Pablo Celi o los misterios del intelectual.

Por Pablo Cuvi.

Fotografías Juan Reyes y Archivo P. Celi.

Edición 429 – febrero 2018.

 

Entrevista--0---1

Pablo Celi se volvió famoso cuando empezó a sancionar y destituir a figuras oscuras del correísmo tales como Richard Espinosa, Jorge Glas y Carlos Ochoa. Lo curioso del asunto es que él no es auditor ni abogado, sino un estudioso de la filosofía y profesor de política internacional en varias instituciones de las Fuerzas Armadas y en la Universidad Central.

Educado por los jesuitas, pertenece a esa generación que se volvió revolucio­naria “entre Marx y una mujer desnuda”. A pesar de su gran formación intelectual, ¡oh, paradoja!, sus esporádicas aparicio­nes en la escena política han estado conta­minadas por personajes como Sandra Co­rrea, Lucio Gutiérrez y Carlos Pólit. ¿Más prejuicios que verdades? Hoy, en su estu­dio cargado de buenos libros y una esfe­ra del mundo, me dispongo a descifrar el enigma de este sociólogo con tendencia a la abstracción que coordinó el libro blan­co de las Fuerzas Armadas y es un experto en el tema de seguridad y democracia a nivel latinoamericano, pero que tiene lista una exposición de sus pinturas abstractas y de desnudos apenas salga de la Contra­loría, y cuyo gran deporte es sumirse en los vapores del sauna que tiene en el patio.

 

—¿Tu papá era lojano?

—Sí, él vino a estudiar Medicina en Quito, luego hizo un posgrado en Pana­má, pero se quedó a vivir en Quito. En ese contexto conoció a mi madre, que es De la Torre, de Otavalo; mi tío abuelo Luis Al­berto fue jefe del Partido Conservador en Imbabura veinticinco años, senador de la República y uno de los cuatro que firmó en contra del Protocolo de Río con Pedro Saad, que era del Partido Comunista (PC), y con Juan Isaac Lovato, que era socialista.

—¿Qué tal la educación jesuita en el San Gabriel?

—Tuve una experiencia extraordina­riamente positiva, creo que le debo al San Gabriel mi inclinación por las humanida­des. Eran los setenta, años de la educación liberadora, los jesuitas estaban experi­mentando un nuevo modelo pedagógico.

Con sus padres, Leoncio Celi, Edith de la Torre, y sus hermanos en la Mitad  del Mundo, en un paseo familiar, 1968.

Con sus padres, Leoncio Celi, Edith de la Torre, y sus hermanos en la Mitad
del Mundo, en un paseo familiar, 1968.

—Era la época en la que los jesuitas andaban alocados con Lovaina y la libe­ración.

—Impulsaban en ese momento el de­bate alrededor de la pedagogía del opri­mido y las tesis de Paulo Freire. De hecho hubo una muy buena apertura en el San Gabriel a algunos intelectuales; por ejem­plo, Vladimiro Rivas, que fue mi profesor de literatura y uno de quienes me indujo a la pasión por ella; conocí a Diego Araujo, que era otro profesor extraordinario, de sus clases recuerdo muchísimo su inducción a la lectura de Chéjov. Fue un momento inte­lectual y humanamente muy rico…

—Pero ahí no se cuestionaban la existencia de Dios.

—Ahí es cuando opto filosóficamente por el marxismo a los quince años, des­de una reflexión esencialmente filosófica porque debatíamos desde la Suma Teo­lógica de Santo Tomás hasta el pensa­miento marxista. Yo fui presidente de la asociación de estudiantes del San Gabriel cuando se politizó muchísimo el colegio y realizamos el festival de cine conjunto con el colegio Mejía, por primera ocasión los dos colegios que nos trompeábamos en el básquet.

—Colegios enemigos desde la Revolución liberal.

—Pero en aquel año que fui presidente llegamos a un gran acuerdo las dos asociaciones para producir el festival de cine intercolegial apoyados por Ulises Estrella, que nos prestó las películas de la cinemateca de la Universidad Central y que fueron presentadas en el teatro del colegio San Gabriel.

Jamil Mahuad fue mi profesor también y presidió mi tribunal de grado. Luego pasé a la Universidad Católica por una razón fundamental: mi interés era estudiar Antropología y ahí había la única Escuela de Antropología.

—Era la carrera de moda ese rato.

—No sé. Yo tenía mucho interés en el movimiento indígena y de aproximarme al desarrollo en el campo. Ahí tuve una derivación a la arqueología, que me tomó al menos cuatro o cinco años, trabajé muy intensamente con el padre Porras, del que fui asistente. Una de las experiencias más gratificantes fue el descubrimiento arqueológico de la cueva de los Tayos, que tuve la suerte de hacerlo con él.

En la cueva de los Tayos con el padre Pedro Porras, en un proyecto del Centro de Investigaciones Arqueológicas, Universidad Católica, 1978.

En la cueva de los Tayos con el padre Pedro Porras, en un proyecto del Centro de Investigaciones Arqueológicas, Universidad Católica, 1978.

—Fantasioso era el padre Porras, un poco retorno de los brujos, que leía los petroglifos esos de las piedras del Napo.

—Todo lo contrario, era un positivista formado en el Instituto Smithsoniano de Washington, un científico muy riguroso desde el punto de vista de la arqueología formal, un gran estudioso de la historia y muy crítico respecto de la fantasía en la interpretación de los hechos arqueológicos. Los aportes que Porras hizo, por ejemplo, a la periodización preincaica en el Ecuador no han sido superados.

—¿Terminaste o no Antropología?

—Ahí se creó la Escuela de Sociología y Ciencias Políticas, en 1976, y fui parte de su primer grupo de estudiantes. También fui el primer graduado.

—¿Sobre qué versó tu tesis?

—Sobre el pensamiento marxista y los procesos de liberación nacional contemporáneos. Trabajé muy sistemáticamente el problema de la nación y su relación con las clases, en una revisión desde el pensamiento de Marx hasta el movimiento comunista contemporáneo…

—Habrás leído a fondo el libro sobre la cuestión nacional del compañero José Stalin. ¿En ese momento ya eras militante de la Juventud Comunista?

—Nunca fui militante de la Juventud Comunista sino del partido.

—¿Cómo así, por qué el PC en esa época?

—Vino mi aproximación al FADI, que se constituyó en 1978, cuando estaba en la mitad de mis estudios; después al PC y mi incorporación cuando Pedro Saad era aún secretario. De hecho, participé en la transición entre Pedro Saad y Maugé en la dirección. Luego se profundizaron las diferencias y el sector más intelectual del partido se separó y creó Liberación Nacional (LN).

—Eso era con Alfredo Castillo…

—E Iván Carvajal, Alberto Andino y otros de esa época, con un concepto de frente amplio, de integración multisec­torial que nos llevaba a tener diferencias muy fuertes con las versiones más rígidas que se daban dentro del PC. LN llegó a ser muy amplio desde el punto de vista de los sectores que adhirieron.

Como dirigente del FADI en 1980, acompañado de la líder indígena Tránsito Amaguaña.

Como dirigente del FADI en 1980, acompañado de la líder indígena Tránsito Amaguaña.

—Adhirieron muchas chicas bonitas de la burguesía.

—Se trabajó mucho no solamente en el sector estudiantil estatal, también en el privado. Eso amplió mucho la base social. El otro componente importante de LN fue el movimiento indígena. El FADI en ese momento y el LN hicieron un trabajo muy significativo en la Confederación de Pue­blos y Organizaciones Indígenas y Campe­sinos del Ecuador (FEI), en el inicio de la Conaie; Luis Macas, por ejemplo, era parte.

TROPIEZOS POLÍTICOS

—Volviendo a la Católica, hiciste un doctorado en Filosofía, ¿no?

—Sí, regresé a la Católica a trabajar fun­damentalmente en la filosofía, que es mi ma­triz formativa y de mayor interés intelectual.

—Era la época de Arturo Roig…

—Estaban Arturo Roig, Enzo Mella, toda esta gente que vino de las universida­des del Cono Sur, que constituyó un nú­cleo muy rico y con la que tuve una gran amistad. Arturo siempre fue un pensador muy riguroso y un gran investigador. Acá trabajó muy sistemáticamente el pensa­miento político y filosófico ecuatoriano. Y con Enzo Mella teníamos largas tardes de reflexión sobre Hegel, trabajamos toda la fenomenología y la lógica de Hegel, pero yo me doctoré con esta tesis sobre el con­cepto de cultura.

(Me pasa la tesis empastada y la hojeo brevemente).

Cultura y reproducción social, año 1988. Empiezas con una cita de Carlos Marx, ni más ni menos.

—Era mi diálogo desde la filosofía con el marxismo. Me dirigió la tesis Iván Car­vajal. Mi militancia política terminó con la frustración de los noventa, cuando se disolvió LN. Desde entonces trabajo muy intensamente en el campo de las relaciones internacionales donde voy desarrollando poco a poco una experticia que nació de mis estudios de doctorado en Relaciones Inter­nacionales en la Universidad Central. En mi tesis me planteé pensar la inflexión de fin de siglo, desde el derrumbe del socialismo y las nuevas condiciones de transición.

—A ver: ¿cómo un señor con seme­jantes estudios y semejante bagaje cul­tural va a terminar de subsecretario de Sandra Correa en el Gobierno de Abda­lá Bucaram? Eso no empata.

—No. Mi relación con la administra­ción pública ha sido bastante azarosa y casi siempre sujeta a circunstancias que han desbordado mi capacidad de deci­sión. La participación en el Gobierno de Bucaram fue una decisión de lo que que­dó de LN, yo ni siquiera conocía a Buca­ram ni participé en la campaña. LN había hecho un esfuerzo muy significativo por constituir un polo de organización alter­nativa, una opción de agrupamiento de una izquierda más abarcante…

—Vamos a lo concreto: ¿cómo así con Bucaram?

—El LN no dio continui­dad a su opción social, ideológica y de masas, y optó por participar en una re­conducción del Estado bajo un signo aje­no. Ese fue un error político que solo se lo pudo entender después.

—Y a ti te costó mucho…

—Sobre todo en prejuicios. Mi parti­cipación fue muy puntual en función de lo que se me pidió, que era una reestructura­ción de la educación superior y media, cosa que me parecía muy importante, sobre todo por el peso que había tenido ese control ideológico-político del Movimiento Popu­lar Democrático (MPD), que era necesario superar. Por supuesto que eso fracasó y se frustró por las condiciones generales del Gobierno de Bucaram; esa es la tragedia.

 —Una comparación: a Sandra Co­rrea, por la cuestión de la tesis, la acaba­ron. Ahora, a Jorge Glas, sobre lo mis­mo, ni siquiera se lo juzgó. No solo eso, sino que Correa, al contrario de Borja o Hurtado, que habrían pedido su renun­cia, lo ascendió a vicepresidente de la República. ¿Cómo se explica eso?

—Por la farsa de la meritocracia, que fue una de las grandes imposturas en el último período.

—Pero la meritocracia habría exigi­do que lo bote, no que lo ascienda.

—Es que la meritocracia siempre fue una mascarada. Eso se ve también en la desastrosa política en el campo de las uni­versidades. Esa fábrica de títulos propios y ajenos, ese complejo tremendo frente a la ti­tulación en el extranjero, el desconocimien­to muy fuerte del talento y la capacidad aca­démica del país, la falta de una reforma edu­cativa profunda del sistema universitario, el escasísimo apoyo a la universidad pública.

—¿Por qué sucedió eso? ¿Eran deli­rios de Rafael Correa y René Ramírez, o ignorancia? ¿Por qué crean un esperpen­to como Yachay en lugar de fortalecer lo que todos conocíamos y sabíamos?

—Porque nunca existió una política para el desarrollo de la educación superior. Se subrogó esa política con un conjunto de medidas que partían de un supuesto abso­lutamente equívoco: el problema eran las titulaciones, cuando en realidad el proble­ma está en el sistema y en la articulación entre la educación superior y la educación media. Tema que no se superó en absoluto con el modelo que se intentó implementar, que, además, fraccionó terriblemente a la educación superior.

 

Entrevista--2

 

TRABAJANDO CON LAS FUERZAS ARMADAS

—Algo igualmente catastrófico su­cedía en la política internacional…

—Vamos ya varios períodos sin una política internacional. El Ecuador ha teni­do una política internacional de ocasión, reactiva, sin sentido estratégico, sin una articulación de relaciones regionales y globales que correspondan a la condición del país y al contexto en el cual esa condi­ción va configurándose.

—A mí me llamaron como editor para el Planex 2020, un trabajo que diri­gió Pancho Carrión cuando era vicecan­ciller. Fue una cuestión muy racional, hicieron mesas en todo el país, con gente de todos los partidos y sectores sociales, para tener una política internacional como política de

Estado. Se publicó, eran cosas muy sensatas, no tienes que ser un genio para definir las políticas in­ternacionales, y duró lo que duró, nada.

—En las distintas instancias del Esta­do hay una gran experticia profesional, la hay en el servicio exterior, en las Fuerzas Armadas, en la propia Contraloría. La­mentablemente, la capacidad para insti­tucionalizar esa experiencia y constituirla en el fundamento de definiciones políticas de largo plazo ha estado circunscrita a los avatares de las coyunturas políticas. Es esa improvisación de comenzar siempre desde cero, en todas las áreas. Pensemos en el campo militar, campo con el cual he trabajado veinte años.

—¿Cómo empiezas a trabajar con las Fuerzas Armadas, en qué época?

—Mediados de los noventa.

—La guerra del Cenepa. ¿A raíz de eso vas a trabajar?

—No hay una causalidad directa. He sido académico toda la vida, en la Univer­sidad Central más de treinta años, y fui invitado a dar clases en la Academia de Guerra Aérea, luego pasé al Instituto Na­cional de Guerra del Comando Conjunto y a la Academia de Guerra del Ejército.

 —¿Clases de política internacional?

—De varias cosas: política interna­cional, teoría política y ciencia política, y economía internacional, básicamente las tres áreas. Eso cuando se constituye la Red de Estudios de Seguridad de Amé­rica Latina y comenzamos a trabajar dos temas: la relación civil-militar como se daba en democracia después de las crisis de las dictaduras, y los nuevos desafíos en la conducción civil del sector militar; ese fue el primer aspecto.

El segundo, la relación de las políticas de defensa, que todas eran nacionales, con una política exterior que permita tratar el problema de la integración regional y, so­bre todo, la crisis del sistema interameri­cano y la inexistencia de un sistema alter­nativo: la crisis de la OEA, del TIAR, del Pacto de Bogotá. Todo el sistema de rela­ciones con Estados Unidos en el campo militar carece de un sistema alternativo.

 —¿Qué efectos concretos tuvo eso en el Ecuador?

—Tuvo efectos en toda América La­tina. Mucha gente que ha participado en esto ha tenido incidencia directa en pro­ducción de política de defensa y política exterior en toda América Latina; muchos de ellos han sido ministros de Defensa o de Relaciones Exteriores; muchos han participado en la conducción militar. Esto permitió en las Fuerzas Armadas del Ecuador trabajar dos cosas muy im­portantes: una apertura al relaciona­miento con la sociedad civil; eso fue el intento de los libros blancos: un diálogo civil-militar.

—Que ya se venía haciendo luego de Paquisha, hubo un cambio de orien­tación del Ejército para vincularse más con el pueblo y eso.

—Las Fuerzas Armadas del Ecuador, en relación con otras de América Latina, son y han sido históricamente bastante populares, ideológicamente muy progre­sistas e institucionalmente muy abiertas al diálogo con la sociedad, una característica que no la encuentras en otras Fuerzas Ar­madas.

En el caso del Ecuador esto aportó a profundizar el diálogo civil-militar y a consolidar una conducción institucional de las Fuerzas Armadas. La resistencia a que se le añadan funciones no militares, que fue uno de los temas de conflicto con el Gobierno de Correa, es producto de muchos años de desarrollo doctrinario, de debate intelectual.

—Eso es lo que resistió, porque Co­rrea y Patiño querían alinear las Fuerzas Armadas al “proceso revolucionario”, con el modelo cubano y el modelo vene­zolano. Por esa resistencia cambiaron de Comando Conjunto varias veces. Vol­viendo atrás, ¿cuál fue tu relación con Lucio Gutiérrez, cómo lo conociste?

—Fue mi alumno en uno de los cursos del Instituto Nacional del Comando Con­junto. Era un alumno que ejercía un lideraz­go sobre su curso. Posteriormente, algunos amigos comunes del sector militar me plan­tearon que le diera un apoyo de opinión al presidente Lucio. Entré a asesorar a la Sen­plades en el Plan Nacional de Desarrollo, y desde ahí me relacioné con Lucio, estuve tres meses y hablé con él dos veces.

—Un tipo importante con Lucio era Carlos Pólit.

—Ahí conocí a Carlos Pólit, era se­cretario de la Presidencia, pero no tenía mayor trato con él en la medida en que mi área era planificación, que estaba dirigida por María Fuentes, con quien trabajé más directamente. La relación con Pólit era totalmente esporádica. Después no supe nada más de todos ellos, estuve dedicado a temas de índole internacional.

MISTERIOS DE LA CONTRALORÍA

—¿Qué pasó luego de que Pólit asu­mió la Contraloría?

—Dos años después me solicitaron una asesoría en política internacional y posicionamiento de la Contraloría. Ahí descubrí el mundo de los auditores y fue una experiencia muy rica, muy humana. Luego pasé de asesor a subcontralor ad­ministrativo para desarrollar la estructu­ra institucional. En esas estuve hasta que me designaron para organizar el Centro de Estudios Estratégicos de Unasur, en Buenos Aires, en 2010.

Estuve allá dos períodos y volví a regañadientes, mi inte­rés intelectual me motivaba a quedarme pero volvimos por la muerte de la her­mana mayor de mi mujer, que devastó a la familia. Entonces me llamaron de la Contraloría a que me reincorpore como subcontralor general, para desarrollar un organismo más moderno, que era y sigue siendo mi obsesión.

—Pero tú estabas ahí y veías que no se controlaba nada de las cosas que todo el Ecuador sabía. Las denuncias de Fernando Villavicencio empezaron en 2010, creo.

—Hay que conocer la mecánica de la Contraloría para comprender este punto. La Contraloría está sujeta a un conjunto de procedimientos que tienen ciertas exi­gencias técnicas por la cuales una denun­cia por sí misma no puede sustentar una decisión de la Contraloría. Es necesario sustentar las cosas con evidencia docu­mentada, y ese procedimiento pasa por una secuencia documental muy rigurosa y hay tremendas exigencias legales porque está sujeta a ser contrastada por el afec­tado. Es muy difícil que una decisión de Contraloría vaya simplemente desde la autoridad hacia abajo, desde la orden de la autoridad de hacerle daño a tal persona o descubrir u ocultar tal cosa. Claro que la actitud de la autoridad es muy importan­te porque puede intensificar o frenar los procesos.

—¿Pero cómo sucede que el informe de los auditores dice, por ejemplo, aquí hay un sobreprecio de cien millones, y el contralor Pólit arregla y dice no pasa nada?

—Esa pregunta es muy importante. Por­que hay dos procesos distintos que usual­mente se los percibe como uno solo. Una cosa es el informe de auditoría y otra cosa la determinación de responsabilidades que se derivan de ese informe. Ningún informe responsabiliza, lo que hace es describir los he­chos. Ahí puede estar claramente establecida la infracción pero eso pasa al criterio jurídico y administrativo con el cual se juzga. De un informe pueden desprenderse distintos tipos de responsabilidad o no, según el criterio con el cual se aplique la norma.

—¿Cómo llegaste a pedir la destitu­ción de Jorge Glas?

—Porque existe un informe que tuvo alrededor de un año de estudio sobre el bloque Singue, donde los equipos de audi­toría establecieron un conjunto de irregu­laridades en el proceso de asignación del campo con responsabilidades de diversa índole, una valoración no correcta de las reservas que el campo contiene, no se res­petaron procedimientos precontractuales para decidir la asignación, y todo esto caía bajo la responsabilidad de la comisión donde, entre otros, participaba Jorge Glas, ministro de Sectores Estratégicos.

TRES REVOLUCIONES FRACASADAS

—¿Qué harás cuando termine tu en­cargo en la Contraloría?

—No tengo ningún interés en el cargo. Iré a trabajar en mi línea académica, en el Instituto de Investigaciones Internaciona­les de la Universidad Central, y continua­ré mi trabajo en el campo del arte.

—¿En qué quedó el joven que se refu­giaba con un abrigo negro a escribir poe­mas de amor en el bosque de Miraflores?

—(Risas). ¿Quién te cuenta eso?

En Buenos Aires en 2013, en su fase de pintor, que tiene lista una exposición de 70 cuadros.

En Buenos Aires en 2013, en su fase de pintor, que tiene lista una exposición de 70 cuadros.

—Tengo mis fuentes.

—Verás: tengo una relación de vida con la filosofía, y pasional con el arte, en parti­cular con la pintura, que trabajo desde hace unos doce años. Y una relación existencial con la poesía; entre mis temas pendientes está la publicación de un poemario…

—Que le va a hacer brincar de envi­dia en su tumba a Gustavo Adolfo Béc­quer.

—¡No, no! (Me enseña una carpeta con los versos mecanografiados y pasamos al enfoque internacional). Publiqué El cí­clope ciego, que fue un pequeño libro de análisis de la situación internacional con la caída de las Torres Gemelas.

—¿Cómo ves lo que está pasando con Trump?

—Vivimos un momento de inflexión internacional a nivel global. Los ciclos de la economía y de la política no pue­den mantener el divorcio que se generó entre ellos desde la mitad del siglo XX; hay un extravío de la política. Los gran­des momentos del desarrollo económico tuvieron expresiones políticas claras: las revoluciones liberales burguesas en el momento de ascenso y consolidación del capitalismo. Con el capitalismo en sus fa­ses monopólicas, tienes las revoluciones obreras y el primer intento, inconcluso, de una expresión alternativa llamada socia­lismo…

—Más que inconcluso, desastroso.

—Hay que mirarlo en los ciclos largos. Evidentemente ahí hay una tragedia polí­tica y hay un desastre económico.

—¿Leíste El hombre que amaba a los perros?

—Me conmovió. Me encanta Padura en general. Sin embargo, el anecdotario de la perversidad no debe enceguecernos en la lectura de las virtudes de los procesos políticos y sociales. Ninguna revolución es pura…

—Pero ahí está hablando alguien que ha sido víctima de ese sistema, ese es el gran valor de Padura. Hay tres víc­timas en ese libro: Troski; Mercader, al que el estalinismo convierte en asesino, y el narrador cubano. Y tres revolucio­nes fracasadas: la rusa, la española, la cubana.

—Una revolución verdadera está car­gada de contradicciones; cuanto más pro­fundas, más cierta es. Esas grandes trans­formaciones políticas que correspondie­ron con los ciclos largos del desarrollo económico y social hoy no tienen una expresión que las contenga en el mundo. No hay una forma política para la globali­zación contemporánea. Entre otras cosas porque es una globalización asimétrica, que se fracturó regionalmente.

—Pero a China la va muy bien.

—Le va muy bien desde un capitalis­mo clásico. Intenta desarrollar un capita­lismo nacional en un contexto de globa­lización porque tiene tres ventajas muy importantes: mano de obra barata, una gran capacidad comercial para incidir en un mercado internacional fracturado por los monopolios privados, mientras ellos se apoyan en el Estado y es una potencia depredadora, una gran consumidora de recursos de otros países.

—Y en ese escenario gigantesco, ¿qué puede hacer el licenciado Lenín Moreno?

—En primer lugar, no hay salida na­cional fuera de la región. Los países se reestructuran en las regiones. El gran pro­blema en el que estoy trabajando ahora en economía, política y seguridad inter­nacional tiene que ver con la debilidad en la construcción de los entornos regionales frente a una globalización asimétrica. Es­tos diez años de profundización del ex­tractivismo han causado al país una lesión enorme frente a la nueva economía, que es una economía de cadenas de valor.

El gran desafío es encontrar el nicho regional del país. Y el gran problema tiene que ver con la inexistencia de una econo­mía regional. Ninguno de los proyectos que se plantearon logró construirla, ni Unasur ni la Celac, mucho menos la Alba, que fue segmentada por la agenda petro­lera venezolana. El Ecuador no puede re­solver sus problemas sin una estrategia de inserción regional y global.

 


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