Silvia Buendía. Defensora de minorías sexuales.

Por Tali Santos.

Fotografía Amaury Martínez.

Edición 432 – mayo 2018.

“Como dice mi hijo, los dinosaurios no aprenden, se extinguen”.

 

Entrevista-1

 

Guayaquileña. 49 años, aunque su cé­dula dice 50 (error del Registro Civil). Hija de una familia con dos hijos: hombre y mujer, de la que es sobreviviente. Hetero­sexual, hasta ahora. Feminista. Atea, aun­que a veces nombre a Dios. Es inconscien­te, cosas de la cultura que la rodea. Casada civil y en una ceremonia católica con rito mixto, en la que ella no prometió nada. Dos hijos: Carlos Javier, de diecinueve años, y Adriana, de catorce. Abogada en ejercicio de la profesión. Activista. Y como activis­ta, política. Excandidata a asambleísta. Ex Ruptura de los 25. Su apariencia engaña. No es Photoshop el que oculta años en su mediático rostro ni en su figura menuda; tal vez sea genético; tal vez, la constante explosión de endorfinas fruto de su risa de adolescente en recreo que suelta cada vez que dice algo que supone una transgresión social. O la serenidad que trae estar a gus­to consigo misma. Tal vez el entusiasmo al defender causas sociales. Las suyas: la equi­dad de género, el derecho de las mujeres al aborto y los derechos civiles de los grupos Glbti. Sus palabras confunden. A sus opo­sitores, especialmente. Habla en primera persona del plural cuando se refiere a las mujeres que abortan o a la comunidad del arco iris. Es deliberado.

Ha sufrido mucho. La pérdida de sus padres, Erwin y Elena, en el lapso de nue­ve años debido al cáncer —en el caso de su madre, más bien a las quimioterapias—, y de su hermano mayor, Erwin, que falleció por un derrame cerebral, más otra serie de problemas, casi la destruyen cuando estaba en los treinta. “Tuve que hacer un esfuerzo muy grande para no caer en la tentación del suicidio”.

A finales de marzo, un mes en el que, desde hace unos cuantos años, es infal­table en programas de radio, periódicos y revistas locales a la hora de analizar la diversidad de temas que competen a los derechos de las mujeres, conversamos con ella en una de las salas de su casa, en el norte de Guayaquil. Rodeada de libros (algunos de su madre), piezas de arte plástico (originales o réplicas oficiales), la compañía inquieta de su perro, el pasar indiferente de su gato y las breves y sutiles interrupciones de sus hijos adolescentes. Una charla en su hogar, el de una familia tradicional que contradice las tradiciona­les convenciones sociales.

—Naciste a finales de los sesenta, fuis­te adolescente en los ochenta, ¿cómo se vi­vía en esa época temas como el machismo?

—Yo tuve la suerte de ser la hija de una mujer feminista. Eso me hizo diferente. A mí me marcó mi mami. Si tú ves, estos son los libros de mi mami (señala una fila de una colección amarillenta en el librero). Ella leía muchísimo. Tal vez no sabía que era femi­nista, pero era una mujer muy intuitiva. La intuición de ella con el tema del feminismo era “esto no es justo”. No era una feminista de esas que hoy vemos totalmente…

—Conscientes de su feminismo.

—De lo que es el feminismo y de lo que el feminismo como movimiento político y social hace por una; pero ella tenía las gafas puestas, las gafas lilas las tenía absolutamen­te puestas (en alusión a la metáfora utilizada por la escritora española Gemma Llenas en el libro El diario violeta de Carlota, 2013, que trata de una nueva manera de mirar el mun­do que permite darse cuenta de las injusticias hacia la mujer).

—¿Tu papá también lo era?

—A su manera. Era un hombre muy fuerte; sin embargo, el tema de educación, de formación académica, de cultura lo dejó a mi mamá. Nosotros éramos cinéfilos porque a mi mamá le encantaba el cine; lectores porque mi mamá vivía con un li­bro en la mano; contestatarios porque mi mamá era anticlerical. Estaba informada. Ella quería justicia social. Mi papá era un hombre de izquierda, inteligente, muy sen­sible, pero no tenía todo ese bagaje, eso que ella tenía (…). Mi papá estaba sobre todo, como esos papás jóvenes de los años setenta, trabajando. Entonces, para el man era el trabajo, el trabajo, el trabajo. Tratar de tener la casita más grande, un mejor ca­rro, irnos más lejos. Pero mi mamá era una mujer muy crítica en su tiempo: de la polí­tica, de los movimientos sociales, del arte, de la literatura, de lo que estaba pasando, de lo que no estaba bien.

—El trato entre ellos, ¿era equitativo?

—No tanto. Mi papá era un machista discreto, pero machista al fin. Y ahí había un problema importante. Mis papás estuvieron 45 años peleándose a muerte, por mil cosas, también por tonteras, porque los dos tenían un carácter muy fuerte, pero mi mamá era una persona que podía debatir, siempre esta­ba combatiendo, defendiendo sus derechos…

—Pasaste una época difícil cuando perdiste a tu familia. Ya eras abogada y estabas relacionada con las causas sociales que defiendes hasta hoy, ¿cómo seguiste, pese a todas esas situaciones personales?

—Te voy a ser muy franca. Yo he esta­do inmersa en el activismo de los derechos humanos desde que tengo uso de razón, por mi mamá, mis lecturas, mi colegio (el Alemán Humboldt), y cuando fui a la Universidad Católica me topé con una se­rie de cosas, de profesores, de alumnos y alumnas, mis compañeros, que tenían una forma de pensar que no era la de mi co­legio: laico experimental, alemán. Enton­ces, al llegar a la Católica, vi que uno de los trabajos que tenía que hacer era abrirle la mente a mi entorno. Yo tenía profesores espantosos que me decían: “Las chicas vie­nen a la Universidad Católica, realmente, a buscar marido, no a ser profesionales. En Derecho era peor, porque el entorno me decía: una mujer que estudia leyes no se va a graduar.

—¿Los profesores?

—Los mismos profesores. Entonces, era una cuesta arriba terrible, y ahí em­pezó realmente mi activismo. Lo que pasa es que, claro, no salía en la televisión, no estaba en la radio, no tenía columna en el periódico. Yo era la misma persona que soy hoy, con menos información, porque me he ido a todos los congresos, he estu­diado, me he formado; pero en esa época, en esencia, opinaba exactamente igual, ha­cía un poco lo mismo, solamente que en un ámbito más reducido, menos público.

Abogada y defensora de minorías sexuales. Sí. Soy una mujer de izquierda, vengo de una familia de izquierda, y la izquierda que practico es una izquierda progresista.

Abogada y defensora de minorías sexuales.
Sí. Soy una mujer de izquierda, vengo de una familia de izquierda, y la izquierda que practico es una izquierda progresista.

—Tal vez más difícil porque era el tuyo.

—¡Claaaro! Yo me acuerdo que mi pri­mer trabajo fue hacer las prácticas en la Uni­versidad Católica, en el consultorio gratuito, estuve ahí como año y medio y me encantó el contacto con personas reales, que tienen pro­blemas reales a las que tú puedes ayudar. El tema de violencia de género era impactante. Alimentos y violencia de género era todo lo que yo vi, y que me marcó.

—¿Cómo enfrentabas esos casos, con el instrumental legal de ese entonces?

—En esa época no hablábamos de violencia de género. Era una cosa increí­ble. En nuestro país, en el Ecuador, hasta los años 90-93, no existía la violencia de género como concepto, sino que se decía que era un tema privado: “entre marido y mujer nadie se debe meter”. No existían las comisarías de la mujer, recién Anun­ziatta Valdez lo consiguió en los años no­venta; y lo más terrible, acuérdate, había un artículo, el 45 del Código de Procedi­miento Civil, que prohibía que una mujer denuncie a su marido. Entonces, el ma­rido podía intentar matarla o violarla o arrastrarla o pegarla, lo que sea, que ella no podía ir a ninguna autoridad a denun­ciarlo, seguir una vía procesal.

—Se ha identificado que cuando el hombre descubre la agricultura, los roles de sinergia, que había entre hombre y mu­jer para sobrevivir como especie, cambian. Y se pasa al dominio del hombre y al some­timiento de la mujer. El resto es historia.

—Sí, pero cuestionemos el contrato sexual. Si tú dices vamos al origen del por­qué están las cosas como están y el porqué históricamente las cosas se han dado, es por el contrato sexual.

—Un tema del control del poder.

—Exactamente; sin embargo, hoy muchos conceptos, muchas instituciones, muchas figuras han cambiado por el tiem­po pasado y la época que estamos vivien­do; entonces, estas bases ya no deberían existir. Ya no hay necesidad. Tal vez nunca debieron existir. Deberíamos cuestionar­nos la legitimidad de esas figuras.

—Las religiones que se basan en la Bi­blia parten de que la mujer, desobediente, ante la primera serpiente que se le cruza en el camino, se deja llevar. El hombre trata de defenderse y se queja de ella ante Dios por haberlo arrastrado; pero ambos pierden el paraíso. Entonces, resulta que es mejor tenerla controlada.

—Mi familia no era religiosa ni atea. Mi familia era anticlerical, no practicante y medio creyente, y muy cuestionadora. Mi mamá sobre todo. Entonces, cuando yo llegué al colegio tuvimos una excelente formación en literatura y leímos la Biblia como un libro, como una novela.

—Como un producto literario.

—Exactamente. En cambio, cuando llegué a la Universidad Católica a recibir teología, me dicen que Dios creó prime­ro al hombre, después lo hizo caer en un sueño profundo para quitarle una costilla porque no estaba bien que estuviese solo, y yo dije: A ver, momentito, yo ya me leí el Génesis. No es como usted dice, hay dos versiones, en la primera, que para mí debería ser la principal, dice: “Y hombre y mujer los creó… Varón y Hembra. Dios crea al hombre y a la mujer el último día”. Y después viene esa otra historia, secunda­ria y machista, que dice que lo hizo caer en un profundo sueño. ¡Pero si ya Adán y Eva fueron creados al mismo tiempo, el mismo día! Tú coge la Biblia, coge el Génesis, y mira, que te estoy diciendo la plena, lo que pasa es que este es un problema del medio: la ignorancia, escuchamos el catecismo, es­cuchamos al cura y nos lo creemos.

—En la Revolución francesa las mujeres se unieron a la lucha por una causa y luego, cuando el régimen monárquico cayó, lo que resulta son los derechos del hombre y del ciudadano, excluyendo a las mujeres. Nue­vamente, el ejercicio del poder.

—Cuando los padres de la Revolución francesa dicen “los derechos del hombre y del ciudadano” no estaban haciendo uso del masculino genérico, estaban hablando del hombre y no de la mujer, del ciuda­dano y no de la ciudadana. Y hay una fi­lósofa española que dice: el feminismo es el hijo ilegítimo de la Ilustración. Porque vino la Revolución francesa y comenza­ron a hablar de los derechos y que todos somos iguales y que la justicia y no sé qué, y vino Olimpia de Gouges y dijo yo tam­bién quiero, y la pasan por la guillotina por atreverse a decir que las mujeres tam­bién tenían derechos.

—Ahí no se trató de un tema religioso.

—No lo es, es un tema político. Y nos pasa también en América con nuestro refe­rente de revolucionario y de derechos que supuestamente es Estados Unidos, cuando (Thomas) Jefferson, en la Declaración de Independencia dice: “Sostenemos que to­dos los hombres son creados iguales”. Se refiere al hombre blanco, protestante, que tiene más o menos su plata y su capital. Es­tán excluidos los afros, están excluidas las mujeres. Y nunca nadie en ese momento se le ocurrió cuestionar a Jefferson diciendo: a ver, ¿de qué estás hablando? Pero las per­sonas que comienzan a cuestionar tanto a Jefferson como a los padres de la Ilustra­ción son las mujeres. ¿Y con qué cuestiona­mos las mujeres de esa época?, ¿cómo nace la primera ola del feminismo? Decimos, queremos tener acceso al estudio, a un trabajo remunerado, más derechos justos respecto a nuestra familia, pero sobre todo queremos votar…

—También sucedió con los grupos in­dígenas en el Ecuador, las mujeres estuvie­ron al lado de ellos o liderando grupos en el levantamiento indígena, pero, cuando se dieron cuenta, la agenda era solamente para la etnia, no para sus derechos.

—Sí. Soy una mujer de izquierda, vengo de una familia de izquierda, en ese sentido progresistas liberales, y la iz­quierda que conocí y que practico es una izquierda progresista en el que se entiende el concepto de la igualdad. Yo me he reu­nido con mis grupos fraternos, sindicalis­tas, obreros, profesores, estudiantes y les digo: “Señores, cuando yo salgo y salimos las mujeres a pedir que no nos pateen, que estamos contra la violencia de género, que queremos abortar y no ir presas, ustedes no vienen a apoyarnos. Nosotros esta­mos en sus marchas, siempre. Pero en las nuestras no los veo. ¿Cuál es esa izquierda estalinista de ustedes que no habla de los derechos humanos y de las libertades civi­les? ¡Por Dios!, pensemos también en eso”. Y por eso uno de mis papeles en la política y los derechos Glbti es: tenemos que saber que el oprimido puede ser por su etnia o puede ser por su condición sexual.

—En la Carta de Derechos Humanos está establecido que no cabe legislar a partir de las opiniones o cultos religiosos, pero el conflicto también pasa por el de­recho a expresar opiniones religiosas. Tú criticaste la campaña Con mis hijos no te metas, ¿no era su derecho expresarlo?

—A ver, yo la critico por un argumen­to que es clave: fue una campaña de men­tiras. Porque, ¿qué es lo que dijeron? Dije­ron que había una ley en la Asamblea para aprobar el matrimonio igualitario. Menti­ra. Adopción entre parejas homosexuales. Mentira. Que les iban a preguntar a los niños de cuatro o cinco años si querían ser niños o niñas, les iban a cambiar el nombre y la madre no iba a poder inter­venir, porque si no se iba a ir presa ella y el director de colegio o la profesora que se oponga. ¡Eso decían! ¡Eso es mentira! No había una ley que hablara de ese tema. Estamos hablando de una ley que hablaba de erradicar la violencia de género contra las mujeres. Entonces, meter matrimonio, adopción, era una mentira funesta. No puedo estar en contra de que la gente loca y la gente mala se manifieste y se reúna en la calle, pero hubiese sido mucho más honesto y más franco decir odiamos a los homosexuales, no queremos que se casen, no queremos que tengan hijos, y si tienen hijos no queremos que se inscriban en el Registro Civil como hijos de esa pareja.

 

Silvia con su esposo y sus hijos Adriana Elena y Carlos Xavier.

Silvia con su esposo y sus hijos Adriana Elena y Carlos Javier.

—Tu esposo, ¿cómo lidia contigo?

—(Risas). Con mi esposo tengo una historia que en mayo, dentro de poco, va a cumplir veintiún años de matrimonio. Eso quiere decir un importante trayecto caminado. Cuando él me conoció, me co­noció así. Cuando llegó, él, muy conserva­dor y católico, por supuesto que tuvo un choque, pero eso fue hace veintiún años. Ahorita pasa de alivio, y a veces me dice: “Oye, Silvia, ¿por qué a veces tú dices, es que nosotros los Glbti?”. Le digo: sí, mira, es muy sencillo, una de las primeras co­sas que a mí me dijeron y me lo dijo mi entorno fue: “A ver Silvia, si tú estás de­fendiendo los derechos de esta gente van a creer que tú eres lesbiana. Si tú estás ha­blando del derecho que tiene una mujer a abortar, van a pensar que tú abortaste. No creo que debas hacerlo, porque van a pensar muy mal de ti”. Entonces dije: “yo no tengo ningún problema: yo soy les­biana y yo aborto cada semana”. Lo digo ahora, si alguien quiere pasar a la Fiscalía a denunciarme está invitado, que me de­nuncie. No tengo miedo y lo voy a decir, y si algún día alguien me dice: “Oye, ¿tú eres lesbiana?”. Le digo: “Ando buscando a mí me han gustado muchas mujeres, es­pecialmente hace muchos años, pero no me pararon bola (risas)”. Nunca he tenido una relación romántica (con una mujer). No sé si me hubieran parado bola adón­de hubiera llegado… Pero cuando te ha­blo de la diversidad sexogenérica y que la diversidad humana es amplia, es en serio.

—En el tema del aborto, ¿cómo de­fiendes a las mujeres si este sigue siendo un delito en el país?

—En primer lugar, hasta hace unos tres años en el Ecuador no había procesos pena­les a mujeres por aborto. Recién a partir de diciembre de 2013 comenzaron a activarse, y en las emergencias de los hospitales pú­blicos con médicos que recibían a mujeres con abortos en curso y que en vez de darles atención llamaron a la Fiscalía o a la policía y condicionaron el tratamiento a que estas mujeres se declararan culpables. ¿Por qué estos malos médicos denunciaron a estas mujeres? Porque aquí hubo un gran hijo de puta, misógino, criminal, que un 28 de di­ciembre del año 2013 en una sabatina, dijo: “Esas asesinas, que asesinan a sus bebés, tienen que ir presas”. Entonces, los médicos dijeron: “Uy, no, cuidado me van a meter preso a mí”, y comenzaron a denunciar a las mujeres. Aquí en el Ecuador, el delito de aborto era un delito de papel… era un tema sobre todo de statu quo. No se procesaba, no se cumplía. ¿Mujeres presas? Eso no había. Y ahora hemos llegado a tener 260, hasta junio del año pasado, procesadas por aborto. Es un tema espantoso.

Activista por los derechos de las mujeres y de las personas Lgbti, 2017.

Activista por los derechos de las mujeres y de las personas Lgbti, 2017.

—Frente a los criterios sobre la vida del feto, de que su corazón late desde casi el principio, ¿cuál es el criterio con el que enfrentas el tema del aborto?

—Es indudable que, en el momento en que se engendra el óvulo, estamos hablan­do de una vida, de una vida humana. Lo primero que late, el corazón… Ahí hay una vida, y es una vida humana, porque no es­tamos hablando de un perro, un gato, una iguana. Es un proyecto de ser humano, eso es incuestionable. Tiene ADN, etc., sin em­bargo, es un cigoto, es un óvulo fecundado, es un feto; en ninguna de esas instancias y niveles podemos hablar de una persona. Persona es cuando nace. Ahora, en la ma­yor parte del mundo, el aborto ha sido des­penalizado por plazos, es decir, doce sema­nas, catorce semanas, dieciocho semanas… ¿Por qué se ha hecho por plazos? Porque en el derecho de los derechos humanos, el feto, el embrión, es un objeto de protección pro­gresiva. A medida que va pasando el tiempo de gestación, ese embrión va sometiéndose a cambios, evolucionando; científicamente se sabe que, a partir de la semana veintidós hasta la veintisiete, se empieza a formar la corteza cerebral y el sistema nervioso. En­tonces, estamos hablando de que, a partir de la semana veintidós, ya podemos hablar de un feto sintiente, que puede experimen­tar dolor, antes no, porque no tiene sistema nervioso (…). En el derecho de los dere­chos humanos, quien es sujeto de derechos es la mujer, no el embrión ni el cigoto ni el óvulo fecundado ni el feto.

Silvia Buendía en Así Somos, espacio en el que debatía desde una ideología de izquierda progresista, 2010.

Silvia Buendía en Así Somos, espacio en el que debatía desde una ideología de izquierda progresista, 2010.

—¿Y desde el punto de vista ético?

—La ética te dice a ti que ese feto va, cada vez, teniendo más protección, por­que va adquiriendo más características humanas. No necesita ser una persona para empezar a ser una vida sintiente; en­tonces, hay un problema ético enorme, en mi caso (…), si yo tengo que hacerme un aborto, lo haría antes de las doce semanas.

—¿Cómo lidia la mujer con su biolo­gía, su libertad sexual y su humanidad? ¿Es un tema de blanco y negro?

—Esto lo dijo Freud, en 1880: “El día en que la mujer controle su capacidad de procreación va a controlar su vida”. Tene­mos métodos anticonceptivos más o me­nos efectivos desde los años 1800, tenemos la píldora anticonceptiva desde 1950, pero tenemos muy poca voluntad política real, especialmente en nuestra región, para dar educación sexual científica oportuna, enfo­cada en derechos humanos. Especialmente a los niños, niñas y adolescentes que son los que más necesitan saber, no porque van a ser activos sexualmente, sino porque lo tienen que saber como deben saber escribir y sumar: ¡lo tienes que saber!

—Estuviste en la política…

—Estoy en la política, yo siempre es­toy en la política.

—Sí. Fuiste candidata a asambleísta, tienes 63 mil seguidores en Twitter, eres una influencer. ¿Piensas seguir en la ca­rrera política?

—Tengo una carrera política de más de diez años, porque hace más de diez años que me lancé por primera vez a can­didata. Fue por mi amigo Beto (Humber­to) Mata, quien me dijo: “Oye, tú tienes un discurso chévere, yo tengo el movimiento Fuerza Ecuatoriana, necesitamos gente inteligente, progresista”. Esto fue en el año 2006. Y me metí en este grupo con Beto, un excelente chico, inteligentísimo; una linda experiencia porque tuve la posibili­dad por primera vez en mi vida de decir estas cosas en la radio, en la televisión. Porque este tema, en 2006, no se hablaba en los medios. Ahorita hablo en todos. Me gustó, no gané, pero gané al levantar un tema y darle una plataforma mediática importante. Y eso es político.

—Desde lo social.

—Yo hago política social todo el tiem­po. Después de eso volví a ser candidata de Ruptura 25, tuve la suerte de conocer en Así somos a María Paula Romo. Nos unimos, me metí a Ruptura, entré cuan­do ellos ya habían salido del Gobierno, en 2013. Fui candidata. Y, de nuevo, levanté una plataforma mediática con estos te­mas, organicé vocerías… Y, ¿sabes qué me encanta? Que ya no estoy en la periferia.

En las elecciones de 2017 se presentó como representante de Pachakutik a la Asamblea.

En las elecciones de 2017 se presentó como representante de Pachakutik a la Asamblea.

—Los temas ya en los medios, pero, ¿qué pasa con esa gran parte de la socie­dad con poco acceso a la información?

—Ese es un tema de trabajo constan­te. En este momento estoy contribuyendo con la campaña Amiga, ya no estás sola, del Municipio de Guayaquil, porque mi gran amiga Dallyana Passailaigue, que es la que hace este proyecto me dice: Silvia, ayúda­me. Entonces, tenemos un equipo increí­ble, un dream team. Ahora, dime tú, ¿qué tengo yo que ver con el Partido Social Cris­tiano? Nada. ¿Alcalde Nebot? Nooo. No es mi corriente política para nada.

—Él tiene un discurso machista.

—Siempre lo tuvo, además; sin embar­go, si él tiene la voluntad política, que no ha tenido ningún político de esta región, para decir vamos a dedicarle plata, recursos, una batería de medidas, para erradicar la violencia de género, ¿cómo no voy a estar allí? Obviamente, voy a estar hablando de violencia de género, de femicidio, de cómo erradicar esta costumbre, porque esto es educación. Y ahí sí, ir a las comunidades, hablar con las instituciones que hacen ciu­dad: la Metrovía, la Corporación Ciudada­na, los metropolitanos. Todos los emplea­dos del municipio. Es un trabajo enorme. Y es un señor socialcristiano muy machista que decía que tenía los pantalones de acero, que está dedicado —con hechos y no con palabras— con una política pública, con una ordenanza, con recursos humanos y erarios a cambiar los patrones sociocultu­rales machistas de la sociedad. Compára­melo con el idiota de Correa que decía y se decía feminista. En cambio, nos quitó plata, nos quitó instituciones.

—Las comisarías.

—Nos quitó la Ley 103 y se permitió de­cir: “Yo no sé si la equidad de género ha me­jorado la democracia, pero ha mejorado la farra”. Y persiguió a sus propias mujeres, y les dijo que se callaran la boca cuando ha­blaban de temas que eran su agenda femi­nista: género, aborto, derechos. Compárame a estos dos políticos. Entonces, a pesar de que es un político de derecha, Nebot se ha puesto a la izquierda de la derecha. Y tene­mos otros políticos de derecha que, supues­tamente son de centro, o que son modernos o libertarios, que consideran que los temas de derechos humanos de las mujeres o de los Glbti es un tema de minorías. ¿Cómo pue­des ser tan retardatario, en qué siglo vives? ¡Eso no es democracia!

 


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