Los detectives salvajes, o la crítica de la vanguardia.

Por: Gonzalo Maldonado Albán.

Junio 7, 2018. Edición 433.

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La historia pudo haber sido muy simple: en Ciudad de México, a finales de 1975, tres muchachos universitarios deciden salir en busca de Cesárea Tinajero, una supuesta poetisa que fundó un movimiento literario, el vicerrealista, del que dicen ser partícipes, a pesar de no haber leído una sola línea escrita por ella. La encuentran un año después en Villaviciosa, un pueblo turbio del estado de Sonora. Fin de la historia.

Pero no. Antes de contar el arribo de aquellos chicos a Sonora, Roberto Bolaño, el autor de esta novela odiseica, inserta nada menos que 96 testimonios de personajes que conocieron u oyeron de Arturo Belano, Ulises Lima —los detectives salvajes— y de un acompañante de última hora, Juan García Madero, un muchacho de diecisiete años herido por la poesía, que decide abandonar sus estudios de Derecho para viajar con sus nuevos amigos, también poetas… supuestamente.

Los testimonios tienen registros muy variados y todos ellos ofrecen información exuberante, a veces erudita y otras banal, sobre los protagonistas. Están redactados en primera persona y son proferidos en distintas partes del mundo: Tel Aviv, Roma, Barcelona… entre 1976 y 1996. De todos ellos quizá valga la pena destacar tres: el de Xosé Lendoiro, abogado penalista y clasicista impenitente, que describe su encuentro, en octubre de 1992, con Arturo Belano en un sitio de camping de la provincia de Lugo, España. La anécdota que cuenta el letrado es intrascendente pero hilarante y su valor está, a mi criterio, en que narra un episodio de la vida real de Roberto Bolaño, quien trabajó como guardaparques en Cataluña. Curiosamente, Javier Cercas cuenta un episodio similar en Soldados de Salamina, pero esta vez el protagonista es el mismísimo Roberto Bolaño.

El segundo testimonio sobresaliente es el de Amadeo Salvatierra, poeta mexicano que conoció a Cesárea Tinajero. En México DF, muy cerca del Palacio de la Inquisición, Amadeo muestra a los jóvenes detectives unos poemas de Tinajero que él ha conservado. No son versos sino trazos sencillos: una línea recta, una línea ondulada y una línea quebrada. Desconcertados, los chicos preguntan a Salvatierra por qué esos dibujos son poesía. “Pues porque Cesárea lo decía. (…) Si esa mujer me hubiera dicho que un pedazo de su caca envuelto en una bolsa de la compra era un poema, yo me la hubiera creído”.
Este pasaje es elocuente porque revela la clave más importante de la novela que convirtió a Bolaño en una leyenda de la literatura: su crítica del vanguardismo desde un formato vanguardista. Algo similar a lo que hizo Cervantes, quien se burló de las novelas de caballería utilizando ese mismo empaque narrativo.
El tercer testimonio que vale la pena enfocar es el que hace Carlos Monsiváis —escritor, ensayista y periodista mexicano ya fallecido— sobre su supuesto encuentro con Belano y Lima en un café del DF. Monsiváis está fastidiado de que estos chicos critiquen sin razones plausibles a Octavio Paz. Así que les reta a que pongan por escrito sus argumentos en un libro. Si resulta bueno, él mismo lo publicará, promete Monsiváis. Los detectives salvajes aceptan el desafío pero nunca llegan a escribir algo sobre Octavio Paz.

¿Qué pasa cuando estos muchachos universitarios conocen a Cesárea? Le traen la muerte de una forma confusa y violenta, tornando así completamente inútiles sus esfuerzos por encontrar a una musa vanguardista.
Muere la poetisa. Los detectives no encuentran ni escriben un solo verso. Tal vez la vanguardia no exista ni pueda existir porque todo ya ha sido escrito por otros antes que nosotros. Uno de ellos fue Octavio Paz, sin duda.

Joven para siempre. Y de culto.

Nació en Chile, 1953, y murió en 2003 en España.
Vivió muchos años en México y España. Estuvo preso varios días en el Chile de Pinochet.
En 1993 le diagnosticaron una grave enfermedad hepática y publicó Los perros románticos, poesía, y La pista de hielo, novela.
Los detectives salvajes, la novela que lo volvió célebre, ganó el Premio Rómulo Gallegos en 1999.
Tras su muerte, Anagrama publicó 2666, novela de largo aliento considerada como su obra maestra.
Más en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/bolano.htm


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