Giorgio de Chirico.

El pintor metafísico.

 

Texto Patricia Villarruel.

Fotografías cortesía Caixa Forum.

Edición 429 – febrero 2018.

Plaza de Italia con fuente, 1968.

Plaza de Italia con fuente, 1968.

 

Sentado en el banco de la plaza de la Santa Croce de Florencia, Giorgio de Chiri­co tuvo la sensación de “verlo todo por pri­mera vez”. Corría 1910. Esa revelación fue el germen de su trabajo basado en la visión enigmática de la realidad (“hay un mundo que existe más allá de las cosas que le son familiares al espíritu humano”) que quedó plasmada en la obra icónica de la metafísi­ca: El enigma de una tarde de otoño.

Diecinueve años después, otra revela­ción. El artista italiano que había nacido en Grecia descubrió el poder evocador de la pintura cuando vio en el último autorre­trato de Tiziano la mirada, velada de luz y melancolía, de su padre, durante una visita al Museo del Prado.

Esa visión sobre el misterio de la exis­tencia, con evocaciones al sueño y la me­moria, que influyó en movimientos como el surrealismo y el realismo mágico o el pop art y el arte conceptual deslumbra a quienes visitan la exposición El mundo de Giorgio de Chirico. Sueño o realidad, en el Caixa Forum de Madrid. La retrospectiva de su fructífera trayectoria reúne 143 piezas de pintura, escultura y dibujo, datadas entre 1913 y 1976.

Galería--8

Giorgio de Chirico.

A De Chirico, el pintor italiano más influyente del primer tercio del siglo XX, es difícil encasillarlo en una estética o un movimiento; por eso, nada mejor que abrir esta ventana a su mundo metafísico e ima­ginario. A esas sombras alargadas de per­sonas invisibles que atraviesan plazas casi deshabitadas, a esas imágenes que pierden la objetividad de la perspectiva renacentis­ta, a esas arquitecturas interminables, a esos melancólicos maniquíes, a su capacidad de imitación, a sus naturalezas muertas, a sus retratos y autorretratos. A esa inquietud y ambigüedad que alimentó con sus medi­taciones sobre la realidad, sus lecturas de Nietzsche y de Schopenhauer y su admi­ración a pintores simbolistas como Arnold Böcklin y Max Klinger para crear espacios inquietantes, carentes de signos de vida y movimiento en un tiempo suspendido.

Eran los años del cubismo de Braque, Picasso, Robert Delaunay y de Apollinaire. Y sí, De Chirico fue algo lúgubre, aunque sin llegar a ser escandaloso cuando pene­traba en el subconsciente y en el silencio in­terior de los sueños. Abrazó la cultura gre­corromana y la modernidad en un intento por orquestar obras que sugieren lo infinito y lo eterno, el vacío o la soledad, junto a otras que presentan construcciones com­plejas compuestas por objetos coloreados, incongruentes, dispuestos en varios planos, algo que quebró radicalmente con las bús­quedas de vanguardia que prevalecieron en la segunda década del siglo XX, y causó una profunda impresión en el arte y el surrealis­mo y en todas las formas que exploraban el subconsciente y el sueño.

Desde el comienzo de su carrera, su obra se caracterizó por la investigación per­manente en diferentes niveles: lo técnico pictórico, lo estético y la idea artística. Es este último el que resume toda su actividad: su incansable búsqueda de descubrimien­tos iconográficos y simbólicos para exa­minar la relación entre el ser humano y la naturaleza, la historia y la poesía.

Habitaciones del pensamiento

A diferencia de otras exposiciones que suelen centrarse en un aspecto específico de la obra del maestro, esta muestra, que es fruto de la colaboración entre la Fondazione Gior­gio e Isa de Chirico y la Fundación La Caixa, “reúne sus principales inventos iconográficos, metafísicos y naturalistas. Por tanto, puede considerarse una retrospectiva que hace una exhaustiva exploración de sus diferentes te­mas y estilos a través de pinturas al óleo, es­culturas, dibujos y acuarelas. Y presenta su importante investigación teórica: del maniquí al trovador, de los arqueólogos a las musas y figuras mitológicas, de temas épicos desde los mundos renacentista y barroco hasta su último período neometafísico, que se exten­dió desde 1968 hasta 1976”, explica a Mundo Diners su curadora Katherine Robinson.

Autorretrato con traje negro, 1948-1954.
Autorretrato con traje negro, 1948-1954.

Hay algo de teatralidad en el montaje. La reproducción de las perspectivas alte­radas del italiano que se consigue en Caixa Forum, gracias a los grandes arcos, los di­ferentes niveles de las obras y a la enorme sala sin barrera visual, es el mejor escenario para realizar un recorrido que inicia con una selección de retratos, género clásico por excelencia para De Chirico que, como él mismo escribió, “cuando están bien dise­ñados, tienen que ser la imagen exacta de la persona que ha posado como modelo, y al mismo tiempo, tienen que ser una obra de arte, es decir, deben tener una alta calidad pictórica”.

El Retrato de la señora Gartzen, de 1913 —uno de los más significativos de la época— abre la muestra. Queda demostra­do que los lienzos del italiano no son, por supuesto, meras representaciones de un personaje en concreto, sino que captan las emociones más íntimas, la expresión de la personalidad y de la psicología del indivi­duo. “A sus primeros retratos metafísicos, les siguieron retratos clásicos de los años veinte y el naturalismo luminoso de los treinta hasta llegar, en los años cuarenta, a ser ambiguas y divertidas representaciones de él mismo vestido al estilo del siglo XVII, como un recuerdo de Rembrandt, Van Dyck y Frans Hals”, apunta Robinson.

Una segunda estancia indaga en los interiores metafísicos, un tema, de los más importantes y más enigmáticos, que nació durante la guerra en Ferrara (1915-1918) y que permitió a De Chirico albergar, en una suerte de “habitaciones del pensamiento”, muchas elaboraciones de sus visiones ima­ginarias. La organización espacial, detalla la curadora, “presenta una perspectiva acele­rada que implica los elementos arquitectó­nicos de una estancia en cuyo centro surge un conjunto de utensilios de pintura, escua­dras y reglas, bandejas azules con galletas y otros objetos incongruentes, dispuestos en diversos planos”. Son obras, añade, que “pese a no tener un significado lógico, están impregnadas por convicciones y un sentido de reposo profundos”.

Su impacto continúa

Hacia el final de su estancia en París, en 1915, De Chirico desarrolló la figura del maniquí, alejado completamente de cual­quier semejanza con el ser humano. Ese ser con una cabeza ovoide y lisa, un cuerpo for­mado por elementos geométricos y escua­dras de dibujo y que se sostiene mediante una estructura de tablones, se erige con una expresión luminosa y pathos del ser: “una conmoción universal y eterna, expresada por la inclinación de la cabeza y la postura corporal”. Y es, sin duda, una de las figuras centrales en el universo imaginario, filosó­fico y figurativo del artista, y vehículo para sus diversas manifestaciones evocadoras, desde los personajes míticos de Héctor y Andrómaca hasta los trovadores y arqueó­logos de los años veinte.

Las Musas Inquietantes, 1947.

Las Musas Inquietantes, 1947.

En la muestra se puede comprobar que esa extraña sensación de inquietud, que im­pregna a estos maniquíes y a la plaza de Ita­lia, cede paso a una serie de cambios concep­tuales y plásticos en los últimos años de su vida. El maniquí se humaniza con un cuerpo de carne y huesos, y con manos y brazos que le permiten moverse, mientras la plaza se anima con formas y objetos multicolores y la figura de un hombre vestido de burgués.

El Trovador, 1938.

El Trovador, 1938.

 

El recorrido continúa adentrándose en litografías y lienzos, con paisajes planos, canales y la representación del agua en una trama espesa de líneas dispuestas en zig­zag. La idea de los baños misteriosos se le ocurrió a De Chirico al ver cómo las pier­nas de un señor que caminaba delante de él se reflejaban en el suelo recién pulido con cera. “Me dio la impresión de que podría ahogarse en ese suelo. Fue así como imagi­né unas cuántas piscinas extrañas con unos hombres sumergidos en aquella especie de agua-parqué, que estaban quietos, y se mo­vían, y a veces volvían a detenerse a charlar con tres hombres que se hallaban fuera de la piscina-suelo”, explicó a sus 80 años.

Las naturalezas muertas que evoca el maestro, y que a él le gustaba llamar “vidas silentes”, favorecen la idea de desubicación al estar en el marco de paisajes naturalistas pero irreales, acompañadas, en ocasiones, por ele­mentos antiguos como estatuas o yelmos.

A estas obras le sigue una sensación de desorientación que provoca la ambi­güedad entre la realidad y la ficción de la figura de los gladiadores, cuya muerte —aunque inevitable— no es más que una mera representación.

Visión metafísica de Nueva York, 1975.

Visión metafísica de Nueva York, 1975.

Esta amplia retrospectiva se completa con esculturas realizadas a partir de 1940 en terracota, de temas como la Ariadna dormi­da, los arqueólogos y los caballos antiguos; y en bronce, años después, para abordar otros temas de su etapa metafísica como el trova­dor, los grandes arqueólogos, Héctor y An­drómaca o el minotauro arrepentido.

De Chirico dibujó siempre. Para él, el dibujo era un “arte divino, base de cada construcción plástica, esqueleto de cada obra buena, ley eterna que todo creador debe seguir”. Por eso la exposición estaría in­completa sin una serie de acuarelas, dibujos y litografías. Y sin esta reflexión: el arte del siglo pasado se construyó sobre dos pilares: Picasso y De Chirico. Ya lo decía Maurizio Calvesi, historiador del arte italiano:

El Contemplador,  1976.

El Contemplador, 1976.

“Picasso como el largo día y De Chirico la larga noche. Picasso o el consciente, atento y enfadado, en una época de hierro y fuego, de máquinas y exterminio. De Chirico, el inconsciente, tur­bado en sus claroscuros pero imperturbable en su soberanía. Picasso, la historia; De Chi­rico, la poesía del tiempo perenne. Picasso, la aspereza, el padre; De Chirico, la dulzura maternal. Picasso, el lenguaje, como expo­nente ideológico en proceso; De Chirico, la regresión imaginativa del corsi y el ricorsi, del eterno retorno. Picasso, el inmanente; De Chirico, la metafísica”.

Y así como hablamos de imágenes kaf­kianas o dantescas, no es extraño escuchar “parece un De Chirico” cuando se descubre la impronta del artista en espacios naturales y arquitecturas de nuestro tiempo. Hoy, su impacto continúa con artistas contemporá­neos que encuentran inspiración en temas posmodernos, como el regreso a la pintura y el interés por el arte clásico.

 


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