Óscar Santillán. Allá donde se juntan las paralelas.

Por Daniela Merino Traversari.

Fotografías: cortesía de DPM y Óscar Santillán.

Edición 431- abril 2018.

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Solaris, 2017.

Su hablar es lento, pausado y elocuente. Me agradece la paciencia que tengo al escucharlo. “La gente se queja de que hablo lento”, dice. No es precisamente paciencia la que tengo, sus respuestas exigen de mí un silencio total. Imagino su mente como un gran laberinto con distintos caminos para llegar al centro. Caminos repletos de preguntas. ¿Estoy frente a un artista o frente a un pensador? Un pensador no necesariamente es un artista. Pero un artista, uno de verdad, de aquellos que nos dejan con la boca abierta, con la piel de gallina, con la mente más confundida que nunca por la fuerza de sus cuestionamientos, es, inexorablemente, un pensador. Óscar Santillán es un artista y un pensador, quien vino primero no estoy segura, pero su trabajo artístico es de una imponente fuerza reflexiva: en cada obra se cuestionan los límites porosos de la realidad. Su trabajo perfora nuestras estructuras mentales y a veces, de tanta “verdad”, también nos puede provocar un poco de risa (quizá bastante).

Vi su trabajo por primera vez en la última Bienal de Cuenca. Afterword (Epílogo, 2014-2015) se exhibió en el Museo de Arte Moderno. En esta obra Santillán investiga la relación del filósofo alemán Friedrich Nietzsche con su máquina de escribir y el mal funcionamiento de esta. Los documentos escritos por Nietzsche, incompletos, llenos de errores y fallas tipográficas, se preservan en un archivo en Alemania, donde Santillán investigó durante un año para esta obra. Los escritos del filósofo exploran temas relacionados con el cuerpo, la danza y lo sobrenatural. La instalación consta de una proyección análoga de slides, fotografías de los documentos originales, un pedacito de papel extraído de uno de los documentos del filósofo que el artista prestó a un médium para que lo utilizara como puente para comunicarse con el alma o la energía de Nietzsche y un video que muestra al médium realizando esta acción en forma de una danza.

Vaciado. Pierna fantasma reconstituida, performance documentado, 2017.

Vaciado. Pierna fantasma reconstituida, performance documentado, 2017.

La obra impacta por su rigurosidad investigativa, el ingenio del artista y el contraste humorístico que se genera con la danza de un espiritista poseído por Nietzsche. Esto nos puede parecer absurdo, pero nadie puede comprobar que no sea verdad. Y en este preciso punto yace el núcleo de la narrativa a lo largo de la obra de Santillán: ¿qué es la verdad? ¿Dónde termina la realidad y comienza la ficción? ¿Es la realidad flexible, amoldable, o quizá sustituible?

Su propuesta artística es muy auténtica, fiel a un espíritu tremendamente curioso, ávido de resolver preguntas, fórmulas e hipótesis que a muchos podrán parecer ridículas. Su acercamiento al arte, en este sentido, viene de una necesidad parecida a la de un niño. Los niños quieren entender el universo como un juego, pero como un juego muy serio, a través de experimentos y creaciones en las que no existe esa pared que separa la realidad de la ficción, o más aún, lo visible de lo invisible. Si quieren atrapar una nube, los niños lo pueden hacer; coser una camisa encontrada en la selva con botones hechos del material de un meteorito, también lo pueden hacer; o descubrir islas imaginarias y sostener piernas fantasmas. Todo lo pueden hacer. Todo es válido en el universo infantil. Sobre todo, lo imposible.

Voyager, 2016.

Voyager, 2016.

“El desenfreno de la imaginación va creando lo que es realmente importante”, me dice Óscar, aunque la idea del juego es mía y no de él, aclara. Sí, para mí su idea es jugar, descubrir, indagar en las “verdades” de lo (im)posible, donde crear hipótesis es lo más importante, que sean comprobables es lo de menos.

Lalimpia y una gran amistad

Una de las grandes escuelas artísticas de Óscar fue el colectivo Lalimpia, que surge en Guayaquil en el año 2003 como una entidad que se propone renovar la escena artística. “Lalimpia fue un espacio de mucho aprendizaje y reflexión para nosotros, ahí crecimos juntos”, dice Pilar Estrada, directora del Centro Cultural Metropolitano de Quito, amiga entrañable del artista y quien lo ha acompañado en distintas etapas de su carrera.

Cascade for book, 2010.

Cascade, 2010.

Además, es su fan número uno. Pilar lo conoció cuando ella trabajaba en el archivo del Museo Antropológico de Arte Contemporáneo (MAAC) en 2002. Su trabajo era completar información sobre los artistas contemporáneos del Ecuador. Al comienzo, Óscar se mostraba desconfiado y distante. “Era muy difícil, pero me encantaba conversar con él”.

Los integrantes del colectivo: Ilich Castillo, Estéfano Rubira, Félix Rodríguez, Óscar Santillán, Fernando Falconí, Ricardo Coello, Jorge Aycart y Pilar Estrada —quien era la madrina y productora—, se reunían en alguna casa a reflexionar y hacer lluvia de ideas para organizar exposiciones provocadoras. “Éramos chiquitos sabiondos, un tanto pedantes”, confiesa Pilar. Chicos en sus veintes que querían resolver las injusticias del mundo a través del activismo cultural. La situación del país y la política eran temas centrales en sus discusiones y motivo de grandes peleas. “Las obras del colectivo no eran de lo mejor, pero su carácter reflexivo era muy pertinente”, expresa Pilar.

El manifiesto de la bondad, Performance documentado en diapositivas analógicas, 2012.

El manifiesto de la bondad, Performance documentado en diapositivas analógicas, 2012.

Ese mismo carácter reflexivo es el que sigue presente en la obra de Santillán. Sin embargo, la faceta política parece haber desaparecido. En su momento, “a Óscar solo le faltaba treparse a la Sierra Maestra con una metralleta”, cuenta su amiga, pero la ruptura con lo político se dio de una manera natural, quizá desde esa necesidad interna de explorar todo tipo de territorio, de no ser fiel a un solo tema, y también de deshacerse un poco de una mentalidad tercermundista. Óscar siente que su Latinoamérica “invierte demasiado tiempo mirándose a sí misma”. Pero algo que le intriga profundamente es que “el Ecuador siempre está a punto de colapsar, pero nunca colapsa” y esto de nuevo lo lleva a cuestionarse sobre los límites maleables de la realidad latinoamericana, como un espacio de un potencial enorme donde quiere volver a sumergirse, pero ya no desde esa perspectiva netamente política.

Durante aquellas tardes de eternas discusiones de Lalimpia, Pilar intuyó una curiosidad particular en las reflexiones de Óscar. Le llamó la atención su sensatez y su inteligencia perspicaz. Es ella quien le dijo que algún día va a ser el mejor artista del Ecuador pero que debía salir por un tiempo. Y Óscar se fue del país, como muchos otros se fueron, porque nadie es profeta en su tierra, porque la vida y el arte demandan muchísimo más de él. En el año 2008 se ganó una beca para estudiar en Estados Unidos una maestría en Escultura y Medios Expandidos en Virginia Commonwealth University, en Richmond. “No sabía hablar inglés más allá de hello, goodbye, window, chair y thank you”, dice Pilar entre risas, pero aprendió en tan solo un año, con una determinación impresionante, para poder ir.

Pulverem Aurum, 2012-13.

Pulverem Aurum, 2012-13.

Y Óscar se fue y su carrera se disparó. Su currículum está repleto de residencias y exhibiciones en varios continentes, culminando hasta el momento con Mácula, una muestra individual muy relevante que realizó el año pasado en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

El universo en expansión

Ese activismo de Santillán fue transformándose en investigación rigurosa y exploración científica. El resultado es un objeto que demuestra este proceso. Las temáticas que aborda son siempre diversas, ricas en investigación y en múltiples manifestaciones visuales. Su portafolio es prolífico, una vida no le basta para explorar todo lo que quiere explorar.

De una obra como Afterword, me traslado a Solaris (2017), pieza en la cual la arena del desierto de Atacama se funde para generar lentes y cámaras. Este territorio, que alberga los telescopios más elaborados del mundo, se fotografía a sí mismo. “El paisaje aparece como una entidad con conciencia propia”, nos dice el artista. Ya no importa cómo la lente capture esa naturaleza, menos importa si las fotografías son bellas o no (que realmente sí lo son), lo único que importa es el paisaje como una entidad (el nombre Solaris se remite a la novela homónima del ruso Stanisław Lem, en la que se hace referencia a un planeta que posee otro tipo de conciencia, distinta a la humana).

Los resultados, aquellos objetos que materializan sus preguntas y que de alguna manera desean evidenciar lo imposible, nunca dejan de sorprendernos. En su obra Baneque (2016), el objeto que concluye la obra es una escultura hecha de la sal del Atlántico (de la evaporización de 100 litros de agua), extraída de las coordenadas exactas de un mapa que trazó Cristóbal Colón donde supuestamente existía una isla con ese nombre. La isla se materializa. Colón no llegó a encontrarla, pero Santillán la encuentra y la exhibe alrededor del mundo sin ninguna vergüenza. Su atrevimiento puede causar risa, pero provoca, conmueve y, una vez más, nos empuja sin temor a las fronteras de la verdad.

Entonces, el arte evidencia su postura: la de abrirnos un universo nuevo. El arte nos da la oportunidad de materializar lo ficticio. Alexia Tala, en un ensayo del catálogo de las obras de Santillán para la galería Mazzoli de Berlín, expresa: “la ficción es el vehículo para alterar y extender la realidad natural, para convertirse, casi en un movimiento elegante, en la maestra de ella”. Palabras que resuenan en la obra Lost Star (2013). La tinta del libro Cosmos de Alexander von Humboldt (libro en el que el científico pretende plasmar todos sus conocimientos sobre el universo material), se extrae en su totalidad mediante un proceso químico para convertirse en una pequeña esfera que posa al lado del libro en blanco de Humboldt, desprovisto ya de su texto. No hay metáforas aquí. Vemos solo lo que es esencial. Esa pequeña esfera hecha de la tinta del libro de un genio científico ES el universo como tal. Y en un universo que se expande a cada segundo del tiempo, donde todo es onda y partícula a la vez, la realidad es lo menos fiable.

Santillán desarrolla su trabajo con la colaboración de físicos, astrónomos, literatos, historiadores y otros expertos en estas áreas. Trabaja en ese espacio donde se podrían unir la ciencia y el arte, allá en ese horizonte cósmico donde el espacio se curva y las paralelas llegan a juntarse, donde la realidad es fantasía y viceversa, baila en tierra de nadie, en un escenario pantanoso y ambiguo para no dejarse convencer ni por la ciencia ni por el arte, para no dejarse atrapar ni por la ficción y peor aún por la realidad. Los resultados son siempre sobrecogedores. Ahí el artista está cómodo. Ahí está feliz. Ahí donde el universo sigue, infinitamente, su ruta de expansión.

 


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