#YOTAMBIÉN.

Por María Fernanda Ampuero.

Edición 427 – diciembre 2017.

2006 fue uno de los años más desgraciados de mi vida. Llevaba unos meses en España, me había enamorado de un chico que correspondía mi amor y quería ver qué pasaba con nosotros, pero había un problema: yo no tenía permiso de residencia. Ese dolor terrible lo he contado muchas veces en las historias de otras personas indocumentadas: gente con niños en sus países de origen, gente separada de sus amores, gente en una cabina de locutorio escuchando a sus hermanos llorar a su padre o a su madre muertos. Gente, por resumir, pisoteada por el mundo.

Ese año fue uno de los peores de mi vida. Encontrar un trabajo “de lo mío” era imposible y caí en trampa laboral tras trampa laboral con gente especializada en estafar a sus asustadizos compatriotas sin papeles. Yo era un ratoncito de laboratorio, perennemente azuzada por trampas, laberintos, sueldos que no me pagaban, amenazas con denunciarme a extranjería, insatisfacción laboral, un desamparo legal aterrador, una nostalgia fuera de este mundo y un amor que podía terminarse por culpa de una deportación. Lo recuerdo con vértigo. 2006, mi año vulnerable.

Cuando te sientes así es como si no tuvieras piel y anduvieras en carne viva por un mundo donde cualquiera con una uña un poco larga podría causarte un dolor insoportable, destruirte. Yo caminaba así de expuesta por esta ciudad: una mujer despellejada, chorreando miedo por todos lados y buscando una salida a esa vida de ratón de experimento. Y entonces encontré en una calle de un barrio aniñadísimo de Madrid, una calle en la que se veía de lejos la bandera tricolor tan querida, la solución a mi pesar.

Recuerdo una oficina elegantísima, puro caoba y cuero, con un ventanal a la calle aniñada. Recuerdo al hombre sentado detrás del escritorio, un hombre orondo que podía ser mi abuelo, el hombre que ofreció ayudarme a salir del laberinto. Recuerdo también estar sentada frente a él con mis carpetas con proyectos. Sé que hablé de todos ellos con un entusiasmo enorme: libros, reportajes, programas de radio, talleres, encuentros. Sé que sentí algo cercano a la euforia, esa de quien ha estado preso y, de pronto, sin esperárselo, ve abierta la puerta a la libertad.

Ya se imaginan, por supuesto, que a él mis capacidades le importaban mucho menos que el color y el material de mi ropa interior, y mis proyectos eran nada en comparación con la curiosidad que sentía por las cosas que hacíamos en la intimidad mi compañera de piso y yo. Esas fueron sus preguntas cuando terminé de exponer todo aquello que había estado elaborando con tanta ilusión en mis frustrantes días de inmigrante sin documentos.

Sí, me preguntó por mis pechos y por mis perversidades, por la promiscuidad de las mujeres que viven solas. Sí, me invitó a pasar con él un fin de semana y me dijo que me pusiera de pie para verme mejor el cuerpo, que le gustaban los cuerpos rotundos como el mío. Sí, me dijo que él todavía podía mantener sexo sin tomar pastillas y que yo podía comprobarlo en ese mismo instante. Sí, me habló de todo eso mientras mis manos temblaban sobre las carpetas que tan esperanzadamente armé para contagiarle mi entusiasmo por la inmigración.

El hombre que debía protegerme y ayudarme estaba diciéndome —sin disimulo, sin una pizca de elegancia, con una impunidad tan absoluta como repugnante— que quería tener sexo conmigo. No solo eso: estaba diciendo que me protegería y ayudaría si tenía sexo con él. Aquí la mente se me vuelve borrosa, se me algodona: sé que me di cuenta de que tenía que huir, que el personal se había marchado y estábamos solos. Lo que no sé es cómo logré levantar las piernas que tenía como de arena y salir, pero lo hice y lo siguiente que recuerdo es estar en una esquina de la calle aniñada llorando con todas mis fuerzas.

Quiero contarlo bien, con todas las palabras, pero aún hoy, más de diez años después, me tiemblan las manos sobre el teclado porque cuando lo dije en su momento nadie siquiera insinuó que lo denunciara. ¿Quién era yo? Una inmigrante indocumentada frente a una autoridad. ¿Quién iba a mover un dedo por mí? Yo no era nadie y él era alguien que había tomado whisky con el rey. La gente miró para otro lado quizá para que yo no sufriera aún más: él diría que yo era una cualquiera que se estaba prostituyendo en España. Él diría lo que sea para negar que esa puerca conversación tuvo lugar y una palabra suya bastaría para destruirme. Él era él y yo era nada más yo. ¿A cuál de los dos iban a creer?

Nunca en mi vida me he sentido más humillada, más pequeña, más desesperada y más impotente. Aún hoy siento vergüenza de no haberlo denunciado pasara lo que pasara porque esto se pudo repetir con otras chicas y yo no hice nada. Callé y fui cómplice: ese silencio es el arrepentimiento de mi vida.

Pero cuando leo sobre todas esas actrices que están denunciando al productor Harvey Weinstein y todos los otros como él y lo que produce en otras mujeres abusadas o acosadas sexualmente esa sensación de no estar solas, de que pase lo que pase hay que denunciar —sin importar que dirán que te lo buscaste, que bien que te gustó, sin importar que peligre tu puesto de trabajo y tu credibilidad porque eres una mujer problemática—, siento que yo también debo confesarlo, aunque sea diez años después y con mis manos todavía temblando.


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