Chicos.

Por: Ana Cristina Franco
Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

Junio 7, 2018. Edición 433.

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Lo recuerdo bien: el corazón latiendo en la garganta, la sangre hirviendo con adrenalina, esa mezcla de terror y deseo. Me acercaba despacio, sudando frío, y con un hilo de voz le preguntaba su nombre, o la hora, o si sabía por dónde pasaba el bus. Hablar con los chicos nunca (me) ha sido fácil, pero (casi) siempre lo he hecho primero que ellos. Por eso amé la película Lady Bird, a la edad de la protagonista, plena adolescencia, yo también quería vivir una experiencia a como diera lugar. Yo les hablaba primero. Muerta del miedo pero les hablaba.

A los catorce yo quería un novio mayor. Que estuviera en quinto o sexto curso; si iba a la universidad, mejor. Como en mi colegio solo había menores, con mis amigas decidimos entrar a la Alianza Francesa a conocer chicos. Pero, ¿cómo hablarle a un chico?, ¿hay algo más difícil en este mundo que hablarle a un chico? Solo siéntate, hazte la interesante y espera a que vengan, me decía una amiga. Pero yo era demasiado impaciente para sentarme a esperar, también demasiado tímida para hablarles primero. Lloraba mientras le acompañaba a fumar a mi mamá y pronunciaba las frases de La Tigra: Yo quiero que pase algo, ¡yo necesito que pase algo! ¿Pero qué quieres que pase? Ya está pasando y no te das cuenta, me decía ella. Y en parte era verdad, ya estaba pasando, pero yo quería algo más, yo quería una experiencia, una puta experiencia. Mi mamá me sugirió que para romper el hielo les pidiera la hora.

Mis amigas y yo inventamos un juego. Después de la clase de francés, nos sacábamos el reloj y cada cuál tomaba su rumbo. Algunos chicos me invitaban a tomar un café, otros me preguntaban a qué colegio iba, y claro, había los que me decían palabras sexis como “las cuatro y veinte”. Al cabo de un tiempo me reunía de nuevo con mis amigas a ver quién había conocido más chicos. Porque obvio, era un concurso.

Pedí la hora a muchos, menos al que me gustaba de verdad, el más raro, por supuesto. Por suerte fue él quien se acercó a mí, pero luego desapareció y lo único que se me ocurrió fue hacerme amiga de su amigo. Le pedí la hora en una exposición. Nos caímos bien y antes de irse escribió su teléfono en una servilleta y me dijo: “Espero tu llamada, me gustan las chicas que dan la iniciativa”. ¿Hay algo más difícil que llamar por teléfono a un chico? La hermosa y noventera sensación de levantar el auricular, marcar, y esperar con el corazón latiendo. Una semana después lo hice, y cuando lo pusieron al teléfono le dije: Llamo a dar la iniciativa. Hoy, diecisiete años después, sigue siendo mi mejor amigo. Y aunque mi plan inicial no funcionó, este amigo me presentó a otro que ahora es mi esposo.

Recién hice un viaje corto. Entre trámites y ajetreos, pasé por una plaza y vi a una chica tocando el ukelele que cantaba hermoso. Me dieron ganas de acercarme y hablar con ella: ¿Quién eres?, ¿qué haces?, ¿cómo te llamas?, Oye, me gusta mucho tu canción. No lo hice. No hay tiempo para hablar con la gente en la calle. No se habla con desconocidos. ¿Hay algo más difícil que hablarle a una chica?

Deberíamos, todos, sentarnos en las plazas y preguntar. No pedir la hora, ¿a quién le importa la hora? Si todos nos vamos a morir, qué más da que sean las cinco o las siete. Por qué no preguntarle a un ilustre desconocido: ¿qué estás leyendo?, ¿qué opinas de Kant?, ¿quieres tomar un café? ¿Hay algo más difícil en este mundo que hablar con la gente?


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