Y se abrieron las puertas del infierno.

Por Jorge Ortiz.

Edición 428 – enero 2018.

La tercera intifada estalló en un momento de tensiones extremas en todo el Oriente Medio.

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La indignación era el sentimiento unánime, que se expresaba a gritos: cientos de personas, con las caras cubiertas y los puños en alto, lanzaban consignas contra los Estados Unidos e Israel (en concreto contra el “imperialismo” y el “sionismo”), pocas horas después de que el presidente Donald Trump anunciara el traslado de la embajada americana a Jerusalén, reconociéndola como capital, y de que, en respuesta, el movimiento islamista Hamás convocara desde la Franja de Gaza a una nueva intifada, como las ocurridas entre 1987 y 1993 y entre 2000 y 2005. “Los americanos han abierto las puertas del infierno”, según advirtió su líder político, Ismail Haniya. Era el miércoles 6 de diciembre de 2017.

Y, en efecto, el viernes, el día de la oración, miles de personas a todo lo ancho del Oriente Medio se lanzaron a las calles en unas manifestaciones intensas y tumultuosas que los líderes árabes —desde el presidente palestino Mahmud Abás hasta el jefe del grupo armado chiita libanés Hezbolá, Hassan Nasrallah— anticiparon que no se detendrán hasta “la liberación total de las tierras de Palestina”. Incluso las Naciones Unidas, a pesar de su consabida cautela, advirtieron sobre el peligro de una escalada sin freno: “el riesgo es que cualquier error de cálculo desemboque en un conflicto”, según la admonición de su secretario general, António Guterrez.

Es que la decisión de Trump, tomada por cálculos políticos internos en medio de una crisis que lo tiene irascible y tambaleante, fue anunciada en el peor momento posible, cuando las tensiones están en puntos muy altos en toda la región por el enfrentamiento cada día más áspero y violento entre las dos grandes potencias del mundo musulmán: Arabia Saudita, como portaestandarte del islam sunita, e Irán, como la sede mayor del islam chiita. Un enfrentamiento complejo y apasionado, sin solución a la vista, porque sus causas son religiosas, políticas, económicas e incluso militares.

Ese enfrentamiento no es nuevo, por cierto. Sunitas y chiitas tienen un conflicto que se remonta al siglo VII, cuando el profeta Mahoma murió sin haber designado a su sucesor y, en la disputa por el califato, la todavía incipiente comunidad musulmana se partió en dos. La ruptura no se subsanó nunca. Pero fue en esta década, a partir de la incendiaria y fracasada Primavera Árabe, cuando la división entre las dos ramas mayores del islam se trasladó a sauditas e iraníes, porque los levantamientos populares de Túnez, Egipto, Yemen, Libia y Siria, que incluso derivaron en dos terribles guerras civiles, dejaron en toda la región una situación general de inestabilidad, crispación e ira que no ha dejado de agudizarse. Y, claro, decisiones como la del presidente Trump sólo echan más leña al fuego.

REACCIONES INTERNACIONALES

 

Líderes de todo el mundo se manifestaron ante la declaración de Donald Trump de reconocer a Jerusalén como capital israelí.

Fuente: www.elcomercio.pe

 

EL PRESIDENTE PALESTINO MAHMUD ABÁS:

Mediante estas decisiones lamentables, Estados Unidos boicotea deliberadamente todos los esfuerzos de paz y proclama que abandona el papel de patrocinador del proceso de paz que ejerció en las últimas décadas.

 

EL SECRETARIO GENERAL DE LA ORGANIZACIÓN PARA LA LIBERACIÓN DE PALESTINA (OLP):

El presidente estadounidense Donald Trump ha destruido la llamada solución de dos Estados al anunciar el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel.

 

LA ONU:

El estatus de Jerusalén debe ser decidido por una negociación directa entre israelíes y palestinos. Naciones Unidas siempre ha estado en contra de toda medida unilateral.

 

EL PORTAVOZ DEL GOBIERNO JORDANO, MOHAMED MUMENI:

La decisión del presidente estadounidense de reconocer Jerusalén como capital de Israel, y la transferencia de la embajada estadounidense a esa ciudad, constituye una violación de las decisiones del derecho internacional y de la Carta de Naciones Unidas.

 

EL MINISTRO TURCO DE RELACIONES EXTERIORES, MEVLUT CAVUSOGLU:

Condenamos la irresponsable declaración de la administración estadounidense… la decisión va contra la ley internacional e importantes resoluciones de Naciones Unidas.

 

EL PRESIDENTE FRANCÉS EMMANUEL MACRON:

Es compromiso de Francia y Europa la solución de Israel y Palestina viviendo como vecinos en paz y seguridad en fronteras reconocidas internacionalmente con Jerusalén como capital de los dos Estados.

 

EL GOBIERNO BRITÁNICO:

Discrepamos con la decisión estadounidense (…) Creemos que es de poca ayuda en lo que respecta a la perspectiva de paz en la región.

 

EL MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES RUSO:

Moscú está preocupada por la decisión anunciada en Washington.

 

La irrupción de Irán

Pol-int--2Ya en 1979, cuando la Revolución Islámica derrocó al sah Mohamed Reza Pahleví e implantó una teocracia del clero musulmán chiita, Irán desafió la supremacía regional de Arabia Saudita al plantear un modelo de Estado muy distinto, incluso incompatible, al de los reinos del golfo y las repúblicas laicas de mayoría sunita. Desde entonces, las desconfianzas mutuas fueron en alza incesante, aunque la presencia de Israel —un Estado judío enclavado en una región islámica— les dio a iraníes y sauditas un enemigo común, lo que desvió la atención internacional de la disputa creciente en el mundo musulmán.

Fue así que el derrocamiento de Saddam Hussein, en una impetuosa pero no muy razonada retaliación del presidente George W. Bush por los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, rompió el equilibrio regional entre las dos ramas del islam, pues el régimen sunita derrocado fue substituido por otro de predominio chiita. La imposición americana consiguió, sin proponérselo, que Irán ganara influencia en detrimento de Arabia Saudita. Y después de la Primavera Árabe, que empezó en diciembre de 2010, la irrupción iraní se profundizó por una sucesión de acontecimientos que, contra todo pronóstico, terminaron afectando al reino saudita.

El acontecimiento más evidente fue la guerra civil en Siria, donde, a medida de se extendía, prolongaba y enredaba el conflicto —que empezó en marzo de 2011 y todavíae influencia como uno de los soportes principales del gobierno del presidente chiita Bashar el-Asad, mientras Arabia Saudita se complicaba por su apoyo a una serie de grupos dispersos —incluida la red Al Qaeda— cuya derrota final ya parece inminente. Con lo cual, al final de la guerra, los iraníes habrán expandido sus influencias, mientras los sauditas habrán sufrido la contracción de las suyas.

El mismo fenómeno está ocurriendo en Yemen, donde los rebeldes chiitas hutíes, que con el apoyo de milicias, armas y dinero de Irán controlan gran parte del país, mataron el lunes 4 de diciembre al expresidente Alí Abdalá Saleh, en un espectacular ataque con cohetes, en venganza por haber roto la alianza con ellos y haberse sumado a la coalición encabezada por Arabia Saudita. Al día siguiente, los sauditas reanudaron los bombardeos aéreos contra las posiciones hutíes, en un recrudecimiento súbito de la guerra civil que, con altibajos, está siendo librada desde 2011 y en la que —tal como está ocurriendo en Siria— los iraníes han ganado en presencia e influencia año tras año, a costa de sus rivales del reino saudita.

En Líbano, mientras tanto, Arabia Saudita sufrió otro revés severo, porque el primer ministro Saad Hariri retiró el martes 5 de diciembre la renuncia que había presentado un mes antes, cuando, de manera intempestiva y extraña, había viajado a Riad y,   asegurando que su vida estaba en peligro, había dejado el cargo que ocupaba ya por segunda vez. Los sauditas, según la versión más obvia y aceptada, habían forzado la renuncia de Hariri para poder instalar en Beirut un gobierno que sí sea capaz de neutralizar la influencia creciente del movimiento integrista chiita Hezbolá, que tiene el patrocinio evidente de Irán. El retiro de esa renuncia confirmaría la influencia de Hezbolá y, por lo tanto, del régimen revolucionario iraní. Muchas malas noticias en muy pocos días.

Dos países poderosos

Tanto Arabia Saudita como Irán son países petroleros, con ingresos enormes que les han dado capacidad de influir con fuerza en el mundo musulmán. Pero sus discrepancias sobre los volúmenes de exportación y los precios se han vuelto muy profundas. Los sauditas, que cuentan con caudalosos apoyos políticos en el Occidente, prefieren mantener niveles moderados de precios para mantener esos apoyos, que son vitales para su sistema financiero y su aparato militar. Irán, por el contrario, urgido por una población enorme (más de ochenta millones de personas), quiere forzar el alza del precio del petróleo, a pesar de que al finalizar 2017 y empezar 2018 en el mercado la oferta sigue superando a la demanda.

Pero hay un motivo adicional para que los sauditas prefieran que el precio del petróleo no vuelva a los niveles altísimos de los años iniciales de esta década: ellos, al igual que los israelíes, desconfían de la eficacia del acuerdo, firmado en julio de 2015, para el uso exclusivamente pacífico del poder nuclear de Irán. Unos y otros están convencidos de que los iraníes burlarán los controles y fabricarán armas atómicas, por lo que una manera de retrasar el avance de ese programa es, según los sauditas, impedir que sus ingresos por petróleo vuelvan a escalar. Con su población (32 millones) mejor atendida en sus necesidades básicas, los sauditas prefieren ahorrar para el futuro dejando el petróleo bajo la tierra.

Así, en vez de ser un elemento de integración y entendimiento (que fue uno de los propósitos fundamentales para la creación de la OPEP, en septiembre de 1960), el petróleo se ha convertido en un tema más de discordia entre Arabia Saudita e Irán. No parece probable, sin embargo, al menos en plazos cortos, una guerra abierta entre los dos países: ambos perderían y, de paso, incendiarían el mundo musulmán en el preciso momento en que el islam está recobrando el impulso expansionista que tuvo en sus primeros años, desde principios del siglo VII, tanto de la mano de Mahoma como de los primeros califas, cuando se apoderó de toda la península Arábiga, el Oriente Medio, el norte de África y llegó hasta a la península Ibérica, las islas indonesias y las fronteras de la India.

En la actualidad, tanto sauditas como iraníes disponen de aparatos militares imponentes. El de Irán es más numeroso, pero el de Arabia Saudita es más moderno. Según los reportes oficiales, las fuerzas armadas iraníes duplican a las sauditas, 563.000 contra 251.500 soldados, y también son muy superiores en tanques y piezas de artillería, con 1.513 y 6.798 frente a 900 y 761, en su orden. También hay predominio iraní en las fuerzas navales, con 194 buques de patrulla y 21 submarinos, frente a 11 patrulleros y 7 destructores sauditas. Donde prevalecen los sauditas es en la fuerza aérea, pues aunque el número de aviones de combate es similar, 338 contra 336, la flota iraní es anticuada y está deteriorada, mientras que la saudita es muy moderna e incluye hasta 64 jets ‘Eurofighter Typhoon’, muy superiores a los viejos aviones iraníes.

Que parezca improbable una guerra abierta no significa, sin embargo, que el conflicto no pueda seguir recrudeciéndose y ampliándose. De sus escenarios actuales (Siria, Yemen, Líbano, los territorios palestinos…), es muy posible, incluso inminente, una expansión hacia nuevas zonas en disputa. Hacia Iraq, por ejemplo, donde la derrota del Estado Islámico y los éxitos militares kurdos plantean una nueva realidad geopolítica y estratégica en la que los sauditas y los iraníes tratarán de ganar espacios.

Es decir algo parecido a la Guerra Fría que libraron los Estados Unidos y la Unión Soviética entre 1949 y 1989, que jamás combatieron frente a frente, pero que, con dinero y armas, estuvieron detrás de cada conflicto que ocurrió en el mundo hasta el colapso final del socialismo y la desaparición del bloque oriental.

Con esa lógica de Guerra Fría, según la cual ‘los enemigos de mis enemigos son mis amigos’, Arabia Saudita e Israel estarían forjando (o, tal vez, tienen ya lista) una alianza para frenar a raya el crecimiento de la influencia iraní en el Oriente Medio. Irán es, al fin y al cabo, el adversario común. Cada día hay más indicios que apuntan en esa dirección. Como el anuncio del jefe del estado mayor israelí de que su país “está listo para intercambiar información de inteligencia con los sauditas para contener a Irán”. O como la afirmación del asesor mayor del príncipe heredero saudita de que “ningún acto de terror invocando el islam puede justificarse en ningún sitio, ni siquiera en Israel”. Expresiones, ambas, muy reveladoras.

Y es en medio de ese ambiente de tensión y conflicto, con las guerras civiles de Siria y Yemen y la guerra internacional contra el Estado Islámico, con el reagrupamiento de Al Qaeda y, en Afganistán, de los talibanes, con el territorio libanés inundado de armas y guerrillas y, como telón de fondo, con una confrontación cada vez más áspera y explosiva entre Arabia Saudita e Irán, que el presidente Donald Trump enardeció los ánimos del mundo árabe (quinientos millones de personas) anunciando el traslado a Jerusalén de la embajada estadounidense. Con lo cual una región sensible e inflamable, con pasiones milenarias y disputas hondas, se acercó otra vez al borde del precipicio. Las consecuencias de un resbalón podrían ser catastróficas. Sí: 2018 será un año difícil.

Una dinastía guerrera (y multimillonaria)

Arabia Saudita se sintió siempre el líder indiscutido e inevitable del mundo musulmán. Al fin y al cabo, allí, en medio de los desiertos infinitos de la península Arábiga, están La Meca y Medina, es decir dos de los tres lugares sagrados del islam (el tercero es Jerusalén o, como lo llaman los árabes, Al-Quds). Allí nació, predicó, guerreó y murió Mahoma, “el Sello de los Profetas”. Allí, por lo tanto, se originó su fe, que con el transcurso de los siglos llegaría a ser la religión de una cuarta parte de los habitantes del planeta. Nada menos.

Incluso en los momentos más arduos de las disputas entre las dos ramas en que se dividió la comunidad de creyentes, la ‘umma’, nadie puso en duda la supremacía de La Meca: la cuidad santa, donde está la piedra negra de la Kaaba, ha estado siempre en el centro de sus convicciones. A ella deben peregrinar los creyentes al menos una vez en la vida y hacia ella deben dirigir la mirada al cumplir con sus cinco oraciones diarias.

Quien manda en La Meca —y, por consiguiente, en toda la península Arábiga— es la familia Saud. Se dice que su fortuna, basada en las ventas de petróleo que empezaron en 1938, es de 1,4 millones de millones de dólares, que poseen los alrededor de quince mil integrantes de la familia real.

Todo empezó en 1744, cuando Mohamed bin Saud, hijo de un cacique tribal del desierto que se había proclamado rey, firmó un acuerdo, el Pacto de Diriyah, con un poderoso teólogo del islam sunita, Mohamed ibn Abdul Wahab, iniciador del ‘wahabismo’, la versión más radical del credo musulmán e inspirador de los grupos combatientes contemporáneos, como Al Qaeda y el Estado Islámico. De esa unión de los poderes político y religioso, que incluyó un matrimonio con el que nació una dinastía, surgió un emirato, con la familia Saud en la cúspide, llamado a unificar a todas las tribus beduinas del desierto.

Abdulaziz ibn Saud (1875-1953).

Abdulaziz ibn Saud (1875-1953).

Pero la unificación no fue fácil, por lo que recién en 1932, al cabo de una serie de conflictos tribales y disputas de tierras en las que la dinastía Saud perdió dos veces el mando, fue fundado el Reino de Arabia Saudita, con Abdulaziz ibn Saud como soberano. Para entonces, la familia Saud ya tenía un pacto estratégico con los británicos, firmado en 1915, y más tarde, en 1945, firmó otro con los americanos, lo que le permitió al ‘Reino del Desierto’ convertirse en el mayor productor de petróleo del mundo. Y, así, afianzarse como la gran potencia del mundo musulmán.

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Mohamed bin Salman (1985).

Pero su supremacía fue desafiada por el Irán que surgió de la Revolución Islámica de 1979. Y hoy Arabia Saudita tiene que combatir en varios frentes para no perder ni su influencia ni su liderazgo. Y no está ganando la contienda. Por eso, a principios de noviembre de 2017 el príncipe heredero del trono, Mohamed bin Salman, efectuó una purga enérgica y profunda de las élites políticas y económicas sauditas (que incluyó el arresto de once príncipes de sangre real, cuatro ministros y decenas de funcionarios y empresarios), una acción que de inmediato fue interpretada como un golpe de mano para consolidar su poder y deshacerse de rivales, en un reino en el que el trono puede asumirlo —por designación del rey— cualquiera de los príncipes de la corona.

Parecería, no obstante, que su acción contundente y súbita tenía un propósito aún más de fondo: erigirse ya, aun antes de asumir el trono, en el gobernante indiscutido del reino, para reformar a fondo el gobierno, modernizar el país y, así, enfrentar con capacidad y eficacia el desafío iraní. Por lo pronto, ya tiene el control de las fuerzas armadas y ya empezó a involucrarlas sin disimulo  en la guerra de Yemen. Y aunque sus primeros resultados fueron pobres, de su determinación no quedaron dudas: Arabia Saudita tendrá pronto un gobernante duro, en la larga tradición guerrera de la familia Saud…

 


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