Volpi vs. Volpi. Un escritor frente al espejo.

Por Pablo Cuvi.

Fotografías Christoph Hirtz y archivo.

Edición 433 – junio 2018.

El destino del mexicano Jorge Volpi estuvo marcado por su año de nacimiento, el legendario 1968, poco antes de la matanza estudiantil de Tlatelolco. Habiendo crecido con ese mito, que los Gobiernos del PRI ocultaban, cuando estudiaba Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) escribió un amplio ensayo sobre el papel de los intelectuales mexicanos en aquella rebelión. Sin embargo, la fama internacional le llegaría en 1999 con la novela En busca de Klingsor, ubicada en la Alemania nazi, donde, con el aura de la mecánica cuántica, los científicos estuvieron a punto de construir la bomba atómica.

Hoy, casi como una celebración de los 50 años del año de la revuelta, Volpi acaba de ganar el Premio Alfaguara 2018 con Una novela criminal, texto definido por él mismo como “novela sin ficción” pues narra (casi) fielmente la odiosa trama de un secuestro en el que la policía y la justicia mexicanas inculparon a una muchacha francesa, desatando un conflicto político que enfrentó a los presidentes Calderón y Sarkozy.

Ahora bien: un hijo del 68 como yo, que pasó por Tlatelolco ese año, solo puede atribuir al espíritu de Althusser o de Foucault tener la oportunidad de entrevistar a Volpi en el hotel quiteño donde se aloja a su regreso de Galápagos. No, nadie sospecharía que este huésped pequeño, delgado, sencillo, casi tímido, ha escrito tal cantidad de buenos textos y cosechado tantos premios. Pero cuando nos sentamos en el comedor vacío a esta hora de la mañana y lo voy enfrentando al espejo de su obra y su vida y las frases que ha ido soltando por el ancho mundo, ese coco pelado se pone en funcionamiento y es la fiesta de la inteligencia, el saber y, por supuesto, el poder que es su tema favorito, junto con el psicoanálisis.

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—Cuando leí El fin de la locura, hace unos quince años, me gustó mucho que alguien de la siguiente generación se tomara el trabajo de estudiar y escribir sobre eso. ¿Qué te llevó al tema?

—Para mi generación, el 68 era un mito sobre todo porque, hasta que fuimos jóvenes, en México seguía el PRI en el Gobierno y no se podía hablar abiertamente del tema.

—¿Por la matanza de Tlatelolco?
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—Por la matanza. Mi padre sí me platicaba cosas del movimiento estudiantil. Ese 2 de octubre del 68, él ya era médico e iba a la clínica de Tlatelolco. Luego, cuando llegué a la maestría en Letras decidí escribir un libro sobre el 68 mexicano, se llama La imaginación y el poder. Me obsesioné más con el tema y unos años después convertí ese mundo en una novela, El fin de la locura.
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—¿Cuál fue la actuación de los intelectuales mexicanos, de Octavio Paz, Carlos Fuentes, Monsiváis…?

—Mi libro es justo sobre eso: cómo los intelectuales se relacionaron con el movimiento estudiantil. Hubo un grupo que apoyó al Gobierno, como Agustín Yáñez, el gran novelista de la época, que era secretario de Educación. Por otra parte, apoyaron al movimiento sin participar activamente los del grupo de la revista La Cultura en México: Fuentes, Monsiváis, Pacheco, Fernando Benítez; ellos ayudaron a interpretar el movimiento. Y otros sí participaron directamente, como José Revueltas que terminó en la cárcel.

—¿Cuánto peso tenían los intelectuales comparado con el peso que tienen ahora?

—¡No pues, muchísimo más! Al ser sociedades cerradas, el único espacio de crítica lo tenían los intelectuales, con quienes el poder priista tuvo una relación muy complicada de admiración y temor. Trataba más bien de seducirlos que de reprimirlos y les concedía un margen de expresión que no tenía nadie más. Eran un poco voceros de la sociedad. Pero desde el año 2000, cuando se terminó la transición a la democracia (con la victoria de Vicente Fox del PAN, que rompió el monopolio del PRI) eso y las redes sociales minaron por completo esa tradición. Ahora los intelectuales son una voz más entre miles de voces.

—Un dato anecdótico: ¿viste la película Rojo amanecer? (Asiente con convicción). El personaje don Roque lo encarna un actor ecuatoriano, Jorge Fegan.

—¡Ah, mira! La película está muy bien, fue la primera que realmente enfocó el movimiento estudiantil.

—¿Qué dejó el 68 y la matanza en México?

—Inmediatamente después fue un fracaso absoluto porque la represión fue brutal. Pero el 68 y Tlatelolco se convirtieron en el momento simbólico de todas las luchas posteriores por más ciudadanía, por más derechos.

—Volviendo a El fin de la locura, cuando la leí me pregunté por qué este señor Volpi dice que es locura.

—Quería relacionar esos años con el Quijote. El personaje no enloquece leyendo libros de caballería sino libros de marxismo.

—En este libro y en otras obras tuyas que conozco hay una cosa muy típica de los intelectuales de América Latina: esa atracción y rechazo al poder. Y otra cosa típica: criticar mucho a sus pares. Me incluyo: lo primero que atacamos es a los pares que se entregan al poder porque es lo que más nos hiere.

—Para mí ha sido igualmente complicado. Esa atracción y repulsión sí la he sentido en varias épocas de mi vida. Ahora afortunadamente ya no trabajo en el Gobierno, pero lo hice antes: fui agregado cultural en Francia y dirigí el Canal 22, un canal cultural que intenta estar alejado pero no deja de ser parte del Gobierno.

—Hay también en el libro una suerte de parricidio: tienes que comerte a los monstruos anteriores para crear tu espacio. Y hay mucha burla también (con tono de reproche solemne): te ríes de esos textos donde los de mi época buscábamos la revelación que llegaba de Francia.

—Bueno, todo el libro es una burla, pero también hay respeto por lo que en esa época se creía y después ya no se creyó nunca más.

—Sí, se percibe una cierta nostalgia de esa época, que la he sentido, jóvenes que te miran con admiración: ustedes estaban en el queso. Pero no era tanto como se imaginan, los mismos intelectuales nos encargamos de alimentar ese mito. (Asiente). Quevedo, tu protagonista, dice que se está viviendo el mayor dilema de la época entre los intereses individuales y los grupales.

—El movimiento tenía los dos lados: un componente comunitario muy fuerte, pero también el componente individualista y hedonista. Esa tensión interna se ha decantado luego con el triunfo absoluto de lo individual frente a lo colectivo. Lo que sigue es la reacción conservadora, neoliberal, que privilegia al individuo.

—Hay en tu obra, en tus declaraciones, aquello de considerar a los intelectuales como una capa especial de la sociedad que debe tener una moral más alta que los demás, que los políticos y los ciudadanos de a pie.

—Sí, se creó eso como una especie de aura, de santificación. El peso del intelectual era tan grande que se le puso parámetros más altos que al resto.

—Y luego actúan como cualquier ser humano y consiguen empleo y cambian de discurso: “Sí, yo estaba a favor de la revolución y ahora estoy a favor del Gobierno… ¿y qué pues, huevones?” (Sonríe con aprobación). Esa historia es antigua: acá hay una novela del año 49: Los animales puros…

—Bonito título.

—En la primera página citaba un poema soviético, creo, lo leí hace 40 años: “Si no eres puro como un ángel, vete, por favor no insistas”, algo así. Obviamente nadie encajaba. O solo los que se iban a la guerrilla…

—Y se convertían en mártires.
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—Como el Che Guevara. Pero después raspas al mismo Che y resulta que no era tan santo.

—No, claro.

EL MAL Y LA INCERTIDUMBRE

—En tu novela En busca de Klingsor abordas otro de los grandes mitos del siglo XX, el nazismo, que es el poder llevado al extremo, el poder absoluto del mal. ¿Qué te atrajo allí?

—Llegué casi por casualidad. Quería escribir una novela sobre científicos, porque yo hubiera querido ser científico. Iba a enfocarme en científicos actuales, pero para llegar a ellos me puse a leer historia de la ciencia, historia de la física. Entonces llegué primero a la mecánica cuántica y dije: ahí está mi tema, y coincidió con el nazismo, y se convirtió en ese libro.

—Donde el narrador empieza afirmando que la verdad no existe, la verdad es un mundo que se construye cada uno. Cosa en la que yo creo; si creo en algo, creo en eso. Sin embargo, dando un brinco al presente, te vas a dar el trabajo de escribir Una novela criminal buscando la verdad.

—… pero en el fondo mi última novela trata de lo mismo que Klingsor, de la búsqueda de una verdad imposible.

—Ya que te metiste en la mecánica cuántica, tienes que haber leído lo que dice Richard Feynman: “Si usted piensa que entiende la mecánica cuántica…”

—“Usted no entiende la mecánica cuántica”, claro.

—Eso para mí es del tamaño de la Torre Latinoamericana (risas) para usar imágenes del DF. Esa idea derrumba todo y pasamos a otra cosa.

—Conforme fui escribiendo e investigando, leí a Feynman. Pero ya estaba eso en Heisenberg y Schrödinger.

—Feynman dijo otra que es buena para un novelista: “Si algún día entiendo la mecánica cuántica, entonces entenderé a las mujeres”. (Risas).

—No la había oído. Muy buena.

—Tú insistes en un tema: la relación entre el poder y el saber. Hemos hablado un poco de eso, pero ¿qué es lo que buscas ahí?

—Entender mejor las relaciones entre el conocimiento y el poder.

—¿Y a quién le importan?

—Supongo que solo a mí…

—Hubo una época en que importaban mucho, como tú señalas en México. Hoy pienso en un Donald Trump…
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—Al que no le importan en absoluto.
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—En otra entrevista sueltas una frase lapidaria: dices que en realidad no crees en nada.

—Soy escéptico más que otra cosa.

—Añades que en tus trabajos estás tratando de entender la mezquindad humana. Y hay un afán del escritor Volpi, como que eso se puede arreglar un poco sacándolo a la luz. ¿Crees que la literatura pueda lograr eso?

—No demasiado, pero al mismo tiempo me queda un mínimo resquicio de optimismo y de idealismo y pienso que entender mejor te ayuda al menos a no cometer tantos errores.

—Pasando al psicoanálisis, que es otro de tus grandes temas, pintas a Freud como “un gran escritor, un fabuloso investigador de sí mismo, pero que exageró al aplicar sus descubrimientos al resto de la humanidad”.

—Esa impresión tengo ahora. Leía a Freud desde que era adolescente, tratando de entenderme a mí mismo, y casi como novelas también, sus casos me parecían cuentos.

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—Y las interpretaciones de los sueños son fantásticas.

—Exacto. Pero sí creo que exageró creyendo que él era como todos los demás, jeje, y aplicándonos las cosas que a él le servían, o que a alguno de sus pacientes le funcionaban, con una generalización basada en que todos tenemos los mismos patrones mentales.
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—No es distinto de lo que hacían Althusser o cualquiera de esos teóricos del 68 y antes.

—No, porque crean modelos omnicomprensivos: todo es interpretable a partir de lo que ellos dicen.

LA NOVELA CRIMINAL

—En tu ensayo El insomnio de Bolívar anotas que hay muchas más novelas sobre caudillos y tipos malos que sobre héroes. En efecto, ya tenemos enormes mitos como Pablo Escobar y el Chapo Guzmán. ¿Por qué?

—Porque siempre hay esta fascinación por los malos que tienen poder. Ahora se escribe sobre narcotraficantes.

—¿Cómo se teje eso en la sociedad mexicana donde el problema narco es tan grave?
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—Hay una especie de disonancia cognitiva o de alienación porque uno está viendo series de narcos mexicanas o gringas como si el narco no estuviera matando decenas de personas todos los días.

—Vamos a Una novela criminal. Tú la defines como una novela sin ficción. ¿Qué tiene de novela una novela sin ficción?

—Es un género extraño, si es que existe. Una cosa es lo literario y otra cosa es la ficción. Uno puede usar el molde de una novela, que normalmente lo asociamos con la ficción, para contar una historia sin ficción.

—Pero eso es lo que hacía el periodismo literario desde hace muchos años. ¿Cómo se diferencia eso de Noticias de un secuestro, de García Márquez, por ejemplo?

—Efectivamente, creo que no hay una diferencia ni un límite. El género este, si es que existe, repito, nace al mismo tiempo en América Latina y Estados Unidos: Rodolfo Walsh en Argentina escribiendo Operación Masacre y Truman Capote escribiendo A sangre fría. Capote la bautiza como non-fiction novel. Le podríamos llamar también periodismo narrativo, o reportaje literario porque utiliza el molde de la novela. Pero la novela sin ficción tiene más conciencia de la construcción narrativa.

—¿Insistes en decir que lo que narras en Una novela criminal es verdad?

—No quiero decir que es verdad, sino que todo se basa en un testimonio y que yo no estoy inventando.

—Pero si yo lector no les creo a los periodistas, ¿por qué voy a creerle a un novelista que me dice que esto que pone como novela no tiene nada de ficción? Recuerdo, por ejemplo, al principio de El lobo estepario, Herman Hesse decía que ha encontrado este manuscrito que transcribe a continuación; era un recurso bastante naif para ganar verosimilitud.

—Creo que al final eso tiene que ver más con la mirada del lector que con la del escritor. En México, esta novela o crónica se la lee contrastándola permanentemente con la realidad, pero creo que en lugares como el Ecuador o España no tienen por qué interesarles los hechos y pueden leerla como si fuera una novela de ficción.

—Cuando iba terminando la novela pensaba que lo que sería fantástico y propio del realismo mágico es que la justicia funcione bien, que la policía no torture, que recoja los testimonios y diga: señorita Florence, usted no tuvo nada que ver en el secuestro, váyase a su casa…

—(Sonríe). Eso sí sería realismo mágico.

—A propósito, ¿cómo fue tu entrevista con Florence en Dunkerque, luego de su liberación?

—Dura, a ella le costaba trabajo, sobre todo estaba enojada, enojada con todo lo que le había pasado, enojada con el mundo, con México, con los mexicanos.
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—¿Cuál fue la relación con Ingrid Betancourt?

—Ingrid Betancourt fue la intermediaria que le llevó la primera carta de Sarkozy. Sarkozy la recibe, conversan un buen rato y le pide que lleve una carta… porque ella iba a México.
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—Si hubiera que comparar a Florence con Ingrid…

—No tienen nada que ver. Florence era una chica normal, de la clase media-baja francesa. Ingrid era candidata a la presidencia.

DEL CINE A LÓPEZ OBRADOR

—Estamos asistiendo a una segunda época de oro del cine mexicano. ¿A qué se debe? ¿O no es propiamente cine mexicano?

—No es exactamente cine mexicano. Es una época de oro de los cineastas mexicanos, pero no significa que lo que hagan Guillermo del Toro, Gonzáles Iñárritu, Alfonso Cuarón y muchos otros, necesariamente uno tenga que verlo como cine mexicano.

—Pero hubo películas como Y tu mamá también o Amores perros que eran muy mexicanas.

—Y sigue habiendo. Sí hay un despegue interesante del cine mexicano, y hay sobre todo la formación de cineastas mexicanos, no me refiero solamente a los directores, hay fotógrafos que han hecho trabajos excepcionales.

—González Iñárritu tiene un fotógrafo consentido…

—Claro, Emmanuel Lubezki trabaja con los tres, sobre todo con Cuarón y González Iñárritu, y ha ganado tres Óscares. Lo interesante es que no es el único, hay una serie de fotógrafos más jóvenes que él que están haciendo carreras muy interesantes.

—¿Por qué se dio un fenómeno tan importante?

—Primero, hay buenas escuelas de Cine en México, dos que son muy buenas, realmente de élite, algo que en México fue rarísimo porque no hay escuelas de élite en casi nada, pero en el cine se conservó eso. A estas escuelas entran veinte alumnos al año: hacen exámenes de ingreso mil.

—¿Son estatales?

—Sí, la una es de la UNAM y la otra de Bellas Artes. Ahí se han formado todos ellos, menos González Iñárritu que es autodidacto y es un caso excepcional.

—Pero hacen también el cross-over, se van a Los Ángeles, triunfan allá…

—O triunfan en México primero, como el mismo González Iñárritu con Amores perros.
­—El guionista también es un capo. ¿Cómo es que se llama…?
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—Guillermo Arriaga. Guillermo intentó ser director, eso no le ha salido tan bien, pero es un espléndido escritor.

—Llegó a imponer un estilo de guion, cruzando tiempos e historias como en Babel y 21 gramos, lo hizo muy bien. Ahora veamos la película de la actualidad política. ¿Qué está pasando en las elecciones?

—Es una elección que ideológicamente es como nuestra época: una confusión absoluta y casi todo hacia la derecha. Hasta López Obrador, que uno asume que es de izquierda, se alió con el partido evangélico de ultraderecha.

—¿Por qué hace eso?

—Porque decidió ser pragmático para esta elección y le está funcionando muy bien, hasta ahora por lo menos, y es probable que gane. En segundo lugar está la derecha tradicional, aliada a la izquierda tradicional, con Ricardo Anaya. Y en tercer lugar está el PRI, que está siendo muy castigado por la corrupción. En realidad, es una elección entre derechas distintas.

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—Fue tal el shock del chavismo y los populismos “izquierdistas” que la derecha internacional, por llamarla de esa manera, identificaba a López Obrador con el chavismo. ¿Hay algo de eso?

—Creo que López Obrador tiene lados preocupantes y autoritarios, pero no se parece en absoluto a esta vertiente Chávez, Correa y otros. ¿Por qué? Porque la tradición a la que pertenece López Obrador es la del viejo PRI que no es ni se parece a esta izquierda que gobernó América Latina en estos años. No veo que ese sea el peligro, pero sí tiene un lado muy conservador en términos sociales, es muy dogmático, mesiánico, pero en el sentido mexicano-priista de siempre.

—Tú escribes El insomnio de Bolívar preocupado por estos temas. Hablábamos del triunfo del individualismo, del neoliberalismo, que uno creía sólido a fines de los noventa, y de pronto renacen todo estos fantasmas de la izquierda. ¿Por qué?

—Como una reacción natural a la desi-gualdad acentuada por el neoliberalismo. Creo que el diagnóstico de todos estos caudillos era correcto. Eran élites profundamente corruptas y conservadoras que no hacían otra cosa más que conservar sus privilegios y, para colmo, con la ideología neoliberal, vendiéndote que eso es muy bueno para el país porque algún día todos seríamos ricos. El diagnóstico era correcto, pero las ejecuciones fueron terriblemente equivocadas.

—¿Cuánto juega el problema de la droga en la campaña electoral?

—Lo extraño es que solo lo tocan por encima, de vez en cuando, como si estuvieran haciendo campaña en Suiza cuando las últimas cifras dan 200 mil muertos en estos doce años de guerra contra el narco. Junto con la violencia, son cifras que parecen de una guerra civil, pero los candidatos, y sobre todo el presidente Enrique Peña, están empeñados en hacer parecer que vivimos en un país más o menos normal, donde simplemente hay que corregir dos o tres cosas. En términos de la guerra contra el narco y la violencia ninguno tiene una propuesta distinta de lo que se está haciendo hoy.

—Los marketineros políticos suelen aconsejarles que hablen de cosas bonitas, que den esperanzas y alegría.

—El tema central es la corrupción, que también es cierta.

—Y que inmediatamente apunta contra el PRI.

—Exactamente. Para López Obrador, su único tema desde hace doce años es la corrupción y en esta campaña logró que sea el único tema que se discuta y con eso está ganando más que sus contrincantes, que se han equivocado acusándose de corrupto el uno al otro.

—¿López Obrador no tiene rabo de paja?

—Él no, pero ahora en la coalición que ha formado hay mucha gente corrupta también con él. López Obrador es hombre austero, lo fue siempre y tiene esa especie de moral santa, aunque él diga que no es católico, un hombre muy recto consigo mismo. Eso la gente se lo cree.

—¿Crees que la legalización de la droga arreglaría parte del problema mexicano?

—Sí, creo que ese es el gran problema, no solo para México sino también para Colombia, Ecuador y todos los países donde hay producción, tránsito de la droga; porque la guerra absurda contra el narcotráfico que libramos los colombianos, los mexicanos y todos los demás, no tiene ningún efecto. Se encuentran las mismas drogas de siempre a los mismos precios o más baratos.

—¿Y el muro?

—El muro sí existe en buena medida, y se ha convertido en una cosa simbólica más de la obsesión que tiene Trump con México, de convertir a los mexicanos en su principal enemigo simbólico. Eso le ha servido mucho y lo seguirá haciendo hasta que termine su Gobierno, esperemos que no se reelija.

MARCOS, PERSONAJE FANTÁSTICO

—¿Cuál es tu trabajo actual en la UNAM?

—Soy el responsable de cultura. Me encargo del tema de difusión cultural. La UNAM es enorme, la universidad más grande de América Latina, y nuestra parte cultural también es muy grande. Tenemos tres orquestas, varios museos, áreas de cine, teatro, danza, artes visuales, publicaciones, una revista, la televisión universitaria, la radio universitaria.

—Volviendo a tu origen, empiezas estudiando Derecho en la UNAM. ¿Qué buscabas ahí?

—Me convencí a mí mismo, por mi padre, por los maestros y mis amigos de que había que encontrar algo con que ganarse la vida, porque yo ya quería ser escritor. Había que buscar un empleo.

PREMIOS DE UN BRILLANTE MEXICANO

    Premio Plural de ensayo 1991.
    Premio Biblioteca Breve 1999 por En busca de Klingsor.
    Prix Grinzane Cavour Deux Océans 2000 por À la recherche de Klingsor.
    Premio Iberoamericano Debate-Casa de América 2008 por El insomnio de Bolívar​.
    Premio Mazatlán de Literatura 2009 por Mentiras contagiosas.
    Premio José Donoso 2009.
    Beca Guggenheim.
    Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, 2009.
•     Premio Planeta-Casa de América 2012 por La tejedora de sombras.
    Oficial de la Orden de Isabel la Católica, España, 2016.
    Premio Alfaguara de Novela 2018 por Una novela criminal.

—¿Y qué pasó?

—Odié la carrera de Derecho, me pasaba a las clases de Letras. Trabajé tres años en derecho penal, soy licenciado, y me di cuenta de que no podía más, renuncié a todo lo que tenía que ver con el derecho y estudié una maestría en Letras en la UNAM mismo, y el doctorado en Salamanca.

—¿Cómo llegaste a ser agregado cultural en Francia?

—Por la literatura. El año 2000 fue la elección de Fox como presidente y nombró a Jorge Castañeda, un intelectual, como ministro de Exteriores. Él buscó a muchos escritores y artistas para que fuéramos agregados culturales en el mundo.

—¿Cómo fue este fenómeno del subcomandante Marcos? Eso sí que es de novela.

—Es la novela que no se ha escrito todavía, es un personaje fantástico. La verdad es que el subcomandante Marcos, ese año de 1994, hizo que México se volviera el centro del mundo. Fue un movimiento muy interesante.

—¿Por qué pegó tanto?

—Coincidieron muchas cosas. Fue el primer movimiento global antineoliberal, globalofóbico. Estaba eso en el ambiente, y estaban por supuesto la desigualdad indígena, el tema de la diversidad. Luego él encontró milagrosamente un discurso que permeó en toda la sociedad y en todos los que estaban descontentos, un discurso que venía desde la trova cubana hasta Carlos Monsiváis, todo reutilizado pero bien hecho, y encontró un discurso que resonó en todo el mundo, ¿no?

—Y el plus de ponerse la máscara…

—Sí, la parte escénica. Hubo unos pocos muertos, pero casi todo lo demás fue un ejercicio de teatralidad.

—Una última curiosidad: con el retrato irónico que haces de Roberto Fernández Retamar en el concurso Casa de las Américas y el psicoanálisis de Fidel en El fin de la locura, ¿circuló tu libro en Cuba o te vetaron?

—No sé si fui vetado, pero no llegó.

—¿Te han invitado a Cuba?
—Antes de publicar ese libro me invitaron una vez a ser jurado del Premio Casa de las Américas, pero no acepté. Y después de El fin de la locura, nunca más me han invitado.


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