Un hombre que piensa mientras nada.

Por Federico Bianchini.

Edición 432 – mayo 2018.

Ocho horas y diecisiete minutos nadó Damián Blaum el domingo 7 de febrero de 2010. Esa marca, la más rápida en la historia para recorrer los 88 kilómetros del maratón acuático internacional Hernandarias Paraná, le permitió ganar la competencia y llevarse a su casa 3 100 dólares de premio y quince puntos para el ranking mundial.

 

Deporte-1

 

Me llamo Damián Blaum. Tengo vein­tiocho años, y descalzo mido 1,76, peso 70 kilos, y por así decirlo ahora estoy desnu­do, acostado boca arriba, hablándole a la oscuridad en esta pieza de hotel. Un viejo maestro, Claudio Plit, que fue cuatro veces campeón del mundo, siempre decía que, si la noche antes de una carrera uno logra mantener el cuerpo en posición horizontal y los ojos cerrados durante más de cuatro horas, tiene que estar agradecido. Pero miro el reloj, son las 4:45, solo dormí dos horas, y a las 5:50 tengo que levantarme. En un rato arranca la carrera.

Muchas veces sueño con que llego pri­mero a la meta. Otras tantas que me quedo dormido y me pierdo la largada. Ahora tra­to de no pensar. Intento no volverme loco. No es fácil. La semana pasada nadé desde Santa Fe a Coronda, 57 kilómetros. Nadé sin parar durante siete horas y el cuerpo lo siente.

Ayer llovió. Hoy el río está muy alto. A pesar de lo contradictorio que puede sonar el calificativo para una distancia de 88 kiló­metros, va a ser una carrera rápida. Habrá que esperar y ver qué pasa, arrancar tran­quilo, percibir cómo se van dando las cosas, acomodarse y, recién ahí, pensar en atacar. Quizá llueva. Hace unas horas, en la charla técnica, el prefecto dijo que si hay tormenta y mucho viento la carrera no se hará. Es­pero que no se suspenda. Es dura pero me cae bien. Vuelvo a mirar el reloj. Pienso en el tiempo que me queda para disfrutar este relajo. Trato de dormir. Y duermo.

Largada

Domingo. 9:55. El agua del Paraná está un poco mejor que la semana pasada, pero sigue caliente: veintitrés, veinticuatro gra­dos. Y eso que todavía es temprano y el sol aún no quema. Me siento más cómodo en agua fría.

Estamos todos, los veintiún nadadores, en una misma línea. Veo a Esther, mi no­via, que también compite. Le sonrío. Espero que hoy le vaya bien. Nos avisan, vamos a largar. Explota la bomba y nadamos.

El plan de carrera es estar tranquilo, ver qué hacen los demás y, después, a medida que me sienta bien, ir incrementando el rit­mo. Recorremos 40 metros en contra de la corriente, hasta una boya, y luego giramos con el río a favor. En segundos, la largada, el barco donde hicimos la preparación, la gente que aplaude desaparecen. El río está rápido, en serio. Va a ser una carrera corta.

Las primeras cinco horas hay que pa­sarlas, como sea, con el menor desgaste posible. Mantenerse relajado, divertirse dentro del primer pelotón. Salvo excepcio­nes, las carreras se definen en los últimos minutos. Lo peor viene al final.

Una hora, veinticuatro minutos

No tengo ojos. Cuando estoy en el agua, mis córneas son las de Gustavo Lan­gone, mi guía, que va en un bote, ahora a mi derecha. Igual, veo: sé dónde está el ale­mán, detrás de mí, el italiano y el esloveno, la costa santafesina, la entrerriana, lo que falta para Brugo, pero es él quien maneja la carrera y quien decide, desde ahí arriba, hacia qué dirección tengo que ir. Además de gritar, y me grita bastante, Gustavo, o Guga como le digo, tiene una especie de pizarrón donde anota cosas que yo leo sin detenerme. Letras que quizá alguien sin ex­periencia no podría descifrar de un vistazo. Pero el hombre es un bicho de costumbre y yo, al agua, estoy digamos que acostum­brado.

Hice esta carrera unas cinco veces. Y antes, años atrás, por el campeonato na­cional, nadé el último tramo otras siete. Conozco el terreno. Estamos en la zona del Víbora.

Sigo primero.

Freno a tomar agua.

—¿Voy por acá? —grito y señalo hacia delante.

Guga me responde, callado, con una sucesión de carteles. Escribe, me muestra, borra con un trapo, y vuelve a escribir.

“Confiá en vos”.

“Y confiá en mí”.

“Estás entrenado para nadar fuerte”.

“No para hacerle la carrera a los otros”.

Sigo. Brazadas y patadas. Tac, tac, tac, tac.

Dos horas, 36 minutos

Van dos horas, 36 minutos de carrera. Lo sé por mi plan de hidratación. Cada doce minutos, Guga me da para tomar un carbo­hidrato puro que compramos en Alemania. Cada hora, tomo el carbohidrato mezclado con un gel que tiene cafeína. El gusto y la consistencia cambian y yo me doy cuenta de que pasaron otros 60 minutos. Precisión. A las dos horas, doce minutos; cuatro ho­ras, doce minutos; seis horas, doce minutos como, además, un pedazo de banana. Co­mer sirve para orientarme temporalmente. A las dos horas 36, cuatro horas 36 y seis horas 36, tomo un ibuprofeno. Por regla­mento el nadador no puede tocar al bote ni a su guía. Para evitar sospechas, me acerco, abro la boca y Gustavo, como si alimentara una orca, trata de encestarme en la garganta.

Pasamos Brugo, hay que cambiar de orilla. Nado por el medio del río. El alemán y los dos italianos prefieren ir más cerca de la costa. Estoy primero. La jugada viene bien pero en un momento, al cruzarse de margen, ellos agarran una corriente y apa­recen cien metros delante de mí. ¡Mierda! Tengo que desgastarme para ir a alcanzar­los. Ellos trabajan juntos, yo vengo solo. Es como en el ciclismo, siempre es preferible pertenecer al pelotón. Acelero y llego, pero cansa y ahora tengo que recuperar. El río está sembrado de camalotes.

Cuatro horas, doce minutos

Somos cinco en el primer pelotón. Yo, el alemán Studzinski, los italianos Valenti y Volpini y el esloveno Rok, en ese orden. Me siento bien. Voy a probarlos. Meto cambios de ritmo, piques cortos. Dos o tres minu­tos fuertes, les saco quince metros, y relajo. Cuando se me acercan: dos o tres minutos fuertes, les saco diez metros, relajo. Si les ju­gás a nadar tranquilo, algunos se agrandan, piensan que mandan ellos. Y se equivocan.

Cartel: “Creo que el cambio les está rompiendo las bolas”.

No les va a ser fácil. Ahora, en el primer pelotón, solo somos cuatro. Rok, el eslove­no, quedó atrás. Mientras nado, meo. No necesito frenar.

Siete horas

Pasamos Villa Urquiza. Voy segun­do. En la ribera, gente que aplaude. Faltan veintidós kilómetros, dos horas de carrera. Cruzamos el río, desde la costa entrerriana a la santafesina. Los tríceps, las piernas, se me empiezan a acalambrar. El cuerpo gri­ta. Mientras tomo la bebida, dos segundos, trato de patear un poco de pecho, como las ranas, porque los músculos me duelen to­dos. Los que usé, mucho. En los otros ten­go una sensación extraña, no es dolor, no es cansancio. Es una especie de entumeci­miento, los dedos acalambrados. Trato de estirarlos, de hacerlos sentir vivos.

El cuerpo pregunta qué carajo pasa; el estómago se desconcierta: ¡Bebida, bebida, bebida, Coca-Cola, banana, ibuprofeno! Se preocupa, pasa a ser un estómago angustia­do y quejoso: ¡Qué me están dando hijos de puta, me va a agarrar una úlcera enorme!

El alemán está 80 metros delante de mí. No lo puedo seguir. Los hombros. Hay vien­to y muchas olas. Atrás tengo a los italianos,

Valenti y Volpini. Me pregunto si estarán trabajando juntos para alcanzarme. La se­mana pasada salí cuarto en Santa Fe. No puedo salir cuarto de vuelta. Los hombros. No trabajé tanto para salir cuarto. Tengo que seguir a Studzinski.

Guga me grita que no baje los brazos. “¡El otro está tan cansado como vos, seguí, seguí, seguí, huevo, seguí, seguí!”, me dice. Puteo. Nadamos seis horas y media, esto parecía una pileta y ahora, en el momen­to más importante, empieza a hacer olas. ¿Quién mierda me mandó a hacer esto?

Cartel: “No te entregués, los tanos si­guen luchando”.

Están atrás. Puedo. Los hombros. Le pido a Guga que me dé algo que me levan­te, que me saque de este pozo en el medio del río: carbohidratopotasiomagnesio. Si a mí me duele, a ellos, a todos ellos, debe es­tar doliéndoles el doble, el triple o más. Sé cuán entrenado estoy. Lunes, martes, jueves y viernes, a la mañana y a la tarde: cinco horas por día en el agua, una de gimnasio. Puedo. Nado en aguas abiertas desde los seis años. Puedo. Me gusta, es mi trabajo y, como otros llenan planillas sentados detrás de un escritorio, me gano la vida con esto.

Los hombros. Siento que estoy nadan­do dentro de una armadura. Me duelen los hombros. Sin embargo, lo tengo claro, el do­lor pasa. Pasa y después viene la gloria. No voy a sentirme bien, pero dentro del cansan­cio, voy a acostumbrarme. Si lo supero, voy a estar más fuerte. Y puedo superarlo.

De a poco, el bajón se va. Duele todo, pero me siento bien, y sigo.

Ocho horas, doce minutos

El primer pensamiento que te pasa por la cabeza después de tocar la meta es: no vuelvo nunca más. El río, a veces, es cruel.

El primer pensamiento que te pasa por la cabeza después de tocar la meta es: no vuelvo nunca más. El río, a veces, es cruel.

El sol me da de frente. Solo veo sombras y, a lo lejos, los edificios de Paraná. Más cer­ca, botes. Botes con gente que me grita que siga, que falta poco, que ya lo alcanzo.

En otros lugares del mundo, corro más tranquilo. Acá, en Argentina, durante las tres semanas previas a la carrera, solo escucho: ¡Vamos que el domingo hay que ganar!, ¡Vamos que el domingo es tuya, campeón! Aliento, que indirectamente te presiona. Ayuda, aunque es más difícil.

A Studzinski no lo veo pero Guga está desesperado mirando adelante y grita: dale, boludo, seguí que lo tenés. Y si Guga está así, lo conozco, falta poco para alcanzarlo. La gente está eufórica. Gritan todos. Y hay un bote, a la izquierda, con unos flacos que tocan bombos. Guga escribe en el cartel: “Apretá los dientes y buscá”.

Si uno nadara bien, las piernas no se tocarían. Pero después de horas, cansancio, olas, ya no responden como uno quisiera y chocan entre ellas. Igual que los brazos. La cara contra el cuello. Me afeité al ras pero la barba, que no se ve pero existe, raspa conti­nuamente y lastima.

Freno a tomar la bebida y una mujer, desde una lancha, larga un grito desgarra­dor, ¡Vaaaaaaamos Damiáaaaaan!, como si su vida dependiese de esto. Tiro el vaso ha­cia atrás, queda flotando, solo, en el medio del río, meto la cabeza bajo el agua y arran­co. Saco fuerzas de donde no tengo y trato de llegar. Veo a Studzinski, quieto y con cara de dolor: el hombro no le da más. Adelante, la meta. Al verme, acelera. Nos cuesta. Se­guimos juntos hasta el andarivel. Solo faltan unos metros. No pienso en nada. Tampoco entiendo. Después de ocho horas, quién puede entender. La placa. Escucho a la gente, los gritos, el aguante, y quiero llegar a la placa. Y muevo los brazos, falta poco, las piernas, y Studzinski va quedando unos metros atrás, toco la placa. Me paro, llegué, gané, lo hice, siento un calor que me sube desde el estómago y vomito con fuerza.

Estoy sentado en un banco de la car­pa de rehabilitación, con mi abuelo al lado, intentando bajar las pulsaciones. El primer pensamiento que te pasa por la cabeza después de tocar la meta es: no vuelvo nunca más. El río, a veces, es cruel. De Villa Urquiza hasta acá, nos trató mal. Apenas llegué, algunos periodistas me preguntaron cómo estaba. Cuando les dije que mareado, muy dolorido, realmente me siento mal, algunos se sorprendieron. No deberían, aunque sé que, sin haberlo vivido, es imposible entender cómo se siente uno después de nadar durante más de ocho horas. Quizá, se me ocurre, para que entendieran hubiera servido la frase que le dije a mi abuelo en la llegada, cuan­do lo abracé, después de tocar la placa y de que entre tres o cuatro tipos me sostu­vieran, no podía mantenerme en pie, no podía parar de vomitar, estaba extenuado: “Las mil putas que los parió, me duele todo el cuerpo”, le dije.

Una noche más

Boca arriba en la cama del hotel, las piernas y los brazos flojos, el aire acondicio­nado a full. Ya está. Ya pasó, pero son las tres de la mañana y todavía tengo los ojos abier­tos. El éxito es efímero: la premiación, las repercusiones en los diarios, el reconoci­miento, las felicitaciones, los abrazos; que la gente te quiera sacar fotos no es poca cosa en un país tan futbolero. Pero no hay que flotar. En un abrir y cerrar de ojos, te gol­peás contra la pared y así como te fue bien, te puede ir como el culo. Me cuesta dormir. El cuerpo sigue en el río. Todavía está ahí. Los hombros, la piel, los músculos, las pier­nas, el cuello, los brazos. Duelen.

El primer pensamiento que te pasa por la cabeza después de tocar la meta es: no vuelvo nunca más. El río, a veces, es cruel.


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