El año del cisne negro.

Cualquier error de cálculo podría causar una catástrofe en este tenso 2018.

Por Jorge Ortiz.

Edición 429 – febrero 2018.

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Nadie —ni quienes conocen bien al personaje ni quienes saben lo irracional que es el populismo— vio venir una arremeti­da así, agria y feroz: 2018 recién amanecía, con las consabidas y siempre desmedidas esperanzas para el nuevo año, cuando el presidente de los Estados Unidos, con sus infaltables y temibles tuits mañaneros, lan­zó unas advertencias duras, muy gruesas, contra norcoreanos, iraníes, paquistaníes y palestinos, a quienes ve, entre muchos otros, con desconfianza, antipatía o, inclu­so, absoluta aversión. Las chispas saltaron de inmediato. Pero, ¿se puede jugar con fuego donde hay gasolina derramada?

Además de haber sido intempestivas, esas advertencias dejaron una sensación de mal augurio: sonaron a anuncios inapela­bles de que en 2018 proseguirán, tal vez se agravarán, las tensiones internacionales en una serie de lugares (el Oriente Medio, el Asia Central, la península coreana, Rusia, el mar meridional de China, la Mesopota­mia, el mundo musulmán…) donde hay conflictos latentes que, si no son maneja­dos con prudencia, sagacidad y buen tino, pueden derivar en estallidos mayores, de consecuencias trágicas. Sí, hay mucha ga­solina derramada y lo sabio sería no jugar con fuego. Menos aún si quien hace saltar las chispas es el presidente de los Estados Unidos.

Pero, según parece, la estrategia de Donald Trump es la confrontación perma­nente. Al menos, esa ha sido su actitud in­variable desde el 20 de enero de 2017, hace un año, cuando asumió la presidencia de su país encaramado en una ola de fervor na­cionalista, bastante tribal, que se reflejó en su consigna de “America First”. Esa actitud parecería indicar que Trump entiende la preeminencia americana como su derecho a alterar, por sí y ante sí, los equilibrios del poder mundial, la mayoría de los cuales es­tán en vigencia desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y de los que los mayores beneficiados han sido, ni más ni menos, los Estados Unidos y sus aliados.

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Estados Unidos le ha dado absurdamente a Pakistán más de 33 mil millones de dólares en ayuda durante los últimos 15 años y ellos nos han dado nada más que mentiras y engaños, tomando a nuestros líderes como unos tontos. Dan refugio seguro a los terroristas que cazamos en Afganistán, con poca ayuda. ¡Ya no más!.

Fuente: excelsior.com

¿Hay una estrategia de fondo, pulcra y bien meditada, o la política exterior ame­ricana se está moviendo al vaivén de los arrebatos madrugadores (y los tuits) de su presidente? El tiempo lo dirá. Por ahora las evaluaciones tienden al pesimismo, al ex­tremo de que se ha llegado a advertir que “el peligro de una crisis geopolítica inter­nacional, equivalente a la crisis financiera global de 2008, es muy elevado”, según el diagnóstico de Eurasia Group, una con­sultora de riesgo, que menciona la posi­bilidad de que “un error de cálculo o un suceso inesperado” sea la chispa que haga estallar un incendio. Y, claro, una actitud con frecuencia desenfrenada como la del presidente americano es siempre proclive al error de cálculo y al suceso inesperado.

El cisne negro

Hasta finales del siglo XVII se creía que era imposible que hubiera cisnes negros: to­dos los cisnes son blancos, siempre. Pero en 1697, o alguna fecha cercana a esa, fueron encontrados unos cisnes negros en Austra­lia. Para entonces, sin embargo, ya era de uso frecuente en los círculos ilustrados una expresión del poeta latino Juvenal, escrita en una de sus dieciséis Sátiras a finales del siglo I (o, tal vez, a principios del siglo II), sobre “un ave muy rara en la Tierra, simi­lar a un cisne negro”, para hacer referencia a un suceso por completo inesperado, sor­prendente, capaz de causar un impacto tan profundo como sería el encuentro con un cisne negro. Y, con el tiempo, esa expresión antigua se trasladó a las ciencias sociales modernas.

La ‘teoría del cisne negro’ se aplica, en efecto, a un hecho súbito, no esperado ni previsto, que altera el curso de los aconte­cimientos, trastornando el rumbo de la his­toria. Un cisne negro fue, según el ejemplo más frecuente, el asesinato en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, del heredero del trono del Imperio Austro-Húngaro, el archiduque Francisco Fernando, que precipitó el estalli­do de la Primera Guerra Mundial. Fue un acto aislado, cometido por un fanático na­cionalista serbio-bosnio, Gavrilo Princip, un lobo solitario del siglo XX que apresu­ró un conflicto —tal vez inevitable en un mundo que ya estaba en ebullición— de una magnitud que por entonces no tenía precedentes.

Y, por cierto, también fue un cisne negro, pero de efectos magníficos, el anuncio ofuscado e impreciso del portavoz del gobierno de Alemania Oriental, el 9 de noviembre de 1989, de que serían levan­tadas las restricciones migratorias, lo que derivó, en cuestión de minutos, en la caída deslumbrante y definitiva del Muro de Ber­lín. Nada menos. ¿Habrá un cisne negro en 2018?

Si pudiera anticiparse, un suceso jamás llegaría a ser un cisne negro. Para que lo fuera, ese suceso tendría que ser imprevis­to, inesperado, sorprendente. Sin embargo, en una situación internacional tan volátil como la actual, sin liderazgos inspiradores en el Occidente liberal y democrático, con la excepción, acaso, del presidente de Fran­cia, Emmanuel Macron (Recuadro), y con demasiadas líneas de fractura proclives al choque de civilizaciones, un ambiente de tensión podría convertirse, de un día para el otro, en un conflicto de potencialidad devastadora, como ocurrió, y este es otro ejemplo válido, con el ataque en Nueva York y Washington de Al Qaeda —una red de combatientes islámicos de cuya existen­cia no sabía casi nadie el 11 de septiembre de 2001—, que marcó el comienzo de una ola enorme de terrorismo en medio plane­ta. Un perfecto cisne negro.

Pero, ¿dónde?

Quizá la mayor línea actual de fractura es la que parte en dos el mundo musulmán, donde una vieja rivalidad que se remonta al siglo VII, tras la muerte de Mahoma, se refleja hoy en los redobles cada día más sonoros de los tambores que llaman a una guerra entre Arabia Saudita, como por­taestandarte del islam sunita, e Irán, como paladín del islam chiita, con sus respectivos satélites y aliados. Los arsenales y los polvo­rines todavía están bien cerrados, aparte de que ambos rivales saben lo demoledora que sería una guerra, pero desde el Asia Menor y el Oriente Medio hasta el golfo Pérsico y la Mesopotamia hay demasiadas armas en manos de grupos fanáticos y violentos, capaces de perpetrar algún ataque súbito e inaudito, un cisne negro que convertiría a toda la región en un inmenso reguero de pólvora.

Sauditas e iraníes, que además de su rivalidad religiosa reencarnan la vieja enemistad entre árabes y persas, ya están enfrentados en al menos dos conflictos armados actuales, que son las intermina­bles guerras civiles de Siria y Yemen, y sus disputas por poderes e influencias son cada día más ásperas en casi todo el mundo mu­sulmán. Más aún, unos y otros patrocinan y financian organizaciones muy agresivas de combatientes: Irán está detrás del grupo chiita Hezbolá, que desde su base inicial en el Líbano ha extendido sus operaciones militares a varios países del área, mientras que Arabia Saudita tuvo mucho que ver en la creación de la red sunita Al Qaeda y, por extensión, del Estado Islámico. Ninguno de esos grupos es dócil ni fácil de mante­ner bajo control, por lo que nadie puede descartar que, cualquier día, uno de ellos cometa un disparate abrumador que sea el comienzo de una escalada atroz.

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La disputa de décadas se ve agravada por las diferencias religiosas. Cada uno de ellos sigue una de las dos ramas principales en el islam: Irán es en gran medida musulmán chiita, mientras que Arabia Saudita se ve a sí misma como la principal potencia musulmana sunita.

Fuente: BBC.com

 

Este año se sabrá también, más tem­prano que tarde, qué harán Al Qaeda y el Estado Islámico después de su fracaso mili­tar en la Mesopotamia: tanto en Siria como en Iraq están en vísperas de ser derrotados y expulsados, por lo que varios miles de sus combatientes supervivientes (que en el caso del Estado Islámico serían de cinco mil a ocho mil, entre árabes y occidentales) es previsible que se dispersen por el mundo y vuelvan a la lucha. El recrudecimiento del terrorismo islámico, dirigido contra los paí­ses del Primer Mundo, Rusia incluida, pare­ce inevitable. Lo que aún no se sabe es cuál será su estrategia: ¿volverán —en especial Al Qaeda— a los grandes atentados, como los cometidos en Nueva York, Washing­ton, Londres y Madrid, o perseverarán en su nuevo estilo, de pequeños ataques con lobos solitarios que golpean con cualquier arma, cualquier día, en cualquier lugar?

Ciberataques y misiles

En la política exterior rusa, que ha vuelto a ser nacionalista y expansionista, también podría anidar un cisne negro. Con la anexión de la península de Crimea y de la ciudad de Sebastopol, en 2014, el presidente Vladímir Putin ya demostró su determinación indu­dable de devolver a su país el rol protagónico estelar que tuvo durante las siete décadas del imperio soviético. Una meta que parece leja­na, tal vez inalcanzable, después del fracaso estrepitoso del régimen socialista, pero en cuya persecución Putin podría meterse en terrenos pedregosos y peligrosos. Como, por cierto, ya lo está haciendo en las provincias secesionistas del este de Ucrania y, también, en los ataques cibernéticos cada vez más ma­sivos para influir en los procesos políticos de las democracias occidentales.

También Kim Jong-un, el tercero de la dinastía que, desde 1948, reina en Corea del Norte, demostró ya su determinación im­placable de tener un arsenal propio de ar­mas atómicas, con los correspondientes mi­siles para poder disparar sus bombas contra cualquier lugar del planeta. Los ensayos nucleares y los lanzamientos de cohetes que hizo su país en 2017 encendieron todas las alarmas en los países más amenazados (Co­rea del Sur, Japón y los Estados Unidos) y elevaron las tensiones a códigos rojos. Des­pués, la retórica inflamada e imprudente de Donald Trump, replicada con acidez por el bárbaro Kim, llevó a la península coreana a punto de ebullición, donde ya se habla de una guerra como algo inevitable. Sólo sería cuestión de tiempo.

De Irán también se sospecha que tiene ambiciones urgentes de potencia nuclear. El régimen teocrático y revolucionario de los ayatolás chiitas lo niega, desde luego, pero hay muchos indicios de que su red de plantas centrifugadoras no tiene los propó­sitos pacíficos, de generación eléctrica, que proclama el gobierno del presidente Hasán Rohaní, sino que apunta hacia la fabrica­ción de bombas atómicas. Al fin y al cabo, a Irán le sobran los enemigos: los Estados Unidos, Israel y Arabia Saudita encabezan la lista. En todo caso, desde julio de 2015 está en vigencia un acuerdo (con Alema­nia, Gran Bretaña, Francia, China, Rusia y los Estados Unidos) para la supervisión del programa iraní. Trump sospecha, tanto como Israel, que los controles internaciona­les están siendo burlados y que la fabrica­ción de armas sigue en marcha, por lo que está dispuesto —por lo menos eso ha dicho más de una vez— a denunciar el acuerdo y reimplantar las sanciones económicas. Lo cual sucedería este mismo año, con el co­rrespondiente e inmediato retorno al cho­que y a la hostilidad.

Y por último está China que, en 2017, dio un giro político dramático: volvió a la centralización y la concentración del poder, después de unos años de una cierta apertu­ra, y, más aún, desempolvó las viejas procla­mas marxistas-leninistas-maoístas que iban quedando en el olvido desde 1978, cuando Deng Xiaoping dio prioridad al pragma­tismo (“no importa si el gato es blanco o negro, con tal de que cace ratones…”) por encima de las rigideces ideológicas, lo que se tradujo en el abandono gradual de la economía socialista, la adopción creciente de fórmulas de mercado y la salida de la pobreza de cientos de millones de personas. Pero el XIX congreso del Partido Comu­nista, realizado en octubre, optó por volver atrás, a los obscuros tiempos de Mao.

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El modelo político de China se percibe más fuerte que nunca, en un aprovechamiento de la imagen de debilitamiento que tiene Estados Unidos con su presidente, esto podría significar un reordenamiento global del poder y dominio de mercados. Xi Jinping considerado como el presidente más fuerte desde Mao Zedong obligaría a realizar reformas en el modelo político estadounidense, reformas políticas estructurales como una necesidad para mantenerse en el nivel de potencia y de competitividad que plantean otras potencias es un desafío para el gobierno de Trump en un momento en que China se perfila más fuerte.

Fuente: elpulso.hn

Fue así que, en vez de los relevos en el poder cada diez años, la jerarquía comunista dio carta blanca, en la constitución, a la per­petuación de su líder actual, Xi Jingping, y volvió a poner en letras rojas, brillantes, los dogmas socialistas. Un retorno, según pare­ce, a la idea que siempre rondó por la his­toria china, según la cual el país alcanza las cimas de su poder cuando es guiado por un poder duro, mientras que desciende a sus si­mas cuando lo gobierna un poder blando. Y aunque no se esperan desplantes imperiales a corto plazo, el intento chino por alcanzar la supremacía mundial coincide con el va­cío de poder dejado por los Estados Unidos cuando el “America First” de Donald Trump empezó a traducirse en un incomprensible y tajante desmantelamiento de sus alianzas, un alejamiento de sus socios y un abandono de sus responsabilidades, lo que es obvio que facilitará el ascenso chino a la cumbre. En los trastornos que ese proceso causará también podría anidar un cisne negro.

Todo apunta, por lo tanto, a un 2018 de incertidumbres, lleno de incógnitas, en el que casi todo podría suceder. También lo peor. Y dos temas adicionales se volverán este año motivos de inquietud y conflictos: la multiplicación de los ataques cibernéticos (que ya están causando alteraciones muy da­ñinas a los procesos democráticos occiden­tales) y el deterioro desenfrenado de las con­diciones ambientales del planeta (que la Unión Europea, con Francia por delante, está tratando de atenuar mediante el rescate de los acuerdos internacionales de protec­ción). Hasta ahí los peligros. Y es que tam­bién hay, por supuesto, motivos para el sosie­go y la esperanza, como el afianzamiento de la democracia en tantos rincones del mundo, la cada vez más empeñosa lucha contra el hambre, los avances formidables de la cien­cia y la tecnología, el inminente final de algu­nos conflictos sangrientos y, claro, la con­ciencia cada vez mayor de que la suerte de cada ser humano está estrechamente vincu­lada con la suerte de todos los demás, por lo que nadie puede desentenderse de los dra­mas de sus semejantes, por lejanos y desconocidos que puedan parecer.

El joven líder

Pol-int---4Europa puede, debe, convertirse en la potencia política, económica, ecológica, científica y social capaz de plantarse ante China y los Estados Unidos en defensa de los valores que nos han constituido y que son nuestra historia común…”. Las pala­bras del presidente de Francia en su men­saje de Año Nuevo fueron recibidas como un llamado a la esperanza en un momento internacional de confusión y dudas, pero también como un anuncio de que él, Emmanuel Macron, está resuelto y tiene la fuerza para abrir una tercera vía, apartada del conflicto potencial entre los superpo­deres mundiales, en defensa de un planeta seguro, que progrese y genere bienestar en libertad y con derechos.

Ya desde la campaña electoral, cuando partió desde atrás y con posibilidades es­casas frente a los candidatos de los gran­des partidos, Macron se refería a sí mis­mo como “ni de izquierda ni de derecha”. Esa equidistancia, que suele ser una frase agotada y sin sentido en la mayoría de las elecciones, se convirtió en una práctica política para el joven aspirante, de 39 años de edad, que en mayo de 2017 se convirtió en presidente de Francia.

Desde entonces (tal vez siguiendo los pasos del general Charles de Gaulle, que go­bernó Francia entre 1958 y 1969 —aunque ya era el líder indiscutido desde 1945— y que promovía una tercera vía en los años intensos de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética), Macron fue perfilándose como un líder modernizador y, en la práctica, equidistante entre la dere­cha y la izquierda, es decir ni alineado con los Estados Unidos del tormentoso presi­dente Donald Trump ni con la China del cada vez más autocrático líder Xi Jingping.

Su defensa, insistente y persistente, de los acuerdos contra el cambio climático, el libre comercio, los valores democráticos y el multilateralismo le fueron dando una presencia internacional cada día más rele­vante, en los momentos exactos en que sus vecinos más influyentes están soportando unos enredos internos que los tienen se­miparalizados: Alemania sin poder armar un nuevo gobierno en torno a la canciller Ángela Merkel, la Gran Bretaña empezan­do a padecer las consecuencias de su ‘bre­xit’ inminente, Italia volviendo a la inesta­bilidad política de décadas previas, España rompiéndose por la arremetida secesionis­ta de Cataluña y, en fin, Polonia y Hungría adoptando prácticas concentradoras del poder propias de los caudillos abusivos del Tercer Mundo. Y todo eso al mismo tiem­po que Rusia arremete y se expande.

Macron es hoy, al empezar 2018, el líder con la voz más clara y con mayor resonancia de toda la Unión Europea. Su meta es gobernar una Francia fuerte en una Europa fuerte y, al hacerlo, promover en el mundo los valores de las sociedades libres, con equidad y derechos, que son las únicas que garantizan la estabilidad, la paz y el progreso. ¿Lo logrará?, ¿le bastará el peso menguante de Francia en los asuntos internacionales?

Difícil saberlo, por ahora. Pero, al menos, lo está intentando. Y eso ya es mucho en un mundo de sobresaltos y tinieblas.

 


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