Otras trampas, otra fe.

Por Juan Fernando Andrade.

Edición 433 – junio 2018.

Wild Wild Country, un documental original de Netflix, cuenta la historia de los seguidores del místico Osho, un séquito de miles de personas dispuestas a darlo todo por su fe. Sus giros, todos sorprendentes e inesperados, dan forma a una historia reveladora.

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Lo conocí durante una época en la que, sin éxito, practiqué la meditación en busca de paz interior, y digamos que por más de un momento formó parte de mi vida. Su nombre es Osho, el gurú de India, y sus libros, que parecerían ser un centenar de títulos, se venden por miles y en varios idiomas alrededor del mundo. Ahora bien, yo solo lo leí, traté de prestarle atención, pero no lo absorbí ciegamente ni dejé que se hiciera carne en mí; me quedé con lo que me hizo sentido, con aquello que produjo un eco entre las paredes de mi cabeza, y luego lo abandoné para seguir con mi camino: ahora entiendo que quizá me escapé. Hay gente que cree en Osho como otros creen en Jesucristo, que se rige por sus principios y enseñanzas, y que acepta sus palabras como verdad absoluta, aún hoy, casi treinta años después de su muerte. Pero la historia se cuenta sola y mejor en Wild Wild Country, un documental dividido en seis partes que se ocupa de sus seguidores, miles de personas que alguna vez quisieron hacer el cielo en la Tierra y pagaron el precio.

La película dura más de seis horas y para verla hay que entrar en una especie de trance, dejarse arrastrar por la trama hasta concluir que algo tan irracional, raro, espeluznante y asombroso al mismo tiempo solo puede ser verdad. Empieza en India, con los orígenes del culto, pero se concentra en lo que pasó a principios de los ochenta en Oregon, al oeste de Estados Unidos, donde los seguidores de Osho construyeron, en un rancho de miles de hectáreas, una comuna gigante. Allí, durante varios años, pasaron muchas más cosas que la tranquila e inofensiva práctica de la meditación, y los detalles, ampliamente cubiertos por los medios de su tiempo, se presentan en toneladas de material de archivo, imágenes que parecen desquiciadas versiones de los hechos pero que no son otra cosa que el seguimiento de un caso lleno de giros imposibles: de lo que parecía un inocente sueño hippie de amor libre a una realidad violenta donde es preciso usar las armas; de la búsqueda del hombre nuevo a los escándalos de fraude e intentos de asesinato.

Mientras cae como la lluvia que se vuelve tormenta, Wild Wild Country crece como drama y presenta una narrativa irresistible, que sacude, que te deja sin piso, porque empiezan a pasar todas las cosas que creías que no podían pasar y un par de cosas más que ni siquiera imaginabas: esta historia se vuelve social, política, y se desarrolla como un thriller en el que el asesino actúa a plena luz del día; mientras que los personajes, ahora enfrentados con el pasado a través de nuevas entrevistas, aparecen ante nosotros, cada uno como fanático de su propio credo, como si lo que realmente estuviesen defendiendo fuera el derecho a ser dueños de la verdad. Y nos da miedo hasta dónde podrían llegar. Y nos da miedo hasta dónde llegan. Y nos ponemos nerviosos porque los seguidores de Osho no son tan distintos a nosotros, son gente que necesitaba creer en algo más grande que este mundo que nos rodea todos los días, que pensó que era posible cambiar las reglas, mover el tablero, alterar el juego, gente que solo quería ser feliz a su manera.

Yo veía el documental y pensaba en los días en los que leía a Osho: su autobiografía, dicho sea de paso, me parece mejor que cualquiera de sus otros libros, en los que, por así decirlo, predica su filosofía. Y otro de los aciertos de Wild Wild Country es justamente ese, no meterse con la ética o la moral de Osho, un tema que más bien se aborda brevemente y de lejos, pero que sigue tanto o más vigente que en la época a la que se refiere la cinta. Me puse a buscar a sus seguidores en la red y me encontré con toda una industria en funcionamiento: además de los cientos de libros, talleres de meditación en todas partes y las charlas que tienen millones de visitas en YouTube, está el Osho International Meditation Resort, en Pune, una de las ciudades más pobladas de  India, una suerte de cuartel general donde los fanáticos pueden pasar hasta tres meses de retiro para iniciarse en los métodos de meditación de Osho. El lugar recibe más de 200 mil visitantes al año y promete “una combinación única de experiencias que te ayudarán a vivir de manera creativa, sin divisiones artificiales entre el trabajo y el juego, el esfuerzo y la relajación”.

Este tipo de cosas hacen que me pregunte quién ganó realmente la guerra que se desata en la película. Hacia el final de Wild Wild Country, cuando Osho se ha convertido en un enemigo oficial del Gobierno de Estados Unidos y su comunidad de feligreses se encuentra fraccionada, aparece la posibilidad de que haya sido envenenado en una prisión norteamericana antes de abandonar el país para volver a India, donde murió pocos años después. Pero quizá, como ha pasado con los grandes místicos de la historia, la muerte de Osho solo lo haya vuelto más poderoso: su doctrina es acaso más conocida y popular ahora que antes, está ahí, al libre acceso de cualquiera que sienta curiosidad por ella, que quiera adoptarla como propia y adentrarse en ella hasta perderse o encontrarse. Puede que la utopía terrenal que se presenta en Wild Wild Country haya fracasado (en todo caso, lo que llena a la película de méritos es retratar milimétricamente cómo y por qué), pero hay personas que siguen recurriendo a Osho para salvarse: nadie pudo eliminarlo del todo.

En todo caso, y más allá de cualquier desviación esotérica, Wild Wild Country termina siendo un tratado sobre la fe, no necesariamente sobre aquello en lo que creemos o sobre nuestra necesidad desesperada por creer en algo, sino sobre la forma humana de esa fe que, como todo lo humano, se dobla y se corrompe hasta romperse: cuenta la historia de una pequeña sociedad, desde sus cimientos hasta su declive, y en esa historia, la de una civilización que no pudo ser, dibuja también los rasgos más oscuros y afilados de la naturaleza humana.


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