Historia de la buena mesa.

Por Gonzalo Dávila Trueba.

Ilustración Camilo Pazmiño.

Edición 428 – enero 2018.

Firma---Gonzalo-DSudorosos cazadores cromañones regresaban en hilera por un chaquiñán enclavado en n risco. En las profundidades resonaba el eco que respondía a los ruidos que prorrumpían y que parecían decir: “¡achachay, hou, hou!, ¡achachay, hou, hou!”. Se veía a uno de ellos portar sobre sus hombros un ciervo que sería engullido por toda la tribu.

Ya en la cueva, los niños jugaban cerca del fuego y esto era la causa de los continuos chillidos, hasta que uno de ellos gritó: “¡arrarrauuu!”, lo que produjo un profundo silencio: aquel sonido les pareció del todo nuevo y desconocido. “¡Arrarrau!, arrarrau!”, repitieron, y llamaron al quemado de esa forma. Fue entonces cuando a otro miembro del clan se le ocurrió lanzar las tripas del ciervo a la lumbre. Luego de enroscarse, dorarse y emanar un humo de magnífico olor, las sacaron para zamparse a mordiscos y jirones, entre pequeñas riñas. Culminó el festín en una gran siesta, pues todos tenían la panza llena.

Por cierto, desconocían haber inventado la tripa mishque rellena.

Por esos mismos tiempos forjaron una manera de entenderse que sería el origen de un idioma rudimentario, cuyos símbolos no dudaron en esculpirlos en el techo de la cueva, junto a los perfiles de sus manos pintadas con achiote y una que otra pintura alusiva a cosas de mayores.

Cincuenta mil años más tarde, los miembros de la delegación diplomática de Venezuela habían hecho del Mare Nostrum —afamado restaurante de Quito— uno de sus bastiones gastronómicos. La mariscada los tenía obsesionados, pues en ella encontraron la inaudita exquisitez de la langosta, los langostinos, las almejas, los mejillones, el pulpo, los calamares y los camarones. Bañados, todos ellos, en una deliciosa salsa de mantequilla fundida con inauditas especias heredadas de los cromañones —que, hasta tanto, ya se habían mezclado con los neandertales y dieron lugar al aparecimiento del homo sapiens-sapiens—. Cada ingrediente mantuvo su propia esencia, por lo que bien podría considerarse a la mariscada, más que como un plato, una sinfonía, la Nº 1, de los sabores de la nueva gastronomía marina ecuatoriana.

El embajador solía asegurarnos que no dudaría en llevar al presidente Chávez para que la probara. Lo que nunca sucedería ya que, a pesar de las primeras piedras y esporádicas visitas, temía que lo envenenasen, tal como sucedió con el emperador Claudio quien, pese a los mismos temores y a haber sobrevivido a Calígula, estiró la pata mientras se servía el calentadito de la víspera (prándium) en el que habían puesto burundanga.

Maduro, en cambio, llegó a la presidencia a causa del cáncer pélvico de un pajarito, y a pesar de ello él sí fue al Mare Nostrum. Resultó ser un hombre inmenso, inmenso como los cromañones, de suerte que ni de broma le ofrecieron sopa. Mejor le pusieron algo con exoesqueleto para facilitarle el agarre, como la langosta o los cangrejos.

Si la mesa está vestida de gala y la comida es como la descrita mariscada, faltaría aquello que ya no depende del anfitrión: un elevado nivel de tertulia, alejada del “achachay, hou, hou”, ovejuno, o del impertinente celular, en la que se plantee que la democracia, si bien se cuece alrededor del fuego, también nos ilumina para entender lo que es honestidad, respeto y alternabilidad. Solo en ese instante feliz se puede decir: ¡salud!

 


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