Una historia de detectives.

Por Jorge Ortiz.

Edición 432 – mayo 2018.

Mundo

El mundo se sumió, de pronto, en una obscuridad abismal, invencible. Las tinie­blas, densas e impenetrables, se apoderaron de todo. Y ahí se quedaron durante muchas semanas y meses. En los días previos, una luz brillante, que encandilaba, había cruza­do el cielo como un mal presagio. Después, un estruendo sobrecogedor lo alborotó todo: el sol desapareció, la tierra tembló, los ríos se escaparon de sus cauces, los montes se cambiaron de lugar y de los mares se ele­varon unas olas portentosas, como nunca antes se habían visto. Y, al final, sólo queda­ron la obscuridad y el silencio.

Las tinieblas trajeron la muerte: sin luz durante semanas y meses, la vegetación fue marchitándose hasta que, exhaustos, bos­ques, selvas y praderas cayeron vencidos por la obscuridad, que también fue dejando sin vida a los mares. Al morir la vegetación, también los animales murieron. Los prime­ros en caer fueron los grandes saurios, pero pocas semanas más tarde ya todo languide­cía. Cuando parecía que nada sobreviviría a las tinieblas, el sol reapareció, abriéndose camino con dificultad entre las nubes más negras que jamás hubieran existido. Y rena­cieron la vida y la esperanza.

Eso ocurrió hace unos sesenta y cinco millones de años. Un asteroide Apolo, de aquellos que vagan sin rumbo por la infi­nitud del espacio, chocó contra la Tierra y levantó una nube pavorosa de polvo y ce­niza que cubrió mares y montañas, valles y desiertos, hasta que no quedó ni un solo confín del planeta al que entrara al menos un rayo de luz. Cuando el polvo y la ceniza se asentaron, los dinosaurios, la especie que había dominado este planeta durante más de cien millones de años, habían desapare­cido para siempre.

Con los dinosaurios desaparecieron también la mitad de las especies animales y vegetales de la Tierra. Entre los sobrevivien­tes estuvieron los mamíferos, unos animales pequeños y huidizos que se refugiaron en cuevas mínimas y escondrijos lejanos y que, al extinguirse sus depredadores, fueron apo­derándose de territorios cada vez mayores, donde a lo largo de siglos y milenios evolu­cionaron y adquirieron nuevas formas y ha­bilidades. Al frente de ese proceso estuvieron los primates, antecesores —según aseguran los científicos— de la especie humana.

Sí, fue la caída de un asteroide lo que hizo desaparecer los dinosaurios. Pero,  ¿dónde cayó el asteroide? Averiguarlo fue, para los científicos, algo así como una aventura de detectives. Y es que un impac­to de una potencia tan devastadora tenía que haber causado un cráter inmenso, que debía ser identificado por medio de satéli­tes y artefactos rastreadores. Pero el cráter no aparecía por ninguna parte. Había, para empezar, una pista: los meteoritos, cuya estructura química es distinta de la de la Tierra, son ricos en el grupo de elementos del platino. Esa pista era buena pero insu­ficiente: la búsqueda no llevó a ninguna parte.

Un buen día, en 1981, al estudiar las capas del límite entre dos edades geológi­cas, el Cretáceo y el Terciario, fueron des­cubiertos unos objetos redondeados, como granos de arena, que contenían basalto, un elemento característico de la corteza del planeta bajo los océanos. Se dispuso, así, de una segunda pista: el meteorito había caído en el mar. Pero, otra vez, ¿dónde? Si cayó en el mar, especularon los científicos-detec­tives, el impacto debió causar un tsunami impresionante, con olas de un kilómetro de altura. O más.

Tras estudiar más de cien lugares con alteraciones en la cantidad de iridio, un ele­mento del grupo del platino, la búsqueda se dirigió al estado norteamericano de Texas, donde en el lecho del río Brazos fueron identificadas huellas de un tsunami que, por su lejanía del mar, debió ser gigantesco. Después, revisando mapas y anomalías gravitatorias fue localizado el cráter: estaba en el fondo del Caribe, al norte de Colom­bia, en un área enorme que se extiende has­ta la península de Yucatán, en México. Lo llamaron ‘Chicxulub’. Ese meteorito cam­bió la historia geológica de la Tierra. Y el rumbo de la evolución: si los dinosaurios no hubieran desaparecido, ¿los mamíferos, con los primates por delante, hubieran lle­gado a ser lo que son? ¿Hubieran domina­do la Tierra? Más aún, ¿existiría la especie humana?


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