Jesús Cobo. Pasión por la forma y la materia.

Por Lenin Oña.

Fotografías Christoph Hirtz.

Edición 428 – enero 2018.

MECÁNICO, acero inoxidable y granito, 122 x 217 x 83 cm, serie 2000-2016.

MECÁNICO, acero inoxidable y granito, 122 x 217 x 83 cm, serie 2000-2016.

Nacido en Chunchi, en 1953, Jesús Cobo es uno de nuestros mejores escultores, gracias, entre otros méritos, a la constancia con la que se ha dedicado a la profesión que le tentó desde la adolescencia. Comenzó su formación en el colegio Daniel Reyes, de San Antonio de Ibarra, y vino a Quito a co mienzos de los años 1970. En un ambiente académico más propicio, con una docencia prioritariamente procedente de la antigua Escuela de Bellas Artes, y un equipamiento mal que bien adecuado, se le abrieron pers­pectivas prometedoras, y él se entregó con alma y vida a recorrerlas.

Echando cuentas, Jesús le ha dedicado al arte algo más de medio siglo, sin haber­se comprometido con la corriente del arte conceptual que es la que imprime el sello de contemporaneidad al desempeño del arte actual. Él ha sido un leal y prolífico epígo­no de casi todas las vanguardias modernis­tas, que marcaron con signos indelebles la primera mitad del siglo XX. ¿Significa esta constatación que se lo catalogue de “rezaga­do”, demodé o algo por el estilo? No, porque como él hay muchos creadores regados por el mundo que prefieren los lenguajes, y sen­tidos de una práctica milenaria que culmi­na con aquellas vanguardias. No, porque la batalla entre modernistas y posmodernis­tas (dígase conceptualistas) no es tal, sino un simulacro, ya que el arte es ficción ante todo.

COSMOS, lava volcánica, acero inoxidable, 124 x 27 x 69 cm, 2006.

COSMOS, lava volcánica, acero inoxidable, 124 x 27 x 69 cm, 2006.

BODEGÓN 1, piedra y hierro, 185 x 70 x 62 cm, 2003.

BODEGÓN 1, piedra y hierro, 185 x 70 x 62 cm, 2003.

El paso de Jesús por el realismo deja unos bellos desnudos femeninos que pare­cen flotar en espejos metálicos, incorporan­do y desafiando al contemplador; además, el busto del fundador del coro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, el maestro Ós­car Vargas Romero, y la imagen broncínea de Eloy Alfaro, que enarbola una antorcha libertaria —¿concesión del artista a las exi­gencias simbolistas de los promotores?— ubicada frente al discreto obelisco del par­que de El Ejido, que recuerda dónde fueron incinerados los restos del Viejo Luchador, masacrado junto a sus lugartenientes por la turba curuchupa.

El paso que Jesús había dado, antes de aquellas esculturas públicas, hacia el abs­traccionismo, fue con tallas en madera que remiten a las figuras en reposo de Henry Moore, pero que omiten el delicado movi­miento que el maestro británico conseguía insuflarles. Otro organicista, Jean Arp, fue el referente —remoto más que próximo— para una serie de mármoles bien logrados, entre los que se destaca una pieza de gran dinamismo y atractivo visual, de etérea de­licadeza y, a la vez, fluidez y fuerza: Viento de 1988.

La cuestión de la filiación estilística de­pende de las ideas y modelos que sustenten los propósitos de cada artista y de los refe­rentes que elija para cumplir sus metas crea­tivas. Cobo lo sabe y añade más nombres ilustres a los citados: Constantino Brancusi, Barbara Hepworth, Alexander Calder, Jai­me Andrade Moscoso… Lo cierto es que ha sabido elegir a sus maestros y ponderar lo que le puede aportar cada uno. Más aún, es consciente de que los maestros solo señalan una senda, un rumbo, que cada quien debe­rá transitarlo a su manera, contando con su propio equipaje y de acuerdo a sus particu­lares intereses y posibilidades.

Es consciente, también, de que para un creador resulta imperativo saber diferen­ciarse de todo lo que ha visto y ha apren­dido para consolidar signos fehacientes que le permitan rubricar un sello propio. Así, se ha convertido en un explorador de temas y materiales.

CONSTRUCCIÓN, lava volcánica, hierro y resina, 107 x 20 x 39 cm, 2004.

CONSTRUCCIÓN, lava volcánica, hierro y resina, 107 x 20 x 39 cm, 2004.

NATURA, hierro y lava volcánica, 243 x 34 x 63 cm, 2003.

NATURA, hierro y lava volcánica, 243 x 34 x 63 cm, 2003.

En la serie Urbano, expuesta en el Mu­seo de la Ciudad (Quito, 2000), se aprecia que tenía bien asimilados los tópicos ante­riores y que los sabía manejar a su antojo. Con citas al barroco, al expresionismo y hasta al minimalismo, en lo fundamental constituye un homenaje a la capital ecuato­riana, joyel del arte colonial hispanoameri­cano. Aparecen columnas, escalinatas, alta­res dorados con pan de oro y varias versio­nes libres (expresionistas las mejores) de la virgen epónima, que Bernardo de Legarda, siguiendo el Apocalipsis de San Juan, sitúa sobre una afilada luna creciente. Luna que se convierte en signo abstracto, indepen­diente de la alusión a la simbología religiosa.

Un saludable toque de humor revela la Vitrina, un marco lítico que exhibe un za­pato femenino, dorado y de esbelto taco; sin duda, es un guiño a la ciudad nueva, con­sumista y pretenciosa. Más que como una “escultura” tradicional cabe apreciarla como una instalación, si se trata de satisfacer apre­mios taxonómicos.

Figuras que le obsesionan

Los derroteros de este infatigable incon­formista lo han llevado a lejanas tierras para estudiar, investigar, informarse, exponer y, por cierto, hacerse acreedor de valiosos reconocimientos y premios. Son tantos que hay que recurrir a su hoja de vida, pues in­tegrarlos a esta nota agotaría el espacio que se le ha asignado.

En 2001 presentó en el Club de la Unión (Quito) una muestra de bodegones abstractos, algunos muy coloridos, la ma­yoría en amalgama de distintos materiales: mármol, bronce, hierro, acero inoxidable, piedra; todos de refinada factura y críptico erotismo.

BÚHO, acero inoxidable, cerámica rakú y madera, serie 2010-2016.

BÚHO, acero inoxidable, cerámica rakú y madera, serie 2010-2016.

INGAPIRCA, lava volcánica y resina, 97 X 26 x 48 cm, 2004.

INGAPIRCA, lava volcánica y resina, 97 X 26 x 48 cm, 2004.

El 2007 expuso en Chicago una selec­ción de obras y, en el Centro Cultural Me­tropolitano quiteño, un conjunto de veinti­dós piezas, siempre en la tónica de combi­nar diversos materiales, a veces recurriendo a uno de sus signos preferidos, la angosta silueta de la luna creciente; aunque en Puer­ta del Sol toca el tema incaico —la puerta romboidal— reforzado por el uso de piedra volcánica. Todo el conjunto se rige por la búsqueda lograda del equilibro compositi­vo, y hay una novedad: el acercamiento al diseño plano, gráfico, como se observa en Ventana y en Aspectos significantes.

2013: exposición en Doha (Qatar). 2016: Centro de Arte Contemporáneo (Quito), con una nueva exploración: la plancha de acero que requiere de suelda. El tema favo­rito: el toro bravío, de casta, para recrear el tema mitológico de la tauromaquia y culmi­nar en un minotauro. De manera aleatoria, dos torsos, uno femenino, otro masculino, para satisfacer una pasión bien atesorada: la simetría. Una Furia, una Pareja, dos Sire­nas de formas y blasones neolíticos. Gallos cantores. Son obras que revelan la pasión de Jesús Cobo por la forma y la materia.

 

En esta misma revista, hace dieciocho años lo apreciaba como “un escultor en marcha”. Ahora constato, una vez más, que ha tocado varios puertos y que, con ánimos renovados, prosigue su aventura creativa.


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