Inventar el presente.

Por Daniela Alcívar Bellolio.

Ilustraciones Roger Ycaza para el libro Orfila.

Edición 427 – diciembre 2017.

Libros--1Uno visita ciertas obras como visita lugares queridos, en los que a veces se encuentra de nuevo con un instante preciso, mucho tiempo olvidado, en el que la vida brilló sin reservas, eufórica, efímera pero definitiva. El extraño mecanismo del recuerdo se activa en esos paisajes; de esa forma —ajena a la conciencia y a la voluntad— en que al cuerpo le adviene una agitación sin contenido, la pura fuerza de lo desconocido que nos constituye íntimamente.

Me ocurre con la obra de Vásconez: hay imágenes que vuelven como vuelven los recuerdos, que aparecen simplemente, para inquietar el presente, para horadarlo con la fuerza con la que modifican las experiencias que creíamos claras y propias. La lluvia golpeando las ventanas de un miserable hotel quiteño o el parabrisas de un auto estacionado en el que dos amantes son parte del crepúsculo de la ciudad y del amor; el golpe de los cascos de los caballos contra la arena de la pista, la vista de la ciudad de Quito en su hora más gris, desplegando la tristeza de sus montañas cubiertas por la niebla. Pienso en Vásconez  y pienso en esto, el sigiloso mundo que su obra ha creado, la pulsión cosmopolita de un autor profundamente quiteño, el odio amoroso por el escenario escarpado al que su fuerza inventiva no deja de volver.

Orfila es un argentino de la provincia de Buenos Aires, cronista hípico, que habita la desgastada habitación de un hotel de cuarta categoría, el hotel Crystal, ubicado en una concurrida avenida de la ciudad de Quito (imagino la Colón cuando baja desde la 6 de Diciembre, la 10 de Agosto en los alrededores de El Ejido, las sinuosas calles del centro histórico). Pero ahí habitan también el barrio porteño de Flores y el recuerdo, querido pero desgastado, de su esposa muerta, las imágenes obsesivas de Amelia, su amante, haciendo el amor con su marido. En la habitación de Orfila, en su monótono presente de soledad y whisky o ginebra, se cuelan el éxtasis de carreras pasadas, los años de juventud en los hipódromos, la agitación del sexo con Amelia. Orfila es el relato de una decadencia constantemente acuciada por la intensidad de otros días; es la “tristeza empecinada” que se potencia por la memoria del éxtasis, la ciudad del centro del mundo invadida por otros paisajes, por otros colores, por otros horizontes menos sinuosos y menos grises.

Orfila es el tiempo de los hechos arrebatado al tiempo de la lluvia: el presente del protagonista se desfigura en beneficio de un tiempo heterogéneo en el que se mezclan recuerdos y deseos, temores, culpas y odios. Incluso el más rotundo e inalienable presente, el del sexo con Amelia, que es el del placer exasperado en un rescoldo inhallable de la ciudad, es invadido por imágenes de recuerdos imaginarios: los de ella con su esposo en obscenas prácticas sexuales que acosan a Orfila. Obsesivo y hasta masoquista, el cronista hípico revive una y otra vez lo que nunca vivió, recrea escenas de las que estuvo ausente, se regodea en evocaciones íntimamente ajenas que perturban aquello que sí le pertenece, lo único, quizá, en el tiempo del relato, que es solamente suyo, los encuentros clandestinos con Amelia.

“De repente sintió el pecho comprimido por la soledad, aplastándolo como si fuera el aire que respiraba”.

“Quítamelo de encima, sácame el odio del cuerpo.Se quedaron inmóviles un rato”.

“En el dormitorio, abrió el cajón de la mesa de noche, y vio que la pistola no estaba allí”.

Vásconez compone su relato de imágenes que se sobreponen: Amelia desnuda sobre él y sobre el esposo simultáneamente, su rostro envejecido en el espejo sobre los ojos hundidos del caballo de carreras que tuvo que matar en el hipódromo de Palermo, Quito con lluvia sobre el barrio de Flores. Es un juego de sobreimpresiones que da cuenta menos del contenido de esas capas que forman poco a poco una geología del deseo que de la fuerza con que se imponen al presente de Orfila: se trata de figurar la pérdida de ningún objeto, la experiencia de perder lo que nunca se tuvo, de recordar lo que no se vivió, de no estar presente en el propio tiempo presente. Por eso Orfila siempre está un poco desfasado con respecto a lo que le pasa, su cotidianidad es un tejido defectuoso sin ningún patrón más que el de la bebida y la soledad, en el que a veces se atraviesa, por un instante, la imagen feliz de Amelia desnuda o la del polvo que se levanta al paso enloquecido de los caballos en un día soleado de carreras, solo para que luego esas imágenes sean arrebatadas por la monotonía de un presente vacío.Libros--4

Libros--2Leer Orfila es volver a recorrer los espacios de La sombra del apostador, Hoteles del silencio e incluso El viajero de Praga o El secreto: no necesariamente por lo que se cuenta sino, más bien, por el modo en que el presente se despliega como un después de, cuando ya todo lo que podía ocurrir ha ocurrido y no queda más que la lluvia constante que cae sobre la ciudad, la figura solitaria de un hombre oblicuo, algunas imágenes luminosas que invaden la presente penumbra. Es reconocer la visible oscuridad con que Vásconez imagina una ciudad, la ciudad de Quito, como paisaje propicio para la derrota y para la obstinación en la pérdida. En Orfila, como en gran parte de la obra de nuestro autor, dejar Quito es imposible porque es Quito quien nos habita, y por eso la llevamos en el oscuro corazón de nuestros miedos y nuestros deseos.

Libros--3Festejamos el bellísimo nuevo libro de Javier Vásconez, ilustrado además por el gran Roger Ycaza. Orfila me apela personalmente. El protagonista viene de Flores, el barrio porteño donde viví, en la ciudad que habité por casi trece años. En el largo y angustioso trayecto que me trajo de vuelta, nunca dejé de imaginar a Quito como la ciudad que habita Orfila: esa ciudad gris, sinuosa, encantadora en lo que tiene de decadente y poderosa para marcar todo lo que toca. Una ciudad tan real como las invenciones de Vásconez, tan triste como los días de Orfila, tan disponible para lo secreto, tan auspiciosa para el engaño amoroso y para el odio por lo que no se deja encontrar. Quito, nuestra ciudad provinciana y amenazante, solapada, melancólica y lluviosa, que en los días de verano parece aquietarse solo para que la brisa traiga el recuerdo leve de nuestras ausencias queridas y revitalice la capital experiencia de la pérdida. Esa es la Quito de Vásconez. Esa la Quito en la que vive un anónimo argentino venido a menos, Orfila, el viejo cronista hípico argentino que nunca termina de irse. Que, como todos nosotros, es absorbido fatalmente por la fuerza centrífuga de esta ciudad que en nuestras letras inventó Javier Vásconez.

 

 


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