Churchill & Orwell o los opuestos se unen.

Por Gonzalo Maldonado Albán.

Edición 425 – octubre 2017.

Difícilmente se podrán encontrar dos personajes históricos con personalidades tan opuestas y, a la vez, tan unidos por una idea común.

El periodista Thomas E. Ricks retrata con mano maestra a Churchill como un monumento a la incontinencia: podía monopolizar la conversación durante horas, sin que le importara un bledo lo que pensaran sus interlocutores. A pesar de su educación victoriana, no tenía empacho en llorar en el recinto parlamentario y en los mítines políticos. También podía beber grandes cantidades de licor. Uno de sus competidores políticos describió su rostro como una gran ampolla, roja e inflamada de tanto peso que llegó a ganar. Y su afición por los cigarros fue proverbial: Churchill gastaba semanalmente en esas “chimeneas horizontales” más que todo el salario mensual de su mayordomo, que era el encargado de comprarlos.

Churchill, aristócrata, no conoció el valor del dinero. Siempre gastó mucho más de lo que ganaba y una vez fue salvado de la bancarrota por un millonario seguidor suyo. El crac de 1929 le hizo perder una pequeña fortuna, obligándole a dictar conferencias en Estados Unidos, donde estuvo a punto de morir atropellado por un automóvil en 1931.

George Orwell también estuvo a punto de morir. Pero no por cruzar la Quinta Avenida en Nueva York, como Churchill, sino porque su gran estatura —medía 1,91 m— le hizo blanco fácil en la guerra de trincheras que se instauró durante la Guerra Civil española. Orwell peleaba por la República y, afortunadamente, el tiro le traspasó el cuello sin comprometer arterias, nervios o huesos.

Al contrario que Churchill, Orwell era un ejemplo vivo del ethos espartano: solo comía lo necesario —pesaba 159 libras— y era incapaz de cometer un acto irreflexivo. A pesar de sus orígenes humildes, Orwell estudió en Eton donde aprendió el valor del esfuerzo individual y sufrió en carne propia el sistema de castas sociales que prevalecía en Gran Bretaña.

Orwell nunca tuvo dinero ni disfrutó de los placeres mundanos. Se enlistó en la Policía Imperial Hindú (India era parte del imperio británico) y fue a Burma (hoy Myanmar). Esa experiencia le sirvió para construir un caso moral en contra de los totalitarismos. Matar a un elefante es el ensayo donde condensa con mayor claridad esa posición.

Para expiar la culpa de haber sido parte de un sistema opresor Orwell pasó los siguientes años de su vida viviendo como un vagabundo en Londres y en París, donde pasó hambre y realizó los trabajos más duros y peor pagados. Esa experiencia fue narrada en Hacia abajo y hacia afuera en París y Londres, donde comenzó a mostrar sus grandes dotes de observador de la sociedad.

Políticamente, Orwell simpatizó con la izquierda y el Partido Laborista. Churchill, por el contrario, fue un conservador —aunque por un tiempo rompió con los tories y militó en el laborismo—. Orwell era un entusiasta proestadounidense mientras que Churchill siempre guardó sus reservas frente a la potencia emergente.

¿Qué podían tener en común esos dos personajes tan diferentes? Ricks muestra que los dos entendieron tempranamente la amenaza totalitaria del fascismo y el comunismo. Previeron que ambas ideologías producían los mismos resultados: pensamiento uniforme y pobreza. Esclavitud, en una palabra. A pesar de que no se conocieron ni intercambiaron cartas, coincidieron en que la libertad y, por tanto, la dignidad humana son los bienes más preciados. Orwell alcanzó esta clarividencia a través de sus experiencias de vida; Churchill, de sus lecturas de los clásicos. Tal vez por eso Orwell bautizó al héroe de su novela más importante, 1984, con un nombre resonante: Winston.

Firma-Gonzalo-MaldonadoEl premiado Thomas E. Ricks

Nació en Estados Unidos, en 1955.
Estudió en Yale y trabajó por diecisiete años en The Wall Street Journal.
Ha ganado dos veces el Premio Pulitzer por sus trabajos periodísticos.

Twitter: @tomricks1
Más en: https://foreignpolicy.com/author/thomas-e-ricks


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