régimen progresista-autoritario, la rebelión viene precisamente de las cloacas”. En la analo­gía, Internet convencional vendría a ser la superficie de ese mundo, mientras que el mundo de las cloacas, la Deep Web.

Rafael Bonifaz concuerda con Andrés. “Hoy en día Internet es una red hipercen­tralizada —dice—, empezando por los ca­bles submarinos que trasladan las comu­nicaciones entre países y continentes, que [están controlados por] Estados Unidos y Reino Unido”. Rafael cuenta que no solo son los cables los que estarían hipercentra­lizados, sino también los servicios, como el correo electrónico, que generalmente están alojados en los servidores de tres empresas: Google, Yahoo o Microsoft (con Hotmail o Outlook).

Lo mismo sucedería con servicios como Facebook, WhatsApp y con el in­tercambio económico en línea. “Internet es una máquina de vigilancia masiva en la cual Gobiernos y corporaciones pueden saber todo lo que hacemos —explica Ra­fael—. Que no es poca cosa, porque cada vez más nuestras vidas se están digitalizan­do y cuando esto sucede dejan huella”.

En el mundo real una persona querría esconder su identidad al comprar una sus­tancia prohibida o, por temor a represalias, al denunciar ante la prensa a algún político o alguna compañía. En ambos casos, la perso­na podría intentar hacerlo evitando decirles a sus interlocutores su nombre verdadero y citándose en algún lugar discreto. En la vir­tualidad el uso de la Deep Web emula esa di­námica. Los usuarios se identifican median­te nicks o alias y la ubicación de sus equipos se protege con TOR. “Se quiere extender eso a la vida en línea —dice Aldo Cassola, di­rector de la carrera de Ciencias de la Com­putación de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ)—, que es mucho más moni­toreada y sujeta a dejar rastro y donde técni­camente es muy fácil rastrear los mensajes”.

Esa privacidad y ese anonimato exten­didos son lo que ha brindado protección a denunciantes de casos de corrupción de gran envergadura alrededor del mundo. “Aquí en España —dice a El Español Noel Torres, impulsor del Proyecto TOR en ese país—, los hilos de Wikileaks, que es el caso más conocido, utilizaron TOR para que sus confidentes pudieran comunicarse sin riesgo de ser descubiertos por los Go­biernos corruptos de los que sacaban in­formación”. La privacidad y el anonimato son también los que mantienen fuera de los radares gubernamentales a usuarios que se movilizan y organizan ante regí­menes opresores. Y, además, son la he­rramienta que personas ordinarias, que no quieren compartir su vida privada con empresas como Facebook o Google, usan para hacer llegar fotos a sus seres queridos.

“La tecnología es agnóstica”, dice Aldo Cassola en referencia a los usos lícitos e ilí­citos que se puede dar a la Deep Web. TOR puede usarse para extender el derecho a la privacidad de toda persona y para prote­ger su identidad, pero también para llevar a nuevos niveles la exposición de víctimas de pederastia. “La Deep Web no es un es­pacio muy diferente al mundo de afuera. Todos los horrores y los negocios los en­cuentras ahí, como los encuentras afuera —dice Mónica Ojeda.

***

En estos últimos días abrí Tor Browser y lo cerré de golpe —después de haber leí­do o visto algo espantoso— más veces de las que recuerdo. A pesar de usar TOR, un VPN y de tener tapada la cámara de mi laptop con un pedazo de tape, nunca pude deshacerme del miedo de que alguien ro­bara mi información personal si caía en el sitio equivocado.

Pero la verdad es que también vi un montón de cosas bastante inocuas e incluso aburridas. Quise abrazar a los sujetos que preguntaban sobre Skynet, la depresión y la disfunción eréctil en foros donde otros usuarios aconsejaban cómo desmembrar un cadáver o hablaban de fan­tasías que involucraban el asesinato duran­te el sexo. Vi hasta una página de curiosi­dades sobre gatos. Sé que solo navegué por la capa exterior de la cebolla, de que me sumergí tan profundo como ciertos insec­tos —debido a la tensión superficial— lo­gran sumergirse en un lago. Pero me quedó una certeza: la Deep Web es como el espejo de Oesed del universo de Harry Potter: nos muestra, sobre todo, aquello que desea­mos. Por eso, la experiencia que cada per­sona tiene en ella depende mucho de lo que haya buscado. Unos encuentran una co­munidad utópica; otros, una distopía abe­rrante. Yo encontré ambas.

 


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